Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
Trás-os-Montes: Un viaje portugués - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

Trás-os-Montes: Un viaje portugués

Электронная книга - «Trás-os-Montes: Un viaje portugués». Краткое содержание книги:

Trás-os-Montes: Un viaje portugués
1 ... 4 5 6 7 8 9 10 11 12 13
Перейти на страницу:

– ¿Qué es lo que se está quemando? -le pregunta el viajero al primer hombre que encuentra al bajar del coche.

– El mundo -le dice éste.

Su compañero de charla, que está sentado en el suelo (con un niño entre las piernas), le corrige, sin embargo:

– Esto ya no es el mundo -dice, mirando al viajero.

– ¿Usted cree?

– Por supuesto que lo creo -dice el hombre, que al parecer vive en Francia y está aquí de vacaciones como muchos otros vecinos, aunque, a lo que se ve, no parece muy contento-. Esto es el culo del mundo dice sin rastro de pena.

El hombre es tan contundente que el viajero no se atreve a llevarle la contraria. El hombre es de Rebordelo y tiene todo el derecho a opinar lo que quiera de su pueblo y, además, el viajero está de acuerdo. Aunque, evidentemente, él no se atreva a decir lo mismo. Una cosa es que lo diga un vecino, aunque sea un emigrante, y otra que lo diga un forastero.

– ¿Y por qué vuelve? -le dice.

– Por la querencia -responde el hombre, encogiéndose de hombros, como si la querencia fuera una maldición.

Pero no todos en Rebordelo parecen tan aburridos ni tan arrepentidos de haber nacido aquí. Al revés: por las callejas del pueblo, que el sol castiga con fuerza, el viajero encuentra hombres y mujeres que charlan amablemente a la puerta de sus casas mientras sus hijos juegan al fútbol o van y vienen en bicicleta. Otros, más solitarios, pasean tranquilamente o sestean a la sombra de algún árbol. Muchos deben de ser emigrantes, pero parecen felices de estar ahora en su pueblo. Al menos, matan el tiempo, cosa que el viajero duda que puedan hacer en Francia, o en Alemania, o en Suiza, por más que estos países sean el centro del mundo y el lugar donde encontraron solución a su pobreza. Al fin y al cabo, piensa el viajero, como la tierra de uno no hay nada, aunque sea tan pobre como ésta.

Por lo demás, el pueblo tampoco es muy diferente de los que el viajero ha visto desde que cruzó la raya: un puñado de calles tortuosas, una iglesia de granito o de pizarra, una plazuela con árboles, unos cuantos huertecillos y chalés y un camino que conduce al cementerio o a una ermita solitaria y olvidada. En el caso de Rebordelo, la de la Peña.

– ¿Qué? ¿Le gustó? -le dice el de la querencia cuando regresa a su coche.

– ¿El qué?

– El pueblo.

– A mí sí -dice el viajero.

El burro de Lebuçao

Muy cerca de Rebordelo, a apenas dos kilómetros del pueblo, está el mojón que separa el distrito de Bragança del de Vila Real. El hito está a la entrada de un puente, en el fondo de un barranco profundísimo, y la línea invisible que señala es la que sigue el río que pasa debajo de éclass="underline" el río Rabaçal. Por eso, y porque el sitio es fresco y umbrío y está a cubierto del sol, muchas familias han aparcado sus coches y contemplan desde el puente la corriente del río y el paisaje sin preocuparse de los coches que lo cruzan con grave riesgo para los que están en él. El puente, aunque no es muy largo, es demasiado estrecho.

Desde la ladera opuesta, se vuelve a ver Rebordelo. Con el tajo del río y el puente en primer plano, el pueblo es mucho más bello delo que pensó el viajero. Sin duda hay que verlo desde aquí, rodeado de viñas y erguido en la colina y recortado en el cielo como lo ven los que vienen en la dirección contraria. Aunque en el retrovisor quizá parezca más bello: por el reflejo del sol y porque siempre lo es más lo que se deja atrás que lo que se descubre por vez primera.

Pero la visión del río -y del puente, y de las viñas, y de las casas y el cielo de Rebordelo- enseguida se evapora, engullida otra vez por las colinas que cierran por el oeste el cauce del Rabaçal y que dan paso de nuevo al mismo paisaje hosco, desolado y polvoriento que forma la terrafría y que el viajero ha venido viendo prácticamente desde Vinhais. El Rabaçal, como el Tuela, era solo un espejismo, un paréntesis de agua en medio del alto páramo.

La carretera, además, desde que cambió de orilla, se ha vuelto mucho peor. No por las curvas, que son las mismas, como las cuestas, sino por el pavimento, que aquí parece pavés. Se ve que a Vila Real le importa menos la carretera que a sus vecinos los bragantinos. Todo lo contrario que le sucede al viajero, quien lleva ya muchas curvas y cuestas a su espalda como para tener que escuchar de nuevo el baile de las aceiteras. Así que, antes de que vaya a más, y a la vista de que el pavés no se acaba (al revés: parece que ya va a seguir así seguramente hasta Chaves), esta vez para el coche y las separa. Unas las pone en el asiento de atrás y otras las deja en el maletero. Como los niños: para que no se peguen.

Pero, aunque las aceiteras callan, el coche sigue botando. La carretera esta cada vez peor, llena de baches y de remiendos, y el coche va dando tumbos como un borracho al que el sol se le hubiera subido a la cabeza. Por si le faltara algo, los matorrales aquí crecen con tal profusión que parecen una selva. Algunos son tan enormes que no sólo le persiguen con sus ramas, sobre todo cuando se cruza con otro coche, sino que, en algunos tramos, invaden directamente la carretera. El viajero va despacio, sorteándolos como si fueran personas o presencias fantasmales, y, cuando los deja atrás, pisa el acelerador como si temiera que le pudieran seguir igual que a veces hacen sus sombras e igual que viene haciendo la nube en la que se ha convertido ya el hongo atómico a medida que el volcán que lo alimenta se ha ido quedando detrás, en dirección a Sonim, hacia donde se desvía ahora una carreterilla que parte en una curva hacia la izquierda. Es la carreterilla que va a Valpaços, la capital de la tierra de las castañas y, según dicen las guías, lugar de residencia real allá por la alta Edad Media. Aunque ni siquiera eso haga desviarse al viajero.

El primer pueblo de Vila Real (viniendo de Rebordelo), por no tener, no tiene ni letrero. Es un montón de casas arracimadas, como los matorrales, en torno a la carretera. El viajero lo atraviesa sin ver más que un perro cojo, una mula en un hangar, una máquina de brea abandonada y tres o cuatro personas que miran pasar el tiempo desde la terraza del bar del pueblo. O Camionista se llama, sin duda porque fue hecho, más que para los vecinos de éste, que no deben de ser muchos, para el descanso de los camiones que cruzan este desierto. El viajero, pese a todo, prefiere detenerse más allá, a la salida del pueblo, al amparo de unos pinos y de un tilo gigantesco, que son los únicos árboles que se ven en torno a aquél y que dan sombra a una fuente y a una piedra de granito que las 5 familias que van de paso deben de usar como mesa. Aunque el viajero está tan cansado -y la piedra es tan enorme que se tumba encima de ella para fumar un cigarro mientras contempla los árboles y escucha pasar el tiempo.

1 ... 4 5 6 7 8 9 10 11 12 13
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)