La Dama de la Toscana
- Автор: Cavalier Philippe
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «La Dama de la Toscana». Краткое содержание книги:
La tetralogía El siglo de las quimeras culmina en La dama de la Toscana, un relato de terror e intriga, acción y aventura, que nos conduce de los desiertos de Asia Central a los palacios de Venecia, de la corte de los Borgia al París de Alexandre Dumas, de los bosques de Transilvania a las planicies del Transvaal… Un bello, terrible, misterioso tapiz, tejido con los hilos de lo humano y lo numinoso, de la historia y la magia negra.
»La religión de Cristo se extendió y corrompió Roma hasta la médula. El Imperio se hundió bajo la podredumbre de esa nueva fe. Después le llegó el turno al caravanero Mahoma. Pero Taus, mi dios, se burlaba de ellos. Era más antiguo que Alá y no tenía palabras que decir a la turba. Taus es un dios para los fuertes, Dalibor, un dios cuya sola moral es el poder y la belleza. No ambiciona dominar el mundo ni convertir a los pueblos. Sólo le interesan las almas de excepción. Es el dios de los solitarios, de los que abrazan la sombra y la luz con la misma pasión; él tiende un puente entre el horror y la voluptuosidad. Fácil y compleja, oscura y evidente, su filosofía contradictoria no está hecha para el vulgo ni para los que se creen sabios o eruditos. Por eso todos la llaman obra de Satán, saber maldito… Es cierto que sobre ella no se pueden construir ciudades y naciones, porque no es un cimiento de los pueblos. Es una vía que no se transmite de sangre a sangre, sino de alma a alma; no de padre a hijo, sino de semejante a semejante… ¡Y yo sé que somos semejantes, Dalibor Galjero!
Nuwas colgó una bota de leche de camella del cuello de su montura y saltó a la silla.
– Es para esta noche -explicó-. Cuando lleguemos se habrá batido y tendremos mantequilla para el vivac. Vamos, sígueme.
Me pasé sobre la boca un trozo del turbante y hundí los talones en los flancos de mi caballo. Era la aurora, y el sol asomaba justo por encima del horizonte, pero el aire era frío, y de los ollares de nuestros animales surgían chorros de vapor denso. Al trote corto dejamos el pueblo de Nuwas. El, que hubiera podido conocer un destino más ilustre que los de Alejandro y César, vivía desde hacía siglos en una aldea de pastores y artesanos, en el fondo de un valle olvidado de Mesopotamia. No era príncipe, ni jefe guerrero, ni siquiera jefe de clan o sacerdote.
– Me contento con cuidar los rebaños -dijo Nuwas-. Encuentro a los niños perdidos que se alejan de su madre y se caen por los barrancos. Ayudo a los viejos a morir cuando su cuerpo les hace sufrir demasiado. También vigilo las fuentes para que no se sequen. Podría hacer más, desde luego, pero me limito a eso. No es bueno ostentar los poderes que no domina el común de los hombres.
Dejamos el valle de Lalish y tomamos la dirección del este. Se suponía que Nuwas marchaba al encuentro de los nómadas de las mesetas para ayudarles a prepararse para la mala estación reactivando los hechizos protectores de sus animales y los de ellos mismos. En realidad, el viaje era un pretexto para estar conmigo sin testigos.
– Malek Taus me ha conferido la presciencia de tu historia, Dalibor. Pero hay dos cosas que necesito escuchar de tu boca. Háblame de tu frawarti, sobre todo. Descríbeme los sentimientos buenos y malos que te ligan a tu Laüme.
Describir a Laüme en términos justos fue una tarea larga y difícil que me exigió varios días. Con el mayor detalle posible, relaté mi existencia a Nuwas, sin omitir lo que me habían confiado las sombras antiguas de Galjero y de Dragoncino. Cuando concluí mi narración habíamos llegado al borde de una tundra espinosa cuyo final no alcanzaba la vista.
– En otros tiempos he cazado el león aquí -dijo Nuwas-. Era una época más noble que la que el mundo se dispone a conocer.
Su voz era melancólica y sus palabras rezumaban una secreta nostalgia. Sin embargo, no se entretuvo en más comentarios. Penetramos en la estepa y vivaqueamos por la noche.
– Voy a enseñarte una magia fácil y útil -me dijo mi maestro-. Esta landa está habitada por bandidos. Puedes estar seguro de que ya han visto nuestro fuego. Vamos a ocultarnos a sus ojos.
Nuwas arrojó con todas sus fuerzas cuatro bolitas de ámbar a los cuatro puntos cardinales. Después, dejó caer a sus pies un último guijarro. Con la punta de una tea sacada de la hoguera, dibujó un lazo en torno a esa piedra, que se cubrió enseguida de condensación. Una niebla espesa surgida de ninguna parte se formó a nuestro alrededor. En unos instantes, quedamos protegidos por un anillo de bruma tan compacta que se habría dicho que nos encontrábamos de pronto elevados entre las nubes. La noche transcurrió en la mayor tranquilidad. Al día siguiente, cuando proseguimos nuestro camino, Nuwas me reveló cómo obrar otros milagros de este orden.
– Hay que canalizar y proyectar la voluntad, Dalibor, ése es el secreto. Las piedras son simples soportes, lo mismo que los signos mágicos. Son marcas que no poseen otro poder que el que tú les otorgas. Ni más ni menos.
En una cañada, me entrené en hacer levantarse una capa de bruma y en disolverla después. Fue tarea sencilla. Después, Nuwas me mostró cómo reunir nubéculas en un cielo límpido y también cómo densificar una nube hasta hacer surgir un relámpago.
– Es la antigua ciencia de los invocadores de tormentas -me explicó-. El griego Pitágoras la dominaba con maestría. Se cuenta que fue gracias a ella que incendió las velas de la flota que invadía Siracusa. Como parece que tienes buena disposición, creo que podrás conseguir otra proeza…
Nuwas cortó una varita de un arbusto de espinos y la recortó para hacerla rectilínea. Con suma precaución, vació el palo con la punta de un cuchillo de hoja fina y llenó el hueco con cristales de ámbar sujetos entre dos guijarros. La savia espesa de un arbusto, endurecida al contacto con el aire, sirvió para sellar el objeto.
– Toma esta varita y utilízala para dirigir tu energía hacia un ser viviente -me ordenó Nuwas-. No importa cuál. Por ejemplo, ese gran lagarto que está encima de esa piedra.
– ¿Qué va a pasar? -pregunté, intrigado.
– No tengo la menor idea, Dalibor. Quizá no os pase nada ni a ti ni al animal, o quizás algo extraordinario os ocurra a los dos. Pruébalo y lo veremos…
Tendí sin fe la varita llena de ámbar en dirección al reptil. Como había sentido antes, cuando hice surgir el relámpago, un estremecimiento recorrió mis músculos y se concentró en mis manos. Creí que un rayo iba a surgir de la punta de la varita pero, en lugar de eso, vi que el lagarto empezaba a moverse de manera extraña y después a retorcerse donde se hallaba, como atacado por una peste repentina. Con la varita siempre tendida, me acerqué para observar mejor el efecto de mi sortilegio. De la piel del reptil surgía una humareda, y su epidermis se resquebrajaba bajo el efecto de una combustión que tenía efecto en sus entrañas. La bestia murió de ese modo, quemada desde dentro en pocos segundos, sin que yo hubiera formulado el conjuro de manera consciente. Nuwas cortó el lagarto y nos lo comimos entre risas.
– Sólo había visto esto antes una vez -me dijo el maestro-. Y fue hace mucho tiempo. Uno de mis primeros aprendices estaba dotado como tú para canalizar su energía; pero el orgullo era su punto débil. Se creyó lo bastante fuerte para dominar a su frawarti y me abandonó antes de terminar su aprendizaje. Su hada lo mató y desapareció. Procura no seguir su ejemplo, Dalibor. Quédate conmigo hasta que reúnas suficiente fuerza para salir victorioso de la confrontación con tu Laüme.
– ¿Cuántos hombres han venido a ti, Nuwas? ¿Cuántos hombres como nosotros hay en el mundo?
Nuwas hizo una mueca interrogativa.
– ¿Quién sabe, Dalibor? Cada siglo que pasa llegan menos al desierto. Quizá tú seas uno de los últimos. Los tiempos cambian. Los hombres de hoy en día no necesitan el coraje y la nobleza de otros tiempos, su vida es más fácil y más simple. Han hecho de la mediocridad su compañera y no soportan que se les aparte de sus pequeñas ignominias cotidianas. Su alma ya no es de dura piedra sino de fango maloliente. Es natural que las frawartis ya no se aparezcan.