El uso de las armas [Use of Weapons - es]
- Автор: Бэнкс Иэн М.
- Год: 1992
- Язык: испанский
- Год: Mart
- ISBN: 84-270-1648-4
- Переводчик: Albert Sole
- Жанр: Космическая фантастика
Электронная книга - «El uso de las armas [Use of Weapons - es]». Краткое содержание книги:
Zakalwe ha sido empujado a tomar parte en innumerables conflictos, habiéndole tocado pertenecer al bando perdedor en demasiadas ocasiones. Por ello, ha decidido retirarse. Pero Ciscunstancias Especiales necesita sus servicios en un planeta donde Zakalwe había servido anteriormente y donde está a punto de desencadenarse una guerra a gran escala, y la agencia sabe a qué puede recurrir para presionarle…
Una nueva novela ambientada en el deslumbrante universo de “Pensad en Flebas” y “El jugador”.
Las habitaciones en las que dormía siempre tenían algún sitio para sentarse, ya fueran extensiones de campos, unidades amoldables a la pared, auténticos sofás y —a veces— sillas de lo más normal y corriente. Siempre que encontraba sillas las sacaba al pasillo o a la terraza.
Era lo único que podía hacer para mantener alejados los recuerdos.
—No —dijo la mujer en la Bodega Principal—. No funciona así…
Estaban en una nave estelar a medio construir, en el centro de lo que acabarían siendo los motores, observando como una gigantesca unidad de campo giraba por los aires alejándose del espacio de ingeniería y construcción situado debajo de la bodega propiamente dicha para ascender hacia el cuerpo esquelético de la Unidad General de Contacto. Unos remolcadores diminutos empezaron a maniobrar la unidad de campo acercándola hacia donde estaban.
—¿Quieres decir que no importa?
—No demasiado —dijo la mujer. Pulsó un botón de un pequeño cilindro que llevaba en la mano y habló como si se dirigiera a su hombro—. Yo me encargo.
La unidad de campo ya casi estaba encima de ellos y no tardaron en quedar debajo de la zona de sombra que proyectaba. La observó con mucha atención, pero le pareció que no era más que otro pedazo de materia sólida como los que había visto antes. Era de color rojo, y su masa contrastaba con la lustrosa negrura del Bloque Inferior del Motor Principal que tenían debajo de los pies. La mujer manipuló el cilindro guiando el inmenso bloque rojo hacia abajo. Dos personas situadas a veinte metros de ellos se encargaban de controlar el otro extremo de la unidad.
—El problema es que incluso cuando las personas enferman y mueren jóvenes siempre les sorprende que hayan enfermado —dijo la mujer mientras observaba el lento descenso de aquel gigantesco ladrillo rojo—. ¿Cuántas personas sanas crees que se levantan por la mañana y se dicen «¡En, hoy me encuentro bien!» a menos que hayan acabado de pasar por alguna enfermedad realmente seria? —Se encogió de hombros y pulsó otro botón del cilindro. La unidad de campo siguió bajando hasta quedar suspendida unos dos centímetros por encima de la superficie del motor—. Alto —dijo la mujer en voz baja—. Inercia reducida a cinco. Comprobar. —Una línea luminosa empezó a parpadear sobre la superficie del bloque motriz. La mujer puso una mano sobre el bloque y empujó. El bloque se movió—. Abajo muy despacio —dijo, y colocó el bloque en su sitio—. Sorzh, ¿todo bien? —preguntó.
No pudo oír la contestación, pero la expresión del rostro de la mujer le dejó claro que ella sí la había oído.
—De acuerdo. En posición, y todo va bien. —Los remolcadores pusieron rumbo hacia la zona de ingeniería y construcción, llegaron a ella y volvieron a iniciar el ciclo. La mujer alzó la cabeza para observarlos—. ¿Sabes qué ha ocurrido? Que la realidad ha decidido que ya iba siendo hora de comportarse tal y como se habían comportado siempre esas personas, así que… No, recuperarse de una enfermedad no hace que experimentes ninguna sensación maravillosa de alegría y liberación. —Se rascó una oreja—. Salvo cuando piensas en ello, quizá… —Sonrió—. Supongo que cuando estaba en la escuela, cuando vi cómo vivía la gente y cómo siguen viviendo los alienígenas…, entonces realmente cobras conciencia de todo ello y supongo que es algo de lo que nunca llegas a olvidarte del todo, pero no pierdes mucho tiempo pensando en ese tipo de cosas.
Cruzaron la llanura negra de aquella sustancia totalmente lisa y desprovista de señales o muescas. («Ah —había dicho la mujer cuando él hizo un comentario al respecto—, échale un vistazo al microscopio. ¡Es magnífico! Y, de todas formas, ¿qué esperabas? ¿Palancas? ¿Engranajes? ¿Cubas inmensas repletas de sustancias químicas?»)
—Supongo que las máquinas podrían construirlas más deprisa, ¿no? —le preguntó mientras contemplaba el cascarón que se convertiría en una nave estelar.
—¡Oh, por supuesto! —exclamó ella, y se rió.
—Entonces, ¿por qué no permitís que sean ellas quienes las construyan?
—Porque construirlas resulta muy divertido. Cuando ves uno de estos monstruos cruzando esas puertas por primera vez dirigiéndose hacia el espacio con trescientas personas a bordo, todos los sistemas funcionando perfectamente y su Mente feliz y satisfecha piensas que tú has ayudado a construirlo. El hecho de que una máquina pudiera haberla construido más deprisa no altera el hecho de que fuiste tú quien construyó la nave.
—Hmmm —dijo él.
(Aprende a trabajar la madera o los metales. Eso no te convertirá en un carpintero o en un herrero, de la misma forma que saber escribir no te convertirá en un oficinista.)
—Bueno, puedes soltar todos los «hmmmms» que te apetezcan —dijo la mujer. Fueron hacia un holograma traslúcido de la nave a medio construir. Unos cuantos obreros estaban junto a él señalando distintos puntos del modelo y hablando—. Pero… ¿has nadado por debajo del agua o has practicado el vuelo sin motor?
—Sí —dijo él.
La mujer se encogió de hombros.
—Los peces nadan mucho mejor que nosotros, y jamás volaremos tan bien como los pájaros. ¿Hemos renunciado a nadar o a volar en planeadores por eso?
—Supongo que no —murmuró él sonriendo.
—Y tu suposición es correcta —dijo la mujer—. ¿Y por qué? —Sonrió y le contempló en silencio durante unos momentos—. Porque resulta divertido. —Volvió la cabeza hacia el modelo holográfico de la nave. Uno de los obreros la llamó y señaló una parte del modelo—. ¿Quieres disculparme? —dijo volviéndose hacia él.
Él asintió y dio un paso hacia atrás.
—Seguid construyendo buenas naves.
—Gracias. Lo intentaremos.
—Oh, por cierto… —dijo él—. ¿Cómo se llamará?
—Su Mente desea llamarse Dulce y llena de gracia. —La mujer se rió, y fue a hablar con los demás.
Les observó practicar sus numerosos y complicados deportes y probó suerte en algunos, pero la inmensa mayoría le resultaban sencillamente imposibles de comprender. Nadaba mucho. Las piscinas y los complejos de diversiones acuáticas parecían ser una de sus diversiones favoritas, y casi todos los que acudían a ellos nadaban desnudos, cosa que le resultaba un poquito embarazosa. Algún tiempo después descubrió que había zonas enteras —¿aldeas, áreas, distritos? No estaba muy seguro de cuál era la palabra adecuada— donde la gente jamás llevaba ropa, sólo adornos corporales. Le sorprendió ver lo deprisa que podía acostumbrarse a aquella conducta, pero jamás llegó a participar del todo en ella.
Necesitó algún tiempo para darse cuenta de que no todas las unidades que veía —las variedades existentes en su diseño eran mucho más aparatosas que las diferencias en la fisiología de los seres humanos con que se encontraba— pertenecían a la nave y que, de hecho, casi ninguna era una extensión del VGS. Las unidades poseían sus propios cerebros artificiales (seguía teniendo tendencia a pensar en ellas como si fuesen simples ordenadores capaces de moverse), y también parecían poseer personalidades diferenciadas, aunque aún era algo escéptico respecto a ese punto.
—Si me das permiso para ello desearía exponerte un pequeño experimento mental —dijo la vieja unidad.
Estaban entreteniéndose con un juego de cartas donde la victoria dependía casi exclusivamente del azar, o eso le había asegurado la unidad. Se hallaban sentados —bueno, la unidad flotaba— bajo una arcada de piedra color rosa junto a una piscina. Los gritos de quienes se divertían con un complicado juego de pelota al otro extremo de la piscina se filtraban por entre los arbolillos y matorrales y llegaban hasta ellos.