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El Monje Desaparecido

Электронная книга - «El Monje Desaparecido». Краткое содержание книги:

La abadía de Imleach, al suroeste del reino irlandés de Muman, se está convirtiendo en un serio rival de Armagh como centro de la fe, gracias sobre todo a las reliquias que conserva. Por ello, las sospechas se dirigen sólo en una dirección cuando se producen simultáneamente dos enigmáticas desapariciones que tal vez estén vinculadas: por un lado, el monje más veterano de la abadía parece haber sido raptado, pero, por si fuera poco, las preciadas reliquias, de gran valor simbólico tanto religioso como político, han sido robadas, lo cual puede tener consecuencias muy indeseables.
Se trata sin duda de una investigación muy delicada, pues un error en la identificación de los culpables puede ser desastrosa, y además nadie consigue hallar la más mínima pista. Hasta que llegan a la abadía sor Fidelma y su inseparable Eadulf.
Paso a paso, con cautela, Fidelma va descubriendo una de las más siniestras conspiraciones con la que jamás se ha enfrentado, en la que intervienen hombres que parecen no detenerse ante nada, ni siquiera ante el asesinato más despiadado, para alcanzar sus objetivos. Sin duda, la novela más terrorífica y emocionante (de momento) de una serie espléndida.
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Muy despacio, Donndubháin se había levantado de su sitio para aproximarse a Fidelma y ponerse de cara a ella, delante de los brehons. Había guardado silencio a lo largo del juicio. Había permanecido sentado, impertérrito ante el desarrollo de los hechos, con un semblante inconmovible. Había mantenido la vista al frente, sin mirar a diestro ni siniestro. Había llegado el momento en que todos ya sabían a quién estaba acusando Fidelma. Aun entonces fue capaz de mantener un gesto.

– ¿Qué pretendéis hacerme, prima? -dijo con benevolencia, pero con la mirada dura y sin parpadear.

– ¿Que qué pretendo haceros? ¿Yo a vos? Sois el artífice de una vil conspiración, primo. Os mostrasteis airado y celoso cuando eligieron tanist a Colgú, y luego, cuando lo nombraron rey de Muman, pues considerabais que el reino os correspondía por derecho. Y cuando os nombraron tanist, presunto heredero de Colgú, no os bastó. Colgú era joven y, a menos que aconteciera un accidente imprevisto, no podríais aspirar a ser rey. Por tanto, decidisteis precipitar ese «accidente».

»Colgú sería asesinado. Se culparía a los Uí Fidgente. El desorden y la confusión desmembrarían Muman y entonces vos, estimado primo, entraríais en escena para reclamar el trono con la promesa de volver a unir el reino. Contaríais con el apoyo del reino entero para invadir a los Uí Fidgente y, con las cenizas de esa tierra, rendiríais tributo a los Uí Néill y, así, permitiríais que Mael Dúin de Ailech volviera a extender su mano manchada de sangre para dominar nuestro reino.

Muchos de los presentes se habían levantado de sus sitios para agolparse hacia el lugar donde se desarrollaba el espectáculo. La aglomeración obligó a Eadulf a levantarse y a terminar colocándose delante de la multitud. Se aferró con desespero al bordón para mantener el equilibrio y no caerse. Al final acabó ocupando una posición próxima a Donndubháin y Fidelma. No le gustó nada el cambio que se estaba produciendo en el semblante del tanist, cuyas hermosas facciones se estaban desencajando en una máscara de odio descontrolado. Era indiscutible que Fidelma había puesto el dedo en la llaga.

El tanist de Cashel intentó poner cara de suficiencia al negar la acusación una vez más.

– Los brehons quieren pruebas y no suposiciones, prima -dijo, tratando de dar un tono incrédulo sin conseguirlo-. ¿En qué pruebas basáis este increíble sinsentido?

– ¿No os parecen pruebas suficientes las que os he dado? Aquí está Gionga. Él mismo os dirá cómo lo persuadisteis de enviar a sus guerreros…

– ¿Y qué si lo hice? No podéis demostrar nada más. Baoill y Fedach están muertos y…

Fidelma lo interrumpió esbozando una amplia sonrisa.

– ¿Qué nombre habéis dicho? -preguntó en voz baja.

– Baoill y… -dijo, y calló, percatándose de su desliz.

– Creo que habéis llamado Fedach al arquero… Ya he dicho antes que nadie sabía su nombre, ¿no es así?, que la única persona viva que podía saberlo era…

– Con esta prueba no basta, podría haberlo oído decir a alguien y…

– Cuando decidisteis matar a Samradán la otra noche, cometisteis un error fatídico. Sin ese asesinato, el rompecabezas, las piezas del tomus al que jugábamos de niños, no habrían encajado.

– Pero si yo os llevé hasta los caballos del asesino, que habían ocultado en la cuadra de Samradán -protestó Donndubháin-. ¿Acaso procedería así un hombre culpable?

– Sí, porque vos mismo los escondisteis allí. En ese momento Samradán se hallaba en Imleach. Esos caballos habían estado ocultos en otra parte. Acaso en vuestra propia cuadra. Los llevasteis a Samradán la misma tarde que lo matasteis, a fin de cerrar el círculo, y que un muerto cargara con la culpa. Cometisteis un error al mostrarme esos caballos con el propósito de que dejara de lado las pistas que me conducían a vos. Aún estaban calientes y sudados por haber cabalgado desde el lugar donde habían estado los últimos días. Ya descubriremos cuál de vuestros sirvientes escondió los caballos acatando vuestras órdenes. Hemos sabido el nombre del arquero por vuestra propia boca: Fedach.

– ¡Eso es ridículo! Que conozca su nombre no demuestra nada.

– Quitasteis de los caballos todos los objetos que pudieran identificarlos, salvo el símbolo de los Uí Fidgente en la silla, que esperabais que me convenciera de que el culpable era el príncipe Donennach. Vaciasteis el portamonedas del arquero, algo bastante estúpido, pues reveló que todo había sido amañado. Sin embargo, pasasteis por alto una moneda. Un píss, una moneda de los Uí Néill de Ailech.

La mostró al público.

– La moneda me demostró que el arquero había estado en Ailech recientemente.

– Pero no demuestra que yo estuviera al servicio de Ailech -se defendió Donndubháin-. Ni demuestra mi culpabilidad.

– No, pero la muerte de Samradán me demostró que lo matasteis. ¿Dónde está vuestro broche de plata, el que dijisteis que habíais comprado a Samradán; el que se hizo a partir de la plata obtenida de la actividad minera ilegal que ejercíais con él? ¿El que el mercader pidió al herrero Nion que hiciera especialmente para su protector, con cinco granates?

Donndubháin se llevó la mano al hombro en un ademán involuntario y palideció.

Fidelma tenía en la mano el broche que había tomado de entre los dedos del cadáver de Samradán. Lo sostuvo en alto para que todos lo vieran.

– Lo hallé en la mano cerrada de Samradán. Durante el forcejeo por salvar su vida lo arrancó de la capa de Donndubháin, llevándose un poco de tela.

– No podéis demostrar que es mío. Un broche de oro con un símbolo solar y granates en las puntas -se burló Donndubháin-. He visto otros iguales. ¡Mirad! -exclamó, señalando a Nion, que, en efecto, llevaba un emblema solar parecido, con granates rojos, y luego, con enfado, señaló a Finguine-. ¡Y mirad! Él lleva uno exactamente igual.

Moviendo la cabeza, Fidelma asintió:

– Sí, Nion también forjó el broche de Finguine. Por eso se parecen tanto, porque son broches elaborados por el mismo artesano que hizo el vuestro. No obstante, mientras los emblemas que llevan Nion y Finguine tienen tres granates rojos, éste, que fue encargado especialmente para vos, tiene cinco. Vi que lo llevabais el día del intento de asesinato. ¿Por ventura representan los cinco reinos de Éireann? ¿Tan grande es vuestra ambición, Donndubháin?

Donndubháin actuó con tanta rapidez que todo sucedió en un instante. Introdujo una mano en su camisa y sacó una daga que escondía en la pretina, al tiempo que agarraba a Fidelma con la otra mano. Al no esperar aquel movimiento, al instante su primo la tenía aprisionada con la espalda contra el torso y la daga al cuello.

– ¡Donndubháin! -gritó Colgú, levantándose de un salto-. ¡No seáis necio! ¡No podréis escapar!

En la Gran Sala se había desatado el caos y la gente gritaba, alarmada.

– Si no puedo, vuestra preciosa hermana morirá conmigo -amenazó el príncipe entre la multitud.

La daga estaba tan cerca del cuello, que por el filo se deslizó un hilillo de sangre.

– Decidle a Capa que me ensille un caballo enseguida. No quiero trampas, pues Fidelma viene conmigo… -ordenó Donndubháin.

Empezó a retroceder poco a poco, apartándose de los jueces, que lo observaban con el semblante pálido, y de las miradas alarmadas de los presentes.

Entonces se oyó un ruido apagado. La mano en que Donndubháin tenía la daga tembló y ésta cayó de sus dedos inertes al suelo. Acto seguido, el cuerpo inconsciente del tanist de Cashel se desplomó.

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