Sefarad. Una novela de novelas
- Автор: Молина Антонио Муньос
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Sefarad. Una novela de novelas». Краткое содержание книги:
Muchas de esas historias tienen una raíz común: el éxodo. Desde los menos traumáticos: de una ciudad a otra por causa del trabajo, hasta los provocados por los conflictos bélicos o por las persecuciones generadas en ellos. Pero todas están marcadas por el desarraigo que sufren sus protagonistas. Es un sentimiento de extrañeza bien hacia el nuevo lugar que habitan, bien hacia una situación que les convierte en algo distinto que les aparta de la sociedad. En el primer caso están las historias de los emigrantes de poblaciones pequeñas a otras más grandes y que mantienen vivas las tradiciones de sus lugares de origen en sus nuevos ambientes, buscando cualquier pretexto (la fiesta del pueblo, las vacaciones, etc.) para regresar y revivir por unos días el tiempo irrecuperable de la nostalgia. En el segundo caso los acontecimientos están fuera del control del personaje y se presentan con la fuerza arrolladora de lo impensable: una persona sana se convierte en una persona a punto de morir tras una visita al médico, un servidor fiel del régimen soviético se convierte en un traidor de la noche a la mañana, una persona amante de su país se convierte en un enemigo del mismo por el simple hecho de pertenecer a una familia judía, etc. También hay historias de los que, mucho tiempo más tarde, volvieron al lugar de donde escaparon para encontrar que nunca más podrán sentirme cómodos entre los vecinos que, tal vez incluso, les denunciaron, de aquellos que fueron a visitar los campos de concentración en los que murieron la mayoría de sus familiares, de aquellos que, de repente y sin motivo aparente, en un lugar cualquiera se sienten intrusos y fuera de lugar.
Es una novela individual y colectiva a un tiempo, un viaje de destierro que usa el tren como lugar mágico o terrible en el que todo puede pasar: desde el encuentro apasionado de dos desconocidos que marcará el resto de la vida del que, vez tras vez, narra la historia a cada nuevo amigo, hasta el viaje hacia la muerte cierta que les aguarda en el campo de exterminio a los viajeros hacinados en sus vagones. Un tren en el que los viajeros son los perseguidores de un sueño imposible y los perseguidos por una pesadilla abominable.
Primo Levi, Kafka, Milena Jesenska, Heinz y Margaret Neumann, Victor Klemperer, Jean Améry, Nadiezhda Mandelstam, Evgenia Ginzburg, Willi Münzenberg, Walter Benjamin, son algunos de los personajes de carne y hueso que aparecen en esta novela, muchos de ellos víctimas del fascismo hitleriano, del totalitarismo soviético y de la dictadura franquista. Sus historias se mezclan con las de otros menos conocidos y con las inventadas por Muñoz Molina, quien, al final del libro, ofrece una “Nota de lecturas” para aquellos que quieran profundizar en esas vidas desgarradas por los acontecimientos.
Recordarás luego los titulares, la foto del canciller Hitler en un estrado de Nüremberg, gesticulando delante de una panoplia de banderas y águilas, las grandes letras que anunciaban tu destino futuro, que te atribuían una identidad de apestado, todavía ignorada para cualquiera que se cruzase contigo por esa ciudad en la que desde ahora mismo te sabes extranjero, aunque todavía no te obliguen a llevar una estrella amarilla en la solapa, o un brazalete blanco con una estrella azul. Desde ahora irás por la ciudad reconociendo a los tuyos sin que ellos lo sepan y apartando la mirada para que la vergüenza y el remordimiento no te opriman el corazón, fingiendo todavía, mientras te es posible o te está permitido, que perteneces al reino de los otros, los buenos ciudadanos arios que no tienen nada que temer y empezarán muy pronto a negarte el saludo en la escalera o a fingir que no te ven, los limpios de linaje y de sangre, fortalecidos por la convicción de la salud, seguros de que ellos están a salvo, de que no se encontrarán nunca en el número de los posibles enfermos y víctimas.
Eres Jean Améry viendo un paisaje de prados y árboles por la ventanilla del coche en el que lo llevan preso al cuartel de la Gestapo, eres Evgenia Ginzburg escuchando por última vez el ruido peculiar con que se cierra la puerta de su casa, adonde nunca va a volver, eres Margarete Buber-Neumann que ve la esfera iluminada de un reloj en la madrugada de Moscú, unos minutos antes de que la furgoneta en la que la llevan presa entre en la, oscuridad de la prisión, eres Franz Kafka descubriendo con asombro, con extrañeza, casi con alivio, que el líquido caliente que estás vomitando es sangre. Eres quien mira su normalidad perdida desde el otro lado del cristal que te separa de ella, quien entre las rendijas de las tablas de un vagón de deportados mira las últimas casas de la ciudad que creyó suya y a la que nunca volverá.
Narva
Al volver a casa he buscado en las enciclopedias ese nombre que no había oído nunca, pero que ya venía repitiendo en la imaginación durante el viaje en el taxi, y que al principio no había escuchado bien, porque mi amigo no habla muy alto y su voz se me perdía a veces en el estrépito del restaurante donde hemos ido a almorzar. Es noviembre y las tardes ya son mucho más cortas, y el horario de invierno, tan reciente todavía, trae de pronto un anochecer anticipado, un crepúsculo que casi estaba comenzando en las calles más estrechas y oscuras cuando nos hemos despedido, en la puerta del edificio donde él vive, un bloque de pisos modernos que de algún modo no concuerda con su carácter ni su edad, ni con la vida que ha llevado. Quién podría adivinar la vida de este hombre mirándolo un instante al cruzarse con él en la calle o en el portal de ese edificio anónimo, como me habría cruzado yo si no lo conociera: un viejo vigoroso, con una mirada vivísima en los ojos pequeños, pero ya algo encorvado, con el pelo muy blanco, liso, tenue, como lo tenía en su vejez Spencer Tracy, o como el de mi abuelo paterno, que también estuvo en una guerra, pero que desde luego no se marchó voluntario a ella, y tal vez no llegó a saber muy bien por qué lo llevaban, ni entendió la magnitud del cataclismo al que se vio arrastrada su vida, de la cual la mía, si me paro a pensarlo, es en parte un eco lejano.