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Narrenturm

Электронная книга - «Narrenturm». Краткое содержание книги:

El fin del mundo no llegó en el Año del Señor de 1420, aunque señales muchas hubo de que así había de ser…
Transcurre la turbulenta primera mitad del siglo XV en Silesia, un país entre los grandes reinos polacos, alemanes y bohemios. Los seguidores de la herejía fundada por Jan Hus – los husitas – se extienden por la región. Aceptada por pobres y villanos, la nueva fe produce convulsiones sociales y políticas. Los grandes señores están divididos: algunos se muestran a favor de los husitas, otros en contra. La poderosa Iglesia de Roma lanza una cruzada tras otra contra los herejes, intentando destruirlos. La horca y la antorcha recorren los campos del corazón de Europa. Pero los espías husitas están por todas partes y sus ejércitos, formados por campesinos y aldeanos, derrotan a los nobles y los pasan a cuchillo.
Reinmar de Bielau, llamado Reynevan, es un joven noble silesio, un médico estudioso de la alquimia y ferviente partidario de trovadores y minnesanger. Su apasionamiento por una mujer casada lo llevará a enfrentarse a una poderosa familia, los Sterz. Perseguido por encargo de ellos, Reynevan huye por todo el centro de Europa, escondiéndose de los asesinos a sueldo. En un principio la huida es poco más que un juego, pero pronto las cosas empiezan a complicarse.
Reynevan no lo sabe, pero la huida emprendida transformará por completo su vida. Encontrará así el verdadero amor y la verdadera amistad, vivirá aventuras y peligros, y por fin participará en la guerra del lado de los más débiles. O al menos eso cree.
La Trilogía de las Guerras Husitas iniciada con Narrenturm y que continúa con Los guerreros de Dios y Lux perpetua es un tour de forcé literario. Narrada como una novela de aventuras medievales, en ella el estilo de Sapkowski es rico y variado. Contiene fragmentos dignos de un Miguel de Cervantes pasado por una turmix psicodélica, está llena de diálogos desternillantes y sin embargo preñados de sentido filosófico, hay escenas brutales y violentas mostradas en toda su desnudez. La Trilogía es tanto una novela picaresca como un bildungsroman o novela de iniciación, en la que los héroes crecen y maduran con el paso del tiempo; es también un tratado moral acerca de los peligros del fanatismo, una divertida revisión de los mitos de la alquimia y la brujería medievales, y una exacta descripción histórica de una época y una región extraordinariamente atractivas.
Narrenturm (La torre de los locos) es una especie de El nombre de la rosa de nuestros tiempos, menos enrevesada que la obra de Umberto Eco, más profunda en su carga de sentimientos, más divertida y accesible en su técnica literaria. En definitiva: un placer para el lector.
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– Son Kunz Aulock y su compaña -dijo antes que Reynevan el gigante del Ogonczyk en el escudo-. De ellos uno aún respira. Stork de Gorgowitz.

– ¡Jo, jo! -El señor de Glogówek alzó las cejas y torció la boca-. Stork. ¿Y vivo? Traedlo acá.

Woloszek espoleó al caballo, contempló desde la altura de su silla a los muertos.

– Sybko de Kobelau -reconoció)-. Había escapado unas cuantas veces al verdugo mas, como se suele decir, tanto va el cántaro a la fuente… Y aquí Kunz Aulock, joder, de tan buena familia. Walter de Barby, en fin, murió como vivió. ¿Y a quién tenemos aquí? ¿Don Stork?

– Piedad -balbució Stork de Gorgowitz, haciendo una mueca deforme en su rostro bañado en sangre-. Perdón… Apiadaos, señor…

– No, don Stork -respondió Bolko Woloszek con fría voz-. Opole será pronto mi señorío, mi ducado. Por ello el forzar a una burguesa de Opole es, a mis ojos, un grave crimen. Demasiado grave para tan rápida muerte. Una pena que tenga tan poco tiempo.

El joven duque se puso de pie sobre los estribos, miró alrededor.

– Atad al bellaco -ordenó-. Y ahogadlo.

– ¿Dónde? -se asombró el Ogonczyk-. Aquí no hay agua ninguna.

– Allá, en la cuneta, hay un charco -señaló Woloszek-. Cierto, no muy grande, mas cabe justo la cabeza.

Los caballeros de Glogówek y de Opole arrastraron a Stork, que gritaba y se debatía, hasta la cuneta, le dieron la vuelta y le apretaron la cabeza contra el charco, mientras le sujetaban las piernas. El grito se transformó en un rabioso gorgoteo. Reynevan volvió el rostro.

Duró mucho, muchísimo tiempo.

Volvió Cristóbal de Koscielce acompañado por otro caballero, también polaco, con el escudo de los Nieczuja.

– Se tragó toda la agua del charco, el borrico -dijo el Ogonczyk con voz alegre-. Sólo cuando llegó al barro se ha ahogado.

– Hora de irnos de aquí, vuestra alteza ducal -añadió el Nieczuja.

– Cierto. -Bolko Woloszek se mostró de acuerdo-. Cierto, don Slaski. Escucha, Reynevan. Conmigo no puedes irte, no podré esconderte ni en Glogówek, ni en Opole, ni en Niemodlin. Ni mi padre ni el tío Bernardo querrán problemas con los ziebicanos, te entregarán a Juan en cuanto éste se acuerde. Y se acordará.

– Lo sé.

– Sé que lo sabes. -El joven Piasta entrecerró los ojos-. Mas no sé si lo entiendes. Por ello entraré en pormenores. Con indiferencia de qué dirección elijas, evita Ziebice. Evita Ziebice, camarada, te lo aconsejo por nuestra antigua amistad. Deja esa ciudad y ese ducado lo más lejos que puedas. Créeme, ya no tienes nada que buscar allí. Puede que lo tuvieras, pero ya no lo tienes. ¿Está claro?

Reynevan afirmó con la cabeza. Estaba claro, pero el reconocimiento no le quería atravesar la garganta por nada del mundo.

– Entonces -el duque tiró de las riendas, hizo girar al caballo-, cada uno por su camino. Compóntelas tú solo.

– Otra vez gracias. Quedo en tu deuda, Bolko.

– No hay de qué hablar. -Woloszek agitó la mano-. Como dije, por la antigua camaradería universitaria. Ay, aquéllos fueron tiempos, en Praga… Adiós, Reinmar. Bene vale.

– Bene vale, Bolko.

Al poco se apagó el sonido de los cascos de los caballos de la comitiva opolana, desapareció entre los abedules un caballo castellano marrón oscuro que hasta no hacía mucho había sido propiedad de Enrique Hackeborn, caballero de Turingia que había venido a Silesia a encontrar la propia muerte. En la encrucijada todo quedó tranquilo, enmudecieron los graznidos de urracas y cuervos, se renovaron los cantos de las oropéndolas.

No había pasado una hora cuando el primer zorro comenzó a mordisquear el rostro de Kunz Aulock.

Los hechos del camino de Stolz se convirtieron -al menos durante algunos días- en la sensación y el acontecimiento de sociedad, en tema de moda de pláticas y rumores. El duque de Ziebice, Juan, anduvo durante algunos días apesadumbrado, algunos curiosos cortesanos decían que las pagaba con su hermana, la condesa Eufemia, echándole la culpa irracionalmente de todo lo sucedido. Se corrió el rumor también de que a la doncella de Adela de Sterz le tocó una buena en las orejas. El clamor proclamaba que por haber estado alegre, parlanchína y sonriente cuando su señora no estaba en absoluto para reír.

Los Hackeborn de Przewóz anunciaron que los asesinos del joven Enrique serían castigados hasta bajo tierra. La hermosa y temperamental Jutta de Apolda no se entristeció de la muerte de su adorador, por lo que se dice, en absoluto.

Los caballeros jóvenes organizaron la persecución de los criminales, galopando de castillo en castillo entre el trueno de los cuernos y el estampido de los cascos. La persecución recordaba más que nada a un picnic y los resultados que produjo fueron también propios de picnic. Algunos, como embarazos y el envío de propuestas de matrimonio, sólo llegaron con mucho retraso.

La Inquisición visitó Ziebice, pero de que estuvo allí no se enteraron fuera de los muros de los dominicos ni siquiera los mayores cotillas y curiosos de la ciudad. Otras noticias y rumores se extendieron a toda velocidad.

En Wroclaw, en San Juan Bautista, el canónigo Otto Beess oraba fogosamente ante el altar mayor, dando gracias a Dios, con la cabeza puesta sobre las manos unidas.

En Ksieginice, una aldea cerca de Lubin, una viejecilla completamente encorvada, la madre de Walter de Barby, pensaba en el invierno que se acercaba y en el hambre que ahora, cuando se había quedado sin protección ni ayuda, la mataría sin dudarlo antes de que llegara la cosecha.

En Niemczy, en la Taberna de la Campana, durante algún tiempo hubo mucho bureo. Wolfher, Morold y Wittich Sterz, y con ellos Dieter Haxt, Stefan Rotkirch y Jens von Knobelsdorf, llamado el Buho, gritaron, maldijeron y lanzaron hueras amenazas, bebiendo cuartillo tras cuartillo y azumbre tras azumbre. Los servidores que les proporcionaban la bebida se encogían de miedo cuando escuchaban la descripción de las torturas que los bebedores planeaban aplicarle a cierto Reynevan de Bielau. Por la mañana, una serena afirmación de Morold les levantó inesperadamente el ánimo. No hay mal que por bien no venga, dijo Morold. Si a Kunz Aulock se lo ha llevado el diablo, los mil gúldenes de oro renanos de Tammo Sterz se quedarían en el bolsillo. O sea, en Sterzendorf.

Cuatro días después llegó la noticia a Sterzendorf.

La pequeña Ofka Baruth estaba muy, pero que muy insatisfecha. Y muy enfadada con la castellana. A Ofka nunca le había gustado demasiado la castellana, a menudo dejaba su madre en manos de la castellana actividades que Ofka detestaba, sobre todo el comer gachas y el lavarse. Aquel día, sin embargo, la castellana había hecho enfadar a Ofka terriblemente: la había arrancado con violencia de su juego. El juego consistía en tirar un piedra plana sobre un montón de mierda de vaca fresca y gracias a su alegre simpleza el juego estaba últimamente de moda entre los coetáneos de Ofka, sobre todo entre los retoños de la guardia del castillo y de los sirvientes.

Expulsada de sus juegos, la muchacha refunfuñaba, renegaba e intentaba obstaculizar todo lo que podía a la castellana. Iba andando a pequeños pasos, ante lo cual la castellana casi tenía que ir arrastrándola. Reaccionaba con bufidos enfadados a las amonestaciones y en general a todo lo que decía la castellana. Porque aquello le importaba un pimiento. Estaba harta de traducir las palabras del abuelo Tammo, porque la habitación del abuelo apestaba, y al cabo, también el abuelo olía mal. Le importaba un pimiento el que acabara de llegar a Sterzendorf el tío Apecz, que el tío Apecz le trajera al abuelo una noticia extraordinariamente importante, que precisamente se la está transmitiendo y que cuando termine, el abuelo Tammo tendrá, como de costumbre, mucho que decir, y excepto ella, la bien nacida señorita Ofka, nadie entendía ni papa de lo que hablaba el abuelo Tammo.

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