Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
Memoria Traidora - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

Memoria Traidora

Электронная книга - «Memoria Traidora». Краткое содержание книги:

Intrigada por el silencio que se había originado a sus espaldas, lentamente, la mujer comenzó a darse la vuelta. De pronto, una luz brillante cegó sus ojos, dejándola inmóvil, en medio de la calle, como suele sucederle a las presas indefensas. En milésimas de segundo, el estrepitoso rugir de un motor y el chirriar de unos neumáticos le congelaron la sangre y le hicieron ver que no tendría escapatoria. Cuando el coche la derribó, su cuerpo y la misteriosa fotografía que llevaba en sus manos salieron disparados hacia el gélido aire de la noche londinense. Sin duda, se había tratado de un asesinato. Y de una frialdad estremecedora, como pudo constatar poco después la policía, cuando descubrió que el conductor no sólo la había atropellado, sino que había dado marcha atrás para pasar sobre su cuerpo inerte para rematarla.
El problema era que, a partir de ahí, las pistas, más que apuntar hacia un asesino en el presente, parecían perderse en un confuso laberinto de crímenes, mentiras, culpas y castigos que habían rodeado la extraña muerte de una niña, hacía más de dos décadas. Como si se tratara de una máquina del tiempo, el suceso se había encargado de reabrir un lejano misterio que, por errores y debilidades humanas, nunca se había terminado de cerrar. La única verdad, si es que cabía encontrar alguna certeza, tenía que yacer en un antiguo y terrible secreto. Un secreto guardado, oculto y quizá perdido en alguna suerte de su memoria traidora.
1 ... 5 6 7 8 9 10 11 12 13 ... 229
Перейти на страницу:

No obstante, Eugenie no había ido hasta allí para admirar las vistas, ya que entró en la iglesia a toda velocidad.

«¡Maldita sea!», refunfuñó Ted. ¿Qué iba a hacer ahora? En verdad, no podía entrar en la iglesia con el perro. Y esperarla bajo la lluvia tampoco le parecía una idea muy atrayente. Aunque atara al perro a una farola y se uniera a ella en sus oraciones -si es que había ido hasta allí para rezar-tampoco podría hacerle creer que había sido un encuentro fortuito, ya que pasaban de las nueve de la noche y a esas horas no había servicio religioso. Y aunque hubiera habido misa, Eugenie sabía que él no era muy aficionado a ir a la iglesia. Por lo tanto, ¿qué podía hacer a excepción de dar la vuelta y regresar a casa como un idiota enfermo de amor? Continuamente recordaba el momento del aparcamiento en el que ella le había acariciado de nuevo; otra vez esa caricia…

Ted sacudió la cabeza con energía. No podía seguir así. Por muy malo que fuera, tenía que saberlo. Debía averiguarlo esa misma noche.

A la izquierda de la iglesia, el cementerio formaba una especie de triángulo de plantas empapadas y que quedaba dividido por un sendero que conducía a una hilera de viejas casas de beneficencia cuyas ventanas titilaban radiantemente en la oscuridad. Ted llevó a BP en esa dirección y decidió que iba a aprovechar el tiempo que Eugenie permaneciera dentro de la iglesia para ordenar las ideas y preparar lo que le iba a decir.

«Mira este perro, gordo como un cerdo -le diría-. Hemos empezado un nuevo plan de adelgazamiento. El veterinario dice que si sigue así le fallará el corazón, así que aquí estamos y aquí estaremos cada noche a partir de hoy, salvando los obstáculos de la ciudad. ¿Podemos regresar a casa juntos? Porque vas a casa, ¿verdad? Estás dispuesta a hablar, ¿no es así? ¿Podríamos hablar bien pronto? Porque no sé cuánto tiempo podré resistir preguntándome qué quieres contarme.»

El problema estaba en que él había decidido por ella, en que él había tomado esa decisión sin saber si ella también lo había hecho. En los cinco años que habían pasado desde la muerte de Connie, nunca había tenido que perseguir a una mujer dado que las mujeres ya se habían encargado de perseguirle a él. Y aunque eso le hubiera mostrado lo poco que le gustaba que le persiguieran -era una maldición porque ¿cuándo se habían vuelto las mujeres tan condenadamente agresivas?, se preguntaba- y aunque lo que había resultado de esas persecuciones era casi siempre una presión para actuar en unas circunstancias que siempre le habían desanimado, debía confesar que se había sentido muy halagado al averiguar que el viejo chico aún tenía el don y que, además, estaba muy solicitado.

Pero Eugenie no le pedía nada, y eso hacía que Ted se preguntara si era lo bastante hombre para las demás mujeres -aunque de forma superficial-, pero si no lo era para Eugenie, por el motivo que fuera.

¡Maldición! ¿Por qué se sentía así? ¿Por qué se sentía como un adolescente que nunca ha tenido relaciones sexuales? Decidió que era debido a los fracasos que había tenido con otras mujeres, pero que nunca había tenido con Connie.

– Deberías ver a un doctor y contarle ese pequeño problema que tienes -le había dicho la piraña esa de Georgia Ramsbottom mientras apartaba su flaco cuerpo de su cama y se ponía la bata de franela-. No es normal, Ted, y menos para un hombre de tu edad. ¿Cuántos años tienes? ¿Sesenta? De verdad que no es normal.

«Sesenta y ocho -pensó-. Y con un trozo de carne entre las piernas que permanecía inerte a pesar de las ayudas más apasionadas.»

Sin embargo, eso sucedía porque le perseguían. Si tan sólo le hubieran permitido hacer lo que la naturaleza dicta al hombre -es decir, ser el cazador y no la presa-entonces todo habría funcionado con normalidad. ¿No es verdad? ¿No es verdad? Necesitaba saberlo.

Un repentino movimiento en uno de los cuadrados de luz de las casas de beneficencia atrajo su atención. Ted echó un vistazo en esa dirección y vio que alguien había entrado en la habitación. Era una mujer, y mientras Ted la observaba con curiosidad, se sorprendió al ver que la mujer había empezado a quitarse el suéter rojo que llevaba, pasándoselo por la cabeza y dejándolo caer al suelo.

Miró a ambos lados de la calle. Sintió que las mejillas le ardían, a pesar de que estaba lloviendo a cántaros. Era extraño que algunas personas no supieran cómo funcionaba una ventana iluminada por la noche. Como no podían ver el exterior, se imaginaban que nadie les podía ver a ellos. Los niños también eran así. Ted tuvo que enseñar a sus tres hijas a correr las cortinas antes de desvestirse. Pero si nadie enseñaba a los niños a hacerlo… le parecía raro que cierta gente no lo supiera.

Le echó una mirada furtiva. La mujer se había quitado el sujetador. Ted tragó saliva. A pesar de ir atado, BP había comenzado a husmear la hierba que bordeaba el sendero del cementerio y, de forma inocente, se dirigía hacia las casas de beneficencia.

«Suelta la correa. No irá lejos.» Pero en vez de hacerlo, Ted le siguió con la correa entrelazada entre los dedos.

La mujer de la ventana empezó a peinarse. Cada vez que se pasaba el peine los pechos le subían y le bajaban. Tenía los pezones tensos, con profundas aureolas color castaño a su alrededor. Al verlos, Ted clavó los ojos en esos pechos como si fueran lo que había estado esperando toda la noche y todas las noches anteriores a ésa; Ted sintió el incipiente deseo en su ser, y después el gratificante torrente de sangre seguido del latido de la vida.

Suspiró. No le pasaba nada. Nada en absoluto. El problema radicaba en que se había sentido perseguido. Perseguir -y después pedir y obtener-era la única solución.

Estiró la correa de BP para que éste no siguiera avanzando. Se sentó a observar la mujer de la ventana y a esperar a su Eugenie.

En la capilla de St. Mary the Virgin, Eugenie no rezó, sino que esperó. Hacía años que no cruzaba el umbral de un edificio de culto, y la única razón por la que lo había hecho esa noche era para librarse de la conversación que le había prometido a Ted.

Sabía que la estaba siguiendo. No era la primera vez que había salido del club para encontrarse con la silueta de Ted bajo los árboles de la calle, pero era la primera vez que no estaba dispuesta a hablar con él. Así pues, aunque lo podría haber hecho, no se había dirigido hacia Ted en un momento en que habría tenido que explicarle lo que acababa de presenciar en el aparcamiento. En vez de hacerlo, se encaminó hacia Market Place sin tener ni la más mínima idea de adónde se dirigía.

Cuando sus ojos se posaron en la iglesia, decidió entrar y adoptar una actitud de súplica. Durante los primeros cinco minutos que permaneció en la capilla, incluso se arrodilló en uno de los polvorientos cojines, contempló la estatua de la Virgen y esperó a que las familiares palabras de devoción acudieran a su mente. Sin embargo, no lo consiguió. Tenía la cabeza llena de demasiados obstáculos para poder rezar: viejas discusiones y acusaciones, viejas fidelidades y pecados perpetrados en su nombre, contratiempos actuales con sus respectivas implicaciones, consecuencias futuras si en ese momento cometía un error.

1 ... 5 6 7 8 9 10 11 12 13 ... 229
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)