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Por el bien de Elena

Электронная книга - «Por el bien de Elena». Краткое содержание книги:

Una joven estudiante, hija de un profesor universitario, se convierte en el eje de una compleja trama. Las equívocas relaciones que Elena Weaver mantiene con sus amigos y amantes despiertan un abanico de oscuros sentimientos: celos, obsesión, amor, pasión, envidia. Un profesor casado la acosa sexualmente, un joven sordo le profesa devoción, un especialista en Shakespeare la persigue, la primera esposa y la joven amante del profesor Weaver le guardan rencor… La muerte de Elena, asesinada mientras hacía footing una neblinosa mañana, tal vez solo fue la consecuencia inevitable de la extraña atracción que ejercía en hombres y mujeres. Ambientada en Cambridge, esta novela radiografía las inextricables facetas emocionales que solapadamente marcan el destino de las personas.
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El saxo terminó su improvisación y cabeceó en dirección a Randie, que se levantó y empalmó con la última nota de su compañero. El contrabajo volvió a marcar las tres notas, la batería no cesó en su ritmo machacón. Sin embargo, el sonido de la trompeta modificó el aire de la pieza. Se convirtió en una jubilosa, exaltada y pura celebración sonora.

Al igual que el saxo, Miranda tocaba con los ojos cerrados y seguía con el pie derecho el ritmo de la batería. Sin embargo, al contrario que el saxo, cuando completó la improvisación y dio paso al clarinete, sonrió con indisimulado placer a los aplausos que premiaban su «galopada».

El tercer título, Just a Child, volvió a cambiar el tono. Daba protagonismo al clarinete, un pelirrojo obeso cuyo rostro brillaba de sudor, y sus notas melancólicas hablaban de anocheceres lluviosos y clubs nocturnos mal ventilados, humo de cigarrillos y vasos de ginebra. Invitaba a bailar despacio, a besar despacio, a dormir.

Gustó mucho al público, así como la siguiente pieza, titulada Black Nightgown, protagonizada por el saxo y el clarinete. Así terminó la primera parte.

Hubo un clamor unánime de protesta cuando el pianista anunció «una pausa de quince minutos», pero, como brindaba la oportunidad de volver a llenar los vasos, casi todo el mundo desfiló hacia el bar. Lynley no se quedó atrás.

Comprobó que los tiradores de dardos seguían en lo suyo, indiferentes a la actuación que tenía lugar al lado. Al parecer, el joven había recuperado la forma, porque el marcador de la pizarra señalaba que casi había logrado alcanzar a su barbudo contrincante.

– Último lanzamiento -anunció-. De espaldas, diana, y gano. ¿Quién apuesta por mí?

– ¡Vaya fiera! -rió alguien.

– Tira de una vez, Petersen -gritó otro-, y acaba con tus padecimientos.

Petersen chasqueó la lengua con fingida decepción.

– Oh, qué falta de fe intolerable -dijo.

Dio la espalda al tablero, tiró hacia atrás y pareció sorprenderse tanto como los demás cuando el dardo voló como un imán hacia el metal y atravesó el centro del blanco.

La multitud lanzó un rugido de satisfacción. Petersen saltó sobre una mesa.

– ¡Me dirijo a todos los presentes! -gritó-. Atrévanse. Tienten su suerte. Solo estudiantes. Collins se acaba de llevar un chasco, y quiero sangre fresca. -Escudriñó la masa de cuerpos apretados, que el humo de los cigarrillos casi ocultaba-. ¡Usted, doctor Troughton! Le veo agazapado en un rincón. Salga y defienda el honor de los profesores.

Lynley siguió la dirección de su mirada hasta una mesa situada al fondo de la sala, donde otro profesor del College conversaba con dos hombres más jóvenes.

– Olvídese por un momento de la historia -continuó Petersen-. Déjela para las evaluaciones. Vamos, Troughton, anímese.

El hombre levantó la vista. Rechazó la invitación con un ademán. Los congregados le alentaron. No hizo caso.

– Maldita sea, Troughtsie, anímese. Compórtese como un hombre -rió Petersen.

– Al ataque, Trout * -gritó alguien.

Y, de repente, Lynley no oyó otra cosa que el nombre y sus sucesivas variaciones. Troughton, Troughtsie, Trout. La eterna predilección de los estudiantes por dar a sus profesores una especie de apelativo afectuoso. Él también lo había hecho, primero en Eton, y después en Oxford.

Por primera vez, se preguntó si Elena Weaver había hecho lo mismo.

Capítulo 18

– ¿Qué ocurre, Tommy? -preguntó lady Helen, cuando se reunió con él después de que la llamara desde la puerta de la sala.

– El final prematuro del concierto. Al menos para nosotros. Acompáñame.

Le siguió hasta el bar, que empezaba a vaciarse de clientes, atraídos una vez más por la música. El hombre llamado Troughton siguió sentado en su mesa del rincón, pero uno de sus acompañantes se había marchado y el segundo se aprestaba a imitarle, pues se estaba poniendo un anorak verde y una bufanda blanca y negra. Troughton se levantó y protegió su oreja con la mano para oír algo que el joven decía. Tras unos instantes de conversación se puso la chaqueta y se dirigió hacia la puerta del bar.

Mientras se acercaba, Lynley le examinó, preguntándose si podía ser el amante de una chica de veinte años. Aunque el rostro de Troughton era juvenil y recordaba al de un duende travieso, carecía de rasgos distintivos, un hombre corriente que no sobrepasaba el metro setenta y cinco, cuyo cabello de color tostado era rizado y suave, pero empezaba a ralear en la coronilla. Aparentaba casi cincuenta años y, aparte de su pecho y espalda anchos (lo cual delataba su condición de remero), Lynley se vio forzado a admitir que no parecía el tipo de hombre capaz de atraer y seducir a alguien como Elena Weaver.

Lynley le detuvo cuando pasó por su lado.

– ¿Doctor Troughton?

Troughton paró, sorprendido de que un desconocido se dirigiera a él por el nombre.

– ¿Sí?

– Thomas Lynley -dijo, y le presentó a lady Helen. Introdujo la mano en el bolsillo y sacó su tarjeta de identificación-. ¿Podemos hablar en algún sitio?

La petición no pareció sorprender en lo más mínimo a Troughton. Su expresión delató alivio y resignación al mismo tiempo.

– Por aquí -dijo, y salieron a la noche.

Los condujo a sus habitaciones, ubicadas en el edificio que abarcaba la parte norte del jardín del College, a dos patios de distancia de la sala de descanso de los estudiantes. Desde el segundo piso, en la esquina sudoeste, se veía el río Cam por un lado y el jardín por el otro. Sus habitaciones consistían en un pequeño dormitorio y un estudio, el primero amueblado solo con una cama deshecha, y el segundo repleto de muebles antiguos y un inmenso número de libros desordenados. Estos proporcionaban a la pieza el olor a moho que suele asociarse con el papel expuesto durante demasiado tiempo a la humedad.

Troughton quitó un montón de trabajos de una silla y los dejó sobre el escritorio.

– ¿Les apetece un coñac? -preguntó.

Lynley y lady Helen aceptaron. Se acercó a una vitrina situada a un lado de la chimenea y sacó tres copas balón, que alzó a la luz con todo cuidado antes de verter el líquido. No dijo nada hasta sentarse en una de las pesadas butacas.

– Han venido por lo de Elena Weaver, ¿no es verdad? -Hablaba en voz baja, con calma-. Le esperaba desde ayer por la tarde. ¿Les dio mi nombre Justine?

– No. Fue Elena, en cierto modo. Hacía curiosas marcas en su calendario desde el pasado enero -explicó Lynley-. El dibujo de un pececillo.

– Ya. Entiendo.

Troughton dedicó su atención a la copa. Sus ojos se enturbiaron, y la apretó entre sus dedos antes de alzar la cabeza.

– No me llamaba así, por supuesto -dijo, sin necesidad-. Me llamaba Victor.

– Era una manera de anotar sus encuentros, diría yo. Y una forma de ocultar el secreto a su padre, si alguna vez echaba un vistazo a su calendario. Porque usted debe de conocer muy bien a su padre, supongo.

Troughton asintió. Tomó un sorbo de coñac y dejó la copa sobre la mesita que separaba su butaca de la ocupada por lady Helen. Palmeó el bolsillo superior de su chaqueta gris de tweed y sacó una pitillera. Era de peltre, y tenía una hendidura en una esquina. Sobre la tapa llevaba una especie de sello. Después de ofrecerles, encendió un cigarrillo, y la cerilla tembló en sus manos como un faro inestable. Lynley observó que sus manos eran grandes, de aspecto fuerte, con uñas ovaladas. Constituían su mejor característica.

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* En inglés, «trucha». (N. del T.)

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