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Asesinato en el corazón de Jerusalén

Электронная книга - «Asesinato en el corazón de Jerusalén». Краткое содержание книги:

El cadáver de una joven con la cara destrozada es encontrado en el desván de una casa situada en la carretera de Belén, en el barrio de Baqah de Jerusalén. El superintendente Michael Ohayon acaba de comprarse una nueva casa en ese barrio y, cuando se dirige a verla, es reclamado en el lugar del crimen. Allí le esperan un amor del pasado y un romance que nunca llegó a terminarse. Como en sus libros anteriores, Batya Gur presenta una investigación criminal compleja y cautivadora, que nos adentra en un mundo cerrado y con leyes propias. En este caso la acción transcurre en un barrio de Jerusalén en donde se condensa la realidad israelí en miniatura, una realidad cuyos resquicios Gur dibuja de forma prodigiosa al huir de ideas preconcebidas. A lo largo de la investigación, Michael Ohayon nos irá descubriendo poco a poco todo lo que se oculta tras la realidad más evidente.
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– ¿También él tiene envidia? -probó Balilty-, ¿también él quiere su desgracia?

– Pues claro -dijo indignada Clara Benesh-, por culpa de sus padres; no hay nada que hacer, es mala sangre. A todos esos negros no tendrían que dejarlos entrar. Son como los árabes, peores.

– Volvamos a la niña -dijo Michael.

– La niña -dijo Yoram Benesh-, ella… Ustedes… Él -señaló con la mano a Yair-, él dice que está inconsciente; entonces esperen a que vuelva en sí, pregúntenle a ella. Pregúntenle si yo le puse una mano encima…

– Se lo preguntaremos, claro que lo haremos, amigo, puede estar seguro de que se lo preguntaremos -dijo Balilty, echó un vistazo al reloj, se irguió y se observó los dedos-. Pero hay cosas que no hace falta preguntar, hay cosas que se ven a simple vista, como la nota de esta nuez, por ejemplo. Lo explica todo -se acercó a la mesa y señaló el rollo de papel-. No hemos tenido que romper la cáscara, todo está escrito ahí. Y estaba en su coche. ¿Cómo explica eso?

– Alguien lo habrá puesto allí -dijo Yoram Benesh-, puede que incluso usted -le dijo a Balilty-. ¿Cómo lo voy a saber? Yo no practico magia negra.

– No es magia negra -dijo Michael-, es un amuleto yemení, y estaba en su coche. Hay dos posibilidades: o se lo sacó a la niña de algún modo o…

En la habitación reinaba un tenso silencio. Clara Benesh se tocó el pelo revuelto y después la camisa húmeda, moviendo los dedos alrededor de las solapas.

– ¿O? ¿O qué? -soltó, cuando ya no pudo mantenerse callada por más tiempo.

– O Zahara Bashari hizo eso especialmente para él -le explicó Balilty-. Quería liberarle de su hechizo, señora, eso es lo que pensamos.

– Debería darle vergüenza, una persona mayor como usted y diciendo esas tonterías. ¡Yo soy su madre! -gritó Clara Benesh, e intentó levantarse, pero sus temblorosas piernas la devolvieron a su sitio.

– Sí -ratificó Balilty-, y esa es precisamente la cuestión: él no podía estar con Zahara porque su madre no le dejaba.

– Se ve que no tiene ni idea de nada -Clara Benesh hizo un gesto de desprecio con la mano-: ¿no sabe que está prometido con una chica maravillosa cuyos padres…?

– Sí, sí, sí -dijo Balilty como si estuviera harto ya-, sabemos perfectamente que usted quiere mucho a esa prometida suya, Michelle Folek; también sabemos que sus padres están bien situados y todo lo demás; pero él -dijo, poniendo la mano en el hombro de Yoram Benesh, que enseguida se deshizo de ella con un movimiento brusco-, no la quería a ella. ¿Sabe usted a quién quería, señora Benesh? Él quería a su vecina, no a Nesia, él quería a la hermosa y negra yemení, a la vecina del otro lado de la tapia, a ella era a quien quería. Al principio, al menos. Con ella, y no con su prometida, era con quien se citaba en el hotel Acantilado.

Los ojos de Yoram Benesh se abrieron de par en par con evidente temor.

– ¿Qué es el hotel Acantilado? -murmuró.

– Vamos, lo sabe muy bien, ese hotel de Netania en donde se citaban -dijo Balilty en tono indiferente-. Fuera de esta ciudad, lejos de los ojos de mamaíta.

– ¿Está mal de la cabeza o qué? -dijo Yoram Benesh furioso-. ¿Que yo la quería? ¿A Zahara Bashari? ¿Por qué iba a quererla? Y además, si según usted tanto la quería, ¿por qué iba a matarla?

– Eso es precisamente lo que esperamos que nos explique -dijo Balilty-; eso y lo de la niña, Nesia.

– Yo no he tocado a esa niña -contestó Yoram Benesh, y una expresión de asco inundó su cara-, ni con un palo largo la tocaría.

– Hay pruebas en el coche de que estuvo allí, en el lugar…, en aquel kiosco -dijo el sargento Yair-, y también de que la perra estuvo en su coche, metió a la perra en el coche y eso fue un gran error…

– ¿Quién lo dice? -exigió saber Yoram Benesh-, ¿de dónde han sacado eso?

– ¿Y ese tesoro que estaba enterrado debajo del árbol en su parte del jardín? -dijo Yair-, ¿es una casualidad?

– Claro que es una casualidad -gritó Yoram Benesh-. Fue la niña esa, que estaba todo el rato por el patio husmeando por las ventanas. Y ella… Son cosas que ella reunió. ¿También de eso soy culpable?

– Allí hemos encontrado también todo tipo de notas como esta -dijo Michael-. Y esas notas… Sólo quiero saber si las vio usted alguna vez, si entiende lo que pone. Por favor -le dijo a Balilty-, dame el sobre con las fotocopias.

– Está en el cajón, donde estás sentado -dijo el jefe de la unidad de información.

Michael se retiró, abrió el cajón, donde había una grabadora funcionando, además de la que estaba a la vista encima de la mesa, y del fondo del cajón sacó un sobre, y de su interior, unas hojas.

– Aquí hay algunas fotocopias de las notas que encontramos -explicó Michael-, y quiero que las mire para ver si reconoce algo.

– Después de todo -se estremeció Yoram Benesh-, ¿encima quiere que les ayude? A continuación me pedirá… -una intensa ira ardía en sus ojos claros.

– Mire -dijo Michael, tendiéndole una hoja-, aquí dice: «Para gustar a reyes y príncipes: escribe el nombre Gutal y póntelo debajo de la lengua». Seguro que oyó hablar de esto a Zahara, ¿no?

– Dígame una cosa -dijo Yoram Benesh con evidente agotamiento-, ¿esto va a ser así todo el rato? Porque yo no tengo porque estar aquí escuchándoles. Yo no he hecho nada y ustedes no tienen pruebas. Es todo…, es todo un cúmulo de circunstancias, el after shave y las notas y la cosa esa -señaló la nuez- que me han metido ustedes en el coche y… Ya está, nos vamos a casa, mamá se levantó de la silla, se acercó a ella y la agarró del brazo-. No pueden retenernos aquí así porque sí, no tienen… Que nos detengan si quieren, ¿pero así? Es inaceptable. Yo no… -Clara Benesh se levantó de su asiento y miró a su alrededor dubitativa. Balilty, que se había vuelto a apoyar en la pared junto a la puerta, miró el picaporte y, como respuesta, el picaporte se movió y la puerta se abrió de repente. Ahí estaba Tzilla, señalando algo con los dedos.

– ¿Qué pasa? -preguntó Michael, y observó intranquilo la amplia sonrisa de Balilty.

– La niña se ha despertado -proclamó Tzilla, y Michael, que pensaba que nadie se lo creería por la forma tan forzada en que lo había dicho, se sorprendió al ver que Yoram Benesh se detenía. Su madre, a quien llevaba del brazo, se detuvo con él cuando iban hacia la puerta, y los dos miraron a Tzilla.

– Bueno, ¿ha dicho algo? -preguntó Yoram Benesh con indiferencia. Tzilla, con la mano aún en el picaporte, miró dubitativa a Balilty. Balilty entornó los ojos como si le cegara una luz repentina.

– Puedes hablar -le dijo Balilty a Tzilla-, puedes decir toda la verdad, aquí no tenemos secretos. ¿No es cierto, amigos? -Clara Benesh le miró con evidente repugnancia. El problema con Balilty, pensó Michael, es que a veces sus artimañas sobrepasaban todos los límites, y a veces, como en ese momento, estaba claro que eran completamente inútiles. Por la cara de Yoram Benesh se sabía a primera vista que no caería en la trampa.

– ¿Ha dicho algo? -preguntó Yoram Benesh.

– Está hablando ahora, acaba de empezar -contestó Tzilla.

– Se pueden ir a donde quieran -les dijo Balilty a la madre y al hijo-, pero no les servirá de nada. La niña ha recobrado la conciencia y ahora hablará y nadie la hará callar.

Capítulo 15

– Bueno, sin comentarios -dijo Ada arrojando lejos las fotocopias del reportaje-, es sencillamente repugnante, una porquería. No quiero… ¿Cómo habrá conseguido todos estos datos? -preguntó con la voz entrecortada-, es un resumen de toda tu biografía, con todos esos asuntos…, todo. ¿Cómo ha podido enterarse de lodo eso? ¿Hablaste con ella?

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