La Isla Bajo El Mar
- Автор: Альенде Исабель
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «La Isla Bajo El Mar». Краткое содержание книги:
Esta es la historia de Zarité, una muchacha mulata que a los nueve años es vendida como esclava al francés Valmorain, dueño de una de las más importantes plantaciones de azúcar de la isla de Santo Domingo. A lo largo de la novela viviremos cuarenta años de la vida de Zarité y lo que representó la explotación de esclavos en la isla en el siglo XVIII, sus condiciones de vida y cómo lucharon para conseguir la libertad. Pese a verse obligada a vivir en el ambiente sórdido de la casa del amo y verse forzada a acostarse con él, nunca se sentirá sola. Una serie de personajes de lo más variopinto apoyarán a nuestra protagonista para seguir adelante hasta conseguir la libertad para las futuras generaciones. Mujeres peculiares como Violette, que se dedica a la prostitución o Loula, la mujer que organiza su negocio; Tante Rose, la curandera, Celestine o Tante Matilde, la cocinera de la plantación: personajes con este punto de magia que dan un ambiente y un color especial a la novela. Los amos desprecian y maltratan a los esclavos. Estos a su vez organizan rebeliones, una de las cuales provoca un incendio en la plantación. Valmorain huye de la mano de Zarité. Ella ha criado a Maurice, hijo de Valmorain que crece junto a Rosette la propia hija de Zarité y su amo. Como esclava, también estará al servicio de las dos esposas de Valmorain: dos personajes totalmente distintos pero muy bien caracterizados por la autora. Conforme avanza la novela nuestro personaje alcanza la dignidad que le corresponde. Vivirá su propia historia de amor y conseguirá la libertad.
Isabel Allende le da voz a una luchadora que saldrá adelante en la vida sin importar las trampas que el destino le tiende.
Apenas se fueron, Claiborne los hizo seguir discretamente y así se enteró de que por la tarde los dos hombres salieron del hotel, el joven de color a pie rumbo a la calle Chartres y el musculoso Morisset en un caballo alquilado hacia un modesto taller de herrería al final de la calle Saint Philippe.
El gobernador había acertado con sus sospechas: de científico, Morisset nada tenía, era un espía bonapartista. En diciembre de 1804 Napoleón se había convertido en emperador de Francia, plantándose él mismo la corona sobre la cabeza, porque ni el Papa, invitado especialmente para la ocasión, le pareció digno de hacerlo. Napoleón ya había conquistado media Europa, pero tenía entre ceja y ceja a Gran Bretaña, esa pequeña nación de horrendo clima y gente fea que lo desafiaba desde el otro lado del estrecho llamado Canal de la Mancha. El 21 de octubre de 1805 ambas naciones se enfrentaron en el suroeste de España, en Trafalgar, por un lado la flota franco-española con treinta y tres barcos y por el otro los ingleses con veintisiete, al mando del célebre almirante Horatio Nelson, genio de la guerra en el mar. Nelson murió en la contienda, después de una victoria espectacular en la que destrozó la flota enemiga y acabó con el sueño napoleónico de invadir Inglaterra. Justamente en esos días, Pauline Bonaparte visitó a su hermano para darle el pésame por el chasco de Trafalgar. Pauline se había cortado el cabello para colocarlo en el ataúd de su marido, el cornudo general Leclerc, muerto de fiebre en Saint-Domingue y enterrado en París. Ese gesto dramático de viuda inconsolable sacudió de risa a Europa. Sin su larga melena color caoba, que antes llevaba al estilo de las diosas griegas, Pauline se veía irresistible y muy pronto su peinado se puso de moda. Ese día llegó adornada con una tiara de los célebres diamantes Borghese y acompañada por Morisset.
Napoleón sospechó que el visitante era otro de los amantes de su hermana y lo recibió de mal talante, pero se interesó de inmediato cuando Pauline le contó que el barco en que viajaba Morisset por el Caribe había sido atacado por piratas y él permaneció prisionero de un tal Jean Laffitte durante varios meses, hasta que pudo pagar su rescate y volver a Francia. En su cautiverio había desarrollado cierta amistad con Laffitte basada en torneos de ajedrez. Napoleón interrogó al hombre sobre la notable organización de Laffitte, que controlaba el Caribe con su flota; ningún barco estaba a salvo excepto los de Estados Unidos, que por una caprichosa lealtad del pirata hacia los americanos nunca eran atacados.
El emperador condujo a Morisset a una salita, donde pasaron dos horas en privado. Tal vez Laffitte era la solución a un dilema que lo atormentaba desde el desastre de Trafalgar: cómo impedir que los ingleses se adueñaran del comercio marítimo. Como no tenía capacidad naval para detenerlos, había pensado aliarse con los americanos, que estaban en disputa con Gran Bretaña desde la guerra de Independencia en 1775, pero el presidente Jefferson deseaba consolidar su territorio y no pensaba intervenir en los conflictos europeos. En un chispazo de inspiración, como tantos que lo condujeron de las modestas filas del ejército a la cumbre del poder, Napoleón le encargó a Isidore Morisset reclutar piratas para hostigar a los barcos ingleses en el Atlántico. Morisset entendió que se trataba de una misión delicada, porque el emperador no podía aparecer aliado con facinerosos, y supuso que con su cobertura de científico podría viajar sin llamar demasiado la atención. Los hermanos Jean y Pierre Laffitte se habían enriquecido impunemente durante años con el botín de sus asaltos y toda suerte de contrabando, pero las autoridades americanas no toleraban evasión de impuestos y, a pesar de la manifiesta simpatía de los Laffitte por la democracia de Estados Unidos, los declararon fuera de la ley.
Jean-Martin Relais no conocía al hombre a quien iba a acompañar a través del Atlántico. Un lunes por la mañana lo citó el director de la academia militar en su despacho, le entregó dinero y le ordenó comprarse ropa de civil y un baúl, porque se embarcaría al cabo de dos días. «No comente ni una palabra de esto, Relais, es una misión confidencial», aclaró el director. Fiel a su educación militar, el joven obedeció sin hacer preguntas. Más tarde supo que lo habían seleccionado por ser el alumno más avispado del curso de inglés y porque el director supuso que como provenía de las colonias no caería fulminado a la primera picadura de un mosquito tropical.
El joven viajó a mata caballo hasta Marsella, donde lo esperaba Isidore Morisset con los pasajes en la mano. Agradeció calladamente que el hombre apenas lo mirara, porque estaba nervioso pensando que ambos compartirían un estrecho camarote durante el viaje. Nada hería tanto su inmenso orgullo como las insinuaciones que solía recibir de otros hombres.
– ¿No desea saber adónde vamos? -le preguntó Morisset cuando ya llevaban varios días en alta mar sin cruzar más que unas cuantas palabras de cortesía.
– Yo voy donde Francia me mande -replicó Relais cuadrándose, a la defensiva.
– Nada de saludos militares, joven. Somos civiles ¿entiende?
– Positivo.
– ¡Hable como la gente, hombre, por Dios!
– A sus órdenes, señor.
Muy pronto Jean-Martin descubrió que Morisset, tan parco y desagradable en sociedad, podía ser fascinante en privado. El alcohol le soltaba la lengua y lo relajaba hasta el punto de que parecía otro hombre, amable, irónico, sonriente. Jugaba bien a los naipes y tenía mil historias, que relataba sin adorno, en pocas frases. Entre copa y copa de coñac fueron conociéndose y nació entre ellos una natural intimidad de buenos camaradas.
– Una vez Pauline Bonaparte me invitó a su boudoir -le contó Morisset-. Un negro antillano, apenas cubierto por un taparrabos, la trajo en brazos y la bañó delante de mí. La Bonaparte se jacta de poder seducir a cualquiera, pero conmigo no le resultó.
– ¿Por qué?
– Me molesta la estupidez femenina.
– ¿Prefiere la estupidez masculina? -se burló el joven, con un dejo de coquetería; también se había tomado unas copas y se sentía en confianza.
– Prefiero a los caballos.
Pero a Jean-Martín le interesaban más los piratas que las virtudes equinas o el aseo de la bella Pauline y se las arregló, una vez más, para volver al tema de la aventura que su nuevo amigo vivió entre ellos cuando permaneció secuestrado en la isla Barataria. Como Morisset sabía que ni los barcos europeos de guerra se atrevían a acercarse a la isla de los hermanos Laffitte, había descartado de plano la idea de presentarse allí sin invitación: serían degollados antes de pisar la playa, sin darles oportunidad de exponer el propósito de semejante osadía. Además, no estaba seguro de que el nombre de Napoleón le abriera las puertas de los Laffitte; podía ser todo lo contrario, por eso había decidido abordarlos en Nueva Orleans, un terreno más neutral.
– Los Laffitte están fuera de la ley. No sé cómo vamos a encontrarlos -le comentó Morisset a Jean-Martín.
– Será muy fácil, porque no se esconden -lo tranquilizó el joven.
– ¿Cómo lo sabe?
– Por las cartas de mi madre.
Hasta ese instante a Relais no se le había ocurrido mencionar que su madre vivía en aquella ciudad, porque le parecía un detalle insignificante en la magnitud de la misión encargada por el emperador.
– ¿Su madre conoce a los Laffitte?
– Todo el mundo los conoce, son los reyes del Mississippi -replicó Jean-Martin.
A las seis de la tarde Violette Boisier todavía descansaba desnuda y mojada de placer en la cama de Sancho García del Solar. Desde que Rosette y Tété vivían con ella y su casa estaba invadida por las alumnas del plaçage, prefería el piso de su amante para hacer el amor o sólo para dormir la siesta, si el ánimo no les alcanzaba para más. Al principio Violette pretendió limpiar y embellecer el ambiente, pero carecía de vocación de criada y era absurdo perder horas preciosas de intimidad tratando de enmendar el desorden monumental de Sancho. El único doméstico de Sancho sólo servía para preparar café. Se lo había prestado Valmorain, porque era imposible venderlo: nadie lo habría comprado. Se había caído de un techo, había quedado mal de la cabeza y andaba riéndose solo. Con razón Hortense Guizot no podía soportarlo. Sancho lo toleraba y hasta le tenía simpatía, por la calidad de su café y porque no le robaba el vuelto cuando iba de compras al Mercado Francés. A Violette el hombre la inquietaba: creía que los espiaba cuando hacían el amor. «Ideas tuyas, mujer. Es tan lerdo que no le da el cerebro ni para eso», la tranquilizaba su amante.