Long John Silver
- Автор: Larsson Bjorn
- Язык: испанский
- Жанр: Морские приключения
Электронная книга - «Long John Silver». Краткое содержание книги:
Este hombre seductor, capaz de mil traiciones y siempre dispuesto a pactar para sobrevivir, nos cuenta ahora su intensa vida desde su retiro en la isla de Madagascar: así es como la magia de la letra impresa consigue hacernos llegar una autobiografía imposible y sin embargo tan real como las mejores páginas de la buena literatura.
Björn Larsson, escritor y navegante, es el autor de este doble salto mortal que nos regala la voz de Pata de Palo para que él mismo nos diga la verdad, y nada más que la verdad, sobre sus andanzas de hombre y marinero.
– ¿Te acuerdas de nuestra primera jornada a bordo del Walrus? Yo no lo olvidaré nunca.
– ¿Por qué? -preguntó Jack.
Le miré y me di cuenta que ni él ni sus parientes aparecían en mi memoria. A partir del momento en que puse los pies a bordo del Walrus los olvidé.
– ¿Qué hicisteis aquel día? -pregunté.
– Encontramos a otros dos sakalava. Antes habían sido esclavos como nosotros. Estuvimos juntos.
– ¿Estuvisteis juntos?
– Sí, esperábamos volver aquí, a Madagascar.
– ¿Estuvisteis esperando?
– Sí -dijo Jack-, eso hicimos a bordo.
– Pero tú y yo navegamos con Flint durante tres años.
– Sí. Había momentos en que temimos no regresar nunca. Pero tú nos habías prometido que nos dejarías en tierra cuando llegáramos aquí.
Yo no era de los que se ponían en contra de la verdad, pero esto fue difícil de digerir. La primera época que pasé con Flint fue la mejor de mi vida; mientras tanto, Jack y los demás se habían limitado a esperar sentados a que se acabara. No tenía sentido ninguno. ¿Qué recuerdos va a tener uno si se ha pasado el tiempo sentado, esperando?
– Creí que estabais bien a bordo.
– Se estaba mejor que en la plantación, pero es que no somos como tú.
– No -le interrumpí, riéndome a pesar de todo-, ya me he dado cuenta de que no hay muchos así.
– Quiero decir que los sakalava y los caballeros de fortuna no nos parecemos en nada. Tenemos un país y formamos un pueblo. Eso a vosotros os importa un bledo, como tú acostumbrabas a decir.
– ¿Y por qué no os fuisteis, si era una vida tan infernal?
– No era el Infierno. No era nada.
– ¿Nada?
– No. No había motivo.
– ¿Motivo? ¿Y la libertad? Disfrutar de todo el tiempo del mundo… No tener preocupaciones, dejar que los días transcurran sin prisa. Enriquecerse y conseguir cualquier cosa cuando todo ha pasado. ¿No te parece motivo suficiente, o como quieras llamarlo?
– No basta con un motivo. Entonces no se es nadie.
– No estábamos solos a bordo. Éramos ciento treinta hombres.
– Pero no estábamos juntos. Los sakalava luchamos unos por otros. Vosotros lucháis por vosotros mismos. Cada uno va a lo suyo. ¿Cuántos murieron durante aquellos arios? ¿Cómo se llamaban? ¿De dónde eran? ¿Adonde iban? Daba igual, como dirías tú. Los que murieron eran olvidados al día siguiente. Murieron por una buena causa, tú lo solías decir. ¡La tuya! No, estabais solos, nunca juntos. ¿Qué motivo es ése?
– Yo qué sé -dije con delicadeza, porque no quería crear mal ambiente.
Al fin y al cabo, aparte de John Silver, Jack era el único que me quedaba si tenía ganas de hablar.
– Nunca he entendido qué queréis decir con eso de los motivos -añadí.
– Ya -contestó Jack.
– Y a pesar de todo, tú sigues con el cuento de que somos hermanos.
– Sí. Somos hermanos. Tú no me necesitas y yo me las arreglo sin ti. Sin embargo, nos necesitamos el uno al otro.
– Dolores también decía eso.
Sentí un pinchazo en el pecho que por un segundo interrumpió mi excelente humor.
– Cuando haya terminado -le dije a Jack-, tendrás que explicarme qué es eso del motivo.
– Sí -contestó Jack.
– Cuando haya puesto punto final haremos una fiesta -dije-. Invitaremos a todos los que siguen con vida, a los que en algún momento pisaron la cubierta del Walrus. A pesar de todo, tienes que reconocer que sabíamos hacer fiestas. Entonces, maldita sea, sí que estábamos juntos; por mí puedes decir lo que quieras.
– Sí, en eso erais buenos, é incluso estabais juntos. Entonces teníais motivo. Pero había muchos que al día siguiente ya no se acordaban.
Tuve que reírme de aquello, porque tenía razón. Jack también se echó a reír, de manera que, a pesar de todo, algún recuerdo le quedaba de los años con Flint.
Todos aquellos años pasaron. Vi cada uno de los botines que apresamos y las caras de todos los hombres, muertos o vivos. Vi Sainte-Marie, que no estaba muy lejos del sitio en que nos juntábamos para disfrutar sin remordimientos de nuestra corta vida; oí las risas y los gritos de dolor y de placer, nuestros y de los demás. Percibí los mil olores a que apestaban el barco y las islas a barlovento, escuché todas las melodías y las historias que entonaban ora uno, ora el otro, y me vi sentado la noche entera en la cofa del vigía, suspendido en el infinito. Admiraba a la tripulación cuando cabalgábamos sobre una tormenta o pertrechábamos el barco. Me reí de todas las mascaradas y de todas las mentiras que contamos para engañar a los comerciantes de buena fe; me oí poniéndome de acuerdo con los más pendencieros, los que se peleaban conmigo y se pavoneaban ante mí las veces en que yo obligaba a Flint a rendirse ante mis deseos o los del consejo, mientras me alegraba de ver a ciento treinta hombres reunidos, atentos a las palabras que se intercambiaban ardorosamente antes de que tomáramos una decisión. Sí, añoraba volver a aquellos momentos dorados cuando habíamos apresado un botín rebosante de piedras preciosas, o cuando, regocijado, las dejaba resbalar entre mis dedos cuando de nuevo me tumbaba durante horas en la red y dejaba pasar el tiempo. Todo esto y mucho más lo veía y lo relataba con toda la claridad deseable.
– Mira que es endiabladamente larga la vida -exclamé tratando de coger del brazo a Jack.
No lo encontré. Entonces me di cuenta de que había estado con los ojos cerrados durante todo el tiempo. Cuando los abrí de nuevo descubrí que estaba solo. Jack se había ido. No tenía nada en contra de eso; yo también me habría hartado de oír a alguien que sólo hablaba consigo mismo. Jack se las arreglaba mejor sin mí. Así era éclass="underline" la única persona que me necesitaba para seguir vivo era Long John Silver, y dentro de poco se podría mantener en pie él solo, con su única pierna.
Capítulo 38
Sí, Jim; por lo visto, a ti también te olvido tal como olvidé a Defoe, que era a él a quien hablaba. No siempre es fácil tenerlo todo en la cabeza cuando se ha llegado a una edad tan respetable como la mía.
Tendría que haberte contado lo de Flint. Pensé que le podía interesar a un tipo como tú. Sí, quería contar que también nosotros éramos a pesar de todo personas, incluso yo: nosotros, la escoria y los parásitos a los ojos de la gente. Por lo menos quería dejar dicho que nos podíamos poner de acuerdo, tener consideración y gobernar un barco durante varios años sin retorcernos el pescuezo unos a otros. ¡Ciento treinta hombres en una carraca tan pequeña que ni siquiera podíamos acostarnos todos a la vez! Quizás eso también lo he dicho, pero ya no estoy muy seguro.
Luego hablé con Jack y descubrí que podía pasarme una vida entera escribiendo para relatar la época que pasé con Flint. ¡Imagínate! Pero esa vida ya no la tengo. Es verdad que mientras vivía he resucitado entre los muertos un par de veces, pero ahora se acabó, y es tan verdad como el Evangelio y como que me llamo John Silver, lo que a la larga he aprendido a aceptar.
Además, a Jack ya le he referido toda la historia de Flint, aunque no escuchara. Y debes saber que después me sentí vacío y hueco por dentro. No es agradable contar historias y descubrir en plena narración que no te escucha nadie, ni siquiera el hombre en quien más confías. Una vida como la mía es larga, quizá demasiado larga, a pesar de todo.
Y después… Sabes que no soy miedoso. Un león no es nada comparado con el viejo Long John, así se decía, y era la pura verdad. ¿No fui yo el único que permanecí sereno cuando Ben Gunn intentó asustarnos con lo de la aparición de Flint? No, nunca tuve miedo de Flint. Nunca atacaba a uno de los suyos por la espalda. Iba cara a cara, ése era su estilo. Claro que ayer noche fue otra cosa, Jim. Volví a soñar con Flint. Apareció como lo hacía al final, cuando ya estaba borracho perdido y se había percatado de que ya no podía desestabilizar el mercado ni darle miedo a nadie, a pesar de todos los barcos que saqueara, los capitanes por la gracia de Dios que matara o los botines que apresara. Habíamos conseguido que el precio de las mercancías se doblara en nuestras aguas, pero eso era todo. Flint no podía acabar por sí solo con las patrullas del mundo entero. Éramos y seguíamos siendo un mosquito venenoso que picaba y escocía durante un día, pero nada más. Los barcos navegaban cada vez con más escolta, y Flint se oponía con terquedad a apostarlo todo contra una escolta mientras estuviera en sus cabales. Teniendo en cuenta lo que pensaba y quería Flint, arriesgar el Walrus con toda su tripulación para obtener un botín no tenía sentido.