Las puertas del infierno
- Автор: Пайнкофер Михаель
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Las puertas del infierno». Краткое содержание книги:
La joven arqueóloga Sarah Kincaid no sabe qué hacer, el destino parece haberse puesto en su contra. Primero la abatió la muerte de su padre en Egipto y ahora su prometido, Kamal, a quien se acusa de un antiguo crimen, sufre una extraña enfermedad que lo tiene a las puertas del infierno. Pero aún hay una última oportunidad de salvarlo, la legendaria agua de la vida.
Para encontrarla, Sarah deberá sortear los peligros que acechan en los callejones de Praga, donde dicen que habita el Golem, entre las torres de los monasterios de Meteora o en las orillas subterráneas del Estigia, el río griego de los muertos.
«Embarcarse en la lectura de la tercera novela de Sarah Kincaid, la aguerrida arqueóloga victoriana, es toda una aventura.»
Frankfurter Stadtkurier
A pesar de taparse la cara con el pañuelo, Sarah empezó a notar los efectos de los vapores. La invadía un profundo cansancio y le costaba concentrarse. No obstante, siguió avanzando a duras penas, tambaleándose de columna en columna y apoyándose en ellas. Finalmente, cuando ya no contaba con ello y empezaba a sucumbir a una indiferencia letal, ¡llegó al destino de su viaje!
Desde que partió de Londres, Sarah no se había hecho una imagen clara de lo que realmente buscaba. Un remedio para Kamal, un agua milagrosa, un elixir de la vida, todas esas denominaciones eran acertadas. Sin embargo, no sabía en qué tenía que fijarse exactamente. Siempre había albergado la esperanza de que la sorprendería una chispa de lucidez en el instante en que llegara al objetivo de su búsqueda, y ese momento había llegado.
Con una exclamación de sorpresa, Sarah salió del laberinto de estalactitas y estalagmitas y se encontró a orillas de un lago subterráneo. La luz de la antorcha solo alumbraba unos pocos metros en el aire preñado de vapores, con lo cual no se podían avistar las dimensiones del lago. No obstante, el origen de los vapores tóxicos estaba claro, lo cual permitía deducir que se trataba de fuentes termales. Los minerales que contenía el agua y que le prestaban una consistencia turbia, casi lechosa, parecían proceder de las estalactitas que saturaban el techo de la cueva.
Mientras se le nublaban cada vez más los sentidos, Sarah pensó que todo guardaba relación. El agua del Aqueronte nutría la laguna de Aquerusia, cuyas aguas se filtraban a través de varias capas de roca y formaban una cantidad impresionante de estalactitas en las profundidades. Por un capricho de la naturaleza (¿o se escondía algo más detrás?), estas se encontraban sobre una fuente termal que absorbía los minerales y originaba lo que antiguamente llamaban hydor bíou, el agua de la vida. Un cúmulo de circunstancias únicas que solo se daban allí.
– Solo aquí -susurró Sarah haciéndose eco de sus pensamientos-, la fuente de la vida…
Con una disciplina de hierro, se obligó a mantenerse en pie. Sus movimientos se tornaban cada vez más vagos e imprecisos, debía apresurarse. Empleando toda la capacidad de concentración que le quedaba, consiguió sacar la cantimplora que llevaba en el cinto y desenroscar el tapón. Con la antorcha en una mano y la cantimplora en la otra, Sarah se tambaleó hasta la orilla y se arrodilló torpemente. Luego estiró la mano y sumergió la cantimplora. El agua estaba caliente, pero no quemaba; la temperatura era agradable. Sarah observó con la mirada perdida cómo aparecían las burbujas y la cantimplora se llenaba.
– Vraiment, no pensaba que volvería a verte tan pronto, chérie…
Espantada, la joven contuvo el aliento y levantó la vista: ya no estaba sola. A su lado había aparecido una figura sin volumen, tan solo con contorno, una sombra viviente sin rostro. Sin embargo, Sarah había reconocido su voz…
– Vete -masculló mientras sacaba la cantimplora del agua e intentaba cerrarla con mano temblorosa-. No eres real…
– Au contraire, ma chère! Soy tan real como se puede ser… Tú, en cambio, pronto dejarás de existir, n'est ce pas?
– ¿Por qué dices eso, Maurice?
– Pourquoi pas? Porque es verdad. Te has acercado demasiadas veces a la frontera entre la vida y la muerte y has echado una mirada al otro lado… Ahora la cruzarás.
– ¡Pero no debo morir! Kamal necesita mi ayuda…
– ¿Kamal? -La sombra de Du Gard se echó a reír-. ¿Aún no lo has comprendido? Tu príncipe del desierto ya no te necesita. Ha encontrado otros brazos donde consolarse. Otro corazón que lo conforta…
La silueta señaló hacia el lago, donde empezó a formarse una imagen.
– Kamal -murmuró Sarah al ver a su amado tendido inmóvil sobre una litera.
Un instante después apareció otra figura que se inclinó sobre él y lo besó en la frente y en los ojos, igual que siempre hacía ella. Acto seguido, aquel personaje levantó la vista y miró directamente a Sarah mientras una sonrisa malvada se dibujaba en su semblante pálido… Y Sarah reconoció con un grito de espanto a la condesa de Czerny…
– ¡No! -rugió, y la imagen se desvaneció. En cambio, la sombra continuaba a su lado.
– Si eres sincera contigo misma, admitirás que siempre has sabido que eso ocurriría -dijo la sombra, aunque con otra voz, en la que Sarah reconoció para mayor espanto la de Gardiner Kincaid-. Sois demasiado parecidas para no sentir lo mismo por Kamal.
– Padre -dijo la joven intentando levantarse, pero las piernas le fallaron y sintió un malestar que superaba con creces lo que había soportado hasta entonces.
– ¿Soy yo tu padre? -replicó el viejo Gardiner-. ¿O no lo soy? Las palabras de Laydon te hacen dudar, ¿no es cierto?
– S… sí -respondió Sarah entre arcadas.
– Vuelves a engañarte. No albergas esa duda en tu corazón desde hace poco, sino desde mucho tiempo atrás. Su origen está allí donde tus recuerdos no alcanzan, Sarah. En aquel periodo de tu vida que permanece tras el velo del olvido…
– La… época oscura -balbuceó Sarah, y vomitó.
El frugal desayuno que había tomado, consistente en bayas silvestres que Pericles había recolectado para ella, salió por su boca mientras el estómago se le contraía una y otra vez. Apoyada sobre los codos, se doblaba en el suelo en medio del vómito.
Se obligó con todas sus fuerzas a levantar la vista, pero la sombra del viejo Gardiner, que había abandonado el reino de los muertos para hablar con ella, había desaparecido. A cambio, Sarah tuvo otra visión y, por primera vez en la vida, le dio la impresión de que el velo negro del olvido que se había extendido sobre su pasado se levantaba.
En los sueños que la habían perseguido desde la muerte del viejo Gardiner, había oído voces sordas y había percibido imágenes borrosas y olores imprecisos. Sin embargo, en aquel momento los vapores que se extendían sobre el lago adoptaron forma y color, y Sarah vio con los ojos enrojecidos los muros de una vieja fortaleza que destacaba sobre las montañas en un lugar remoto. Un canto suave y un olor exótico llenaron el aire y, de repente, como si quien hablaba estuviera delante de ella, Sarah oyó una voz.
– Eres tú -le susurró.
Entonces Sarah perdió el sentido.
De un momento a otro se desmayó. La antorcha que había sujetado a duras penas se desplomó hacia delante, cayó en el agua y se apagó con un siseo.
La cueva se hundió en una oscuridad total que pareció devorarlo todo, incluida la joven inglesa que había partido en busca del agua de la vida como tantos otros antes.
Sarah yacía inmóvil, envuelta en una noche siniestra. No oyó el rumor de los pasos que se acercaban ni vio el brillo amarillento de la antorcha.
No notó nada cuando unas garras toscas la agarraron y se la llevaron sin esfuerzo hacia la salida, y no oyó nada cuando en las profundidades de la colina se produjo una explosión sorda que cerró para siempre el acceso a la fuente de la vida.
Capítulo 9
Cuando Sarah abrió los ojos se creyó en otro mundo. Pero el semblante de Friedrich Hingis, pálido como la cera, enmarcado en unos cabellos revuelos y que la miraba con incredulidad, desvaneció esa ilusión.
La mirada del erudito suizo estaba cargada de preocupación. Las lentes, que tenían el cristal derecho roto, temblaban sobre su nariz como siempre que estaba nervioso.
– ¿Puede oírme, Sarah? -preguntó en voz alta y exageradamente marcada. Las palabras retumbaron en la cabeza de Sarah como los martillazos en un yunque-. ¿Entiende lo que le digo?
– Por… supuesto -contestó la joven con voz ronca.