El Misterio De Wraxfor Hall
- Автор: Харвуд Джон
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El Misterio De Wraxfor Hall». Краткое содержание книги:
– Todos los médiums que aseguran manifestaciones, sí.
– ¿Y los médiums mentales? -le había oído describirlos con esas palabras a la señora Veasey.
Él me miró con curiosidad.
– Veo que conoce usted un poco la materia. Algunos son fraudulentos; y del resto, la mayoría son víctimas de la autosugestión.
– ¿La mayoría?
– Bueno… yo soy un escéptico, no un ateo absoluto… al menos, no todavía. Gurney y Myers… ¿sabe quiénes son…? Gurney y Myers han recopilado algunos casos muy interesantes. Están investigando casos en los que se asegura que se ha visto la aparición de un amigo o un pariente en el momento en el que esa persona ha fallecido, pero aún no han dado su veredicto. ¿Y usted, señorita Langton? ¿En qué cree usted?
– No sé en lo que creo, pero… mi hermana murió cuando yo tenía cinco años, y mi madre ha estado postrada de dolor desde entonces. Francamente, señor Raphael, si pudiera encontrar un médium que pudiera convencerla de que Alma está feliz en el Cielo, haría todo lo posible por que tuviera ese consuelo. Por eso me gustaría saber… si hay alguien que usted me pudiera recomendar…
– Mi trabajo, señorita Langton, es desvelar fraudes, no recomendarlos -y me pareció que lo decía más divertido que indignado.
– Eso es perfecto para ustedes, señor Raphael, que son inteligentes y están seguros de sí mismos y son dueños del mundo, pero para aquéllos como mi madre, que simplemente se sienten abrumados por el peso de la pena, ¿por qué privarlos del consuelo que podría ofrecerles una sesión de espiritismo?
– Porque es un consuelo falso.
– Ésa es una doctrina muy dura, señor Raphael. Es una religión muy masculina, si me permite decirlo así. ¿Es que usted nunca ha mentido, o ha guardado silencio, para evitar el dolor de otra persona? Si usted hubiera perdido a un hermano, por ejemplo, y su madre llegara a estar tan abatida como la mía, ¿realmente afirmaría usted de un modo tan severo, como hizo mi padre, que ella no podría conseguir ningún consuelo en esas sesiones?
Para ser justos, pareció un tanto avergonzado.
– Le confieso, señorita Langton, que me costaría mucho desengañarla. Pero piense usted en la otra cara de la moneda: ¿qué me dice de todos esos médiums que se aprovechan sin escrúpulos de las personas afligidas, y sólo por conseguir dinero? ¿Cree usted que se les debe dar rienda suelta?
– Supongo que no -contesté de mala gana-. Pero no todos son así.
– Habla por experiencia, evidentemente.
– Sólo un poco… ¿Así que no hay nadie, entonces, que usted pueda decirme…?
– Verá, señorita Langton: lo que su madre necesita es la ayuda de un doctor, no de un médium.
– Durante los últimos doce años la ha estado visitando un doctor -le dije-, y no ha conseguido que se sintiera ni un poquito mejor…
– Ya entiendo… La dificultad, señorita Langton, es que si le sugiriera un lugar donde sé que se cometen fraudes, incluso aunque sólo lo sospechara, yo estaría incumpliendo mi deber para con la Sociedad de Investigaciones Físicas. Y, además, se considera que la señorita Carver es la mejor de Londres; usted ha visto con sus propios ojos cómo la defienden sus celosos admiradores…
– Pero probablemente, después de lo que ha ocurrido hoy, habrá perdido la reputación para siempre -le dije.
– En absoluto -dijo jovialmente-. Se formará un verdadero escándalo en la prensa espiritista, y algunos de sus seguidores abandonarán, pero otros los reemplazarán. Es parte del juego.
– ¿Es así como lo ve?
Su contestación se perdió bajo las voces de un vendedor ambulante; nos estábamos acercando a Oxford Street y el ajetreo callejero aumentaba por momentos.
– Señorita Langton -dijo-, pensaba volver a mis aposentos en la Sociedad, en Westminster, pero puedo acompañarla a casa… si es que va hacia allí…
– No, gracias. Estoy muy acostumbrada a caminar sola.
– Entonces… tal vez pueda verla de nuevo…
– Lo siento -contesté-, pero eso es completamente imposible. Adiós, señor Raphael.
Regresé a casa decidida a no participar más en sesiones con manifestaciones de espíritus, pero una simple mirada a mi madre, acurrucada en el sofá del salón, con las cortinas echadas, fue suficiente para que cambiara de idea. Pensé que a Vernon Raphael no se le permitiría volver al salón de la señorita Carver y, con la desolación de mamá infectando la casa como si fuera la peste, creí que no tenía nada que perder… Y así, al día siguiente, volví a Marylebone High Street. La señorita Lester, como yo pensaba, no se había dado cuenta de que me había ido durante la sesión anterior y cortésmente aceptó mis elogios hacia la señorita Carver, así como un donativo de tres guineas (todos mis ahorros) para la causa espiritista. Le conté la grave situación de mi madre, y le pregunté si era verdad que los espíritus se podían materializar a diferentes edades. Y le dije anhelante que si mi madre pudiera coger a Alma tal y como la había cogido cuando estaba viva, podría encontrar la paz al fin. La señorita Lester me preguntó, entre otras cosas, si yo podía recordar qué perfume utilizaba mamá cuando Alma aún estaba entre nosotros. Los perfumes, dijo gravemente, pueden ser de gran ayuda a la hora de invocar espíritus. Pero, por supuesto, añadió, la señorita Carver desearía entrevistarse con mi madre antes de la sesión. Los vergonzosos embustes del señor Raphael habían puesto en grave peligro su salud, y por tanto, desgraciadamente, debían mantenerse en guardia ante posibles injerencias peligrosas.
A las ocho de la tarde del sábado siguiente me encontraba sentada junto a mi madre en el salón de sesiones de la señorita Carver, estudiando disimuladamente los rostros de los asistentes que se encontraban alrededor de la mesa. Yo había intentado persuadir a mamá de la necesidad de guardar el secreto, para no herir los sentimientos de la señora Veasey, pero no estaba completamente segura de que me hubiera entendido. Observé cómo llegaban los últimos asistentes con la sensación de haber añadido demasiados pisos a mi castillo de naipes.
Como en la ocasión anterior, la señorita Carver quedó atada a su butaca. La señorita Lester cerró las cortinas y nos invitó a unir las manos y a cantar «Guíame, luz de bondad» [13]. Cuando se apagaron las luces sentí que la mano de mi madre temblaba en la mía. Ya habíamos acabado prácticamente «El Señor es mi pastor» cuando un débil haz de luz anunció la aparición de Arabella. Los cánticos se apagaron. Oí un crujido de sillas y sentí que las respiraciones se agitaban; pero esta vez la luz permaneció informe, flotando como los fuegos fatuos en el hueco del gabinete. Después de unos breves instantes, comenzó a flotar hacia mí, siguiendo, pensé, la circunferencia de la mesa, aunque en aquella absoluta oscuridad ni siquiera podría haber sabido si las paredes que nos guarecían se habían desvanecido a nuestro alrededor.
Entonces, desde algún lugar, por encima de nosotros, una voz comenzó a cantar con una vocecilla aflautada el himno «Todas aquellas cosas brillantes y maravillosas». Yo le había contado a la señorita Lester todo acerca de las canciones de Alma, pero, aun así, sentí un escalofrío, y la mano de mi madre se sacudió convulsivamente.
– ¡Alma…! -gritó.
Aquel canturreo cesó y un perfume de agua de violetas se derramó sobre nosotras. Era un perfume que mi madre no había utilizado desde el día en que Alma murió. Aquella débil mancha luminosa se estremeció, brilló y pareció abrirse como una flor en la silueta resplandeciente de Arabella, que nos miraba desde el otro lado de la mesa. Acompañada por murmullos de asombro, vino el espíritu flotando alrededor de la mesa hasta que estuvo exactamente detrás de nosotras.
– Alma ha venido del Cielo para consolar a su mamá -dijo una voz de mujer desde lo alto, en la oscuridad-, pero sólo puede quedarse un instante…
[13] «Lead, Kindly Light»: himno de John H. Newman (1801-1890); la música era de John B. Dykes (1823-1876). A continuación se cita el himno «The Lord's My Shepherd» («El señor es mi pastor», basado en el salmo 23, y con música de William Gardiner en 1812.