Juegos De Azar
- Автор: Spencer LaVyrle
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «Juegos De Azar». Краткое содержание книги:
Scot, dueño de una taberna en la que el juego y el alcohol son el pan de cada día, oculta tras su vida de libertinaje un corazón destrozado y un espíritu apasionado, capaz de albergar una increíble grandeza…
La idea dio resultado: en el término de dos semanas, recibió dinero para reservas de varios de ellos que aseguraban que sus esposas estarían sobremanera agradecidas de escapar a los rigores del clima del norte y acortar el invierno pasando sus últimas semanas en el clima moderado que Gandy describía en el anuncio.
Fue un día feliz aquél en que Scott compró un libro de reservas forrado en suntuoso cuero verde, y un libro mayor donde asentó el primer ingreso que hizo Waverley en más de dieciocho años.
Destinó a oficina la misma habitación de la planta baja que el padre empleo para idéntico propósito, y que estaba detrás del recibidor principal. Era un cuarto luminoso, alegre, con ventanas en aguilón que iban del techo al suelo, y que se abrían de abajo arriba para formar una corriente de aire fresco en la época de calor, cuando las ventanas de la rotonda estaban abiertas. Pero en ese momento estaban cerradas, cubiertas de colgaduras de jacquard verde mar, que daban al cuarto el color de la vegetación en las épocas en que el verdor escaseaba. Los muros eran de yeso blanco, como el techo, decorado con esculturas similares a las molduras que adornaban la parte superior de las paredes. No había bibliotecas cubriéndolas, sino un juego de muebles de caoba tallados: cómoda de patas altas con flancos sobresalientes, secretaire, escritorio de tapa plana, y una variedad de sillones de orejas tapizados de cuero gris pardusco. Sobre el suelo de pino barnizado había una alfombra oriental con un dibujo de color rosa claro sobre fondo verde hielo. El hogar, con su revestimiento decorativo de hierro, mantenía la habitación acogedora, aunque las ascuas casi no ardiesen.
A Scott Gandy le encantaba la oficina. Evocaba al padre sentado tras el escritorio de caoba atendiendo los asuntos de la plantación, tal como él hacía en el presente. Con la pluma en la mano y el libro mayor ante sí, tenía una sensación de continuidad pero, más aún, de optimismo indoblegable.
El día en que recibió los primeros depósitos por adelantado, los registró en los libros, se sacó el puro de la boca y fue a buscar a Willy, resuelto a cumplir la promesa que le hizo al niño antes de partir de Kansas: comprarle un caballo. Recorrió la casa a zancadas llamándolo, pero era una tarde tranquila y, si había alguien, no respondió. Subió los escalones de a dos y se precipitó en el cuarto de los niños, que compartía con Willy, pero no estaba haciendo la siesta, ni en ningún otro lado.
– ¡Willy! -llamó, y se detuvo junto a la cama de baldaquino hecho a ganchillo.
Entonces lo oyó: el suave gemido de una voz infantil y una sola palabra que era más un suspiro que un grito:
– Ayúdame.
– ¿Willy?
Scott giró con brusquedad pero a sus espaldas, a la entrada del cuarto, no había nadie. El suelo, encerado hacía poco tiempo, brillaba y reflejaba el ojo fijo del caballo de juguete, el único que lo miraba.
– Ayúuuudame.
Escuchó otra vez, tenue, suplicante a sus espaldas. Se dio la vuelta y miró fijamente la cama: la manta, que un instante atrás estaba lisa, estaba arrugada ahora. Se quedó mirando el contorno de un cuerpo pequeño.
– Willy, ¿estás ahí?
Pero no era la voz de Willy, no era la figura de Willy. Scott estaba seguro de que eran las de Justine. Esperó, sin quitar la vista de la leve depresión. Oyó otra vez el suave gemido, como si proviniese de ahí, pero no le causó temor ni sensación de fatalidad sino un fuerte deseo de aliviar cualquier pena que expresara.
La presencia desapareció tan súbitamente como había aparecido, dejando a Scott con la certeza de que estaba de nuevo solo en la habitación. Se sintió culpable e impotente, como si hubiese debido ayudar. Pero, ¿cómo?
Buscó en los otros cuartos de arriba, pero estaban todos vacíos, igual que los de la planta baja. Al final, encontró a Leatrice en la cocina, que estaba fuera de la casa, sentada en una mecedora pelando guisantes secos con Clarice y Bertrissa.
– ¿Dónde está Willy? -preguntó, distraído.
– Se fue con los hombres.
– ¿A dónde?
– A alguna parte de los bosques, a liar leña.
– ¿Cuánto hace que se fueron?
– Salieron al terminar el desayuno -respondió, sin interés.
– ¿Dónde están las mujeres?
– En las cabañas, limpiando.
Scott no le contó a nadie de su encuentro con el fantasma, pero al día siguiente, cuando llevó a Zach y a Willy al mercado de ganado, donde esperaba encontrar caballos de tiro y un pony para el chico, no lograba concentrarse en los asuntos que tenía que atender.
– Willy -preguntó, en tono despreocupado, mientras recorrían los cobertizos inspeccionando los caballos-, ¿fuiste al bosque ayer, inmediatamente después del desayuno?
– Sí.
– ¿Y regresaste a la casa antes de la cena?
– No.
– ¿Leatrice hizo tu cama antes de que te fueras?
– No.
Eso significaba que la huella en la cama no era del cuerpo de Willy. ¿De quién, entonces?
– ¡Oh, mira ese! Ése es el que quiero. ¿Puedo quedarme con ese, Scotty? ¿Puedo?
El entusiasmo de Willy y la aprobación de Zach hacia un potro ruano de un año acabaron con las especulaciones de Gandy y lo obligaron a devolver la atención a la tarea de elegir caballos para Waverley.
Confiaba por completo en el criterio de Zach y, al final de la jornada, compró el ruano para el niño.
– Se llamará Major -afirmó Willy.
También adquirió un equipo de caballos de tiro pintos y dos de montar: un potro llamado Prince, y una yegua, Sheba.
A partir de entonces, se hizo frecuente ver a Willy rondando por los establos, pegado como una garrapata a los pantalones de Zach, abrevando a los caballos, bombardeándolo a preguntas, llevándole a Major golosinas que sacaba de la casa, haciéndolo girar en círculos en el medio del corral con una cuerda larga, como le había enseñado Zach.
Scott casi había olvidado el incidente del cuarto de los niños hasta un día en que se dirigía al cuarto del baúl a revisar la ropa que pensaba exhumar. Al pasar ante la puerta del dormitorio, oyó a Willy hablando con alguien. Retrocedió y miró dentro. Willy estaba sentado en el suelo, los tobillos hacia afuera, construyendo una torre de bloques, conversando con… nadie.
– …y Gussie vive en Kansas, donde antes vivía yo. Ella tiene a mi gato. Se llama Moose. Gussie vendrá para Navidad, y Zach dice que cazaremos un pavo salvaje para la cena de Navidad.
– Willy, ¿con quién estás hablando?
Curioso, Scott espió dentro.
– Ah, hola, Scotty -lo saludó, echando una mirada sobre el hombro antes de colocar otro bloque en la torre.
– ¿Con quién estabas hablando?
– Con Justine -respondió, tranquilo, y luego canturreó un trozo de «¡Oh, Susanna!»
– ¿Justine?
– Ahá. Viene a jugar conmigo a veces, cuando llueve y tengo que quedarme adentro.
Scott echó un vistazo a los cristales de las ventanas: una cortina de agua los bañaba, oscureciendo todo lo que había más allá. Entró en la habitación, se acuclilló junto a Willy y apoyó los codos en las rodillas.
– ¿Mi hija, Justine?
– Ahá. Es agradable, Scotty.
Scott experimentó el primer instante de temor, no porque la casa pudiese estar embrujada pues, a fin de cuentas, era un hombre razonable que no creía en fantasmas, ¿no?, sino porque, al parecer, Willy creía que éste era mortal.
– Justine está muerta, Willy.
– Ya lo sé. Pero le gusta estar aquí. A veces, viene a visitarme.
Scott miró alrededor, desconcertado. La torre se derrumbó, y Willy comenzó a construirla de nuevo, canturreando feliz.
– ¿Te acuerdas del pequeño cementerio que está al otro lado del camino? -preguntó Scott.