El psicoanalista [The Analyst - es]
- Автор: Катценбах Джон
- Язык: испанский
- Переводчик: Laura Paredes
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El psicoanalista [The Analyst - es]». Краткое содержание книги:
Y mira dónde nos ha llevado eso. Eres el alfa y omega de los cabos sueltos, Ricky. El plato fuerte. Diría que muy peligroso para todos los implicados. -Resopló, como si sus propias palabras le dijeran algo. Prosiguió-: Me cuesta imaginar por qué quieres echar unas partidas más con el señor R. Es lo que cabría pensar al ver tu querida casa de veraneo consumida por las llamas; fue muy hábil e inteligente por tu parte, Ricky. Quemar toda esa felicidad junto con todos los recuerdos era un mensaje claro para nosotros. De un psicoanalista, nada menos. No lo previmos, en absoluto. Pero habría imaginado que esa experiencia te habría enseñado que el señor R es un hombre muy difícil de superar en una contienda, en especial en las que planea él mismo. Deberías haberte quedado donde estabas, Ricky, bajo la piedra que hayas encontrado para esconderte.
O quizá deberías huir ahora. Huir y ocultarte para siempre. Empezar a cavar un agujero en algún lugar lejano, frío y oscuro, y seguir cavando. Porque sospecho que esta vez el señor R querrá tener una prueba más clara de su victoria. Una prueba incontestable.
Es una persona muy concienzuda. O eso tengo entendido.»
Virgil enmudeció, como si hubiera colgado el auricular de golpe. Ricky oyó un siseo electrónico y accedió al siguiente mensaje telefónico. Era Virgil por segunda vez.
«Mira, Ricky, detestaría verte repetir el resultado del primer juego, pero si eso es lo que hace falta, bueno, tú lo has querido.
¿Cuál es ese “otro juego” del que hablas y cuáles son las reglas?
A partir de ahora leeré el Village Voice con más atención. Y mi jefe está…, bueno, ansioso no parece la palabra más adecuada.
Consumido de impaciencia, como un caballo de carreras, quizás.
Así que estamos esperando la salida.»
– Ya ha pasado -dijo Ricky en voz alta tras colgar el auricular.
«Zorros y sabuesos -pensó-. Piensa como el zorro. Tienes que dejar un rastro para saber dónde están, pero mantener suficiente ventaja para que no te detecten y capturen. Y, a continuación, llevarlos directamente a donde quieres.»
Por la mañana, Ricky tomó el metro al centro hacia el primer hotel en el que se había registrado. Devolvió la llave de la habitación a un recepcionista que leía una revista pornográfica titulada Profesiones del amor tras el mostrador. El hombre ofrecía un aspecto de lo más desastrado, con prendas que le caían mal, la cara picada de acné y una cicatriz en un labio. Ricky pensó que en un cásting no podrían haber elegido a nadie mejor para ese puesto. El hombre tomó la llave sin pronunciar palabra, enfrascado en lo que se mostraba con imágenes vibrantes y explícitas en la revista.
– Hola -saludó Ricky, con lo que logró una mínima atención del hombre-. Podría ser que alguien viniera preguntando por mí para dejarme un paquete.
El hombre asintió distraídamente, absorto en los personajes retozones de la revista.
– El paquete significa algo -insistió Ricky.
– Claro -contestó el otro, casi sin hacer el menor caso a lo que Ricky decía.
Ricky sonrió. No podría haber imaginado una conversación más adecuada a sus intereses. Echó un vistazo alrededor para comprobar que estaban solos en aquel vestíbulo soso y deslucido, metió una mano en el bolsillo de la chaqueta y, por debajo del mostrador, amartilló su pistola, lo que hizo un ruido característico.
El recepcionista levantó la mirada con los ojos como platos.
– Conoce ese sonido, ¿verdad, imbécil?
Ricky le dedicó una sonrisa torcida.
El hombre levantó las manos y las puso sobre el mostrador.
– Quizás ahora me preste atención -dijo Ricky.
– Le estoy escuchando -aseguró el hombre.
Parecía un veterano en el arte de ser robado o amenazado.
– Permita entonces que empiece otra vez -dijo Ricky-. Un hombre traerá un paquete para mi. Vendrá aquí a preguntar y usted le dará este número. Coja un lápiz y anote: 212 ~ 2798.
Aquí podrá localizarme. ¿Entendido?
– Entendido.
– Pídale cincuenta dólares -sugirió Ricky-. Tal vez hasta cien.
Lo vale.
– ¿Y si no estoy aquí? -El hombre pareció decepcionado, aunque había asentido-. Suponga que está el del turno de noche.
– Estará aquí si quiere los cien dólares -contestó Ricky. Y añadió-: Y a cualquier otra persona que venga preguntando, y me refiero a cualquiera que no traiga un paquete, usted le dirá que no sabe adónde fui, quién soy ni nada de nada. Ni una palabra. Ninguna información. ¿Entendido?
– Sólo al del paquete -confirmó el hombre-. Entendido. ¿Qué contiene el paquete?
– Es mejor que no lo sepa. Y estoy seguro de que no espera que yo se lo diga.
Esta respuesta parecía decirlo todo.
– Suponga que no veo ningún paquete. ¿Cómo sabré que es el hombre correcto?
– En eso tiene razón -asintió Ricky-. Le diré qué haremos. Le preguntará si conoce al señor Lazarus y él le responderá algo así como «Todo el mundo sabe que Lázaro se levantó al tercer día».
Entonces usted le dará el número. Si lo hace bien, puede que consiga más de cien.
– El tercer día. Lázaro se levantó. Suena como sacado de la Biblia.
– Puede.
– Muy bien. Entendido.
– Perfecto -dijo Ricky, y volvió a guardarse el arma en el bolsillo después de devolver el percutor a su sitio con un sonido tan característico como el de amartillar-. Me alegra que hayamos tenido esta charla. Ahora mi estancia aquí me resulta mucho más satisfactoria. No interrumpiré más su educación -soltó con una sonrisa a la vez que señalaba la revista pornográfica.
Y acto seguido se marchó.
Por supuesto, no existía el tal hombre del paquete. Pero alguien distinto llegaría pronto al hotel. Con toda probabilidad, el recepcionista soltaría la información pertinente a quien fuera, sobre todo ante el anzuelo del dinero o la amenaza de daño físico, que Ricky estaba seguro de que el señor R, Merlin o Virgil, o quienquiera que fuera, usaría en una sucesión relativamente rápida. Y entonces Rumplestiltskin tendría algo de que preocuparse.
Un paquete que no existía. Con una información inexistente. Entregado a una persona que nunca existió. A Ricky le gustaba. Le daba a su perseguidor algo ficticio en lo que preocuparse.
Fue a registrarse al siguiente hotel.
La decoración era muy parecida a la del primero, lo que le tranquilizó. Un recepcionista distraído y desganado, sentado detrás de un largo mostrador de madera arañado. Una habitación sencilla, deprimente y deslucida. Se había cruzado con dos mujeres con falda corta, maquillaje brillante, tacones de aguja y medias negras de malla, de profesión inconfundible, que aguardaban en el pasillo y que lo habían observado con entusiasmo financiero cuando pasó. Había meneado la cabeza cuando una de ellas le había dirigido una mirada sugestiva. Oyó decir a una de ellas:
«Policía», y se fueron, lo que le sorprendió. Pensó que se estaba adaptando bien, o por lo menos visualmente, al mundo al que había descendido. Pero tal vez fuera más difícil de lo que creía desprenderse del lugar que uno ha ocupado en la vida. Llevamos nuestras señas de identidad tanto interior como exteriormente.
Se dejó caer en la cama y los muelles cedieron bajo su peso.
Las paredes eran delgadas y oyó el éxito de una compañera de trabajo de aquellas mujeres filtrarse a través del yeso: una serie de gemidos y traqueteos al hacer un buen uso de la cama. De no haber estado tan concentrado, le habrían deprimido bastante los sonidos y los olores, en particular el ligero hedor a orín que se filtraba por los conductos de aire. Pero ese entorno era justo lo que quería.
Necesitaba que Rumplestiltskin pensara que se había familiarizado de algún modo con los barrios bajos.