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Sin previo Aviso

Электронная книга - «Sin previo Aviso». Краткое содержание книги:

Para la detective privada V. I. Warshawski, «Vic», esta nueva aventura comienza durante una conferencia en Chicago, donde manifestantes furiosos están reclamando la devolución de los bienes que les arrebataron en tiempos de la Alemania nazi. De repente, un hombre perturbado se levanta para narrar la historia de su infancia, desgarrada por el Holocausto… Un relato que tendrá consecuencias devastadoras para Lotty Herschel, la íntima amiga y mentora de V. I. Lotty tenía tan sólo nueve años cuando emigró de Austria a Inglaterra, junto con un grupo de niños rescatados del terror nazi, justo antes de que la guerra comenzara.
Ahora, inesperadamente, alguien del ayer ha regresado. Con la ayuda de las terapias de regresión psicológica a las que se está sometiendo, Paul Radbuka ha desenterrado su verdadera identidad. Pero ¿es realmente quien dice ser? ¿O es un impostor que ha usurpado una historia ajena? Y si es así, ¿por qué Lotty está tan aterrorizada? Desesperada por ayudar a su amiga, Vic indaga en el pasado de Radbuka. Y a medida que la oscuridad se cierne sobre Lotty, V. I. lucha para decidir en quién confiar cuando los recuerdos de una guerra distorsionan la memoria, mientras se acerca poco a poco a un sobrecogedor descubrimiento de la verdad.
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– A lo mejor eres sólo tú, Vic. A mí me asustas y soy el doble de grande que Posner. Aunque Durham… Nadie ha logrado colgarle nunca nada turbio, a pesar de que el alcalde ha puesto a unos polis tan pegados a él como si fuesen sus calzoncillos. Es un tipo muy hábil. Bueno, pero si consigo enterarme de algo suculento sobre cualquiera de los dos, te prometo que lo compartiré contigo.

Cuando colgué me sentía algo mejor: era bueno tener una especie de aliado. Tomé el metro en dirección al centro para reunirme con unos clientes que, de hecho, sí me estaban pagando por hacerles un trabajo bastante complejo, y poco antes de las dos ya estaba de vuelta en mi oficina. Mientras metía la llave en la puerta, oí que el teléfono estaba sonando. Descolgué al mismo tiempo que saltaba el contestador automático. Era Tim Streeter. Al fondo pude oír a Calia berreando.

– Tim, ¿qué está pasando?

– Tenemos un pequeño lío, Vic. He intentado llamarte varias veces en las últimas horas, pero tenías el teléfono apagado. Nuestro amigo ha vuelto esta mañana. He de admitir que me ha pillado con la guardia baja. Había dado por supuesto que estos días estaría volcado con Posner. De cualquier manera, ¿sabes que va a todas partes en bici? Calia y yo estábamos en el parque, en los columpios, cuando apareció en bici haciendo mucho ruido y por en medio del césped. Trató de agarrar a Calia. Por supuesto que, antes de que pudiera tocarla, yo ya la había tomado en brazos, pero agarró al Nibusher ese, ya sabes, el perrito azul de peluche que lleva a todas partes.

Al fondo oí a Calia gritando:

– No se llama Nibusher. Es Ninshubur, el perro fiel. Me estará echando de menos, me necesita. ¡Quiero que me lo des ahora mismo, Tim!

– ¡Por todos los demonios! -dije-. Max tiene que conseguir una orden de alejamiento contra ese sujeto. Últimamente parece un buscapiés que nunca se sabe para dónde se dirige. Y esa condenada psicóloga que no ayuda para nada, por no mencionar a Strzepek. Tendría que haberlo seguido y haberme hecho con su dirección. ¿Quieres hacer el favor de llamar a tu hermano y decirle que quiero que esté preparado para seguir a Radbuka hasta su casa desde la oficina de Posner, la consulta de Rhea Wiell o desde donde se le ocurra aparecer a partir de ahora?

– Lo haré. Yo no he podido seguirlo desde el parque porque, lógicamente, tenía que quedarme con la niña. Esta situación no me gusta nada.

– ¿Max y Agnes lo saben? De acuerdo, déjame hablar un minuto con Calia.

Al principio Calia se negó a hablar con «tía Vicory». Estaba cansada y asustada, y reaccionaba como lo hacen los niños: cerrándose en banda. Pero, cuando Tim le dijo que yo tenía que darle un recado sobre Nebbisher accedió a ponerse, aunque de mala gana.

– Tim es muy malo. Ha dejado que ese hombre malo se llevara a Ninshubur y ahora está diciendo mal su nombre.

– Tim siente muchísimo no haber cuidado bien a Ninshubur, cariño, pero, antes de que te metas en la cama esta noche, yo voy a intentar llevarte a tu perrito. Voy a salir ahora mismo de mi oficina para ir a buscarlo, ¿de acuerdo?

– De acuerdo, tía Vicory -me contestó con voz de resignación.

Cuando Tim volvió a ponerse al teléfono, me dio las gracias por haber conseguido que la niña dejara de llorar. Empezaba a estar desesperado. Había dado con Agnes en la galería donde tenía una cita y ella ya estaba de camino a casa, pero me dijo que preferiría proteger al primer ministro israelí en Siria a tener que encargarse de otra criatura de cinco años.

Tamborileé con los dedos sobre la mesa de mi despacho. Llamé a Rhea Wiell, que, por fortuna, estaba en aquel momento descansando entre dos pacientes. Cuando le expliqué la situación y le dije que realmente nos haría un gran favor si consiguiera que Paul nos devolviese el perro de peluche aquel mismo día, dijo que lo hablaría con él cuando lo viese el viernes por la mañana.

– Mira, Vic, solamente lo quiere a modo de talismán que le una a esa familia que se niega a reconocer su parentesco. Al comienzo del tratamiento a mí también se me llevaba algunas cosas de mi consulta pensando que yo no me daba cuenta, como una taza de la sala de espera o un pañuelo de cuello. Pero, cuando se empezó a sentir más fuerte, dejó de hacerlo.

– Tú lo conoces mejor que yo, Rhea, pero la pobre Calia es una niña de cinco años. Me parece que hay que anteponer sus necesidades.

¿No podrías llamarlo ahora e insistirle en que lo devolviera? O dame su teléfono y lo llamo yo.

– Espero que no estés inventándote todo esto para conseguir que te dé el teléfono de su casa, Vic. En estas circunstancias dudo de que, precisamente tú, puedas persuadirlo para que se reúna contigo. Tiene cita conmigo por la mañana. Hablaré con él. Ya sé que Don está convencido de que Max Loewenthal no es pariente suyo, pero Max tiene la clave para que Paul pueda contactar con sus parientes europeos. Si pudieras conseguir que Max aceptara verlo…

– Cuando Paul irrumpió en la fiesta del domingo, Max se ofreció a verse con él. Paul no quiere ver a Max, lo que quiere es que Max le acoja como miembro de su familia. Si pudieras conseguir que Paul nos dejara ver los papeles…

– ¡No! -dijo tajantemente-. En cuanto llamaste pensé que te ibas a inventar alguna cosa para sonsacarme algo y ver los papeles, y tenía razón. No voy a violar la intimidad de Paul. Ya sufrió demasiadas violaciones de niño como para que yo le haga eso.

Me colgó.

¿Cómo era posible que no se diera cuenta de que su mejor espécimen debería estar en una habitación aislada en el manicomio de Menard o dondequiera que le administrasen fuertes dosis de antipsicóticos?

Aquel pensamiento, fruto de la rabia, me dio la idea. Busqué el número de teléfono del Comité para la Recuperación de los Bienes de las Víctimas del Holocausto que Posner tenía en Touhy. Cuando me contestó una voz de hombre, me tapé la nariz para que mi voz adquiriera un sonido nasal.

– Llamo de la farmacia Casco de River Forest -dije-. Necesito hablar con el señor Paul Radbuka.

– No trabaja aquí -me contestó.

– ¡Vaya por Dios! Es que estoy rellenando su receta para el Haldol, pero no tenemos su dirección. El dejó este número de teléfono. ¿No sabe dónde podría localizarlo? Es que no podemos dispensar recetas de ese tipo de drogas sin poner la dirección.

– Bueno, pues ésta no la puede poner, porque no trabaja aquí.

– Bien, pero ¿no tendría usted alguna manera para que yo pudiese localizarlo? Es que es el único número de teléfono que dejó.

El hombre soltó el auricular sobre la mesa dando un golpe.

– León, ¿rellenó algún formulario de inscripción ese tal Radbuka cuando vino el martes? Vamos a empezar a recibir llamadas para él y yo, sin ir más lejos, no tengo la menor intención de hacer de su contestador automático.

Oí voces hablando al fondo. Sobre todo se quejaban de Radbuka y se preguntaban por qué les habría cargado el rabino Joseph con una persona tan difícil. Oí que León, el secuaz que Posner se había llevado de acompañante el día anterior, cuando estuvimos hablando fuera del hospital, les reprendía por cuestionar las decisiones del rabino, antes de atender él en persona el teléfono.

– ¿Quién es?

– Llamo de la farmacia Casco de River Forest. Tenemos una receta de Haldol para el señor Paul Radbuka y hay que rellenar todos los datos, así que necesitamos su dirección. Es un antipsicótico muy fuerte y no podemos dispensarlo sin localizarlo -dije todo aquello con una voz cantarína pero nasal, como si me hubiesen enseñado a recitar de un tirón aquella letanía burocrática.

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