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Crimen en la granja

Электронная книга - «Crimen en la granja». Краткое содержание книги:

La historia está inspirada en un suceso real que ocurrió en Inglaterra en el año 1924.
El título del libro puede explicarse por el nombre con el cual la prensa llamó al caso: El asesinato de la granja avícola.
Y sin querer explicar mucho, podemos decir que se trata de un triángulo amoroso.
Chica seduce a chico, chico se deja pero se ve cada vez más y más atrapado en la relación, chico conoce a otra chica y planea dejar a la primera, y hasta aquí puedo leer.
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– Tampoco hace falta que me hables en ese tono. Sólo intentaba ayudar.

– Sí, ya… Pero es una idea absurda. Además, fue por mi culpa. Le enfurecí. Se pone celoso cuando sus gallinas comen de mi mano.

– Entonces su cerebro no puede ser tan pequeño -repuso ella con acritud-. ¿Los celos no son un sentimiento humano?

La irritación de Norman fue en aumento.

– ¿Cómo voy yo a saberlo? -preguntó sin la menor amabilidad-. Nunca he tenido la oportunidad de sentirlos.

Mentía, por supuesto. Tenía celos de cualquier hombre capaz de provocar una sonrisa en el rostro de Bessie Coldicott. Era modista en Crowborough y él adoptó la costumbre de rondar por el establecimiento donde trabajaba.

Ella bromeó al respecto.

– ¿Cómo es que pasas tan a menudo por aquí? La carnicería más próxima está a dos manzanas.

– Acorto camino.

– ¡Mentiroso! -Ella le dio una palmada en la muñeca-. Me meterás en líos si vienes tanto. La señora Smith es una buena mujer, pero no le gusta tener a hombres atisbando por la ventana. Molesta a las clientas.

– Lo único que quiero es saludarte. Ella se rió.

– Pero no mientras trabajo, Norman. Me gusta mi empleo y no quiero perderlo. Puedes esperarme en la parte de atrás a la hora de salir. Y me acompañas a casa.

A medida que avanzaba el verano, él pasaba más y más tiempo con Bessie. Le pidió repetidas veces que fuera a ver la granja, pero ella siempre se negaba.

– Vives solo, Norman. ¿Qué diría la gente? -¿Quién te va a ver? Está en medio de la nada.

– Siempre hay alguien. Las viejas aburridas levantan las cortinas para espiar a sus vecinos. En un sitio así todo el mundo habla.

Él se preguntó si sabría algo de Elsie.

– ¿Y qué dicen?

– Que de vez en cuando te visitaba una chica. ¿Es cierto?

Norman siempre había sabido que el tema surgiría algún día. Tomó aire.

– Sí, pero no había nada malo en ello, Bessie. Nunca durmió en la cabaña. Todo era de lo más decoroso.

– ¿Quién es?

– Alguien que conocí en Londres. Me gustó durante un tiempo, pero ahora ya no. El problema es… -Se interrumpió-. Está un poco chiflada. Siempre se comporta de un modo raro… se enfada de repente, grita, y al minuto siguiente rompe a llorar. No consigue conservar ni un solo empleo debido a su actitud.

Bessie hizo una mueca.

– En nuestra calle hay una mujer así. Prorrumpe en sollozos si alguien le dirige la palabra. Papá dice que es porque perdió a dos hijos en la guerra, pero según mamá todo eso le viene de nacimiento. Ya hacía esa clase de cosas antes de que ellos murieran.

– Elsie siempre ha sido rara.

– ¿Ése es su nombre?

Norman asintió.

– Elsie Cameron. De hecho, la idea de que viniera a verme fue más bien de sus padres. Supongo que confiaban en que algún día me casaría con ella y se la quitarían de encima. Es mayor que yo y su familia está harta de tenerla en casa.

– ¡Qué horror!

Sí, pensó Norman. Era un horror. ¿Por qué tenía que facilitarles la vida al señor y a la señora Cameron casándose con su desequilibrada hija? Él no la había parido. Ni la había consentido.

– No te preocupes, cielito -dijo Norman, cogiendo a Bessie de la mano-. Eso no pasará. Tengo muchos planes para el futuro… y ninguno de ellos incluye a Elsie.

– ¿Y qué me dices de mí? ¿Formo parte de tus planes?

– Quizá.

– Entonces no me llames «cielito» -replicó ella, propinándole un fuerte pellizco en la mano-. No soy ningún pollito de peluche al que puedes besar y acariciar a voluntad. Soy yo, y no le pertenezco a nadie.

6

Granja avícola Wesley, Blackness Road. Otoño de 1924

Bessie fue a tomar el té a principios de septiembre. Avisó a Norman con veinticuatro horas de antelación y él se pasó la noche y la mañana adecentando la cabaña. No podía creer lo sucia que estaba. El suelo estaba lleno de mierda de pollo que arrastraba en las botas y había polvo por todas partes.

Avergonzado por el aspecto de las sábanas, fue hasta la ciudad a comprar unas nuevas. Le dejó casi sin dinero, pero estaba seguro de que Bessie no se sentaría en un lecho que apestara a sudor y suciedad. Dobló las sábanas sucias y las escondió en un nido vacío. Su intención era volver a ponerlas antes de que Elsie volviera a la granja para que no sospechara que había recibido la visita de otra mujer.

Todo aquel esfuerzo obtuvo su recompensa. Bessie se quedó impresionada por la cabaña.

– Es muy acogedora. ¿Cuánto tiempo llevas viviendo aquí?

– Dos años.

– ¿No pasas frío?

– En invierno sí.

Ella miró hacia la viga que cruzaba el techo, donde él guardaba los sombreros.

– ¡Qué ordenado! ¿Dónde tienes la ropa?

– Aquí detrás. -Él levantó una cortina que estaba clavada a una de las paredes-. La cuelgo de ganchos y la cortina impide que se llene de polvo.

– Muy ordenado -repitió Bessie-. ¿Qué hay aquí dentro? -preguntó, señalando una pequeña cómoda.

A Norman le dio un vuelco el corazón. Las cartas de amor de Elsie. Debería haberlas escondido junto con las sábanas.

– Cuchillas de afeitar, las tijeras… Cosas de hombres.

Ella se sentó en el borde de la cama.

– Es mucho mejor de lo que yo creía. Me esperaba encontrar una especie de choza.

– ¿Por qué?

– Porque siempre te refieres a esto como «la cabaña». La imaginaba de hojalata… o hecha de trozos de hierro viejo. -Dio una palmada sobre el colchón-. Si me hubieras dicho que era así, habría venido antes.

Él no sabía qué pensar de aquel gesto. Debido a los cambios de humor de Elsie, era incapaz de distinguir con claridad las señales femeninas. ¿Sugería Bessie que se sentara a su lado en la cama? ¿O acaso le estaba invitando a ir más allá? ¿O tal vez era una prueba para que demostrara hasta qué punto era un caballero?

Se inclinó para encender el hornillo de petróleo donde reposaba la tetera.

– ¿Dónde te apetece tomar el té? -preguntó.

– Fuera -dijo ella con una sonrisa-. Se está bien al sol. -Se incorporó y se encaminó hacia la puerta-. Ya lo tomaremos dentro cuando refresque el tiempo.

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