La Montaña del Alma
- Автор: Xingjian Gao
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «La Montaña del Alma». Краткое содержание книги:
¿Qué son en definitiva los recuerdos de infancia? ¿Cómo se puede probar su existencia? Es preferible guardarlos en uno mismo, ¿para qué contrastarlos?
Te das cuenta de repente de que la juventud, cuyo rastro andas buscando en vano, no se ha desarrollado forzosamente en un lugar determinado. ¿No ocurre lo mismo con lo que llamamos la tierra natal? Los humos azulados que flotan por encima de los tejados de teja de los pequeños pueblos, el crepitar del fuego que canta en los hornos de leña, los pequeños insectos casi transparentes, amarillos, de largas patas finas, los hogares en las casas de los montañeses y las colmenas de madera que cuelgan en la pared, cerradas con tierra, provocan en ti la nostalgia del terruño. He aquí la tierra natal que ves en sueños.
Por más que vivas en la ciudad, que hayas crecido en la ciudad, que hayas pasado casi toda tu vida en ella, sigues sin poder considerar las ciudades como tu tierra natal. Tal vez porque son demasiado gigantescas, todo lo más un rincón, una habitación, un instante pueden despertar en ti un recuerdo. Y es tan sólo en estos recuerdos donde puedes protegerte sin sufrir heridas. A fin de cuentas, en este mundo inmenso, no eres más que una gota de agua en el mar, débil y minúscula.
Debes saber que lo que buscas en este mundo es raro, tu avidez es exagerada. Todo cuanto puedes obtener en definitiva son vagos recuerdos, indistintos como tus sueños, nunca recuerdos que puedan valerse de las palabras. Cuando quieres contarlos, no quedan más que frases bien ordenadas, algunos fragmentos pasados por la criba de las estructuras del lenguaje.
55
Llego a una ciudad ruidosa, inundada de luz. Las calles están de nuevo repletas de gente, la circulación incesante de coches, el parpadear de los semáforos tricolores, las miríadas de bicicletas desfilando como un torrente que ha roto sus compuertas, y están las camisetas, los letreros de neón, los anuncios publicitarios que exhiben bellas mujeres.
Quería encontrar un hotel correcto cerca de la estación, tomar una ducha caliente, comer decentemente, recuperarme un poco y dormir un buen rato para disipar más de diez días de cansancio. Pero tras haber recorrido varías calles, he tenido que rendirme a la evidencia: todas las habitaciones individuales estaban ocupadas, era como para creer que todo el mundo se había enriquecido después de haber hecho un buen negocio. Dado que he decidido gastar algo de dinero esta noche y no dormir de nuevo en un dormitorio común impregnado de olores a sudor o en una cama añadida en un pasillo, de donde sería echado al amanecer, prefiero seguir velando en el vestíbulo de un hotel y aguardar a que algún cliente que tome un tren nocturno deje libre su habitación. En medio de mi aburrimiento, me acuerdo de repente que llevo encima el número de teléfono del amigo de uno de mis viejos amigos de Pekín. Me había dicho que no dejara de ir a verle si pasaba por esta ciudad. Lo intento por si acaso. Alguien descuelga. En un tono poco cortés, una voz me dice que espere. En el auricular, oigo ruidos extraños, me mantengo a la espera pacientemente un buen rato: han debido de colgar. Siempre temo telefonear. En primer lugar, no tengo teléfono propio, y luego sé que la gente de un cierto rango que tienen teléfono no dudan en hacer decir que no se encuentran en casa y en colgar abiertamente cuando no desean hablar con desconocidos. La mayoría de mis amigos no tienen teléfono propio, pero el amigo de este amigo tal vez sea un mando. No tengo ningún prejuicio contra los mandos, no soy todavía misántropo hasta tal punto, pero considero que el teléfono es un instrumento que no permite transmitir los sentimientos y que no conviene utilizar más que en último extremo. El auricular sigue haciendo ruiditos. Si cuelgo, tendré que esperar en el vestíbulo de este hotel, por lo que es mejor seguir a la escucha, eso al menos me distrae.
Finalmente, una voz poco amable me responde. Me hace repetir mi nombre y al punto me pregunta vociferando dónde estoy: ¡quiere venir a buscarme de inmediato! Es efectivamente el amigo de mi amigo, que no me ha visto nunca, pero que se comporta como si fuéramos viejos conocidos. Abandono la idea de quedarme en el hotel, cojo mi mochila y me voy, después de haberle preguntado qué autobús lleva a su casa.
En el momento de llamar a su puerta, dudo un poco. El amo de casa abre y me libera de mis cosas. No me estrecha la mano como exigiría la cortesía, sino que me coge por los hombros para hacerme entrar.
La casa es confortable, con dos habitaciones que dan a un recibidor; está amueblada con gusto: sillones de bejuco, mesa de té cubierta por una superficie de cristal, figurillas antiguas, un armario de estilo occidental. En las paredes cuelgan platos de porcelana decorados, el suelo reluce de un ocre tan brillante que uno no se atreve a poner el pie encima. Contemplo primero mis zapatos sucios, luego me veo en el espejo, con el pelo desgreñado, el rostro mugriento. No he pasado por la peluquería desde hace varios meses, a duras penas si me reconozco a mí mismo. Me siento lleno de vergüenza:
– Llego de las montañas, parezco un verdadero salvaje.
– Nunca hubiéramos tenido la oportunidad de verle de no ser por esta ocasión -dice el amo de casa.
Su esposa me estrecha la mano, luego se apresura a preparar té. Su hija pequeña de diez años apenas me saluda, apostada contra la puerta, y ríe mirándome de hito en hito.
El amo de casa me explica que, por una carta de su amigo de Pekín, se enteró de que estoy haciendo un largo viaje y que me esperaba desde hacía tiempo. Luego me pone al corriente de las noticias del mundo de las artes y de las letras y de la política: tal ha salido a flote, tal otro se ha ido a pique, tal o cual ha pronunciado tal o cual discurso, tal otro ha puesto también el acento en los grandes principios de base. En un artículo incluso se ha mencionado mi nombre. Han escrito que, aunque algunas de mis obras sean malas, no hay que cargarse a su autor. Yo explico que no siento ya el menor interés por tales artículos, que de lo que tengo necesidad es de la vida, y que, por ejemplo, lo que necesitaría ahora sería un buen baño caliente. Su mujer rompe a reír y se apresura a ir a poner agua a calentar.
Tras el baño, el amo de casa me conduce a la habitación de su hija, que hace las veces de biblioteca. Me propone descansar un poco, me llamará dentro de un momento para la cena. Oigo a su mujer que trajina en la cocina.
Tumbado en la cama limpia de su hija, la cabeza descansando sobre una almohada bordada con unos gatos, me felicito por haberme atrevido a telefonear. Después de todo, el teléfono es algo que no está tan mal. Le he preguntado si era mando para tener acceso a teléfono, pero él me ha explicado que en realidad hay un teléfono público en la planta baja. El encargado ha venido a darle aviso. Algunos de sus jóvenes amigos querrán sin duda verme. En verano, aquí, uno se acuesta muy tarde. Algunos viven en inmuebles de la vecindad, a otros se les puede llamar por teléfono si tengo ganas de conocerles. Asiento al punto. Oigo una puerta que se abre, ruidos de pasos en la escalera y voces en la sala de estar. Hablan de ti, de tus obras, de tus dificultades, eres poco menos que un enderezador de entuertos, te opones a las desigualdades sociales, tú dices que no puedes oponerte a ellas, que crees que la distinción entre lo que es absurdo y lo que no lo es no se refiere sólo a los mandos, que cuanto más observa uno el mundo y a la propia humanidad, más extraños los encuentra, nunca hubieras creído que pudieran existir todavía amigos así, que se interesen por ti, que te hagan sentir que esta vida vale la pena a pesar de todo ser vivida, entonces ellos se ponen a discutir para saber cómo podrían ir al día siguiente en busca de unas chicas para salir a bailar. ¿Por qué no? Eso eres tú quien lo has dicho. Se trata de chicas alegres, actrices en ciernes, estudiantes recién salidas de la universidad, ellas deciden en medio de una gran pelotera ir a coger setas a un bosque de pinos, esa sí que es una idea excelente, ¿no tenéis miedo a intoxicaros? ¿Es que no puedes probarlas tú primero? Y una vez que las hayas probado, todo el mundo comerá, ¿quién ha dicho que eras un héroe? ¡Los héroes deben sacrificarse por las jóvenes! Ellos no quieren ceder bajo ningún concepto, tú dices que morir por una muchacha es el ideal, ellas dicen que no son tan crueles como para eso, que no son a pesar de todo como la nueva Wu Zetian, Jiang Qing, ni como la emperatriz Ci Xi,