Los inconsolables [The Unconsoled - es]
- Автор: Исигуро Кадзуо
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Los inconsolables [The Unconsoled - es]». Краткое содержание книги:
Echaron a andar -cada vez había más gente mirándoles-, la señorita Collins unos pasos por delante de Brodsky, ambos felices de poder diferir la conversación hasta llegar a su destino. Volvieron a doblar la esquina y enfilaron la calle y pronto pasaron una vez más junto a las casas de apartamentos. Luego, a una o dos manzanas de la suya, la señorita Collins se detuvo junto a una pequeña verja de hierro que había en un discreto entrante de la acera.
Alargó la mano hacia el pomo de la verja, pero antes de abrirla se quedó un instante quieta. Y entonces se me ocurrió que aquel sencillo paseo que habían acometido juntos, que el mero hecho de estar el uno junto al otro a la entrada del Sternberg Garden, poseía para ella una significación allende todo lo que Brodsky podría haber imaginado en aquel momento. Porque la verdad era que ella, en su imaginación y al cabo de los años, había recorrido con él ese breve trecho -del bullicio del bulevar a la pequeña verja de hierro- incontables veces desde aquella tarde de verano en que se habían encontrado por azar en el bulevar, frente a la joyería. Y en todos aquellos años ella no había olvidado el aire de estudiada indiferencia con que él había apartado la vista de ella aquel día, fingiendo estar ensimismado en la contemplación de algún objeto del escaparate de la joyería.
En aquella época -poco más de un año antes del comienzo de las borracheras y los insultos-, tales exhibiciones de indiferencia constituían aún el rasgo dominante en todo contacto entre ellos. Y ella, pese a que antes de aquella tarde había pensado ya varias veces en iniciar alguna forma de reconciliación, había apartado también la vista y había seguido caminando. Sólo bastante más adelante, más allá de los cafés italianos, cedió ante la curiosidad y se volvió para mirar atrás por encima del hombro. Y fue entonces cuando se dio cuenta de que Brodsky la había estado siguiendo. De nuevo miraba él el escaparate de una tienda, pero esta vez a pocos metros de distancia.
Ella había aminorado el paso, suponiendo que él le daría alcance tarde o temprano. Al llegar a la esquina y ver que aún no la había alcanzado, volvió a mirar hacia atrás. Aquel día, como éste, la ancha y soleada acera estaba llena de gente, pero por fortuna pudo ver con nitidez cómo él se detenía a media zancada y miraba hacia el puesto de flores que había a un lado de la acera. A los labios de ella había asomado una sonrisa, y al torcer la esquina de su calle se había visto agradablemente sorprendida ante la ligereza de su ánimo. Aminoró la marcha cuanto pudo y se puso, como él, a mirar escaparates. Miró sucesivamente los de la pastelería, la tienda de juguetes, la tienda de telas -la librería aún no estaba en aquella época-, y durante todo ese tiempo trató de elaborar mentalmente el comentario inicial que haría cuando finalmente él llegara hasta ella. «Leo, qué infantiles somos…», pensó decir. Pero decidió que resultaba demasiado sensato, y consideró la alternativa de algo más irónico: «Veo que al parecer vamos en la misma dirección…», o algo similar. Entonces vio que él aparecía en la esquina y que llevaba en la mano un luminoso ramo de flores. Dejó de mirar rápidamente y reanudó la marcha apretando el paso. Luego, al acercarse a su apartamento, por primera vez aquel día, sintió un intenso enojo hacia él. Ella tenía perfectamente planeado lo que hacer aquella tarde. ¿Por qué elegía él aquel momento, precisamente aquel momento, para hablarle? Al llegar a su portal, volvió a echar una rápida mirada hacia atrás y vio que él se encontraba aún a unos veinte metros.
Cerró la puerta del apartamento a su espalda y, reprimiendo sus deseos de mirar por la ventana, corrió a su habitación, al fondo del apartamento. Una vez en ella, se miró en el espejo y trató de dominar sus emociones. Luego, al salir del dormitorio, se detuvo con sobresalto en el pasillo. La puerta que tenía enfrente estaba entreabierta, y a través de la soleada salita y de la ventana salediza lo vio en la acera, con la espalda hacia la casa, en ademán de hacer tiempo, como si estuviera esperando a alguien. Ella, entonces, se quedó quieta unos instantes, repentinamente temerosa de que él se diera la vuelta y mirase a través de la ventana y la viera… Luego la figura de la acera desapareció de su vista, y ella se sorprendió escrutando las fachadas de la acera de enfrente, aguzando el oído por si oía el timbre de la puerta.
Cuando al cabo de unos segundos el timbre seguía sin sonar, sintió una oleada de ira. Se dio cuenta de que él estaba esperando a que ella saliera y lo invitara a entrar. Volvió a calmarse y, analizando la situación con detenimiento, resolvió no hacer nada hasta que él llamara a su puerta.
Durante los minutos siguientes se limitó a esperar. Volvió a su dormitorio sin ningún motivo concreto, y volvió a salir al pasillo. Finalmente, cuando reparó en la posibilidad de que él se hubiera marchado, salió despacio hasta el portal.
Abrió la puerta y miró la calle a derecha e izquierda, y se sorprendió de no ver rastro de él por ninguna parte. Había esperado verle rondando por los alrededores, quizá unos portales más allá, o al menos descubrir las flores sobre los escalones de la entrada. Y pese a todo, en aquel momento, no sintió ningún pesar. Sólo una leve sensación de alivio, y un hasta grato sentimiento de exaltación ante el hecho de que el proceso de reconciliación hubiera comenzado finalmente, pero ningún pesar. De hecho, allí sentada en la salita, experimentó un fugaz arrebato de triunfo por haberse mantenido firme y no haber cedido. Tales pequeñas victorias, se dijo, eran muy importantes, y les ayudarían a ambos a no repetir los errores del pasado.
Sólo meses más tarde la asaltó la idea de que había cometido un error aquella tarde. Al principio no fue más que una idea vaga, algo que no llegó a examinar detenidamente. Pero luego, a medida que pasaban los meses, aquella tarde de verano fue ocupando un lugar más y más predominante en sus pensamientos. Su gran error, concluyó, había sido entrar en su apartamento. Al hacerlo, quizá le había exigido a Brodsky algo un tanto excesivo. Una vez que había conseguido que la siguiera todo aquel trecho -el bulevar, la esquina, las tiendas de su calle- lo que tendría que haber hecho era pararse en la pequeña verja de hierro y, tras cerciorarse de que él la había visto, entrar en el Sternberg Garden. En tal caso, sin el menor asomo de duda, él la habría seguido. Y, por mucho que ambos hubieran vagado un rato entre los arbustos en silencio, tarde o temprano habrían acabado hablando. Y tarde o temprano él le habría ofrecido las flores. A lo largo de los veinte años que habían pasado desde entonces, la señorita Collins raras veces había mirado aquella verja sin experimentar un pequeño tirón en su interior. Así pues, aquella mañana en que finalmente había conducido a Brodsky hasta el jardín, lo hizo con cierto sentido de ceremonia.
Pese a la importancia que el Sternberg Garden había llegado a adquirir en la imaginación de la señorita Collins, no se trataba de un jardín especialmente atractivo. Era, esencialmente, una plaza ajardinada con paseos de hormigón no mayor que el aparcamiento de un supermercado, y su principal razón de ser parecía residir más en su interés floricultor que en el hecho de brindar belleza o solaz a los vecinos. No había en él césped ni árboles, sólo meras hileras de arriates, y a aquella hora de la mañana el lugar era un simple cuadrángulo a pleno sol sin rastro de sombra por ninguna parte. Pero la señorita Collins, mirando las flores y helechos que veía a su alrededor, dio unas palmadas con expresión gozosa. Brodsky cerró la verja con cuidado a su espalda y miró el jardín sin entusiasmo, pero pareció complacido al ver que, aparte de las ventanas de los apartamentos que daban al jardín, gozaban de una intimidad casi absoluta.
– A veces traigo aquí a la gente que viene a verme -dijo la señorita Collins-. Es un lugar fascinante. Puedes contemplar especies que no se encuentran en ningún otro lugar de Europa.
Siguió paseando despacio, mirando con admiración en torno a ella, mientras Brodsky la seguía respetuosamente a unos pasos. La sensación de embarazo que los había embargado minutos antes se había esfumado por completo, de forma que cualquiera que los estuviera observando desde la verja los tomaría sin duda por una anciana pareja de muchos años que daba su habitual paseo al sol de la mañana.