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La radio de Darwin [Darwin's Radio - es]

Электронная книга - «La radio de Darwin [Darwin's Radio - es]». Краткое содержание книги:

La Radio de Darwin es una intrigante especulación a partir de los actuales conocimientos biológicos y antropológicos, además de un ingenioso y bien tramado thriller que cuestiona casi todas nuestras creencias sobre los origenes del ser humano y su posible destino.
Tres hechos, que al principio parecen no estar relacionados, acabarán convergiendo para sugerir una novedad devastadora y sacudir los cimientos de la ciencia: la conspiración para ocultar los cadáveres de dos mujeres y sus hijos en Rusia, el descubrimiento inesperado en los Alpes de los cuerpos congelados de una familia prehistórica, y una misteriosa enfermedad que sólo afecta a mujeres gestantes e interrumpe sus embarazos.
Kaye Lang, una biológa molecular especialista en retrovirus, y Christopher Dicken, epidemiólogo del Servicio de inteligencia de Epidemias, temen que algo ha permanecido dormido en nuestros genes durante millones de años haya empezdo a despertar. Ellos dos junto al antropólogo Mictch Rafaelson, parecen ser los únicos capaces de resolver un rompecabezas evolutivo que puede determinar el futuro de la especie humana... si ese futuro sigue existiendo.
El premio Nebula, el equivalente en ciencia ficción al Oscar cinematográfico, avala el interés de esta obra, el más sugestivo thriller sobre la investigación genética y el futuro de la especie humana. Cinco premios Nebula, dos premios Hugo, el premio Apollo de Francia y el premio Ignotus en España garantizan la alta calidad e interés de la obra del brillante autor de Marte se mueve y Fundación y caos.

Premio Nebula 2000.
Novela Finalista del Premio Hugo 2000.
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—Me han dicho que me mantenga en contacto —dijo Kaye y le mostró a Mitch un teléfono móvil de color negro—. Marge corre con los gastos del teléfono. Y Augustine me ha pedido que no conceda entrevistas. Puedo vivir con esas limitaciones. ¿Y tú?

—Mis labios están sellados.

—¿Con besos? —bromeó Kaye, golpeándole con la cadera.

Benson les siguió hasta el garaje. Les observó mientras cargaban el coche de Mitch con una expresión de clara desaprobación.

—¿No le agrada mi idea de libertad? —le preguntó Kaye con expresión maliciosa al tiempo que cerraba la puerta del maletero con fuerza. La suspensión trasera del coche chirrió.

—Se lo lleva todo, señora —respondió Benson inexpresivo.

—Lo que no aprueba es la compañía con la que andas —le dijo Mitch.

—Bueno —bromeó Kaye deteniéndose junto a Benson y echándose el pelo hacia atrás—. Eso es porque tiene buen gusto.

Benson sonrió.

—Está usted haciendo una tontería al marcharse sin protección.

—Es posible —contestó Kaye—. Gracias por su vigilancia. Transmita mi gratitud.

—Sí, señora —dijo Benson—. Buena suerte.

Kaye le abrazó. Benson se ruborizó.

—Vamos —exclamó Kaye.

Pasó los dedos por el marco de la puerta del Buick, con el acabado azul gastado y sin brillo por el uso. Le preguntó a Mitch cuántos años tenía el coche.

—No lo sé —respondió Mitch—. Diez, quince años.

—Busca un concesionario —dijo Kaye—. Voy a comprarte un Land Rover recién salido de fábrica.

—Así me gusta, llevemos una vida de austeridad —le dijo Mitch, arqueando una ceja—. Creo que preferiría que no lo hiciésemos tan evidente.

—Me encanta cómo haces eso —comentó Kaye alzando dramáticamente sus mucho menos impresionantes cejas. Mitch se rió.

—Olvídalo entonces —añadió Kaye—. Conduce el Buick, acamparemos bajo las estrellas.

66

Cercanías de Washington, D.C.

El Falcon de pasajeros de la fuerza aérea se inclinó con suavidad hacia el este. Augustine bebía una Coca-Cola y miraba frecuentemente por la ventanilla, claramente nervioso por encontrarse en el aire. Dicken no conocía ese detalle sobre Augustine, nunca antes habían volado juntos.

—Podemos defender de forma convincente el que incluso aunque los fetos de la segunda fase del SHEVA sobreviviesen al nacimiento, serían portadores de una amplia variedad de HERV infecciosos —dijo Augustine.

—¿Basándose en qué pruebas? —preguntó Jane Salter. Tenía el rostro ligeramente sonrojado debido al calor que habían pasado en el avión antes del despegue; no parecía impresionarla mucho toda esa parafernalia militar.

—Basándome en una corazonada, he tenido a los investigadores del Equipo Especial cotejando resultados de biopsias durante las dos últimas semanas. Sabemos que los HERV se expresan bajo todo tipo de condiciones, pero hasta ahora las partículas nunca habían sido infecciosas.

—Todavía no sabemos para qué demonios sirven las partículas no infecciosas, si es que sirven para algo —dijo Salter. Los otros miembros del equipo, más jóvenes y con menos experiencia, se mantenían sentados en silencio, contentándose con escuchar.

—Para nada bueno —comentó Augustine, tamborileando sobre el brazo del asiento. Tragó saliva y volvió a mirar por la ventanilla—. Los HERV siguen produciendo partículas virales que no son infecciosas… hasta que el SHEVA codifica un equipo de herramientas completo, todo lo necesario para que un virus pueda ensamblarse y salir de la célula. Tengo la opinión de seis expertos, incluida la de Jackson, que afirman que el SHEVA podría «enseñar» a otros HERV cómo volver a ser infecciosos. Serían más activos en individuos cuyas células se estuviesen dividiendo con rapidez, o sea, fetos con SHEVA. Podríamos tener que enfrentarnos a enfermedades que no hemos visto en millones de años.

—Enfermedades que podrían no ser ya patógenas para los humanos —especuló Dicken.

—¿Podemos asumir ese riesgo? —preguntó Augustine. Dicken se encogió de hombros.

—Entonces, ¿qué vas a recomendar? —preguntó Salter.

—Washington ya está bajo toque de queda, e impondrán la ley marcial en cuanto a alguien se le ocurra romper una luna de cristal o volcar un coche. Nada de manifestaciones ni de discursos agitadores… Los políticos odian que se les linche. No tardará mucho. La gente corriente se comporta como el ganado, y ya ha habido relámpagos suficientes como para poner nerviosos incluso a los vaqueros.

—No es una comparación muy afortunada, doctor Augustine —dijo Salter con sequedad.

—Bueno, ya la mejoraré —contestó Augustine—. No funciono bien cuando estoy a siete mil metros.

—¿Crees que van a imponer la ley marcial —dijo Dicken—, y que podemos secuestrar a todas las mujeres embarazadas y arrebatarles sus bebés… como precaución?

—Es horrible —admitió Augustine—. La mayoría de los fetos, si no todos, probablemente morirán. Pero si sobreviven, creo que podremos defender el que habrá que secuestrarlos.

—Eso será como echar gas al fuego —dijo Dicken.

Augustine asintió pensativo.

—Me he estado devanando el cerebro intentando encontrar una solución diferente. Me encantaría escuchar alternativas.

—Puede que no debamos enturbiar más el agua en este momento —dijo Salter.

—No tengo intención de decir ni hacer nada ahora mismo. El trabajo continúa.

—Será mejor que andemos sobre seguro —añadió Dicken.

—Absolutamente —asintió Augustine con una mueca—. «Terra firma», y cuanto antes, mejor.

67

Saliendo de Baltimore

—Todo el mundo tiene motivos para protestar —comentó Mitch mientras salían de la ciudad por la carretera estatal 26, manteniéndose alejados de las grandes autopistas. Demasiadas manifestaciones, de camioneros, motoristas, incluso ciclistas, todos reclamando su oportunidad para ejercer la desobediencia civil, habían provocado el corte de las rutas principales. Tal como estaban las cosas, habían tenido que esperar veinte minutos en pleno centro mientras la policía limpiaba toneladas de basura arrojadas durante las protestas de los trabajadores de los servicios de limpieza.

—Les hemos fallado —dijo Kaye.

—Tú no les has fallado —replicó Mitch, mientras intentaba encontrar un camino lateral por el que poder girar.

—Lo estropeé todo y no fui capaz de convencerles —murmuró Kaye nerviosa, para sí misma.

—¿Algo va mal? —preguntó Mitch.

—Nada —contestó arisca—. Sólo todo el maldito planeta.

En West Virginia, entraron en un camping KOA y pagaron treinta dólares por una noche. Mitch montó la ligera tienda, que había comprado en Austria antes de conocer a Tilde, y un hornillo bajo un roble joven con vistas a un valle en el que dos tractores descansaban ociosos sobre un campo cuidadosamente labrado.

El sol se había puesto hacía veinte minutos y el cielo estaba moteado de pequeñas nubes. El aire comenzaba a enfriarse. Kaye sentía el pelo sucio y el elástico de las medias le hacía daño.

Otra familia había montado dos tiendas a unos cien metros de ellos, aparte de eso, el cámping estaba vacío.

Kaye entró en la tienda.

—Ven aquí —le dijo a Mitch. Se sacó el vestido y se tumbó sobre el saco de dormir que Mitch había desenrollado. Mitch dejó el hornillo en el suelo y metió la cabeza en la tienda.

—Dios, mujer —dijo con admiración.

—¿Puedes olerme? —le preguntó Kaye.

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