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Электронная книга - «Los detectives salvajes». Краткое содержание книги:

La novela narra la búsqueda de la poetisa mexicana Cesárea Tinajero, por parte de dos jóvenes poetas y ocasionales vendedores de droga, el chileno Arturo Belano y el también mexicano Ulises Lima. Bolaño utiliza a estos personajes para componer una ficción en la que se mezclan las ciudades y los personajes, en un homenaje a la poesía.
La obra se divide en tres partes. La primera y la última comprenden la búsqueda de Tinajero por parte de Belano, Lima y un joven seguidor, Juan García Madero. En la segunda, un narrador innombrado sigue las pistas de los dos poetas a lo largo de 20 años y recorre el mundo, partiendo del DF, y pisando entre otros lugares, Managua, París, Barcelona, Tel Aviv, Austria y África.
Antes de partir, Lima y Belano forman un grupo, un movimiento de poesía, llamado los real visceralistas, un homenaje al estilo de Tinajero, que se desintegra poco después de su partida. El libro se estructura como una serie de testimonios tomados por un autor desconocido, de los miembros, sus allegados y las personas con las que Lima y Belano tuvieron contacto en sus viajes. Los testimonios, narrados en primera persona, no siguen nigún orden aparente, lo que ha servido a algunos críticos para comparar Los detectives salvajes con Rayuela de Cortazar.
Belano es considerado por algunos críticos como el alter ego de Roberto Bolaño.
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Esa noche hablé con el buen Ulises y le conté que conocía una casa en el campo, una cabaña de madera al pie de una suave colina de pinos. Le dije que no quería volver a ver a mis amigos. Luego hablamos de Israel, del calabozo de Beersheba, del desierto, de las rocas amarillas y de los alacranes que sólo salían de noche, cuando el ojo del hombre no podía distinguirlos. Tal vez deberíamos volver, dijo el buen Ulises. Los judíos seguramente me matarían, dije yo. No te harían nada, dijo el buen Ulises. Los judíos me matarían, dije yo. Entonces el buen Ulises se tapó la cabeza con una toalla sucia, pero igual parecía que seguía mirando por la ventana. Yo me quedé mirándolo un rato y pensando cómo sabía él que no me harían nada. Me arrodillé y puse los brazos en cruz. Diez, quince, veinte flexiones. Hasta que me aburrí y me puse a dibujar.

Al día siguiente volvimos al bar de la Favoriten strasse. Allí estaba Julius el policía y seis de sus amigos. Tomamos el metro en Taubstumengasse y salimos en Praterstern. Escuché aullidos. Corrimos. Sudamos. Al día siguiente uno de mis amigos vigilaba mi casa. Se lo dije al buen Ulises. Pero éste no vio nada. Por la noche nos peinamos. Nos lavamos la cara y salimos. En el bar de la Favoritenstrasse Julius el policía nos habló de dignidad, de evolución, del maestro Darwin y del maestro Nietzsche. Yo traduje para que el buen Ulises entendiera sus palabras, aunque yo no entendía nada. La oración de los huesos, dijo Julius. El anhelo de la salud. La virtud del peligro. El tesón de los olvidados. Bravo, dijo el buen Ulises. Bravo, dijeron los demás. Los límites de la memoria. La sagacidad de las plantas. El ojo de los parásitos. La agilidad de la tierra. El mérito del soldado. La astucia del gigante. El agujero de la voluntad. Magnífico, dijo el buen Ulises en alemán. Extraordinario. Bebimos. Yo no quería cerveza, pero me pusieron una jarra delante y dijeron bebe, Heimito, no te hará daño. Bebimos y cantamos. El buen Ulises cantó algunas estrofas en español y mis amigos lo observaron con miradas de lobo y se rieron. ¡Pero ellos no entendían lo que cantaba el buen Ulises! ¡Ni yo! Bebimos y cantamos. De vez en cuando Julius el policía decía dignidad, honor, memoria. Me pusieron varias jarras. Con un ojo observaba la cerveza que temblaba en el interior de las jarras y con el otro ojo observaba a mis amigos. Ellos no bebían. Por cada jarra suya yo bebía cuatro. Bebe, Heimito, no te hará daño, decían. También al buen Ulises le daban de beber. Bebe, mexicanito, decían, no te hará daño. Y cantábamos. Baladas sobre la casa en el campo, bajo la suave colina. Y Julius el policía decía: hogar, terruño, patria. El dueño del bar se acercó a beber con nosotros. Vi cómo le guiñaba un ojo a Gunther. Vi cómo Gunther le guiñaba un ojo a él. Vi cómo evitaba mirar hacia el rincón en donde estaba el buen Ulises. Bebe, Heimito, me decían, no te hará daño. Y Julius el policía sonreía, halagado, y decía gracias, gracias, lo sé, lo sé, no es para tanto, por favor. Extraordinario. Implacable. Y entonces dijo: rectitud, deber, traición, castigo. Y nuevamente lo felicitaron, pero entonces ya sólo unos pocos sonreían.

Después salimos todos juntos. Como una piña. Como los dedos de una mano de acero. Como un guantelete en el viento. Pero en la calle comenzamos a separarnos. En grupos cada vez más pequeños. Cada vez más separados. Hasta que perdimos de vista a los demás. En nuestro grupo iba Udo y cuatro amigos más. En dirección al Belvedere. Por la Karolinengasse y luego por la Belvederegasse. Y algunos hablaban y otros preferían no hablar y mirar el suelo que pisábamos. Las manos en los bolsillos. Los cuellos levantados. Y yo le dije al buen Ulises: ¿sabes lo que estamos haciendo aquí? Y el buen Ulises me contestó que más o menos se estaba haciendo una idea. Y atravesamos la Prinz Eugen Strasse y yo le pregunté al buen Ulises qué clase de idea era ésa. Y él me contestó: más o menos la misma que te estás haciendo tú, Heimito, más o menos la misma. Los demás no entendían el inglés o si alguno lo entendía aparentaba no entenderlo. Cuando entramos en el parque yo me puse a rezar. ¿Qué murmuras, Heimito?, dijo Udo, que iba a mi lado. No, no, no, dije yo mientras las ramas de los árboles que íbamos apartando me rozaban la cara y el pelo. Luego miré hacia arriba y no vi ni una estrella. Llegamos a un claro: todo era verde oscuro, hasta las sombras de Udo y de mis amigos. Nos quedamos quietos, las piernas abiertas, y las luces bailaban detrás de los árboles y de las plantas, lejanas, inalcanzables. Los puños americanos salieron de los bolsillos de mis amigos. ¡Sin decir una palabra! O si dijeron algo yo no lo entendí. Pero no creo que dijeran nada. ¡Nos habíamos detenido en un lugar secreto y no era necesario hablar! ¡Creo que ni siquiera nos mirábamos! ¡Me dieron ganas de ponerme a gritar! Pero entonces vi que el buen Ulises sacaba algo del bolsillo de su chaqueta y se abalanzaba contra Udo. Yo también me moví. Cogí a uno de mis amigos por el cuello y le di un puñetazo en la frente. Me golpearon por detrás. Uno, dos, uno, dos. Otro me golpeó por delante. Sentí en los labios el sabor metálico de su puño americano. Pero pude retener a uno de mis amigos por el hombro y con un movimiento brusco descargué al que tenía sobre la espalda. Creo que le rompí una costilla a alguien. Sentí una oleada de calor. Escuché los gritos de Udo pidiendo ayuda. Rompí una nariz. Vamonos, Heimito, dijo el buen Ulises. Lo busqué y no lo vi. ¿Dónde estás?, dije. Aquí, Heimito, aquí, tranquilízate. Dejé de golpear. En el claro había dos cuerpos tirados sobre la hierba, los demás se habían ido. Estaba cubierto de sudor y no podía pensar. Descansa un momento, dijo el buen Ulises. Me arrodillé y extendí los brazos en cruz. Vi al buen Ulises acercarse a los caídos. Por un momento creí que los iba a degollar, aún tenía el cuchillo en la mano, y pensé que se haga la voluntad de Dios. Pero el buen Ulises no levantó su arma contra los cuerpos caídos. Registró sus bolsillos y tocó sus cuellos y acercó su oído a sus bocas y dijo: no hemos matado a nadie, Heimito, podemos irnos. Me limpié la jeta herida con la camisa de uno de mis amigos. Me peiné. Me levanté. ¡Sudaba como un cerdo! ¡Las piernas me pesaban como las de un elefante! Pero igual corrí y corrí y luego caminé e incluso silbé hasta que por fin salimos del parque. Por Jacquingasse hasta Rennweg. Y luego por la Marokkanergasse hasta el Konzerthaus. Y luego por Lisztstrasse hasta Lothringerstrasse. Los días siguientes estuvimos solos. Pero salimos a la calle. Una tarde vimos a Gunther. Nos miró de lejos y luego se alejó. No le hicimos caso. Una mañana vimos a dos de mis amigos. Estaban en una esquina y cuando nos vieron se marcharon. Una tarde, en la Karntner Strasse, el buen Ulises vio a una mujer, de espaldas, y se acercó a ella. Yo también la vi, pero no me acerqué. Me quedé a diez metros, luego a once metros, luego a quince metros, luego a dieciocho metros. Y vi cómo el buen Ulises la llamaba y ponía su mano en el hombro de la mujer y ésta se volvía y el buen Ulises se disculpaba y la mujer seguía caminando.

Todos los días íbamos al correo. Dábamos paseos que terminaban en la plaza Esterhazy o en la Stiftskaserne. A veces mis amigos nos seguían. ¡Siempre a distancia! Una noche encontramos a un hombre en la Schadekgasse y lo seguimos. Entró en el parque. Era un hombre viejo y bien vestido. El buen Ulises se puso a su lado y yo le di un puñetazo en la nuca. Registramos sus bolsillos. Esa noche comimos en un bar cerca de casa. Después me levanté de la mesa y llamé por teléfono. Mi herencia, mi dinero, dije, y desde el otro lado de la línea alguien dijo: no, no, no. Aquella noche hablé con el buen Ulises pero no recuerdo de qué. Después vino la policía y nos llevaron a la comisaría de la Bandgasse. Nos quitaron las esposas y nos interrogaron. Preguntas, preguntas. Yo dije: no tengo nada que decir. Cuando me llevaron al calabozo el buen Ulises no estaba allí. A la mañana siguiente vino mi abogado. Le dije: señor abogado, parece usted una estatua abandonada en un bosque y él se rió. Cuando terminó de reír, dijo: a partir de ahora se acabaron las bromas, Heimito. ¿Dónde está mi buen Ulises?, dije yo. Tu cómplice está detenido, Heimito, dijo mi abogado. ¿Está solo?, dije yo. Naturalmente, dijo mi abogado, y entonces dejé de temblar. Si el buen Ulises estaba solo nada le podía ocurrir.

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