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Электронная книга - «El Amor En Los Tiempos Del Cólera». Краткое содержание книги:

La historia de amor entre Fermina Daza y Florentino Ariza en el escenario de un pueblecito portuario del Caribe y a lo largo de más de sesenta años, podría parecer un melodrama de amantes contrariados que al final vencen por la gracia del tiempo y la fuerza de sus propios sentimientos, ya que García Márquez se complace en utilizar los más clásicos recursos de los folletines tradicionales. Pero este tiempo – por una vez sucesivo, y no circular -, este escenario y estos personajes son como una mezcla tropical de plantas y arcillas que la mano del maestro modela y fantasea a su placer, para al final ir a desembocar en los territorios del mito y la leyenda. Los zumos, olores y sabores del trópico alimentan una prosa alucinatoria que en esta ocasión llega al puerto oscilante del final feliz.
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Para evitar silencios incómodos o temas indeseables, ella hizo preguntas obvias sobre los buques fluviales. Parecía mentira que él, siendo el dueño, sólo hubiera viajado una vez, hacía muchos años, cuando no tenía nada que ver con la empresa. Ella no sabía el motivo, y él hubiera dado el alma por decírselo. Tampoco ella conocía el río. Su marido compartía la aversión a los aires andinos, y la disimulaba con argumentos variados: los peligros de la altura para el corazón, el riesgo de una pulmonía, la doblez de la gente, las injusticias del centralismo. Así que conocían medio mundo pero no conocían su país. En la actualidad había un hidroavión Junkers que iba de pueblo en pueblo por la cuenca de La Magdalena, como un saltamontes de aluminio, con dos tripulantes, seis pasajeros y las sacas del correo. Florentino Ariza comentó: “Es como un cajón de muerto por el aire”. Ella había estado en el primer viaje en globo, y no había sufrido ningún sobresalto, pero apenas si podía creer que fuera la misma que se atrevió a semejante aventura. Dijo: “Es distinto”. Queriendo decir que era ella la que había cambiado, no los modos de viajar.

A veces la sorprendía el ruido de los aviones. Los había visto pasar muy bajos, haciendo maniobras acrobáticas, en el centenario de la muerte de El Libertador. Uno de ellos, negro como un gallinazo enorme, pasó rozando los techos de las casas de La Manga, dejó un pedazo de ala en un árbol vecino, y quedó colgado de los cables eléctricos. Pero ni aun así había asimilado Fermina Daza la existencia de los aviones. Ni siquiera había tenido la curiosidad de ir en los últimos años hasta la ensenada de Manzanillo, donde acuatizaban los hidroaviones después de que las lanchas del resguardo espantaban las canoas de pescadores y los botes de recreo, cada vez más numerosos. Así de vieja como estaba la habían escogido para recibir con un ramo de rosas a Charles Lindbergh cuando vino en su vuelo de buena voluntad, y no entendió cómo podía elevarse un hombre tan grande, tan rubio, tan guapo, dentro de un aparato que parecía de hojalata arrugada, y que dos mecánicos empujaron por la cola para ayudarlo a subir. La idea de que unos aviones que no eran mucho más grandes pudieran llevar ocho personas no le cabía en la cabeza. En cambio, había oído decir que los buques fluviales eran una delicia porque no se balanceaban como los de mar, pero tenían otros peligros más graves, como los bancos de arena y los asaltos de bandoleros.

Florentino Ariza le explicó que todo eso eran leyendas de otros tiempos: los buques actuales tenían un salón de baile, camarotes tan amplios y lujosos como cuartos de hotel, con baño privado y ventiladores eléctricos, y desde la última guerra civil no había más asaltos armados. Le explicó además, con la satisfacción de un triunfo personal, que estos progresos se debían más que nada a la libertad de navegación propugnada por él, que había estimulado la competencia: en vez de una empresa única, como antes, había tres muy activas y prósperas. Sin embargo, el rápido progreso de la aviación era un peligro real para todos. Ella trató de consolarlo: los buques existirían siempre, porque no eran muchos los locos dispuestos a meterse en un aparato que parecía ser contra natura. Por último, Florentino Ariza habló de los avances del correo, tanto en el transporte como en el reparto, tratando de que ella le hablara de sus cartas. Pero no lo consiguió.

Poco después, sin embargo, la ocasión llegó sola. Se habían alejado mucho del tema, cuando una criada los interrumpió para entregarle a Fermina Daza una carta recibida en ese instante por el correo urbano especial, de creación reciente, que utilizaba el mismo sistema de reparto de los telegramas. Ella no pudo encontrar las gafas de leer, como le ocurría siempre. Florentino Ariza se mantuvo sereno.

– No será necesario -dijo-: esa carta es mía.

Así era. La había escrito el día anterior, en un terrible estado de depresión por no haber podido superar la vergüenza de su primera visita frustrada. En ella se excusaba por la impertinencia de querer visitarla sin permiso previo, y desistía del propósito de volver. La había echado en el buzón sin pensarlo dos veces, y cuando reflexionó ya era demasiado tarde para recuperarla. Sin embargo, no le parecieron necesarias tantas explicaciones, sino que le pidió a Fermina Daza el favor de no leer la carta.

– Claro -dijo ella-. Al fin y al cabo, las cartas son del que las escribe. ¿No es cierto?

Él dio un paso firme.

– Así es -dijo-. Por eso es lo primero que se devuelve cuando hay una ruptura.

Ella pasó por alto la intención y le devolvió la carta, diciendo: “Es una lástima que no pueda leerla, porque las otras me han servido mucho”. Él respiró a fondo, sorprendido de que ella hubiera dicho de un modo tan espontáneo mucho más de lo que él esperaba, y le dijo: “No se imagina qué feliz me hace saberlo”. Pero ella cambió el tema, y él no consiguió que lo reanudara en el resto de la tarde.

Se despidió pasadas las seis, cuando empezaron a encender las luces de la casa. Se sentía más seguro, pero sin demasiadas ilusiones, porque no olvidaba el carácter voluble y las reacciones imprevistas de Fermina Daza a los veinte años, y no tenía razones para pensar que hubiera cambiado. Por eso se atrevió a preguntarle con una humildad sincera si podía volver otro día, y la respuesta volvió a sorprenderlo.

– Vuelva cuando quiera -dijo ella-. Casi siempre estoy sola.

Cuatro días después, el martes, volvió sin anunciarse, y ella no esperó a que sirvieran el té para hablarle de cuánto le habían servido sus cartas. Él dijo que no eran cartas en un sentido estricto, sino hojas sueltas de un libro que le hubiera gustado escribir. También ella lo había entendido así. Tanto, que pensaba devolvérselas, si él no lo tomaba como un desaire' para que les diera un mejor destino. Siguió hablando del bien que le habían hecho en el duro trance que estaba viviendo, y lo hacía con tanto entusiasmo, con tanta gratitud, tal vez con tanto afecto, que Florentino Ariza se atrevió a dar algo más que un paso en firme: un salto mortal.

– Antes nos tuteábamos -dijo.

Era una palabra prohibida: antes. Ella sintió pasar el ángel quimérico del pasado, y trató de eludirlo. Pero él fue más a fondo: “Quiero decir, en nuestras cartas de antes”. Ella se disgustó, y tuvo que hacer un esfuerzo serio para que no se le notara. Pero él se dio cuenta, y comprendió que debía avanzar con más tacto, aunque el tropiezo le enseñó que ella seguía siendo tan arisca como cuando era joven, pero había aprendido a serlo con dulzura.

– Quiero decir -dijo él- que estas cartas son otra cosa muy distinta.

– Todo ha cambiado en el mundo -dijo ella.

– Yo no -dijo él-. ¿Y usted?

Ella se quedó con la segunda taza de té a mitad de camino y lo increpó con unos ojos que habían sobrevivido a la inclemencia.

– Ya da lo mismo -dijo-. Acabo de cumplir setenta y dos años.

Florentino Ariza recibió el golpe en el centro del corazón. Hubiera querido encontrar una réplica con la rapidez y el instinto de una saeta, pero lo venció el peso de la edad: nunca se había sentido tan agotado con una conversación tan breve, le dolía el corazón, y cada golpe repercutía con una resonancia metálica en sus arterias. Se sintió viejo, triste, inútil, y con unos deseos de llorar tan urgentes que no pudo hablar más. Terminaron la segunda taza en un silencio surcado de presagios, y cuando ella volvió a hablar fue para pedirle a una criada que le llevara la carpeta de las cartas. Él estuvo a punto de pedirle que las guardara para ella, pues había dejado copias de papel carbón, pero pensó que esta precaución iba a parecer innoble. No había nada más que hablar. Antes de despedirse, él sugirió volver el otro martes a la misma hora. Ella se preguntó si debía ser tan condescendiente.

– No veo qué sentido tendrían tantas visitas -dijo.

– Yo no había pensado que tuvieran ninguno -dijo él.

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