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Tu rostro mañana: 3 Veneno y sombra y adiós

Электронная книга - «Tu rostro mañana: 3 Veneno y sombra y adiós». Краткое содержание книги:

«Uno no lo desea, pero prefiere siempre que muera el que está a su lado, en una misión o una batalla, en una escuadrilla aérea o bajo un bombardeo o en la trinchera cuando las había, en un asalto callejero o en un atraco a una tienda o en un secuestro de turistas, en un terremoto, una explosión, un atentado, un incendio, da lo mismo: el compañero, el hermano, el padre o incluso el hijo, aunque sea niño. Y también la amada, también la amada, antes que uno mismo.»
Así arranca `Veneno y sombra y adiós`, el tercer y último volumen de `Tu rostro mañana`, la grandiosa novela de Javier Marías que, por fin completa, y como ya ha anticipado la crítica extranjera, se revela como una de las cumbres literarias de nuestro tiempo. El narrador y protagonista, Jacques o Jaime o Jacobo Deza, acaba por conocer aquí los inesperados rostros de quienes lo rodean y también el suyo propio, y descubre que, bajo el mundo más o menos apaciguado en que vivimos los occidentales, siempre late una necesidad de traición y violencia que se nos inocula como un veneno. Con sus nuevos y cruciales episodios en Londres, Madrid y Oxford, con su desenlace sobrecogedor, se cierra aquí una historia que es mucho más que una historia apasionante, contada con la maestría de uno de los mejores novelistas contemporáneos, y tal vez el más profundo y arriesgado.
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– Vamos adentro, y ni una palabra -le dije en un susurro, un susurro en la nuca, con su estúpida y amanerada coleta allí colgándole, me acerqué demasiado y me dio asco.

La puerta ya estaba entreabierta y entró, entramos a la vez, pegados, yo le di el manotazo para cerrarla, con mi mano libre. Ahora ya sabía que sólo éramos uno.

– ¿Qué gilipollez es esta? -dijo-. ¿Es una coña? -Aún no estaba asustado, quizá no le había dado tiempo a ello o era cosa de su carácter. Su tono fue levemente chulesco, o por lo menos soliviantado, no de alarma en ningún caso. 'Sí, va a costar que me tome en serio, no es propenso a alterarse por miedo', pensé en una ráfaga. 'Mal empezamos.'

– No es ninguna coña, y que te calles. Vamos arriba, a tu piso, por la escalera. Despacito y tranquilo, pero sin pararse. Si aparece algún vecino, vamos juntos. Quítate el sombrero y sujétalo con las dos manos. Que no se te caigan las llaves, te sobra mano. -Aquel día no llevaba cartera, quizá no venía del Prado. Le seguía hablando a la nuca, tal vez Luisa se la besaría, podía olerle el pelo, le olía a algo, no mal, se lo lavaría a diario. Me obedeció, se quitó el sombrero ridículo. Ahora ya sabría que yo era de aquí, no del Este ni del Magreb ni hispanoamericano, mi acento no era albanés ni ucraniano, ni árabe ni colombiano ni ecuatoriano, no se me había ocurrido fingir otro o disimular el mío, y había hablado lo suficiente para resultar español inequívocamente, luego ya sabría también que yo era blanco, qué poco tiempo pueden ocultarse las cosas, tampoco había pensado en dirigirme a él en inglés, por ejemplo, a eso estaba acostumbrado-. ¿Tú sabes lo que te hace una bala en la columna? Pues mejor que no te la aloje. Andando. -Ahora además sabría que era una persona semiinstruida, no todo el mundo tiene el verbo 'alojar' tan en la lengua.

– Oiga, si lo que quiere es pasta, se habla y se llega a un acuerdo. No hace falta que subamos ni que me clave el cañón todo el rato. Ni que me exagere el tono.

Ahora ya no sonó tan altivo, pero tampoco amedrentado. Me daba el 'usted', pero aquí no era una forma de respeto, sino de mantener las distancias. Yo lo tuteaba, él a mí no, era una tentativa de manifestar superioridad en medio de su inferioridad evidente, yo tenía la pistola, yo tenía el reloj, como la Muerte del cuadro. No tiraba de él, como el semiesqueleto del Caballero que agarraba del brazo a la anciana, pero estaba a su espalda y lo empujaba, venía a ser lo mismo, yo era el dueño del tiempo y lo encaminaba hacia arriba, él trataba de detener la arena hablando, o el agua, es así como tantos han intentado el aplazamiento y salvarse, en vez de estarse callados. La altivez no lo había abandonado del todo, así me lo indicaba su última frase antes de que lo interrumpiera, 'Ni que me exagere el tono'. Era como si me hubiera dicho 'A mí no me levante usted el tono', sólo que eso no habría cabido, porque le hablaba en susurros.

Entonces saqué el arma del bolsillo un momento y le di un fuerte golpe en el costado derecho con el cañón de la Llama, el gesto fue como de bofetada, sólo que contra las costillas y con la pistola, no en la cara ni con la mano, hizo mucho menos ruido, y además la gabardina encima. Se tambaleó un poco pero no cayó. Tampoco soltó el sombrero pero sí las llaves.

– Que te calles, cómo tengo que decírtelo. Recoge las llaves y andando. -También fue un susurro calmado, que asusta más que un grito, eso creía. Me sorprendió que no me costara propinarle ese golpe, y que no me diera aprensión hacerlo con el arma cargada, quien no está acostumbrado a usar una siempre teme que se le dispare, por mucha precaución que esté tomando. Prevaleció en mí la idea de que tenía que meterle miedo, supongo, o me molestó su última frase, o la palabra 'gilí-pollez' de antes, o me acordé del ojo de Luisa con sus mil lentos colores, atraía hacia mí aquella imagen cada poco rato, me convenía, me cargaba de razón y de furia fría, me fortalecía. No estaba de más que Custardoy probara el daño, algo de daño, ahora se llevó la mano al costado instintivamente y se lo frotó, pero yo le dije en seguida-: Las manos en el sombrero. -Y a quién no le complace dar órdenes que por fuerza van a ser obedecidas, también me di cuenta de eso. A una parte de mi conciencia no le gustó que me gustara, pero no estaba para hacerle caso entonces, el resto estaba ya muy ocupada, tenía algo de lo que ocuparme, no era posible dejarlo a medias, ya había empezado.

Echamos a andar, un escalón tras otro a buen paso, yo pegado a él y agarrándole de la coleta en los giros para que no pudiera aprovechar el segundo en que dejara de encañonarlo de frente, subir el tramo corriendo y encerrarse en su casa si lograba ser muy veloz con la llave (no lo conseguiría en ningún caso, pero prefería que ni lo intentase), debía de sentir como una humillación que le tocara el pelo, me abstuve de darle tirones, bien podía haberlo hecho. Tuvimos suerte, quiero decir que yo la tuve y él no, porque subimos hasta el tercer piso sin cruzarnos con nadie, era uno de los que tenían balcones.

– Aquí estamos -dijo ante su puerta-. Ahora qué.

– Ahora abre. -Así lo hizo, dos llaves, una larga del cerrojo y otra corta de la cerradura-. Vamos al salón, tú guías. Pero ni un solo movimiento raro. La espina dorsal, acuérdate. -Yo seguía notando mi cañón contra su hueso, bien centrado, al entrar se lo había elevado hasta el adas, el arma fuera ya del bolsillo en cuanto cerré la puerta a mi espalda.

Recorrimos un breve pasillo y desembocamos en un salón o estudio muy amplio con buena luz pese al cielo nublado ('Aquí ha estado Luisa', pensé al instante, le será familiar este espacio'). En seguida vi cuadros en el suelo, vueltos contra las paredes, apiñados unos tras otros, formando filas, como si dijéramos, de tres o cuatro, puede que algunos estuvieran sin pintar todavía, en blanco. O le encargaban muchos retratos o hacía numerosas copias hasta alcanzar la definitiva; porque solicitado estaba y vender vendía, en aquel salón había buenos muebles y bienestar y hasta lujo, en medio de cierto desorden, me dio envidia una chimenea. Vi en los muros algunas pinturas colgadas, estas sí de cara, seguramente no eran suyas, aunque quién sabía, si era tan excelente copista, al primer golpe de vista me pareció distinguir un pequeño Meissonier de caballero fumando en pipa y un retrato más grande de Mané Katz o de alguien por el estilo, algún ruso o ucraniano pasado por París (si eran originales no eran nada baratas, pero no tan caras como las de casa de Tupra). Vi un caballete, el lienzo que sostenía también estaba de espaldas, tal vez Custardoy quitaba de su vista siempre aquello en lo que trabajara, en cuanto paraba de trabajar en ello, para no tener que seguirlo viendo durante sus descansos, quizá fuera el retrato de la Condesa y sus hijos, en el que ya había empezado. Podía mirarlo si quería, era el dueño del tiempo y de todo. Pero no lo hice, estaba ocupado.

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