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El manuscrito carmesí

Электронная книга - «El manuscrito carmesí». Краткое содержание книги:

Premio Planeta 1990
En los papeles carmesíes que empleó la Cancillería de la Alhambra, Boabdil -el último sultán- da testimonio de su vida a la vez que la goza o la sufre. La luminosidad de sus recuerdos infantiles se oscurecerá pronto, al desplomársele sobre los hombros la responsabilidad de un reino desahuciado. Su formación de príncipe refinado y culto no le servirá para las tareas de gobierno; su actitud lírica la aniquilará fatídicamente una épica llamada a la derrota. Desde las rencillas de sus padres al afecto profundo de Moraima o Farax; desde la pasión por Jalib a la ambigua ternura por Amín y Amina; desde el abandono de los amigos de su niñez a la desconfianza en sus asesores políticos; desde la veneración por su tío el Zagal o Gonzalo Fernández de Córdoba al aborrecimiento de los Reyes Católicos, una larga galería de personajes dibuja el escenario en que se mueve a tientas Boabdil el Zogoibi, el Desventuradillo. La evidencia de estar viviendo una crisis perdida de antemano lo transforma en un campo de contradicción. Siempre simplificadora, la Historia acumuló sobre él acusaciones que se muestran injustas a lo largo de su relato, sincero y reflexivo. La culminación de la reconquista -con sus fanatismos, crueldades, sus traiciones y sus injusticias- sacude como un viento destructor la crónica, cuyo lenguaje es íntimo y apeado: el de un padre que se explica ante sus hijos, o el de un hombre a la deriva que habla consigo mismo hasta encontrar -desprovisto, pero sereno- su último refugio. La sabiduría, la esperanza, el amor y la religión sólo a ráfagas le asisten en el camino de la soledad. Y es ese desvalimiento ante el destino lo que lo erige en símbolo válido para el hombre de hoy. Esta novela obtuvo el Premio Planeta 1990.
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husayn fue en busca de yusuf.

cuando mi hermano lo vio, supo a lo que venía, y más al presenciar cómo tendían una alfombra en el suelo y acercaban un alfanje afilado.

– ¿te envía el sultán mi padre para que me degüelles?

– así es, yusuf -mintió husayn.

– nunca oí ni leí que un padre hiciese nada semejante contra su hijo. -y añadió después-: permite que lave mi cuerpo antes de entregarlo.

salió a un patio con alberca, y se desabrochó las ropas, y purificó su joven cuerpo desnudo, y pidió ropa limpia, y se la puso. luego, mirando a husayn que no lo había dejado de vigilar, abrió los brazos y le dijo:

– sea.

y husayn cumplió la orden. el arca en que dispuso la cabeza de yusuf incluía también una cartela roja con una dedicatoria: ‘para el verdadero sultán, de su primo yaya.’ la inscripción era equívoca: ¿se dirigía a mi padre, o estaba el gobernador de almería invitando al “zagal” a rebelarse?

mi tío contempló, mudo, el lúgubre despojo y la cartela. sé, como si lo estuviese viendo, que miró fijamente a husayn, que le obligó a bajar los ojos, que le congeló en los labios su sonrisa aduladora. después cerró el arca damascena de nogal y de nácar en la que la cabeza le había sido entregada, y le ordenó a husayn, ya sin mirarlo, que la llevase al instante a granada. tras esto, prohibidas las gritas a su tropa, ocupó almería en el mayor silencio. en la alcazaba, forzó a jurar a yaya sobre el corán, si no quería morir allí mismo a sus manos, que se sometía para siempre a sus dictados.

yaya lo obedeció: está demasiado hecho a jurar en falso como para arredrarse. y no sé si le dijo -aunque supongo que no, por su propio bien- que el boabdil que había tenido entre los muros de almería no era el auténtico.

por lo que ha contado un confidente, mi padre, al recibir la cabeza de mi hermano, a pesar de haberlo tenido él mismo preso y amenazado de muerte, se sobrecogió tanto que cayó al suelo presa de convulsiones. el confidente, que no sé al servicio de quién lo es ni a quién vigila, dijo que fue un ataque de epilepsia, de los que el anciano no se ha visto en los últimos años completamente libre, y añadió que ése era el fin perseguido por mi tío al enviarle el cruel trofeo. cuando mi padre se recuperó, estaba ciego; no ha conseguido recobrar ni la visión ni la salud. de ahí -concluyen los informadores-, que anden revueltos los ulemas de granada en busca de una solución que no esté ni a favor de mi padre ni al mío.

– hace tiempo -predican- que andáis divididos entre dos reyes, de los que ninguno tiene la autoridad requerida para remediar vuestros males. el padre es inepto, por su edad y por sus dolencias, para salir contra el enemigo; el hijo es un apóstata, desertor del trono y desgraciado por su destino. digno de empuñar el cetro sólo es aquel que sepa blandir la espada. si lo buscáis, no os será difícil encontrarlo.

en eso coinciden con la advertencia tácita de aben comisa y con la sugerencia escrita por yaya en el horroroso regalo. todos se refieren a mi tío “el zagal”.

yo mismo aquí, en porcuna, he recapacitado a menudo sobre la renuncia de mis derechos en él. pero ¿quién respetaría la voluntad de quien hoy llaman desertor del trono? ¿y de dónde procedería esa abdicación? salvo contadas personas, no interesadas en dar constancia de ello, el resto ignora que aún me hallo prisionero. tiene razón moraima cuando dice que las riendas de lo que acaece fuera de aquí no las tengo en mis manos.

estos días pasados, desconcertado por el sesgo de los acontecimientos, he escrito unas cuantas frases, que me agradaría que “el zagal” conociera alguna vez, pero sé que jamás conocerá.

“al enviado de dios. al invencible.

a aquel cuyo solo nombre provoca aún el horror de los cristianos.

a aquel cuyos tambores son la única voz que se alza insobornable contra los reyes enemigos.

lo había proclamado, y ahora te lo repito:

’inténtalo; no te detengas más: ni tú, ni yo, ni nadie conoce el día ni la hora.

apresúrate; no te detengas, indómito.

alza tu brazo, valiente, y ve.

estamos todos suspendidos ante tu voz.

cumple tu radiante destino de invencible.

enarbola tu espada, y convoca y reúne a las gentes dispersas.

un poco más, un poco más, ‘zagal’, porque no sabemos el día ni la hora.

para que todos triunfemos, triunfa tú sobre todos, porque eres el único que puede comparecer solo frente a dios.’

yo me desgañitaba en silencio, y en silencio en mi cárcel me desgañito y clamo:

’toda la fuerza que yo no tuve nunca, todo el valor que fue siempre tuyo sin esforzarte, manifiéstalo ahora. hazlo y levanta tu arrebatador brazo.

triunfa. triunfa, y déjanos anonadados.

porque sin ti no existe el reino, y nada existirá si no lo salvas tú.

el día y la noche, sin ti, serán la misma cosa; sin ti, la vida y la muerte son iguales.

defiéndenos: yo no soy ya capaz de defendernos.

he extraviado la ocasión y el sentido.

he llorado, y tú no; he aquí la oportunidad de demostrarlo.

traicióname, ‘zagal’, yo no valgo la pena: olvídame.

desde aquel día junto al mar, en que yo confundí, de niño, el mar contigo, y antes aún, ‘zagal’, no he valido la pena.

traicióname, pero sé fiel a ti.

olvídame, pero no olvides lo demás.

mi pueblo y yo te lo agradeceremos.’

en silencio, en mi celda, me desgañito y clamo.

vendrá quien venga.

yo aquí nada tengo que hacer. se ha terminado todo.

habrían de acudir, con rostros exigentes, mis interminables antepasados a caballo, y todo habría concluido.

no se trata de que suceda algo distinto, sino de que la serie de los sucesos se acabó para siempre.

luego aparecerán -déjalo, ‘zagal’, olvídalo- quienes me digan:

’tú lo perdiste todo’: pero sólo yo sé lo que he perdido, y no lo diré nunca.

cuando se pierde tanto no se dice, porque también se pierde la palabra y el ansia de quejarse, y el derecho a la queja, y la estatura y la luz y la madre y el agua y la sed y los ojos.

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