En El Lugar De La Diosa
- Автор: Каст Филис Кристина
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «En El Lugar De La Diosa». Краткое содержание книги:
Sin saber cómo, Shannon había adoptado el papel de otra, se había convertido en la encarnación de la diosa Epona. Y, aunque eso tenía una ventaja (¿a qué mujer no le gustaban los lujos?), también conllevaba un matrimonio ritual con un centauro y la amenaza de muerte a su nuevo pueblo. Además, todo el mundo la odiaba, porque pensaban que era una simple doble de su diosa.
Shannon tenía que averiguar cómo podía volver a Oklahoma sin morir en el intento, sin contraer matrimonio con un centauro y sin volverse loca…
«Tiene que llevar a cabo el Cambio».
Aquel pensamiento estalló en mi mente. Me acerqué corriendo hacia el pozo. Él ya estaba hundido hasta la mitad de su torso humano.
– Aléjate… -jadeó.
– ¡Escucha! -me arrodillé y gateé hasta el borde del pozo-. Tienes que cambiar de forma -le dije, y estiré los brazos hacia él-. ¿Lo ves? Si tú te estiras también, podré agarrarte. ¡Inténtalo!
Él lo hizo, y nuestros dedos se tocaron.
– Ahora, cambia de forma. Puedo tirar de un hombre, pero no de un centauro.
Vi que me entendía. Cerró los ojos e inclinó la cabeza. Su cuerpo quedó inmóvil mientras empezaba el cántico. Elevó los brazos y la cabeza al mismo tiempo. El resplandor comenzó. Antes de que yo pudiera cerrar los ojos, vi que su rostro se contraía de dolor.
Después, la luz se extinguió, e inmediatamente, yo me estiré hacia delante.
– ¡Vamos, estírate hacia mí! -le grité.
Aunque estaba agotado, lo hizo, y nuestros dedos se tocaron. Entonces, lo agarré de una mano, hundí los talones en el suelo de barro, y tiré con todas mis fuerzas. Fui ganando centímetro a centímetro a la arena mortal, hasta que el torso de ClanFintan estuvo tendido en el suelo húmedo y él pudo ayudarme a tirar del resto de su cuerpo.
Rodó y quedó tendido de costado, y durante un largo tiempo, estuvimos acurrucados el uno contra el otro. Nuestro único movimiento era la respiración.
– Gracias, Epona -dije.
– Tu diosa es buena contigo -dijo ClanFintan, y yo me sentí aliviada al oír que su tono de voz era normal.
Le aparté algo de arena de la cara, y después besé el lugar que había limpiado.
– ¿Puedes caminar ya?
Él asintió y se puso en pie con movimientos dolorosos, rígidos. Cuando se dio la vuelta, vi su espalda y sus nalgas. Los cortes eran heridas horribles, fruncidas con puntos de sutura negros. Le llegaban hasta los muslos, y expulsaban un líquido que se mezclaba con la arena y el agua del pozo.
– ¡Oh, Dios! -dije sin poder contenerme-. ¡Vuelve a cambiar!
– Creo -dijo él, lentamente-, que debería permanecer en forma humana hasta que hayamos cruzado el río. Recuerda que no están buscando a un hombre y una mujer, sino a la Elegida de Epona y a su marido centauro.
– Pero… tus heridas…
– Ponme más ungüento en ellas, y será tolerable.
No quería tocar aquellos cortes horribles, pero metí los dedos en el frasco de bálsamo y después se lo apliqué en la espalda y las nalgas. Él no se movió, no habló, y no respiró hasta que hube terminado.
– ¿Mejor? -le pregunté, y pasé los dedos por los rasguños de sus brazos para aprovechar toda la medicina.
– Sí -respondió, aunque se había puesto pálido-. He visto los árboles justo por allí. No queda mucho.
Nos pusimos a caminar, con cuidado de rodear el pozo de arenas movedizas. Yo le eché un vistazo a su cuerpo desnudo.
– ¿Quieres que te preste el tanga, o algo así?
Se le escapó una carcajada que hizo que se estremeciera por el dolor de las heridas, pero al mirarme, le brillaban los ojos.
– Creo que no. Si nos capturaran los Fomorians, harían circular unas historias tremendas.
– Veo los titulares. «El Sumo Chamán de los centauros iba travestido en el momento de su captura».
– ¿Titulares?
– Chismorreos que lee todo el mundo.
– Sí, sería vergonzoso.
– Verdaderamente.
– Quizá deberíamos hablar de lo que vamos a hacer con el tanga más adelante.
A mí me animó oír el tono sensual de su voz.
– Ahorra energías, muchachote. ¿Quién te crees que eres, John Wayne?
Sabía que él iba a preguntar.
– ¿John Wayne?
Aquél era un tema del que yo podía hablar durante horas. Carraspeé y adopté la actitud de profesora.
– John Wayne, de nombre real Marion Michael Morrison, nacido en Winterset, Iowa. En mi antiguo mundo es lo que se llama un icono americano. Personalmente, pienso que era un patriota y un héroe.
Me miró con curiosidad, y yo seguí hablando.
– Deja que te cuente cosas de él…
Estaba en mitad del argumento de John Wayne y los cowboys, medio ahogándome, cuando ClanFintan me indicó con un gesto que me detuviera.
– Shh -susurró-. Hemos llegado al final del campo de hierba.
Miré hacia arriba y vi que a pocos metros de nosotros había un bosque de árboles altos, salvajes, una jungla impenetrable de cipreses, sauces y almezos, y algo que debían de ser hibiscos mutantes.
Sin embargo, mientras permanecíamos allí en silencio, también oímos un sonido delicioso. Nos dimos cuenta de lo que era al mismo tiempo, y se nos iluminaron los ojos al mirarnos.
– El río -dijo ClanFintan en voz baja.
– ¡Gracias, Epona! ¡Por fin!
– Shh -ClanFintan se acercó a mí y me habló al oído-. Si podemos oír el río, es que las criaturas están en algún lugar cercano, entre el final del pantano y la orilla.
– ¿Y cómo vamos a pasar? -le pregunté.
– Tenemos que atravesar sigilosamente el bosque. Debemos evitar las hojas secas y las ramitas. Pisa con suavidad en las partes húmedas del suelo -me dijo.
– ¿Y si nos ven?
Me tomó por los hombros e hizo que lo mirara atentamente a los ojos.
– Corre hacia el río. No te pares. No te preocupes por mí. Sólo tienes que llegar al río y cruzarlo a nado.
– Pero…
– ¡No! Escúchame. Ellos no me reconocerán. Pensarán que soy sólo un humano. Puedo ganar tiempo para que tú cruces el río. Cuando estés a salvo, cambiaré de forma nuevamente y me reuniré contigo.
Todo aquello era una mentira, y yo iba a decírselo, pero me hundió los dedos en los hombros.
– Piensa en lo que te harán si te atrapan. Yo no podría soportarlo. A mí sólo pueden matarme, pero a ti pueden hacerte muchas más cosas.
– De acuerdo. Iré hacia el río.
Su expresión se relajó, y me besó con dulzura.
– Ahora, vamos a salir del pantano. Pisa sólo donde pise yo.
– Vale, tú mandas.
Él me lanzó una enorme sonrisa.
– Pero sólo por ahora -añadí.
Seguimos caminando lentamente, dejando atrás la hierba y entrando en un mundo de árboles primigenios y maleza densa. Nos movíamos despacio porque debíamos evitar las hojas secas y las ramas que pudieran crujir bajo nuestros pasos.
Desde mi posición, detrás de ClanFintan, veía su espalda desnuda. A cada paso que daba, de sus heridas manaban fluidos. Tenía la piel cubierta de sudor, y sus músculos se encogían y temblaban cada vez que cambiaba el peso de un pie a otro, con lentitud.
A cada minuto, yo esperaba que uno de los monstruos se lanzara contra nosotros gruñendo y moviendo las alas, pero seguimos caminando. Entonces, ClanFintan alzó una mano y se detuvo en seco. Frente a nosotros apareció el río, poderoso y gris a la luz débil del atardecer. Entre los árboles y la orilla había una zona rocosa, de unos quince metros de anchura.
Y en aquella zona había tres criaturas agazapadas. Estaban de espaldas a nosotros, agazapados sobre una hoguera. Uno de ellos alimentó el fuego con ramas secas. No hablaban, pero de vez en cuando, uno de ellos miraba hacia el río y emitía un silbido.
ClanFintan me hizo una señal para que me pusiera tras él, y yo lo hice, sigilosamente.
– Cuando te avise, corre hacia el río. No me mires. No me esperes -me dijo con intensidad.
Yo abrí la boca, pero él me puso un dedo sobre los labios.
– Confía en mí -me susurró.
Yo me tragué las protestas y asentí de mala gana.
Él se agachó y buscó algo a nuestro alrededor. Al final, tomó una rama caída que había junto a sus patas, y me miró.