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Электронная книга - «Sinuhé, El Egipcio». Краткое содержание книги:

En el ocaso de su vida, el protagonista de este relato confiesa: `porque yo, Sinuhé, soy un hombre y, como tal, he vivido en todos los que han existido antes que yo y viviré en todos los que existan después de mí. Viviré en las risas y en las lágrimas de los hombres, en sus pesares y temores, en su bondad y en su maldad, en su debilidad y en su fuerza`.
Sinuhé el egipcio nos introduce en el fascinante y lejano mundo del Egipto de los faraones, los reinos sirios, la Babilonia decadente, la Creta anterior a la Hélade…, es decir, en todo el mundo conocido catorce siglos antes de Jesucristo. Sobre este mapa, Sinuhé dibuja la línea errante de sus viajes, y aunque la vida no sea generosa con él, en su corazón vive inextinguible la confianza en la bondad de los hombres.
Esta novela es una de las más célebres de nuestro siglo y, en su momento, constituyó un notable éxito cinematográfico.
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Por la noche las lámparas no se encendieron y el cielo estaba oscuro sobre Tebas, pero los negros y los sardos se escaparon de los campamentos y, encendiendo antorchas, forzaron las puertas de las casas de placer y saquearon las de los ricos, y en la calle preguntaban a todo el mundo: ¿Amón o Atón?- Si alguien no contestaba lo golpeaban y le quitaban la bolsa. Y si alguien, asustado, respondía: ¡Que Atón sea bendito!», le gritaban: «!Mientes, perro; no nos engañas!» Y le cortaban el pescuezo o lo atravesaban con su lanza y le quitaban las ropas y la bolsa. Para ver mejor pegaron fuego a algunas casas y a medianoche el cielo de Tebas se enrojeció nuevamente, y nadie estaba en seguridad en la villa; pero nadie podía huir porque los caminos estaban cerrados y el río también, y los guardias rechazaban a los fugitivos, porque se les había dado orden de impedir que alguien pudiese llevarse el oro y los tesoros de Amón.

Pero lo peor era que los cadáveres seguían pudriéndose en las calles cercanas al templo, pues nadie se atrevía a recogerlos por no incurrir en la cólera del faraón, a quien se había dicho que las víctimas eran poco numerosas. No se permitía tampoco a los parientes llevarse los cuerpos de los suyos. Así fue como el olor de los cadáveres apestó el aire de la villa e incluso el agua del río, y al cabo de pocos días las enfermedades se desencadenaron en la villa y no se las pudo combatir porque la Casa de la Vida estaba dentro del recinto de Amón, con sus depósitos de medicinas.

Cada noche las casas ardían y eran saqueadas, y los negros pintados bebían vino en copas de oro y los sardos dormían blandamente en las camas de los ricos. Día y noche, desde lo alto de las murallas del templo, los sacerdotes lanzaban maldiciones contra el falso faraón y contra todos los que abjuraban de Amón. Toda la turbamulta de la villa salió de sus antros: los ladrones, los saqueadores de sepulturas y los bandoleros que no tenían a ningún dios, ni siquiera a Amón. Invocaban piadosamente a Atón e iban a su templo a pedir a los sacerdotes supervivientes una Cruz de vida que se ponían en el cuello como talismán, para poder saquear, matar y robar a su antojo. Después de estos días y estas noches, Tebas necesitó años enteros para recuperar su aspecto anterior.

3

Horemheb vivía en mi casa, donde velaba y se enflaquecía, y sus ojos se ensombrecían porque se negaba a tomar la comida que Muti le preparaba con abnegación, pues lo admiraba como las mujeres admiran a los hombres robustos; en cambio, yo no era más que un médico sin musculatura, pese a todo mi saber. Y Horemheb me decía:

– ¡ Qué me importa Amón o Atón! Mis soldados olvidan la disciplina y se convierten en fieras, de manera que tendré que distribuir muchos golpes y hacer rodar muchos cabezas para restablecer el orden. Es lástima, porque conozco a muchos de ellos por sus nombres y son excelentes soldados, siempre y cuando los mantenga firmes y les dirija buenas reprimendas.

Pero Kaptah se enriquecía cada día más y su rostro relucía de grasa; no salía jamás de ‹La Cola de Cocodrilo», donde los oficiales sardos y los centuriones pagaban sus consumiciones en oro, y las habitaciones posteriores se llenaban de tesoros robados, joyas, cofres y alfombras dadas en pago. Pero nadie se atrevía a alborotar en aquella taberna, porque se sabía que estaba guardada por los soldados de Horemheb. Kaptah mimaba a los guardias para estimular su celo, y los soldados bendecían su nombre y colgaban cabeza abajo en la puerta a todo ladrón cogido in fraganti, para que sirviese de ejemplo y atemorizar a los alborotadores.

Al tercer día mis remedios se acabaron y me fue imposible comprar otros ni a precio de oro, y mi habilidad era impotente ante las enfermedades propagadas por el agua infectada por los cadáveres. Yo estaba agotado y mi

corazón era como una llaga en mi pecho, y mis ojos estaban enrojecidos de tanto velar. Por esto me asquee de todo, de los pobres y de las heridas, e incluso de Amón, y me fui a ‹La Cola de Cocodrilo», donde bebí vinos mezclados y me dormí, y por la mañana Merit me despertó y me llevó a dormir a su alfombrilla al lado de ella.

Yo estaba avergonzado y le dije:

– La vida es como una noche fría, pero es bello que dos solitarios se calienten en una noche fría, aunque sus ojos y sus manos se mientan por amistad.

Ella bostezó y dijo:

– ¿Cómo sabes que mis ojos y mis manos te mienten? Estoy verdaderamente cansada de golpear en los dedos de los soldados y arrearles patadas, y a tu lado, Sinuhé, es donde encuentro en esta villa el único lugar donde nadie se atreve a tocarme. Pero ignoro por que, y estoy un poco enojada contigo porque dicen que mi vientre no tiene defectos y que soy bella, aunque no hayas deseado nunca verlo. -Bebí la cerveza que me ofrecía para aclararme las ideas y no supe que responder. Ella me miraba a los ojos sonriendo, pero en el fondo de sus pupilas pardas la pena brillaba como el agua negra de un pozo. Y añadió-: Sinuhé, querría ayudarte si pudiese, y hay en esta villa una mujer que tiene una gran deuda contigo. Estos días el suelo está en el techo y las puertas se abren al revés y se arreglan muchas cuentas por las calles. Quizá sería conveniente para ti cobrar tu crédito, a fin de que ceses ya de pensar en que toda mujer es un horno que te consumirá.

Yo le dije que no la consideraba como un horno y la dejé, pero sus palabras germinaban en mí, porque no era más que un hombre y mi corazón estaba acongojado por la sangre y había experimentado la embriaguez del odio. Por esto sus palabras anidaron en mi como una llama y recordé el templo de la diosa de cabeza de gato y la casa de al lado, pese a que el tiempo hubiese cubierto de arena estos recuerdos. Sin embargo, en estas jornadas de horror los cuerpos salían de sus tumbas, y recordaba a mi tierno padre Senmut y a mi buena madre Kipa, y un sabor de carnicería me llenaba la boca, porque ahora nadie estaba en seguridad en Tebas y me hubiera bastado sobornar a dos soldados para satisfacer mi venganza. Pero no sabía lo que quería. Por esto regrese a mi casa dispuesto a cuidar a mis enfermos lo mejor que pudiese, sin medicinas, e invite a los pobres a cavar fosos en la ribera para que el agua se purificase filtrándose a través del fango.

Al quinto día, los oficiales de Pepitatón se sintieron inquietos porque los soldados se negaban a obedecer y arrancaban las fustas de manos de los oficiales para romperlas sobre sus rodillas. Fueron a encontrar a su jefe, que estaba asqueado de la penosa vida de soldado y echaba de menos sus gatos, y le hicieron prometer ir a casa del faraón para decirle la verdad y renunciar a sus funciones, devolviendo su collar de mando real. Aquel mismo día se presentó en mi casa un mensajero del faraón para convocar a Horemheb al palacio. Horemheb se incorporó como un león, se lavó y vistió, y se marchó

pensando en lo que diría, porque en aquellos días el mismo poder del faraón vacilaba y nadie sabía lo que ocurriría al día siguiente. Delante del faraón, dijo:

– Akhenatón, el tiempo apremia y sería demasiado largo exponerte la forma en que yo aconsejo obrar. Pero concédeme durante tres días tus poderes de faraón y al tercero te restituiré tus poderes, y no tendrás que saber lo que ha pasado.

Pero el faraón le dijo: -¡Derribarás a Amón? Y Horemheb dijo:

– Estás más loco que un poseído de la luna; pero, después de todo lo ocurrido, Amón tiene que ser derribado para que la autoridad del faraón subsista. Por esto destruiré a Amón, pero no me preguntes como.

El faraón dijo:

– No debes maltratar a sus sacerdotes, porque no saben lo que hacen. Horemheb le respondió:

– Verdaderamente habría que trepanarte, porque es el único medio de obtener tu curación, pero obedeceré tu orden, puesto que un día te cubrí con mi túnica.

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