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Электронная книга - «Sefarad. Una novela de novelas». Краткое содержание книги:

Como su nombre indica, Sefarad no es una novela, sino una multitud de novelas cuyos hilos se cruzan y entrelazan sin cesar. Una serie de vidas (muchas de ellas reales) que nos saltan al paso a lo largo de los diecisiete capítulos en que está dividido el libro para contarnos su historia de desarraigo, de persecución o exilio.
Muchas de esas historias tienen una raíz común: el éxodo. Desde los menos traumáticos: de una ciudad a otra por causa del trabajo, hasta los provocados por los conflictos bélicos o por las persecuciones generadas en ellos. Pero todas están marcadas por el desarraigo que sufren sus protagonistas. Es un sentimiento de extrañeza bien hacia el nuevo lugar que habitan, bien hacia una situación que les convierte en algo distinto que les aparta de la sociedad. En el primer caso están las historias de los emigrantes de poblaciones pequeñas a otras más grandes y que mantienen vivas las tradiciones de sus lugares de origen en sus nuevos ambientes, buscando cualquier pretexto (la fiesta del pueblo, las vacaciones, etc.) para regresar y revivir por unos días el tiempo irrecuperable de la nostalgia. En el segundo caso los acontecimientos están fuera del control del personaje y se presentan con la fuerza arrolladora de lo impensable: una persona sana se convierte en una persona a punto de morir tras una visita al médico, un servidor fiel del régimen soviético se convierte en un traidor de la noche a la mañana, una persona amante de su país se convierte en un enemigo del mismo por el simple hecho de pertenecer a una familia judía, etc. También hay historias de los que, mucho tiempo más tarde, volvieron al lugar de donde escaparon para encontrar que nunca más podrán sentirme cómodos entre los vecinos que, tal vez incluso, les denunciaron, de aquellos que fueron a visitar los campos de concentración en los que murieron la mayoría de sus familiares, de aquellos que, de repente y sin motivo aparente, en un lugar cualquiera se sienten intrusos y fuera de lugar.
Es una novela individual y colectiva a un tiempo, un viaje de destierro que usa el tren como lugar mágico o terrible en el que todo puede pasar: desde el encuentro apasionado de dos desconocidos que marcará el resto de la vida del que, vez tras vez, narra la historia a cada nuevo amigo, hasta el viaje hacia la muerte cierta que les aguarda en el campo de exterminio a los viajeros hacinados en sus vagones. Un tren en el que los viajeros son los perseguidores de un sueño imposible y los perseguidos por una pesadilla abominable.
Primo Levi, Kafka, Milena Jesenska, Heinz y Margaret Neumann, Victor Klemperer, Jean Améry, Nadiezhda Mandelstam, Evgenia Ginzburg, Willi Münzenberg, Walter Benjamin, son algunos de los personajes de carne y hueso que aparecen en esta novela, muchos de ellos víctimas del fascismo hitleriano, del totalitarismo soviético y de la dictadura franquista. Sus historias se mezclan con las de otros menos conocidos y con las inventadas por Muñoz Molina, quien, al final del libro, ofrece una “Nota de lecturas” para aquellos que quieran profundizar en esas vidas desgarradas por los acontecimientos.
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Dejó a un lado el dossier, asegurándose de que abrochaba bien el álbum para que no se saliera ninguna fotografía, programa o recorte, buscó en el interior su chaqueta demasiado ceñida -de terciopelo, me acuerdo ahora, con las solapas muy anchas, como de un dandismo obsoleto o erróneo, una chaqueta más de cantante melódico que de pianista-, y por un momento se le puso cara de alarma y palpó todos los bolsillos, mirándome con una sonrisa de embarazo y disculpa, como si yo fuera un policía que le hubiera pedido la documentación: fueron sólo unos segundos, porque enseguida los dedos ansiosos tocaron lo que buscaban, las tapas flexibles de un pasaporte tan cuidado que parecía nuevo, igual que el carnet de identidad que me enseñó a continuación el pianista, con su foto en color bajo el plástico liso y su raro nombre rumano o eslavo que ya he olvidado.

Sus dedos largos y pálidos tocaban esos documentos con delicada reverencia, con el asombro incrédulo de que de verdad existieran, con la incertidumbre de que pudieran perderse. Tantos años viviendo en un país del que sólo deseaba irse y visitar otro que él sólo conocía por los libros y la música, por los nombres sonoros de las partituras que aprendía sin ninguna dificultad en el Conservatorio, tanto miedo en vísperas de la decisión final, cuando saltó por la ventana del lavabo de un camerino para que no lo vieran sus compañeros de gira por España ni los agentes de la policía política que los vigilaban, tanto tiempo esperando, haciendo declaraciones en despachos policiales y presentando papeles, viviendo en albergues de la Cruz Roja o en pensiones ínfimas, con el miedo permanente a ser expulsados o, peor aún, repatriado, qué horrorosa palabra, me dijo, sin dinero, sin identidad, en tierra de nadie, entre la vida de la que había escapado y la que no llegaba a empezar, despojado de las seguridades y privilegios que disfrutó como pianista de renombre en su país, inseguro sobre las expectativas de emprender aquí una nueva carrera, siendo un desconocido.

La expresión deslumbrada de quien sostuvo mucho tiempo un sueño y logró realizarlo contrastaba en su cara, en su mirada, en su presencia general, con los síntomas de una melancólica y gradual capitulación ante las adversidades de la realidad que trajo consigo el cumplimiento del sueño. Había sido un niño prodigio en el conservatorio de Bucarest o de Sofía, y su colección de recortes y programas atestiguaba una carrera distinguida por salas de conciertos del este de Europa. Pero ahora perdía mañanas enteras en la antesala de mi oficina aguardando la decisión sobre un contrato que le garantizaría, como máximo, dos o tres actuaciones en centros culturales de la periferia, en salones de actos con mala acústica y pianos mediocres y mal afinados.

No se permitía el desánimo, y si entraba en mi oficina y yo le decía que el gerente no iba a venir o que aún no estaban empezados los trámites para su contratación, me sonreía débilmente y me daba las gracias e inclinaba la cabeza antes de salir con una mezcla de antigua cortesía centroeuropea y de rigidez comunista, con un instinto de obediencia medrosa a cualquier funcionario que tal vez ya no perdería nunca. Era un hombre joven, menudo, que en el recuerdo ya muy débil se me presenta parecido a Román Polanski: seguramente ya no era joven, pero conservaba, igual que Polanski en las fotos, un aire invariable de juventud, una especie de viveza fugitiva en la mirada y en los ademanes, que a una cierta distancia borraban los signos de la edad ya muy marcados en los rasgos.

Daba clases particulares, buscaba y aceptaba conciertos casi en cualquier parte, cobrando muy poco, cachets a veces tan bajos que cuando hacía cuentas se decía a sí mismo, con uno de esos giros españoles que le gustaban tanto, lo comido por lo servido. Pero también se decía, menos da una piedra, y más vale pájaro en mano que ciento volando, en su concienzudo español aprendido apasionadamente en una capital de tranvías decrépitos, de inviernos larguísimos y noches prematuras, hablado a solas con una íntima felicidad de escapatoria y rebeldía, con la conciencia de que al estudiar esa lengua estaba anticipando un atributo necesario y tangible del sueño que le alimentaba la vida, igual que al aprender a tocar en el piano los pasajes más difíciles de la suite Iberia de Albéniz o la Rapsodia española de Ravel. Y ahora, aunque veía que los frutos de su sueño cumplido eran tan mezquinos, porque en España no contaban para nada los méritos de su antigua carrera de virtuoso del piano, y tenía que actuar, las raras veces que lograba un contrato, en sitios lamentables, aunque se veía en su ropa decente y gastada que vivía bajo el agobio constante de la necesidad, aun así no se permitía a sí mismo rendirse al desaliento, y seguía mostrando un entusiasmo agradecido por todas las cosas de su nuevo país, una felicidad que vista desde fuera parecía algo patética, como la de un enamorado al que sabemos que su amante desdeña o maltrata y sin embargo sigue conservando hacia ella una devoción ilimitada, fuera de proporción con los dones tan escasos que recibe.

He olvidado tantas cosas de entonces, las he querido borrar de mi memoria para que no me la infectaran de remordimiento y vergüenza, de disgusto de mí mismo. Pero ahora me acuerdo de algo que me contó ese hombre, el pianista búlgaro o rumano, no sé si en mi oficina o en uno de los bares de los callejones donde desayunábamos los empleados de baja graduación, quizás una vez que se empeñó en invitarme a un café o a una caña, para celebrar modestamente que por fin le habían contratado un concierto, o que lo había cobrado después de días o semanas de tortuosas dilaciones administrativas.

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