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READ-E-BOOK » Социально-философская фантастика » El ojo de la garza [The Eye of the Heron - es]
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El ojo de la garza [The Eye of the Heron - es]

Электронная книга - «El ojo de la garza [The Eye of the Heron - es]». Краткое содержание книги:

“El ojo de la garza” es la historia de dos comunidades de proscritos que, expulsados de la Tierra, viven en un remoto planeta. Una de estas comunidades, los violentos y ambiciosos habitantes de la Ciudad, trata de oprimir a la otra, heredera del movimiento pacifista que comenzara tiempo atrás en la Tierra. La heroína de la novela, Luz, abandona los privilegios y la seguridad doméstica de la Ciudad e intenta buscar su identidad personal, la libertad y el amor, entre esas gentes pacíficas que viven en los límites del mundo. Por último, decide encabezar una expedición a las tierras salvajes (enfrentada a la indiferencia de la naturaleza y a sus propios miedos) para fundar una nueva colonia y empezar una nueva vida en tierras desconocidas.
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—Muchas gracias, senhora Adelson —dijo Falco—. Ya se le informará sobre la decisión de la Junta con respecto a esta propuesta. Senhor Brown, ¿cuál es el punto siguiente de la orden del día?

Con una mano, el empleado de cabellos rizados hizo gestos frenéticos a los arrabaleros mientras con la otra intentaba encontrar algo entre los papeles de su escritorio. Dos guardias se adelantaron deprisa y flanquearon a los cinco arrabaleros.

—¡Vamos! —ordenó uno de ellos.

—Esperen un momento —pidió Vera amablemente—. Concejal Falco, temo que volvemos a entendernos mal. Nosotros hemos tomado una decisión provisional. Y ahora nos gustaría, con vuestra cooperación, tomar una decisión definitiva. Ni nosotros ni ustedes podemos elegir en solitario con respecto a un asunto que nos compete a todos.

—Creo que me entiende mal —dijo Falco y miró el aire por encima de la cabeza de Vera—. Acaba de plantear una propuesta. La decisión corresponde al gobierno de Victoria.

Vera sonrió.

—Sé que ustedes no están acostumbrados a que las mujeres tomen la palabra en vuestras reuniones. Quizá sea mejor que Jan Serov se exprese en nuestro nombre.

Vera retrocedió y un hombre corpulento y de piel blanca ocupó su sitio.

—Verán —dijo, como si prosiguiera el discurso de Vera—, en primer lugar tenemos que acordar qué queremos y cómo queremos hacerlo y, una vez que estemos de acuerdo, lo haremos.

—El tema está cerrado —intervino el calvo concejal Helder, sentado a la izquierda de Falco en la tarima—. Si ustedes siguen obstruyendo las tareas del Pleno, habrá que retirarlos por la fuerza.

—No obstruimos ninguna tarea, sólo queremos hacer algo —declaró Jan. No sabía qué hacer con sus enormes manos, que mantenía torpemente pegadas a los lados del cuerpo, entrecerradas, buscando el mango de una azada ausente—. Tenemos que resolver este asunto.

—Guardias —dijo Falco en voz muy baja.

Cuando los guardias avanzaron por segunda vez, Jan miró perplejo a Vera y Hari apeló a Falco:

—Bueno, concejal, cálmese, es evidente que sólo tenemos la intención de hablar con sensatez.

—¡Su Excelencia, haga expulsar a esta gente! —gritó un hombre desde los bancos.

Otros asistentes se pusieron a vociferar, como si quisieran llamar la atención de los concejales sentados en el estrado. Los arrabaleros no se movieron, si bien Jan Serov y el joven King miraron sorprendidos los rostros coléricos y gritones vueltos hacia ellos. Falco conferenció unos segundos con Helder e hizo señas a uno de los guardias, que abandonó el recinto a la carrera. Falco levantó la mano para pedir silencio.

—Deben ustedes comprender que no son miembros del gobierno, sino súbditos —declaró con suma cortesía—. «Decidir» sobre un «plan» opuesto a las decisiones del gobierno es un acto de rebelión. Para que quede bien claro para ustedes, y también para el resto, permanecerán detenidos aquí hasta que comprobemos que el orden vigente se ha restablecido.

—¿Qué significa «detenidos»? —preguntó Hari a Vera en voz baja.

—La cárcel —respondió la mujer.

Hari asintió. Había nacido en una cárcel de Canamérica; aunque no lo recordaba, estaba orgulloso de ello.

Aparecieron ocho guardias con actitud autoritaria y empujaron a los arrabaleros hacia la puerta.

—¡En fila india! ¡Dense prisa! ¡Si corren, dispararé! —ordenó el oficial.

Ninguno de los cinco arrabaleros mostró la menor intención de huir, resistirse o protestar. Empujado por un guardia impaciente, King se disculpó como si en medio de la prisa le hubiera cortado el paso a alguien.

Los guardias guiaron al grupo más allá de los frescos, más allá de las columnas, hasta la calle. Allí los obligaron a detenerse.

—¿Adónde vamos? —preguntó uno de los guardias al oficial.

—A la cárcel.

—¿Ella también?

Todos miraron a Vera, pulcra y delicada con su vestimenta de seda blanca. Impávida, les devolvió la mirada.

—El jefe ha dicho que a la cárcel —declaró el oficial y frunció el ceño.

—Hesumeria, señor, no podemos meterla en la cárcel —declaró un guardia menudo, de mirada penetrante y con la cara marcada.

—Eso ha dicho el jefe.

—Fíjese, señor, es una dama.

—Llévenla a casa del Jefe Falco y que decida él cuando regrese —propuso otro guardia, el gemelo de Caramarcada, aunque no tenía cicatrices.

—Les doy mi palabra que permaneceré donde me digan, pero preferiría estar con mis amigos —intervino Vera.

—¡Por favor, señora, cállese! —ordenó el oficial y se sujetó la cabeza con las manos—. De acuerdo. Ustedes dos, llévenla a Casa Falco.

—Mis amigos también darán su palabra si… —intentó añadir Vera.

El oficial ya le había dado la espalda y gritó:

—¡De acuerdo! ¡Adelante! ¡En fila india!

—Por aquí, senhora —dijo Caramarcada.

Vera se detuvo en la bocacalle y alzó la mano para saludar a sus cuatro compañeros, que ahora iban calle abajo.

—¡Paz! ¡Paz! —gritó Hari con gran entusiasmo.

Caramarcada masculló algo y soltó un escupitajo. Los dos guardias eran hombres que habrían asustado a Vera si se hubiera cruzado con ellos por las calles de la Ciudad pero en este momento, mientras caminaban flanqueándola, su modo de protegerla era evidente hasta en la forma de andar. Vera tuvo la sensación que ellos se consideraban sus salvadores.

—¿La cárcel es muy desagradable? —inquirió.

—Borracheras, refriegas, hedores —replicó Caramarcada.

—No es sitio para una dama, senhora —añadió el gemelo con grave decoro.

—¿Es un sitio más apto para hombres? —insistió Vera, pero ninguno de los dos respondió.

Casa Falco sólo distaba tres calles del Capitolio: era un edificio grande, bajo, blanco y de techo de tejas rojas. La criada rolliza que abrió la puerta se perturbó en presencia de dos soldados y de una senhora desconocida; hizo una reverencia, hipó y murmuró:

—¡Oh, hesumeria! ¡Oh, hesumeria! —y huyó dejando al trío en el umbral.

Después de una pausa prolongada en la que Vera conversó con los guardias y se enteró que ellos eran hermanos gemelos, que se llamaban Emiliano y Aníbal y que les gustaba su profesión porque la paga era buena y no tenían que oír impertinencias de nadie, si bien a Aníbal —Caramarcada— no le agradaba permanecer erguido tantas horas porque le dolían los pies y se le hinchaban los tobillos… Después de la pausa, una joven apareció en la entrada, una muchacha de espalda recta y mejillas rojas que meneaba sus largas faldas.

—Soy la senhorita Falco —se presentó echando una rápida mirada a los guardias pero dirigiéndose a Vera. Su expresión se demudó—. Lo siento, senhora Adelson, no la había reconocido. ¡Pase, por favor!

—Verás, querida, es una situación embarazosa, no vengo como visitante, sino como presa. Estos caballeros han sido muy amables. Pensaron que la cárcel no es un sitio para mujeres y me trajeron aquí. Creo que si paso ellos también tendrán que entrar para vigilarme.

Las cejas de Luz Marina habían formado una delgada recta. Permaneció muda unos segundos.

—Pueden esperar aquí, en la entrada —dijo—. Siéntense en los arcones —ofreció a Aníbal y a Emiliano—. La senhora Adelson se quedará conmigo.

Los gemelos cruzaron tiesos el umbral, detrás de Vera.

—Pase, por favor —ofreció Luz amablemente.

Vera entró en el vestíbulo de Casa Falco, con sus sillones y sus sofás de madera acolchados, sus mesas taraceadas y su suelo de piedra adornado con dibujos, sus ventanas de grueso cristal y las enormes y frías chimeneas: su cárcel.

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