Las Huellas Del Hombre Muerto
- Автор: Джеймс Питер
- Серия: Detective Comisario Roy Grace #4
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Las Huellas Del Hombre Muerto». Краткое содержание книги:
– Prométeme una cosa… Todo este dinero… No tienes pensado meterlo en algún negocio, ¿verdad?
– Qué va. He aprendido la lección, nena. Lo he pensado muchísimo. El problema es que cuando te endeudas entras en una espiral. Ahora somos libres, podemos volver a empezar. Empezar en Australia y luego tal vez irnos a otra parte, vivir en un lugar soleado. ¡A mí me suena bien! Con el tiempo, podemos meter el dinero en el banco y vivir de los intereses.
Lorraine miró a Ronnie con recelo.
Él señaló el sobre.
– Ahí dentro hay algo más para ti.
Ella sacó una bolsa de celofán. Dentro había varios sellos sueltos.
– Para ayudarte a ir tirando -dijo-. Con los gastos. Date un par de caprichos para animarte. Encontrarás un Somerset House de una libra de 1911, cuesta unas mil quinientas libras. También hay uno de un céntimo de 1881, por el que deberías sacar unas quinientas libras. En total valen todos unas cinco mil libras. Llévaselos a un tipo que conozco, él te ofrecerá el mejor precio. Y cuando recibas la pasta gansa, irás a verlo a él para convertirla en sellos. Es de fiar. Nos hará la mejor oferta.
– ¿Y no sabe nada?
– No, Dios mío. -Ronnie arrancó un trozo en blanco de la contraportada de la revista Hello! que había sobre la mesa de la cocina y anotó el nombre de Hugo Hegarty, junto con su número de teléfono y dirección-. Yo era buen cliente suyo.
– Hemos recibido algunas cartas y tarjetas de pésame durante las últimas semanas.
– Me gustaría verlas, leer lo que dice la gente de mí.
– Cosas bonitas. -Soltó una risa triste-. Sue me decía que debía empezar a pensar en el funeral. No habríamos necesitado un ataúd muy grande, ¿verdad? Para una cartera y un móvil.
Los dos se rieron. Luego Lorraine se secó más lágrimas que habían comenzado a deslizarse por su cara.
– Al menos podemos reírnos -dijo-. Eso está bien, ¿verdad?
Ronnie rodeó la mesa, se acercó a ella y la abrazó con fuerza.
– Sí. Está bien.
– ¿Por qué Australia?
– Está muy lejos. Allí podemos ser anónimos. Además, tengo un colega que fue a vivir allí hace unos años. Puedo confiar en él… Volverá a convertir los sellos en dinero, sin hacer preguntas.
– ¿Quién?
– Chad Skeggs.
Lorraine lo miró con cara de susto, como si acabaran de pegarle un tiro.
– ¿Ricky Skeggs?
– Sí. Saliste con él antes de mí, ¿verdad? Les decía a todas sus chicas que lo llamaran Ricky. Como si fuera un privilegio especial. Chad para los negocios, Chad para los colegas, pero Ricky para sus chicas. Siempre fue muy particular para estas cosas.
– Es el mismo nombre -dijo ella-. Los dos son diminutivos de Richard.
– Sí, lo que tú digas.
– No, no me vengas con «lo que yo diga», Ronnie. Y no salí con él. Sólo tuvimos una cita. Intentó violarme, ¿recuerdas? Te lo conté todo.
– Sí… La violación era su idea de los preliminares.
– Hablo en serio. Te conté la historia, ¿no? A principios de los años noventa, tenía un Porsche. Salimos una noche…
– Recuerdo ese Porsche. Un 911 Targa. Negro. Yo trabajaba para Brighton Connoisseur Cars, lo reparamos entero después de que quedara siniestro total, al chocar contra un árbol. Unimos la parte trasera con la parte delantera de otro. Se lo vendimos barato. ¡Era una puta trampa mortal!
– ¿Y se lo vendiste a tu amigo?
– Él sabía que no era fiable y no lo hacía correr demasiado. Sólo lo utilizaba para presumir, y para atraer a bombones como tú.
– Sí, bueno, después de tomar unas copas en el bar, pensé que me llevaría a cenar algo. Pero me llevó a los Downs, me dijo que a las chicas que se follaba les permitía llamarle Ricky, luego se bajó la cremallera y me dijo que se la chupara. Me quedé muerta.
– Cabrón asqueroso.
– Entonces, cuando le dije que me llevara a casa, intentó sacarme del coche a rastras, me dijo que era una zorra desagradecida y que iba a enseñarme lo que era un buen polvo. Le arañé la cara, luego toqué la bocina y de repente aparecieron unos faros que se acercaban a nosotros. Le entró el pánico y me llevó a casa
– ¿Y?
– No dijo ni una palabra. Me bajé del coche y eso fue todo. Le veía por la ciudad de vez en cuando, siempre con una mujer diferente. Luego alguien me dijo que se había marchado a Australia. No lo bastante lejos en mi opinión.
Ronnie se quedó sentado en un silencio incómodo. Lorraine apagó el cigarrillo, que se había consumido hasta el filtro, y encendió otro. Por fin Ronnie habló.
– Chad es buena gente. Seguramente esa noche lo pillaste cabreado. Tiene un ego importante, siempre lo ha tenido. Ya verás que ahora se ha moderado, con la edad.
Lorraine se quedó callada un buen rato.
– No pasará nada, nena -añadió Ronnie-. Saldrá bien. ¿Cuánta gente hay a quien se le brinde la oportunidad de comenzar de nuevo?
– Comenzar de nuevo relativamente -dijo ella con amargura-. La persona de la que vamos a depender por completo intentó violarme una vez.
– ¿Tienes un plan mejor? -le espetó Ronnie de repente-. Dime, ¿tienes un plan mejor?
Lorraine lo miró. Parecía distinto de cuando se había marchado a Nueva York. Y no sólo físicamente. No eran sólo la barba y la cabeza rapada, algo más parecía haber cambiado. Parecía más autoritario, más duro.
O, debido a la larga ausencia, quizá lo viera por primera vez tal como era en realidad.
– No -le contestó a regañadientes, era evidente que no tenía un plan mejor.
103
Octubre de 2007
Abby, que esperaba en el sofá de piel del despacho de Hugo Hegarty, sopló su té y bebió un sorbo. Luego cogió una galleta. No había desayunado nada y notaba la necesidad de tomar azúcar. Cuando Hegarty por fin regresó, parecía haberse ausentado mucho rato.
– Disculpe la espera -dijo con educación, y se sentó detrás de su mesa. Luego volvió a mirar los sellos unos momentos-. Son todos de una calidad excelente -dijo-. Están nuevos. Es una colección muy importante.
Abby sonrió.
– Gracias.
– ¿Y quiere venderlos todos?
– Sí.
– ¿En qué precio está pensando?
– El valor de catálogo es algo superior a los cuatro millones de libras -contestó ella.
– Sí, correcto, más o menos. Pero me temo que nadie va a pagarle precios de catálogo. Cualquiera que los compre querrá sacar un margen. Cuanto mejor sea su procedencia, más bajo será ese margen, por supuesto.
– ¿Usted está dispuesto a comprarlos? -le preguntó Abby-. ¿A un precio reducido?
– ¿Puede explicarme más detalladamente cómo llegaron a sus manos? Anoche dijo que estaba vaciando y ordenando la casa de su tía.
– Sí.
– En Sydney, Australia.
Ella asintió.
¿Cómo se llamaba su tía?
– Anne Jennings.
– ¿Y tiene algo para demostrarme la cadena de título?
– ¿Qué necesita?
– Una copia de su testamento. Tal vez pudiera pedirle a su abogado que se lo mandara por fax. No sé qué hora será ahora allí. -Miró su reloj-. De noche, creo. Podría hacerlo mañana.
– ¿Y cuánto me pagaría por la colección?
– ¿Con una cadena de título? Estaría dispuesto a pagarle dos y medio. Millones.
– ¿Y sin ella? ¿A tocateja, ahora?
Hegarty dijo que no con la cabeza sonriendo irónicamente.
– Me temo que conmigo no funciona así.
– Me habían dicho que usted era el hombre al que tenía que acudir.
– No, ya no. Mire, señorita, le daré un consejo: divida la colección. Es demasiado grande, la gente le hará preguntas. Divídala ya. Hay algunos comerciantes aquí en el Reino Unido. Lleve una plancha a uno, otra a otro. Tal vez pueda verse con algunos comerciantes del extranjero, regatee con ellos. No tiene que aceptar sus precios si no le gustan. Véndalos sin hacer ruido, durante un par de años, y así no llamará la atención de nadie.