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Marte verde [Green Mars - es]

Электронная книга - «Marte verde [Green Mars - es]». Краткое содержание книги:

Marte rojo ya no existe, fue destruido por la fallida revolución del 2062. Una generación más tarde, Marte verde ha sido terraformado y areoformado. Pero también hay otros que quieren explotar las riquezas minerales de Marte, las materias primas que la Tierra necesita. La nueva generación de colonos está expuesta a insurrecciones, conflictos y pruebas. Sobrevivientes de los Primeros Cien, entre ellos Hiroko, Nadia, Maya y Simon, saben que la tecnología no es suficiente. La creación de un nuevo mundo requiere confianza y colaboración, pero esas cualidades son tan escasas como el aire mismo que respiran en Marte…
Tengo la impresión que Kim Stanley Robinson fue uno de los primeros colonos en Marte, y que ha regresado para contarnos la historia en esta brillante nueva novela.
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—¡Ya lo sé!

Ya era pleno día y detuvo el rover en una hendidura entre dos de las antiquísimas colinas; oscurecieron las ventanas y se tendieron en los estrechos camastros.

—¿Cuántos grupos de la resistencia hay? —preguntó Art.

—Nadie lo sabe —contestó Coyote.

—Bromeas.

Nirgal habló antes de que Coyote replicara.

—Hay unos cuarenta en el hemisferio sur. Y algunas disensiones entre ellos que vienen de antiguo se están volviendo agrias. Hay grupos de la línea dura ahí fuera. Rojos radicales, grupos de seguidores de Schnelling escindidos, distintos grupos fundamentalistas… Están causando problemas.

—¿Pero acaso no trabajan todos por una causa común?

—No lo sé. —Nirgal recordó discusiones en Sabishii, algunas violentas, que se prolongaban toda la noche, entre estudiantes que en realidad eran amigos.— Quizá no.

—¿Pero es que todavía no lo han hablado?

—Formalmente no.

Art parecía sorprendido.

—Pues deberían hacerlo —dijo.

—¿Hacer qué? —preguntó Nirgal.

—Deberían convocar una reunión de todos los grupos de la resistencia y ver si pueden ponerse de acuerdo en lo que tratan de hacer. Intentar limar las diferencias.

Aparte de un bufido escéptico de Coyote, no hubo respuesta. Después de un largo silencio, Nirgal dijo:

—Tengo la impresión de que algunos de esos grupos desconfían de Gameto por los Primeros Cien que viven allí. Nadie quiere renunciar a su autonomía frente al que ya perciben como el refugio más poderoso.

—Pero eso podría discutirse en la reunión —dijo Art—. Entre otras cosas. Necesitan trabajar unidos, sobre todo si la policía transnac empieza a actuar después de lo que han averiguado por Sax.

Sax asintió. Los demás lo consideraron en silencio. Más tarde Art empezó a roncar, pero Nirgal estuvo despierto durante horas, pensando.

Llegaron a las cercanías de Senzeni Na algo apurados. Los alimentos serían suficientes si los racionaban, y el agua y los gases se reciclaban con tanta eficacia que apenas se perdía nada. Pero se les estaba acabando el combustible para el coche.

—Necesitamos unos cincuenta kilos de peróxido de hidrógeno —dijo Coyote.

Condujo hasta el borde del cañón más grande de Thaumasia; y allí, en la pared opuesta, estaba Senzeni Na, tras unas grandes láminas de cristal, las arcadas pobladas de altos árboles. El suelo del cañón frente a la ciudad estaba cubierto de tubos peatonales, pequeñas tiendas, la gran fábrica del agujero de transición, el propio agujero, que era un gigantesco hoyo negro en el extremo sur del complejo, y el cordón de residuos, que corría por el cañón y se perdía en el norte. Ese agujero era el más profundo de Marte, tan profundo que la roca empezaba a ser un poco plástica en el fondo; «se está reblandeciendo», decía Coyote. Dieciocho kilómetros de profundidad, y la litosfera en esa zona tenía veinticinco.

La explotación del agujero estaba automatizada casi por competo, y la gran mayoría de la población de la ciudad nunca se acercaba a él. Muchos de los camiones robóticos que transportaban la roca extraída utilizaban peróxido de hidrógeno como combustible, de modo que en los almacenes cercanos al agujero encontrarían lo que necesitaban. Y la seguridad allí databa de antes de la revolución, había sido concebida en parte por John Boone, así que era lamentablemente inadecuada para enfrentarse a los métodos de Coyote, sobre todo porque tenía todos los viejos programas de John en su IA.

El cañón era excepcionalmente largo, y el mejor itinerario de Coyote para llegar al suelo desde el borde era un sendero de escalada unos diez kilómetros cañón abajo del agujero.

—No hay problema —dijo Nirgal—. Lo traeré a pie.

—¿Cincuenta kilos? —objetó Coyote.

—Yo lo acompañaré —dijo Art—. Quizá no pueda hacer levitación mística, pero puedo correr.

Coyote reflexionó, y luego asintió.

—Yo los guiaré por el acantilado.

Y en el lapso marciano Nirgal y Art se pusieron en camino con unas mochilas vacías sobre los tanques de aire, y corrieron con facilidad por el liso suelo del cañón, por la zona norte de Senzeni Na. A Nirgal le parecía cosa fácil. Llegaron al complejo del agujero de transición sin contratiempos; a la luz de las estrellas se añadía ahora la difusa luz de la ciudad, que brillaba a través del cristal y se reflejaba en el muro opuesto. El programa de Coyote les permitió franquear la antecámara de un garaje y entrar en un almacén tan deprisa como si tuviesen derecho a estar allí, sin señales de que hubiesen tropezado con ninguna alarma. Pero mientras cargaban los pequeños contenedores de peróxido de hidrógeno en las mochilas todas las luces se apagaron y las puertas de emergencia se cerraron.

Art corrió hacia la pared opuesta a la puerta, colocó una carga y se apartó. La carga explotó con un sonoro estampido y abrió un respetable boquete en la fina pared del almacén. Los dos hombres saltaron fuera y echaron a correr entre las dragas gigantescas del muro perimétrico. Unas figuras con traje se precipitaron por el tubo peatonal que venía de la ciudad, y los dos intrusos tuvieron que esconderse detrás de una de las dragas, una estructura tan descomunal que ellos podían estar de pie en las rendijas de las cintas de tracción. Nirgal sintió los latidos de su corazón contra el metal. Las figuras entraron en el almacén y Art corrió y colocó otra carga; el fogonazo deslumbró a Nirgal, que se escurrió por la abertura en el muro y corrió sin sentir los treinta kilos de combustible rebotándole sobre la espalda y aplastando los tanques de aire tras la columna. Art corría delante, desmayado por la gravedad marciana, pero con sus sorprendentes zancadas. Nirgal casi rió mientras se esforzaba por alcanzarlo; regularizó el ritmo y cuando llegó a la altura de Art trató de enseñarle con su ejemplo a usar los brazos apropiadamente, como si nadara en el espacio, en vez de moverlos frenéticamente y desequilibrarse con tanta frecuencia. A pesar de la oscuridad y de la velocidad, a Nirgal le pareció que Art movía los brazos con más suavidad.

Nirgal tomó la delantera y trató de seguir la ruta más despejada por el suelo del cañón, la que tuviese menos rocas. La luz de las estrellas bastaba para iluminarles el camino. Art seguía rebotando a su derecha, apremiándole. Se convirtió casi en una carrera, y Nirgal avanzó mucho más deprisa que en otras circunstancias. El secreto estaba en el ritmo, la respiración y la distribución del calor. Era sorprendente ver lo bien que se las arreglaba Art para sostener su paso sin la ventaja de ninguna disciplina. Era un animal poderoso.

De pronto apareció Coyote y el susto casi los derribó. Subieron gateando por el sendero rocoso del acantilado y llegaron al borde, otra vez bajo la bóveda de estrellas y con Senzeni Na como una nave espacial reluciente sumergida en el acantilado opuesto.

En el rover-roca, Art, aún jadeando, dijo:

—Vas a tener que… enseñarme ese lunggom. Por Dios que corres rápido.

—Vaya, tú también. No sé cómo lo haces.

—Miedo. —Meneó la cabeza, aspiró aire.— Estas cosas son peligrosas —se quejó a Coyote.

—No tengo la culpa —saltó Coyote—. Si esos desgraciados no hubiesen robado mis suministros, no nos habríamos visto obligados a hacerlo.

—Sí, pero tú haces cosas como ésta todo el tiempo, ¿no es así? Y es peligroso. Quiero decir que necesitan hacer algo más que sabotaje en estas tierras desoladas. Algo sistémico.

Descubrieron que cincuenta kilos era el mínimo imprescindible para llegar a casa, de manera que marcharon hacia el sur con todos los sistemas no críticos apagados, el interior del rover a oscuras y bastante frío. También hacía frío fuera; en las noches cada vez más largas de los inicios del invierno meridional empezaron a encontrar escarcha y montículos de nieve. Los cristales de la cima de los montículos servían de núcleo de láminas de hielo que crecían hasta formar flores de hielo. Rodaron por esos campos cristalinos, que resplandecían débilmente a la luz de las estrellas, hasta que todo se fundió en un gran manto blanco de nieve, hielo, escarcha y flores de hielo. Condujeron despacio y una noche se les acabó el peróxido de hidrógeno.

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