El Tercer Lado De Los Ojos
- Автор: Фалетти Джорджо
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El Tercer Lado De Los Ojos». Краткое содержание книги:
– Ahora que sabes que te vi, creo que también yo merezco una explicación, ¿no crees?
Jordan comprendió. Se asomó un poco, le hizo una seña con el pulgar levantado y poco después movió la mano con un gesto de rotación, para indicarle que hiciera hablar a Roscoe para distraer su atención.
El médico no se había dado cuenta de nada, pero se puso de lado, para poder controlar visualmente tanto a Maureen como la entrada del laboratorio. Era totalmente imposible, en aquella situación, que Jordan pudiera entrar, sorprenderlo por detrás y neutralizarlo.
Roscoe dirigió a Maureen una expresión condescendiente.
– Me parece justo. Hace un momento me has pedido que comenzara desde el principio. Para que puedas entenderlo, es preciso que comience justamente desde ahí.
Hizo una pequeña pausa, como si debiera prepararse antes de emprender por enésima vez un camino entre las ruinas de su vida.
– Hace muchos años, en un seminario que hacía en un hospital de Boston, conocí a una enfermera. Era una joven negra, que se llamaba Thelma Ross. Nos enamoramos enseguida, a primera vista, como si nos hubieran puesto sobre la tierra con ese único fin. Era lo más hermoso y puro que jamás había sentido en mi vida. ¿Sabes qué significa encontrarte ante una persona y darte cuenta de que a partir de entonces nadie más podrá importarte de la misma forma?
Maureen sintió que los ojos se le humedecían y las imágenes de Connor se superpusieron por un instante a las del asesino que la amenazaba con un arma que no le daba ningún miedo.
«Sí, maldito cabrón, claro que lo sé.»
Pareció que Roscoe le leía el pensamiento. Hizo una ligera seña afirmativa con la cabeza, un movimiento habitual en él.
– Sí, veo que lo sabes. Comprendes lo que quiero decir.
El médico prosiguió su relato con otro tono de voz, como si ese conocimiento hubiera creado entre ellos cierta complicidad.
– Entonces yo me encontraba en un momento delicado de mi carrera. Era el preferido y el primer ayudante del profesor Joel Thornton, que en esa época era el mayor experto mundial de mi especialidad. Todos, incluso él, me señalaban como su legítimo heredero, el astro naciente de la microcirugía ocular y de la investigación científica en el campo de la oftalmología. Además, era también mi suegro, porque hacía poco que me había casado con Greta, su hija mayor. Thelma estaba enterada de mi situación y no quería hacer nada que pudiera poner en peligro mi carrera. Me dijo que si me pedía que eligiera, ella pagaría las consecuencias, porque a la larga yo no se lo perdonaría. Thornton, en efecto, tenía el poder de arruinarme. Acarrearme su enemistad en aquel momento habría significado cerrarme todos los caminos.
Roscoe salió del recuerdo y se permitió un pequeño sarcasmo.
– Estados Unidos no es ese país tan democrático que tratamos de exportar como modelo. Un blanco que deja a la hija de un famoso barón WASP de la medicina para liarse con una mujer negra…
No terminó la frase; dejó que Maureen sacara sus conclusiones.
– Thelma y yo seguimos viéndonos a escondidas, hasta que ella se quedó embarazada. De común acuerdo decidimos tener el niño, y así llegó Lewis. Yo le había encontrado un empleo como primera ayudante de quirófano en el hospital Samaritan, en Troy, una pequeña población cerca de Albany. Era el lugar perfecto. Lo bastante cercano para permitirme verlos, a ella y al niño, siempre que me era posible, y lo bastante apartado para pasar inadvertidos. En todo caso, todo se hizo con mucha discreción, tanta que ninguno de sus amigos me ha visto nunca ni ha sabido de mi existencia. Para todos, Thelma era una joven divorciada, que había vivido una mala experiencia de la que no quería hablar. Para Lewis, yo era una especie de tío que los quería y que llegaba de vez en cuando cargado de juguetes. Les había alquilado una casa aislada, y cuando iba a verlos no nos arriesgábamos nunca a que nos vieran juntos. Pasaron cinco años. Thornton murió y las cosas entre Greta y yo habían empeorado tanto que ella me pidió el divorcio. Se lo concedí de buena gana y ese día, ese día maldito fui a Troy a anunciar a Thelma que pronto sería libre y que podríamos vivir juntos.
Maureen vio que Roscoe, absorto en la historia, ya no estaba allí, con ella, sino reviviendo en su mente la secuencia de imágenes evocadas por su relato.
– Lewis jugaba en el jardín, y Thelma y yo estábamos en la casa. Mientras le explicaba lo que había pasado, oímos que Lewis gritaba y poco después entró en la casa llorando y tendiendo hacia mí un brazo, en el que había muchas picaduras. Por el tamaño de los habones, parecían ser de avispas. Yo sabía que la picadura simultánea de muchos de estos insectos puede provocar un choque anafiláctico muy grave. Mientras observaba a Lewis, pedí a Thelma que sacara el coche para llevarlo enseguida a urgencias. Mientras se dirigía hacia el pasillo oímos el timbre. Thelma abrió la puerta y allí estaban ellos.
Maureen vio que las mandíbulas de Roscoe se contraían y el odio, un odio puro, destilado con el cuidado meticuloso del tiempo, desfiguró sus facciones.
– Eran cuatro personas vestidas con camisetas y pantalones oscuros, tres hombres y una mujer, que llevaban en la cara las máscaras de otros tantos personajes de Snoopy. Linus, Lucy, Snoopy y Pig Pen, para ser exactos. Uno de ellos, no sé cuál, la empujó violentamente hacia dentro. Thelma cayó al suelo y ellos entraron apuntándonos con las pistolas. Nos juntaron a los tres en la habitación y nos ordenaron que no nos moviéramos. Intuimos lo que iba a pasar, porque poco después un coche de la policía se detuvo frente a la casa y dos agentes llamaron a la puerta. El de la máscara de Pig Pen, que parecía el jefe, apuntó la pistola a la cabeza de Lewis y ordenó a Thelma que abriera y los echara como fuera.
Roscoe levantó la cabeza hacia el techo blanco y aspiró hondo, como si buscara en sus pulmones más aire para poder proseguir su relato.
– No sé cómo lo hizo Thelma para resultar creíble en semejante situación, pero lo cierto es que los policías se convencieron de que allí no sucedía nada raro. Volvieron a su coche y se marcharon. Mientras, Lewis había empeorado y le costaba respirar. Yo sabía lo que ocurría: las picaduras de las avispas le habían provocado un espasmo laríngeo que poco a poco obstruía las vías respiratorias. Les imploré que dejaran que nos fuéramos, les dije que yo era médico. Les expliqué lo que le estaba pasando a Lewis, y que necesitaba ayuda. Les juré con lágrimas en los ojos que no los denunciaríamos, me arrodillé ante el de la máscara de Pig Pen. No sirvió de nada. Todavía recuerdo su voz indiferente, sus palabras a través de la máscara. Me dijo: «Si eres médico, ya sabes qué hacer». Me permitió moverme libremente, pero para evitar sorpresas ordenó a Lucy y a Snoopy que cogieran a Thelma y la llevaran a otra habitación mientras yo me encargaba de mi hijo. Lewis, a esas alturas, se había desmayado y ya no podía respirar. Para evitar que se asfixiara, cogí un bisturí de mi maletín y allí, sin anestesia, sin instrumentos, como un carnicero, apuntado por dos pistolas, me vi forzado a practicar una traqueotomía a mi hijo y tratar de darle aire metiéndole en la abertura de la garganta el canuto de un bolígrafo.
De los ojos de Roscoe caían lágrimas de rabia y de dolor. Maureen sabía, por experiencia propia, qué difícil era saber cuáles quemaban más.
– Fue inútil. No logré salvarlo. Cuando sentí que el corazón ya no latía, levanté los brazos y me puse a gritar, mientras la sangre de mi hijo resbalaba por mis manos.
De pronto Maureen descubrió otro detalle de las imágenes desgranadas de sus visiones.
«Era él al que vi de espaldas, no a Julius. Lo que confundí con un cuchillo era en realidad un bisturí.»
– Poco después uno de ellos, no sé cuál, me pegó en la cabeza y me desvanecí. Cuando volví en mí, se habían ido. Habían cogido nuestro coche y habían huido, dejando tras de sí el cadáver de mi hijo tendido sobre la mesa, y a Thelma atada a una silla en la otra habitación. Cuando la desaté y vio lo que había ocurrido, se precipitó sobre la mesa y se abrazó al cuerpo de Lewis con tanta fuerza como si quisiera metérselo en su propio cuerpo para devolverle la vida. Fue una visión que no he olvidado nunca, que me ha mantenido en pie, como una droga, todos los años siguientes: las lágrimas de mi mujer mezcladas con la sangre de mi hijo.