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Электронная книга - «La Carta Cerrada». Краткое содержание книги:

Érase una vez una joven alegre, con ganas de vida y de amor. Trabajaba en una joyería de una ciudad de provincias, y no pudo resistirse a los encantos de un apuesto policía que la encandiló con sus locuras. Los dos acabaron casándose y viviendo en un pequeño apartamento de Valladolid que Daniel, el hijo menor de la pareja, recuerda ahora con nostalgia. Vuelven a su mente los instantes mágicos en compañía de la madre, su voz y sus pasos ligeros alrededor de las camas de los dos niños de noche, protegiéndolos de los males que la vida acarrea consigo.
Todo cambia el día en que uno de los hijos muere. Desde entonces, una locura callada se infiltra en la mente de Ana. El marido, un hombre agresivo y poco dado a expresar sus sentimientos, sigue viviendo de su trabajo y desahogando su amargura con otra mujer. Daniel, testigo atento de tanto dolor callado, crece hasta convertirse en un adulto más acostumbrado al recuerdo que a la acción.
En ese mundo donde los sentimientos se guardan en sobres cerrados, de repente surge la posibilidad de una vía de escape: un viaje de la familia a Madrid, que Ana piensa aprovechar para rebelarse contra el destino que le ha tocado en suerte. El testimonio de este gesto está en una carta destinada al hijo, unas palabras que sería mejor no leer y que finalmente quedarán en la mente de Daniel como un símbolo del pacto que nos une a la vida: nadie vive como debe ni como quiere, sino como puede…El resto está a cargo de nuestra imaginación.
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Uno de esos días tu padre y yo vimos una película que nos encantó. En una de las escenas un muchacho comparaba el rostro de su amiga con un paisaje, y esa noche, antes de dormirnos, tu padre hizo lo mismo conmigo. Estábamos acostados y de pronto se incorporó un poco y empezó a señalarme con el dedo las distintas partes del rostro, como en aquella escena. Mi frente era una llanura; mis ojos, dos lagos de aguas pardas; mi melena, un bosque lleno de pájaros dormidos; mi nariz, una pequeña montaña; mi boca, un volcán. Yo cerré los ojos mientras me besaba y me pareció sentir a mi lado la respiración de ese niño escondido. Y tuve el presentimiento de que en cualquier momento se podía morir.

Siento decirte estas cosas, pero quiero que me perdones. ¿Recuerdas aquella carta que dejé en tu cama? La escribí porque pensaba dejaros, y quería explicarte por qué. Qué raros somos los seres humanos… Lo queremos todo a la vez, el recuerdo y el olvido, tener una casa y abandonarla, vivir en un mundo sin puertas y entrar a robar. Fíjate, aún no habíais nacido ni tu hermano ni tú, y ya pensaba en vosotros. Sabía que iba a tener dos niños, y el nombre que os iba a poner: Antonio y Daniel. También sabía que tu padre y yo terminaríamos mal. Lo supe una noche en que, siendo aún novios, fuimos a una verbena, en las afueras de la ciudad. Tu padre vio a uno de sus compañeros y se puso a hablar con él, dejándome sola, junto al mostrador del bar. Yo estaba muy guapa, con un vestido corto que me acababa de hacer, y unas sandalias que dejaban mis pies desnudos. Un chico se acercó a hablar conmigo, era pelirrojo y algo atolondrado. Me preguntó qué me pasaba, y le dije muy digna que eso a él no le importaba. Estaba disgustada porque tu padre me había dejado sola, y él lo percibió al vuelo. No sé qué bobada dijo, pero me hizo gracia y me puse a hablar con él. Sabía hacer juegos de manos. Tiraba tres naranjas al aire y conseguía que no se cayeran. Luego, puso una de sus manos sobre mi muñeca y mi pulsera desapareció. Me alarmé porque me la había regalado tu padre, y le pedí que me la devolviera. Está en tu bolso, me contestó. Y, en efecto, abrí el bolso y estaba allí. A veces me pregunto qué habrá sido de él. No era guapo, pero se movía como si fuera un alga marina. Entonces, una de esas semillas aladas que sueltan los tilos se quedó prendida en mi pelo, y él extendió la mano para quitármela, momento en que apareció tu padre y en un rápido movimiento le retorció la muñeca. Sígueme, le dijo, sin soltarlo. El pobre chico se puso pálido y obedeció sin rechistar. Traté de seguirlos, pero tu padre me dijo bruscamente que le esperara allí. Los vi perderse en la oscuridad y luego oí lloros. Cuando tu padre regresó, tenía en los ojos el mismo brillo de la otra vez, cuando pasó aquello en la cafetería. Le pregunté qué había pasado, pero él ni siquiera me contestó. Me cogió por el brazo con fuerza y abandonamos la verbena. Me haces daño, le dije. La culpa la tienes tú, por comportarte como una puta, me contestó.

Nunca me había dicho nada igual. Recorrimos en silencio el camino y, al llegar a la carretera, empezó a abrazarme y a pedirme perdón. Me dijo que le había parecido que el chico me estaba acariciando y que había perdido el juicio. Incluso se echó a llorar en mis brazos. Me besaba las manos y se frotaba con ellas, y yo sentía la humedad de sus lágrimas y de sus labios y el calor que desprendía su cabeza. Y aquello me conmovió. Pero no podía quitarme del pensamiento lo que había pasado y, dos o tres días después, regresé al lugar de la verbena para ver si veía al chico.

Todo estaba muy cambiado. Habían quitado los farolillos de colores y el mostrador del bar, y tardé en reconocer el lugar, que estaba a la orilla del río. Junto al agua crecían los juncos, que temblaban movidos por el viento. Se veía el reflejo del agua que corría entre ellos. En el tronco de un árbol, alguien había clavado una tabla en que ponía EMBARCADERO, pero no se veían barcas, ni parecía posible que pudieran llegar hasta allí. Estuve dando vueltas por el lugar, dudando qué dirección seguir. A lo lejos se veían unas casas y me acerqué. Unos niños estaban jugando al fútbol, y les pregunté si conocían a aquel chico pelirrojo. Me dijeron que trabajaba más abajo, en una gasolinera que había en el cruce.

La gasolinera estaba pintada de color amarillo. Todo el terreno estaba pelado y causaba una impresión extraña verla allí, tan limpia y brillante. Pregunté a uno de los operarios por el chico, y me dijo que estaba en el taller. Lo vi debajo de un coche, y sólo le asomaban los pies. Di la vuelta y me agaché por el otro lado para verle la cara. Hola, le dije. Salió al instante con expresión de susto. Tenía las manos llenas de grasa. Eran muy blancas, y me acordé de lo suaves que eran cuando me tocó para hacerme el truco de la pulsera. Tenía el labio partido e hinchado. Ha sido Antonio, pensé, por eso le oí llorar. Iba a decirle que venía a disculparme, que lamentaba lo que había pasado la otra noche, pero me dijo muy nervioso que me fuera. No estaba enfadado, pero era como si temiera que tu padre pudiera aparecer de un momento a otro para volver a pegarle. Tu novio está loco, añadió, ¿no lo sabes? Me fui a toda prisa, y al llegar al embarcadero me eché a llorar. Me acordaba de cuando tu padre había llevado a la joyería el dinero y de lo que había pensado yo cuando empezó a ponerlo sobre el mostrador: que me estaba comprando, que iba a quedarse con todo lo que tenía. Poco después del incidente del embarcadero fui a ver a la tía Nieves a Castrojeriz, para anunciarle mi boda. Estuvimos hablando y le conté lo que me había pasado con tu padre. La tía fue tajante, me dijo que no me casara con él. Esos hombres no cambian nunca, te acabará pegando.

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