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El número de la traición

Электронная книга - «El número de la traición». Краткое содержание книги:

En la sala de urgencias del hospital más ajetreado de Atlanta, la doctora Sara Linton se ocupa de los pobres, de los heridos y de los desafortunados. De esta manera se refugia de la tragedia que hizo tambalear su vida hace unos años. Es entonces cuando una mujer muy malherida entra en el hospital y Sara se ve trasladada de nuevo a un mundo de horror y violencia. La mujer, desnuda y con evidentes signos de haber sido torturada, ha sido atropellada, pero está claro que antes había sido la presa de una mente retorcida.
En las afueras de Atlanta, donde encuentran a la paciente de Sara, la policía local ha empezado sus pesquisas, pero el detective Will Trent, de la Oficina estatal de Investigación de Georgia, no espera a que su jefa le dé la autorización necesaria para inmiscuirse en el caso: se lanza a través del cordón policial y directo al frondoso bosque y consigue encontrar una casa de los horrores escondida bajo tierra y un nuevo cadáver… la terrible realidad es que la paciente de Sara tan solo es una de las múltiples víctimas de un asesino cruel y sádico.
Will y su compañera Faith Mitchell, otra detective quien a su vez tiene sus propios secretos, consiguen hacerse con el caso, aunque para ello hayan de pelearse con el jefe local de policía y justo entonces otra mujer -inteligente, atractiva, bien situada y madre de un niño pequeño- es secuestrada. Will y Faith se encuentran en el ojo de un huracán para dar caza y captura a un asesino. Y, de hecho, ellos son lo único que hay entre un loco y su próxima víctima.
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Compartieron un momento de mutua conmiseración. Pauline intentó recordar lo poco que sabía de Mia. La mujer no publicaba mucho en el chat, pero cuando lo hacía solía ser muy certera. Como a Pauline y a unas cuantas usuarias más, a Mia no le gustaban los lloriqueos, no tragaba con toda esa mierda.

– No pueden matarnos de hambre -dijo Mia-. Yo puedo aguantar hasta diecinueve días sin comer.

Pauline estaba impresionada.

– Yo más o menos igual -mintió. Su récord estaba en doce, y había acabado ingresada en el hospital, donde la habían cebado como si fuera un pavo de Acción de Gracias.

– El problema es el agua -continuó Mia.

– Sí. ¿Cuánto tiempo puedes…?

– Nunca he intentado prescindir del agua -le interrumpió Mia, terminando la frase por ella-. No tiene calorías.

– Cuatro días -le dijo Pauline-. En alguna parte leí que solo se puede sobrevivir unos cuatro días sin agua.

– Podremos aguantar más.

No era un alarde de optimismo: si Mia era capaz de aguantar diecinueve días sin comer, seguro que aguantaría sin agua más que Pauline.

Ese era el problema. Podía sobrevivir a Pauline. Ninguna había sobrevivido a Pauline hasta ahora.

Mia formuló la pregunta más obvia.

– ¿Por qué no nos ha violado?

Pauline apretó la cabeza contra el frío suelo de cemento, intentando evitar que el pánico se apoderara de ella. Que las violara no era el problema. Era todo lo demás: los juegos, el escarnio, las trampas… las bolsas de basura.

– Quiere que nos debilitemos -dijo Mia-. Quiere asegurarse de que no podamos defendernos.

Las cadenas de Mia tintineaban cada vez que se movía. Su voz sonaba más cercana ahora, y Pauline imaginó que se habría puesto de costado.

– ¿Qué estabas haciendo? Me refiero a lo de antes. ¿Por qué golpeabas la cabeza contra la pared?

– Si puedo abrir un boquete en la pared, quizá pueda escapar. Según la normativa vigente, las vigas deben estar separadas por una distancia mínima de cuarenta centímetros.

– ¿Tienes unas caderas de cuarenta centímetros? -preguntó Mia, sobrecogida.

– No, subnormal. Pero me puedo poner de lado.

Mia se rio de su propia tontería, pero entonces señaló algo que hizo que Pauline se sintiera todavía más estúpida.

– ¿Y por qué no usas los pies?

Las dos se quedaron calladas, pero Pauline empezó a notar una sensación extraña. Sintió un espasmo en la barriga y se oyó a sí misma estallar en carcajadas con una risa sincera, espontánea, mientras pensaba en lo idiota que había sido.

– Oh, Dios -suspiró Mia. También ella se reía-. Mira que eres idiota.

Pauline se retorció, intentando girar sobre su hombro. Juntó los pies para que las cadenas no se le enredaran y golpeó la pared con los pies. El pladur se rompió al primer intento.

– Subnormal -dijo, esta vez refiriéndose a sí misma.

Se deslizó para ponerse de frente al hueco y retiró los trozos de yeso con la boca. El polvo era venenoso, pero no le importaba. Prefería morir con la cabeza asomando unos centímetros por fuera de aquella habitación que atrapada allí mientras esperaba a que aquel cabronazo viniera a por ella.

– ¿Lo has conseguido? -preguntó Mia- ¿Lo has roto?

– Cállate -le dijo Pauline mordiendo el aislante.

Había insonorizado las paredes. Era de esperar; tampoco suponía mayor problema. Lo agarró con los dientes y fue retirando el aislante trozo a trozo, loca por sentir el aire fresco en su cara.

– ¡Joder! -gritó Pauline.

Se arrastró hacia la pared, de modo que su cintura quedara a la altura del hueco. Alargó el brazo y estiró los dedos, que apenas llegaban un poco más allá del pladur roto. Arrancó el aislante y sus dedos palparon algo que parecía una pantalla. Arqueó la espalda, estirando las manos todo lo que pudo. Sus dedos tropezaron con una malla de alambre.

– ¡Maldita sea!

– ¿Qué es?

– Una malla de alambre.

La había puesto en las paredes para que no pudieran escapar.

Pauline volvió a colocarse perpendicular a la pared y golpeó la malla con los pies. Las suelas de sus pies toparon con algo macizo. En lugar de ceder la pantalla la hizo rebotar y deslizarse varios centímetros por el suelo de la habitación. Volvió a acercarse para intentarlo de nuevo, rodando sobre su tripa y apoyando las sudorosas palmas contra el cemento. Pauline encogió las piernas y, con todas sus fuerzas, le sacudió otra patada. De nuevo sus pies rebotaron y salió despedida.

– Oh, Dios -jadeó, dejándose caer sobre su espalda. Empezó a llorar otra vez y las diminutas patas de araña volvieron a nublarle los ojos-. ¿Qué voy a hacer ahora?

– ¿Llegas con las manos?

– No -sollozó Pauline.

Sus esperanzas empezaban a desvanecerse. Sus manos estaban atadas con fuerza al cinturón y la malla de alambre estaba justo detrás del pladur. No había manera de que pudiera alcanzarla con las manos.

El cuerpo de Pauline empezó a convulsionarse por el llanto. Llevaba años sin verle, pero él no había olvidado cómo funcionaba su cabeza. El sótano era su campo de pruebas, una cárcel cuidadosamente preparada para doblegarlas matándolas de hambre. Pero eso no era lo peor. Debía de haber una cueva en alguna parte, un lugar oscuro que habría excavado en la tierra con sumo esmero. El sótano serviría para doblegarlas, en la cueva las destruiría. El muy hijo de puta lo tenía todo muy bien pensado.

Otra vez.

Mia había conseguido arrastrarse hasta ella. Su voz sonaba muy cerca, casi encima de Pauline.

– Cállate. Utilizaremos la boca.

– ¿Qué?

– Es alambre, ¿no? Una malla de alambre.

– Sí, pero…

– Si lo doblas hacia adelante y hacia atrás, se rompe.

Pauline meneó la cabeza. Aquello era una locura.

– Solo tenemos que romper un trozo -dijo Mia, como si fuera una simple cuestión de lógica-. Muérdelo con los dientes y tira hacia adelante y hacia atrás. Tarde o temprano se romperá, y entonces podremos abrirlo a patadas. O a mordiscos.

– No podemos…

– No me digas que no podemos, zorra de mierda. -Mia tenía los pies encadenados, pero se las arregló para sacudirle una patada en la espinilla.

– ¡Ah!

– Empieza a contar -le ordenó Mia arrastrándose hacia el agujero-. Cuando llegues a doscientos, será tu turno.

Pauline no iba a hacerlo porque no pensaba dejar que aquella zorra le dijera lo que tenía que hacer. Entonces oyó un ruido -un ruido de dientes mordiendo el metal, retorciéndolo, royéndolo. Doscientos segundos. Se iban a desgarrar la piel. Se iban a destrozar las encías. Ni siquiera tenían garantizado que funcionara.

Pauline se dio la vuelta y se sentó sobre sus talones.

Empezó a contar.

Capítulo veintiuno

Faith nunca había sido madrugadora, pero había cogido la costumbre de entrar a trabajar pronto cuando Jeremy era pequeño. Daba igual que no fueras madrugadora cuando tenías un crío hambriento que alimentar, vestir, inspeccionar y dejar en la parada del autobús a las 7:13 como muy tarde. De no ser por Jeremy habría sido una noctámbula de las que se acuestan pasada la medianoche, pero solía acostarse a eso de las diez incluso cuando Jeremy ya era un adolescente con horarios mucho más flexibles.

Will también tenía sus razones para entrar pronto a trabajar. Faith vio su Porsche aparcado en el sitio habitual cuando entró con el Mini en el edificio este de la alcaldía. Aparcó y se quedó allí sentada intentando colocar el asiento de manera que pudiera llegar al mismo tiempo al volante y a los pedales sin tener que incrustarse el primero en el pecho y estirarse para llegar a los segundos. Al cabo de un buen rato encontró por fin la distancia justa y se le pasó por la cabeza hacer que bloquearan el asiento para que no pudiera moverse. Si Will quería conducir su coche tendría que hacerlo con las rodillas pegadas a las orejas.

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