La Traición Veneciana
- Автор: Берри Стив
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «La Traición Veneciana». Краткое содержание книги:
Copenhague, Ámsterdam, Venecia, Samarcanda; 7 días, el plazo para cambiar el curso de la historia. El mundo se enfrenta a la mayor amenaza biológica de la historia. Una sola mujer posee el arma defi nitiva para erradicar a sus enemigos. Y un solo hombre conoce la clave para desactivarlos y acabar con las grandes pandemias que asolan el planeta. Ambos carecen de moral y a la vez ambos comparten su talón de Aquiles: la ambición sin límite. ¿Podrán detenerlos dos hombres y dos mujeres a quienes sólo mueve el deseo de justicia y equidad? En el año 323 a. C. murió Alejandro Magno, el hombre que había logrado acaparar más poder que ningún otro. En la actualidad, una mujer dominada por su deseo de emular al gran conquistador busca lo que él se llevó a la tumba: el secreto de su poder.
– Hace muchos años, cuando Vincenti trabajaba para los iraquíes, un sanador de esta zona le mostró unos estanques que se encuentran en la montaña. Allí halló las bacterias que acaban con el VIH.
Notó que Ely estaba escuchando con evidente atención.
– Pero no se lo dijo a nadie -prosiguió Lyndsey-. Guardó el secreto.
– ¿Por qué? -quiso saber Ely.
– Esperó el momento adecuado. Dejó que se creara un mercado. Permitió que la enfermedad se extendiera. Aguardó.
– No puede estar hablando en serio -dijo Ely.
– Estaba a punto de lanzar el producto…
Ahora Stephanie lo comprendía todo.
– Y usted iba a compartir el botín, ¿verdad?
Lyndsey pareció captar cierta reprobación en su tono.
– No me venga ahora con remilgos. Yo no soy Vincenti. No sabía nada de la cura hasta hoy. Me lo acababa de decir.
– ¿Y qué iban a hacer? -preguntó ella.
– Producir la medicina. ¿Qué hay de malo en ello?
– ¿Mientras Zovastina mataba a millones de personas? Usted y Vincenti ayudaron a que eso fuera posible.
Lyndsey negó con la cabeza.
– Vincenti dijo que la detendría antes de que pudiera hacer nada. Él tenía el antígeno. Ella no podía hacer nada sin él.
– Pero ahora sí lo tiene. Se han comportado ustedes como unos verdaderos idiotas.
– ¿Te das cuenta, Stephanie, de que Vincenti no tenía ni idea de que hubiera nada aquí? -intervino Thorvaldsen-. Compró este sitio para preservar la fuente de las bacterias. Le puso este nombre siguiendo la denominación asiática. Aparentemente, no sabía nada de la tumba de Alejandro.
Ella también había atado cabos.
– La medicina y la tumba están en el mismo sitio. Por desgracia, estamos encerrados en este armario.
Al menos, Zovastina había dejado la luz encendida. Había examinado cada centímetro de las paredes, aún inacabadas, y del suelo de piedra. No había salida. Y persistía aquel olor nauseabundo que brotaba, cada vez con mayor intensidad, de debajo de la puerta.
– Esos ordenadores, ¿contienen todos los datos sobre la cura? -preguntó Ely dirigiéndose a Lyndsey.
– Eso ahora no importa -repuso ella-. Salir de aquí es lo primordial. Antes de que se propague el incendio.
– Sí que importa -dijo Ely-. No podemos dejar que Zovastina se quede con esa información.
– Ely, mira a tu alrededor, ¿qué podemos hacer?
– Cassiopeia y Malone están ahí fuera.
– Cierto -asintió Thorvaldsen-, pero me temo que la ministra va un paso por delante de ellos.
Stephanie estaba de acuerdo, pero eso era problema de Malone.
– Hay algo que ella no sabe -declaró Lyndsey.
Ella captó su tono, pero, ciertamente, no estaba de humor, así que le advirtió:
– No intente tomarnos el pelo.
– Vincenti copió toda la información en un pendrive justo antes de que Zovastina nos descubriera. Lo llevaba en la mano cuando ella le disparó. Todavía debe de estar en el laboratorio. Con esos datos tendrán el antígeno para sus virus y la cura.
– Créame -dijo ella-, aunque es usted un maldito hijo de puta, si pudiera sacarlo de aquí, lo haría.
Volvió a golpear la puerta.
– Pero me temo que no va a poder ser.
Cassiopeia vigilaba a Zovastina, a la que Viktor mantenía a raya apuntándola con la pistola, y, al mismo tiempo, estaba pendiente del estanque. Hacía casi tres minutos que Malone se había ido. No había modo de que pudiera contener la respiración durante tanto tiempo.
Pero una sombra apareció de pronto bajo el agua y Malone emergió de la extraña abertura y salió a la superficie, apoyándose en el borde de piedra mientras sostenía la linterna con la otra mano.
– Tienes que ver esto -dijo dirigiéndose a ella.
– ¿Y dejarlos? De ninguna manera.
– Viktor tiene una pistola. Puede apañárselas.
Ella todavía dudaba. Algo no estaba bien. Aunque estuviera pensando en Ely, no se había olvidado de la realidad. Viktor aún era un desconocido, si bien en las últimas horas había resultado ser muy útil. Su cuerpo estaría ahora descuartizado, colgando de dos árboles, si no hubiera sido por él. Aun así…
– Has de ver esto -insistió Malone.
– ¿Está aquí? -preguntó Zovastina.
– ¿Le gustaría saberlo?
Cassiopeia todavía llevaba el mismo traje de cuero ajustado que en Venecia. Se quitó la parte de arriba y dejó el arma a un lado, fuera del alcance de Zovastina, junto a la de Malone. Un sujetador deportivo de color negro cubría su pecho; reparó en que Viktor la miraba.
– Vigílela -le aclaró.
– No va a ir a ninguna parte.
Se tiró al estanque.
– Coge aire y sígueme -dijo Malone.
Ella lo vio sumergirse y penetrar en la abertura. Lo siguió unos pocos metros por detrás, nadando a través del portal con forma de B. Mantenía los ojos abiertos y vio que estaban atravesando un túnel de roca, quizá de un metro y medio de ancho. El estanque se hallaba a unos dos metros y medio de las paredes de la cámara, así que ahora estaban nadando en el interior de la montaña. La linterna de Malone centelleaba dentro del túnel y Cassiopeia se preguntó cuánto faltaría.
Entonces vio que Malone ascendía.
Ella emergió justo a su lado.
La luz reveló otra cámara, cerrada, con forma de cúpula; la desnuda piedra caliza estaba veteada por sombras azules. En las paredes había nichos excavados que contenían lo que parecían ser jarrones de alabastro exquisitamente esculpidos. Sobre sus cabezas, la vetusta roca estaba tachonada de aberturas irregulares toscamente talladas. Una fría luz plateada se deslizaba sobre la hermosa estancia desde cada una de ellas; los polvorientos rayos se disolvían en la roca.
– Estas aberturas son descendentes -dijo Malone-. Esto está tan seco como el mismísimo infierno. Permiten que pase la luz, pero no la humedad. Están ventiladas de forma natural.
– ¿Fueron hechas a propósito? -preguntó ella.
– Lo dudo. Mi teoría es que este lugar fue elegido porque ya estaban aquí. -Salió del estanque, chorreando-. Hemos de darnos prisa.
Ella lo imitó.
– El túnel es el único pasaje que conecta esta cámara con la otra -explicó Malone-. Voy a echar un vistazo rápido para asegurarme.
– Ciertamente, eso explica por qué nunca ha sido encontrada.
Él usó la linterna para examinar las paredes, lo que permitió que Cassiopeia entreviera algunas pinturas desvaídas. Trozos, fragmentos. Un guerrero en su carro, sosteniendo un cetro y las riendas con una mano y estrechando a una mujer por la cintura con la otra. Un ciervo herido por una jabalina. Un árbol sin hojas. Un soldado de infantería con una lanza. Otro hombre que se acercaba hacia lo que parecía un jabalí. Los colores que aún persistían eran vivos. El violeta del manto del cazador. El ocre del carro. El amarillo de los animales. Vio más escenas en el muro opuesto. Un joven jinete, con una lanza en la mano y una corona en la cabeza, claramente en la flor de la vida, a punto de atacar a un león ya rodeado por una jauría. El fondo blanco, casi difuminado, con tonos de naranja, rojo pálido y ocre mezclados con tonos más fríos, verdes y azules.
– Diría que son de estilo asiático con influencias griegas -comentó Malone-. Pero no soy un experto.
Con la linterna iluminó las baldosas que cubrían el suelo, dispuestas geométricamente. Un portal de estilo netamente griego -con los fustes estriados y las basas ornamentadas- emergió en la oscuridad. Cassiopeia, conocedora de la arquitectura antigua, reconoció de inmediato la influencia helénica.
Sobre el portal se leía una inscripción desgastada, en griego.
– Por aquí -dijo él.
OCHENTA Y SEIS
Vincenti se esforzó por abrir los ojos. El dolor que sentía en el pecho le desgarraba el cerebro, y respirar era como una tortura. ¿Cuántas balas había recibido? ¿Tres? ¿Cuatro? No lo recordaba. Pero fuera como fuese, su corazón aún latía. Quizá no fuera tan malo ser obeso. Se recordó a sí mismo cayendo, y una profunda oscuridad cerniéndose sobre él. No había llegado a disparar. Al parecer, Zovastina se había anticipado a su movimiento. Casi como si hubiera estado esperando a que la desafiara.