En Piel Ajena
- Автор: Френч Тана
- Язык: испанский
- Переводчик: Gemma Deza
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «En Piel Ajena». Краткое содержание книги:
Hacía mucho que Cassandra Maddox no oía hablar de Lexie Madison; en concreto cuatro años, cuando Frank Mackey, su superior en Operaciones Secretas, le ordenó infiltrarse en el mundillo de la droga bajo una nueva identidad: Alexandra Madison, estudiante del diversity College de Dublín. Después de aquella misión, abortada cuando fue apuñalada por un paranoico, Cassie se incorporó a Homicidios y más adelante a Violencia Doméstica, y el nombre de Lexie cayó inevitablemente en el olvido… Hasta el día en que, en un bosque a las afueras de Glenskehy, no muy lejos de Dublín, se halla el cadáver de una joven identificada como Lexie Madison. La noticia sume a Cassie en el desconcierto. «Aquella joven era yo»: sus mismos ojos, su nariz respingona; ambas son como dos gotas de agua. Aprovechando esta inexplicable coincidencia, Mackey urde un plan tan ingenioso como arriesgado para descubrir al asesino: «resucitar» milagrosamente a Lexie ante la opinión publica y hacer que Cassie adopte, por segunda vez, su antigua identidad.
Seducida por el reto, Cassie se instala en Whitethorn House, donde Lexie convivía en aparente armonía con cuatro excéntricos estudiantes, sobre quienes recaen todas las sospechas. Mientras trata de echar abajo las coartadas de cada uno ellos, Cassie empezará a sentirse fascinanada por la mujer que le «robó» su creación y por este grupo tan peculiar, en especial su líder… Una fascinación que alterará el devenir de la investigación y pondrá en peligro su vida.
Aquellos dedos volvieron a buscar mis ojos. Yo busqué a tientas, encontré una mandíbula con barba de unos días, liberé un brazo y le propiné un puñetazo con toda la fuerza de la que fui capaz. Algo golpeó mis costillas, con dureza, pero no me dolió; nada me dolía, aquel tipo podría haberme abierto en canal y no lo habría notado; lo único que quería era pegarle, una y otra vez. La vocecilla fría de mi conciencia me advirtió: «Podríais matarlo, tal como estáis, entre los tres podríais matarlo», pero no me importó. Mi pecho era un gran estallido de blanco cegador y vi el arco temerario y letal de la garganta de Lexie, vi el dulce destello del salón profanado por el vidrio hecho añicos, vi el rostro de Rob frío y cerrado y podría haber seguido peleando hasta el fin de los días: quería que la sangre de aquel tipo llenase mi boca, quería notar su cara reventar y hacerse papilla, astiarse bajo mis puños, y seguir golpeándolo.
Se retorcía como un gato y mis nudillos impactaban contra la tierra yla grava. Me esquivaba. Busqué a tientas en la oscuridad, agarré la camisa de alguien y la oí desgarrarse mientras se zafaba de mí. Era un barullo desesperado, malvado, guijarros volando por los aires; un ruido sordo y enfermo como de una bota golpeando carne, un gruñido animal furioso, y luego pasos corriendo, rápidos e irregulares, desvaneciéndose.
– ¿Dónde…?
Alguien me agarró del pelo; le aparté el brazo de un manotazo y tanteé en busca de su cara, aquella mandíbula áspera, encontré una tela, una piel cálida y luego nada.
– Aparta…
Un gruñido de esfuerzo y un peso apartándose de mi espalda, seguido de un silencio repentino y nítido como una explosión.
– ¿Adónde ha ido…?
La luna salió de entre las nubes y nos miramos fijamente unos a otros, con los ojos como platos, sucios, jadeantes. Tardé un instante en reconocerlos. Rafe poniéndose en pie con dificultad, resollando y con una mancha oscura de sangre bajo la nariz; Daniel con el pelo tapándole la cara y rayajos de barro o sangre como pintura de guerra en las mejillas: sus ojos eran agujeros negros en la delicada luz blanca y me parecieron extraños letales, guerreros fantasmales de la última resistencia de una tribu perdida y salvaje.
– ¿Dónde está? -susurró Rafe, con un aliento hosco y peligroso.
Ni un movimiento; sólo una tímida brisa ondeando el espino. Daniel y Rafe estaban acuclillados como luchadores, con los puños semicerrados, listos para atacar, y entonces caí en la cuenta de que yo también lo estaba. En aquel momento podríamos haber saltado el uno sobre el otro.
La luna volvió a esconderse. Algo pareció filtrarse en el aire, un repiqueteo demasiado agudo para escucharlo. De repente, mis músculos parecieron convertirse en agua, drenarse en la tierra; de no haberme agarrado a un seto, me habría caído. Uno de los muchachos exhaló una larga respiración entrecortada, como un sollozo.
Unas pisadas retumbaban en el camino, delante de nosotros, todos saltamos y nos detuvimos derrapando unos pasos más adelante.
– ¿Daniel? -susurró Justin, sin aliento y nervioso-. ¿Lexie?
– Estamos aquí -contesté.
Me temblaba todo el cuerpo con violencia, como si estuviera sufriendo un ataque de epilepsia; tenía el corazón tan arriba que por una milésima de segundo pensé que iba a vomitar. En algún lugar a mi lado, Rafe sintió arcadas, se dobló por la cintura, tosiendo, y luego espetó:
– Tengo tierra por todos sitios…
– Madre mía. ¿Estáis bien? ¿Qué ha pasado? ¿Lo habéis cogido?
– Lo atrapamos -contestó Daniel, con un jadeo profundo y tosco-, pero no se veía nada y, en medio de la confusión, ha conseguido huir. No tiene sentido perseguirlo: a estas alturas ya estará a medio camino de Glenskehy.
– Madre mía. ¿Os ha hecho daño? ¡Lexie! ¿Y tus puntos…?
Justin estaba al borde de un ataque de pánico.
– Estoy perfectamente -respondí, alto y fuerte para asegurarme de que me oyeran bien a través del micrófono. Las costillas me dolían horrores, pero no podía arriesgarme a que alguien quisiera echarles un vistazo-. Lo que me está matando son las manos. He conseguido asestarle unos cuantos puñetazos.
– De hecho, creo que uno me lo has endiñado a mí, idiota -se quejó Rafe en un tono entre la exaltación y el aturdimiento-. Espero que se te hinchen los puños y te salgan unos buenos morados.
– Calla esa boca o te arreo otra vez -repliqué. Me palpé las costillas: la mano me temblaba tanto que no estaba segura, pero no me pareció que hubiera nada roto-. Justin, deberías haber oído a Daniel. Ha estado genial.
– Y tanto -se sumó Rafe, empezando a reír-. ¿Unos «latigazos con el fuete»? ¿Cómo se te ha ocurrido eso?
– ¿Fuete? -preguntó Justin acelerado-. ¿Qué fuete? ¿Quién tenía un fuete?
Rafe y yo habíamos estallado en carcajadas y casi no podíamos responderle.
– Oh, Dios -conseguí decir al fin-. «En tiempos de mi bisabuelo…»
– «Campesinos con exceso de celo…»
– ¿Qué campesinos? ¿De qué demonios habláis?
– Me ha parecido que encajaba a la perfección -contestó Daniel-. ¿Dónde está Abby?
– Se ha quedado junto a la verja, por si ese tipo regresaba. ¡Dios mío! No creéis que lo haya hecho, ¿verdad?
– Lo dudo mucho -respondió Daniel. Su voz indicaba que estaba también a punto de estallar en carcajadas. Adrenalina, nos corría por las venas-. Diría que ya ha tenido suficiente por una noche. ¿Todo el mundo se encuentra bien?
– Yo no, gracias a la fierecilla indomable -contestó Rafe, y alargó la mano para estirarme del pelo pero, en su lugar, me dio un tirón de orejas.
– Me encuentro bien -gruñí, apartando la mano de Rafe de un manotazo.
Justin, en el fondo, seguía farfullando:
– Madre mía, madre mía…
– Bien -añadió Daniel-. Entonces regresemos a casa.
No había rastro de Abby en la verja trasera; nada salvo los arbustos de espino temblando y el crujido perezoso y embrujado de las bisagras bajo la fría brisa. Justin empezó a hiperventilar cuando Daniel gritó en la oscuridad:
– ¡Abby, somos nosotros!
Y Abby apareció de entre las sombras: un óvalo blanco, el frufrú de una falda y una barra de bronce. Sostenía el atizador con ambas manos.
– ¿Lo habéis atrapado? -susurró, con voz baja y furiosa-. ¿Lo habéis atrapado?
– Por todos los santos, estoy rodeado de guerreras -exclamó Rafe-. Recordadme que no me meta con vosotras.
Su voz sonaba amortiguada, como si se estuviera tapando la nariz.
– Juana de Arco y Boudica [20] -apuntó Daniel, con una sonrisa; noté su mano apoyarse en mi hombro un segundo y vi la otra extenderse para acariciar el cabello de Abby-. Luchando por defender su hogar. Lo atrapamos, aunque sólo temporalmente, pero creo que ya sabe con quién se las gasta.
– Me habría gustado traerlo hasta aquí, rellenarlo y asarlo a fuego lento en la chimenea -dije, mientras intentaba sacudirme la tierra de los pantalones con las muñecas-, pero se nos ha escapado.
– Maldito cabrón -dijo Abby. Exhaló una larga y tosca respiración y bajó el atizador-. Yo casi tenía ganas de que regresara.
[20] Reina guerrera de los ícenos que acaudilló a varias tribus britanas durante el mayor levantamiento contra la ocupación romana entre los años 6o y 61 d.C, durante el reinado del emperador Nerón. (N. de la T.)