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La Dama del Lago

Электронная книга - «La Dama del Lago». Краткое содержание книги:

Fin de la saga. La guerra resuena aún con fuerza sus tambores, y parece que con más virulencia después de un cambio inesperado en el acostumbrado dominio bélico de Nilfgaard. Las tramas políticas y las venganzas personales se cruzan y suceden por las páginas, y permean nuestra historia. Sin embargo, parte de la excepcionalidad del mundo de Rivia está en que su lucha, siendo aún más transcendental que aquella política, aunque menos evidente, acontece no en los campos de batalla y las trincheras, si no en la multidimensionalidad del espacio y el tiempo.
La incerteza está en su mayor apogeo tanto en la trama como entre nuestros tres personales principales. Yennefer, Geralt y Ciri se mantienen distantes e ignorantes el uno respecto a los demás. Los tres pivotan de forma independiente, con su propio círculo de perfectos personajes secundarios y dentro de sus propias tramas, en historias con entidad propia. Sin embargo, este es el tomo en el que se percibe más claramente la mutua necesidad… y lo inevitable de su reencuentro. Se refuerzan los lazos alrededor del esquema familiar. Geralt y Ciri ganan todavía más peso e identidad, quizás de forma algo redundante en un Geralt bastante consolidado, pero no así en el caso de una Ciri en pleno proceso de madurez y autonomía personales.
Sapkowski destila en La dama del lago una imaginación desbordante. Construye reflexiones de calado en la distancia de una frase. Yergue ideas con la velocidad de una imagen. Deja en el lector un sentimiento de amor y cariño por los demás, si bien bañado con el pesimismo de quién, habiendo visto con sus propios ojos lo ilimitado de la crueldad y la estupidez humanas, desconfía de la capacidad de reacción de aquellos capaces de albergar y desplegar tanto mal.
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La madre respiró hondo y sufrió un espasmo. La tía Cinead la sujetó.

Cahir apretó los puños y tembló de odio. De odio a aquéllos que habían maltratado a su madre, haciendo que se pusiera tan fea.

*****

El golpe de Bonhart le destrozó la sien, la mejilla y la boca. Cahir soltó la espada y se tambaleó, y el cazador, a la media vuelta, le dio un tajo entre el cuello y la clavícula. Cahir cayó al pie de la diosa de mármol, su sangre, como un sacrificio pagano, roció el pedestal.

*****

Un ruido atronador, el suelo tembló bajo sus pies, el escudo de la panoplia de la pared cayó con estrépito. Un humo corrosivo flotaba y se arrastraba por el corredor. Ciri se limpió la cara. La muchacha rubia que marchaba apoyándose en ella, le pesaba como una piedra de molino.

– Más deprisa… Hay que ir más deprisa…

– Yo no puedo ir más deprisa -dijo la chica. Y de repente se dejó caer al suelo. Ciri contempló horrorizada cómo debajo de ella, debajo de su pernera empapada, empezaba a formarse y a crecer un charco

Estaba pálida como un cadáver.

Ciri se puso de rodillas a su lado, le quitó un pañuelo, después el cinturón, trató de hacerle un torniquete. Pero la herida era demasiado grande. Y estaba muy cerca de la ingle. La sangre no cesaba de brotar.

La chica le cogió una mano. Tenía los dedos helados.

– Ciri…

– Sí.

– Yo soy Angouléme. Nunca creí… Nunca creí que fuéramos a dar contigo. Pero seguí a Geralt. Porque es imposible no seguirle. ¿Sabes?

– Ya lo sé. Él es así.

– Te hemos encontrado. Y te hemos salvado. Y eso que la Fringilla se burlaba de nosotros… Dime una cosa…

– No hables. Por favor.

– Dime… -Angouléme movía los labios cada vez más despacio, y cada vez le costaba más-. Dime, porque tú eres reina… de Cintra… Nos darás de tu favor, ¿a que sí? ¿Me nombrarás… condesa? Dime. Pero no mientas. ¿Podrás? ¡Dímelo!

– No digas nada. No malgastes las fuerzas.

Angouléme suspiró, de pronto se inclinó hacia delante y apoyó la frente en el hombro de Ciri.

– Ya sabía yo… -dijo con toda claridad-. Qué putada, ya sabía yo que lo del burdel en Toussaint era la mejor idea que había tenido nunca.

Pasó un rato muy, muy largo antes de que Ciri cayera en la cuenta de que tenía entre sus brazos a una muchacha muerta.

*****

Lo vio acercarse, acompañado por las miradas muertas de las canéforas de alabastro que sustentaban las arcadas. Y de repente comprendió que la huida era imposible, que no había forma de escapar de él. Que no tendría más remedio que hacerle frente. Era consciente de eso.

Pero seguía teniéndole mucho miedo.

Desenvainó su arma. El filo de Golondrina entonó un canto silencioso. Conocía ese canto.

Se retiró por un ancho pasillo, y él fue tras ella, sujetando la espada con las dos manos. La sangre resbalaba por la hoja, caía en gruesas gotas desde la guarda.

– Un cadáver -comentó, al pasar por encima del cuerpo de Angouléme-. Bien está. Ese mochuelo también mordió el polvo.

Ciri sintió cómo la embargaba la desesperación. Cómo los dedos se aferraban a la empuñadura hasta hacerse daño. Retrocedió.

– Me has engañado -rezongaba Bonhart mientras la seguía-. El mochuelo no tenía ningún medallón. Mas algo me dice que en este castillo hay quien sí lo lleva. Y este viejo Leo Bonhart se juega la testa a que ese alguien anda cerca de la hechicera Yennefer. Pero lo primero es lo primero, víbora. Y, antes que nadie, estamos nosotros. Tú y yo. Y nuestras bodas.

Ciri ya estaba orientada. Después de trazar un breve arco con Golondrina, cogió una postura. Empezó a moverse a lo largo de un semicírculo, cada vez más deprisa, obligando al cazador a dar vueltas en el litio.

– La última vez -refunfuñó- no te sirvió de mucho esta artimaña. Qué pasa? ¿Que capaz no eres de aprender de tus errores?

Ciri aceleró el paso. Con movimientos fluidos y suaves de la hoja tentaba y desorientaba, tentaba e hipnotizaba. Bonhart hizo girar su espada en un silbante molinete.

– Esto no va conmigo -gruñó-. ¡Y me aburre!

Acortó la distancia con dos rápidos pasos.

– ¡Música, maestro!

Bonhart saltó, lanzó un profundo ataque, Ciri se revolvió con una pirueta, se alzó, aterrizó muy segura sobre su pierna izquierda, acometió a la primera, sin coger una postura. Antes incluso de que la hoja resonara con la parada de Bonhart, ella ya estaba girando alrededor de él, penetrando fácilmente bajo los silbantes tajos. Ciri volvió a embestir en corto, flexionando el codo de un modo poco natural, pero muy sorprendente. Bonhart lo detuvo, aprovechó el ímpetu de la parada para lanzar de inmediato un tajo desde la izquierda. Ciri se lo veía venir, le bastó con una ligera flexión de las rodillas y una oscilación del tronco para esquivar la hoja, aunque faltó mucho menos de una pulgada. Rápidamente pasó al ataque, tajando en corto. Pero Bonhart esta vez la estaba esperando y la engañó con una finta. Al no encontrarse con su parada, Ciri estuvo a punto de perder el equilibrio, sólo se salvó con un salto relampagueante, pero no evitó que la espada de Bonhart la alcanzara cerca del hombro. Al principio pensó que el filo sólo había penetrado en la manga guateada, pero enseguida notó en la axila y en el brazo un líquido tibio.

Las canéforas de alabastro les observaban con ojos indiferentes. Ciri emprendió la retirada, pero él fue tras ella, encorvado, segando con amplios movimientos de su espada. Como la muerte huesuda que Ciri había visto en las pinturas del templo. La danza de los esqueletos, pensó. Se acerca la muerte con su guadaña.

Seguía retirándose. El líquido tibio le bajaba ya por el antebrazo hasta la mano.

– La primera sangre, para mí -dijo Bonhart, viendo las huellas estrelladas de las gotas caídas en el suelo-. ¿Para quién será la segunda? ¿Qué dice mi desposada?

Ciri seguía retirándose.

– Fíjate bien. Es el final.

Bonhart tenia razón. El pasillo terminaba de repente sobre un abismo. Al fondo sólo se veían las tablas polvorientas, sucias y medio deshechas del entarimado de la planta inferior. Aquella parte del castillo estaba en ruinas, y no había suelos. Sólo quedaba el esqueleto de la construcción: pilares, caballetes y el entramado de vigas que unía todo aquello.

No lo dudó mucho. Saltó a una viga y en ella prosiguió su retirada, sin apartar la vista de Bonhart, pendiente de todos sus movimientos. Eso la salvó. Porque de pronto él se lanzó sobre Cirí, corriendo a lo largo de la viga, lanzando contundentes cortes cruzados, haciendo girar la espada en fintas fulgurantes. Ella sabía cuál era su intención. Una parada torpe o un error en una finta la habrían hecho perder el equilibrio, y entonces se habría precipitado al vacío desde la viga, hasta el deteriorado suelo del piso inferior.

Esta vez Ciri no se dejó engañar por sus fintas. Todo lo contrario. Se hurtó hábilmente a sus embestidas y, a su vez, insinuó un tajo desde la derecha. Al ver titubear a su rival por una fracción de segundo, descargó un nuevo golpe a diestra, tan rápido y enérgico que Bonhart, después de pararlo, se tambaleó. Y habría caído de no ser por su estatura. Estirando el brazo izquierdo pudo sujetarse de un caballete, manteniendo así el equilibrio. Pero perdió fugazmente la concentración. Y eso le bastó a Ciri. Le lanzó una potente estocada, tensando al máximo el brazo y la espada.

No pestañeó cuando la hoja de Golondrina, con un silbido, le hizo un tajo desde el pecho hasta el hombro izquierdo. Contraatacó de inmediato con tanta fuerza que, de no haber saltado Ciri hacia atrás, el golpe la habría partido por la mitad. Fue a parar a la viga más próxima, cayendo con la rodilla flexionada, con la espada en horizontal por encima de la cabeza.

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