El Poeta
- Автор: Коннелли Майкл
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El Poeta». Краткое содержание книги:
Lo dijo como una advertencia, Y era la segunda insinuación que me hacía en ese sentido. Pensé en ello unos instantes, preguntándome sino estaría tratando de decirme algo más, también me dije que quizás estaría poniéndose sobre aviso a sí misma.
– ¿Y qué es lo que dijo? ¿Te contó algo de Beltran o de los Amigos del alma?
– Claro que no; de ser así lo habría recordado cuando vi a Beltran en la lista de las víctimas. Gladden no nos dio nombres. Pero nos dio la excusa habitual de los violadores. Dijo que habían abusado sexualmente de él cuando era pequeño. En numerosas ocasiones. Tenía la misma edad que los niños a los que más tarde había acosado en Tampa. Ya ves, es un pez que se muerde la cola. Es un modelo de comportamiento que encontramos con frecuencia. Llegan a obsesionarse precisamente con ese aspecto de sus vidas que es el que se las ha… arruinado. Asentí sin decir nada, pues deseaba que continuase. -La cosa duró tres años -añadió-, desde los nueve hasta los doce. Los episodios eran frecuentes e incluían la penetración oral y anal. No nos dijo quién era el violador, sólo que no era un pariente. Según Gladden, nunca se lo contó a su madre porque temía a aquel hombre. Lo amenazaba. Le imponía cierta autoridad. Bob hizo algunas llamadas para averiguarlo, pero no sacó nada en claro. Gladden no había especificado tanto como para darle
una pista. Tenía entonces veinte y tantos años y la época de las violaciones había sido muchos años antes. Aunque hubiéramos seguido investigando, los delitos ya habían prescrito. Ni siquiera pudimos encontrar a su madre para preguntarle. Se había ido de Tampa después de la detención y toda aquella publicidad. Y hasta ahora, claro, no hemos podido suponer que el violador era Beltran. Asentí con la cabeza.
Había terminado mi cerveza, pero Rachel apenas le daba sorbitos a la suya. No le gustaba. Llamé a la camarera y le pedí una Amstel Light para ella. Le dije que yo me acabaría su block and tan.
– ¿Y cómo terminó todo aquello? Quiero decir los abusos.
– Es la ironía de costumbre. Todo acabó cuando él ya se hizo demasiado mayor para Beltran. Éste lo rechazó y se fue a buscar una nueva víctima. Estamos localizando a todos los chicos a los que patrocinó como amigos del alma y vamos a interrogarlos. Apuesto a que abusó de todos. Él es la semilla del diablo de todo esto, Jack. Asegúrate que lo tienes en cuenta cuando escribas la historia. Beltran tuvo lo que merecía.
– Eso me suena a que simpatizas con Gladden.
Mala cosa lo que había dicho. Vi cómo los ojos se le encendían de ira.
– Maldita sea, lo que simpatizo con él. Lo que he dicho no significa que le perdone nada de lo que ha hecho ni que no vaya a meterle una bala en el cuerpo si se me pone a tiro. Pero él no se ha inventado el monstruo que lleva dentro. Se lo creó otra persona.
– Vale, no intentaba sugerir…
Llegó la camarera con la cerveza de Rachel y me salvó de seguir aventurándome por aquel tortuoso camino. Cogí la block and tan de Rachel del otro lado de la mesa y le di un trago largo, esperando que con ello superásemos mi desliz.
– Entonces, aparte de lo que te contó, ¿cuál es tu opinión sobre Gladden? ¿Te parece que es tan listo como todos le creen?
Me dio la impresión de que recomponía sus ideas antes de contestar.
– William Gladden sabía que su apetito sexual era inaceptable desde los puntos de vista legal, social y cultural. Está claro que eso lo atormentaba. Supongo que estaba en guerra consigo mismo, intentando comprender sus impulsos y sus deseos. Quiso contamos su historia, aunque fuera en tercera persona, y creo que consideraba que al hablamos de sí mismo en cierto modo se estaba ayudando, así como a otros que se encontrasen en el mismo camino. Si te fijas en estos dilemas que se planteaba, verás que ponen de manifiesto a un ser de gran altura intelectual. Quiero decir que la mayoría de las personas a las que entrevisté eran como animales. Como máquinas. Hacían lo que hacían… casi por instinto o como si hubieran sido programados, como si no tuvieran más remedio que hacerlo. Y lo hacían sin pensar demasiado. Gladden era diferente. De modo que sí, pienso que es tan listo como creemos que es, quizá más todavía.
– Suena raro lo que me acabas de decir. Ya sabes, lo de que estaba atormentado. No parece coincidir con el tipo al que estamos persiguiendo ahora. Éste parece ser tan sumamente consciente de lo que hace como lo era Hitler.
– Tienes razón. Pero tenemos muchas pruebas de que este tipo de predadores cambian, evolucionan. Sin ningún tratamiento, se trate o no de terapia a base de fármacos, existen precedentes de que alguien con un historial como el de William Gladden puede convertirse en alguien como el Poeta. La conclusión es que las personas cambian. Después de aquellas entrevistas aún siguió en prisión un año largo, antes de ganar el recurso y salir en libertad. A los pedo filos los tratan con la mayor dureza en la sociedad carcelaria. Por eso tienden a agruparse… lo mismo que en la sociedad libre. De ahí sus relaciones con Gomble y con otros pedófilos en Raiford. Supongo que lo que estoy diciendo es que no me sorprende que el hombre al que entrevisté hace tantos años se haya convertido en el hombre al que hoy llamamos el Poeta. No me resulta extraño.
Me distrajo una sonora explosión de risas y aplausos procedente de la cancha de dardos. Parecía que acababa de ser coronado el campeón de la noche.
– Ya basta de Gladden, por ahora -me dijo Rachel cuando volví a mirada-. Es endiabladamente deprimente.
– Vale.
– ¿Y qué hay de ti?
– A mí también me deprime.
– No, quiero decir lo tuyo. ¿Has hablado ya con tu redactor jefe?, ¿le has dicho que vuelves a estar con nosotros?
– No, aún no. Tengo que llamarle por la mañana para decirle que no espere un seguimiento por mi parte, pero que vuelvo a estar dentro de la investigación.
– ¿Cómo le va a sentar?
– Nada bien. Quiere una continuación sea como sea. El tema ya se ha convertido en una locomotora. Los medios nacionales están sobre él y hay que echarle más leña para que siga tirando del tren. Pero, qué demonios. Tiene otros reporteros. Puede poner a uno de ellos en el tema y a ver qué saca. Que no será mucho. También es posible que Michael Warren se descuelgue con otra exclusiva en el Times de Los Angeles, y eso probablemente me llevará al cuarto de los ratones.
– Eres un cínico.
– Soy realista.
– No te preocupes por Warren. Gor… quienquiera que le haya filtrado lo de antes, no volverá a hacerlo. Sería demasiado arriesgado por Bob.
– Un desliz freudiano, ¿no? Habrá que verlo, de todos modos.
– ¿Cómo has llegado a ser tan cínico, Jack? Pensaba que sólo eran así los polis cansados de mediana edad.
– Es de nacimiento, supongo. -Apuesto a que sí.
En el camino de vuelta parecía que hacía aún más frío. De buena gana le habría pasado el brazo por los hombros, pero sabía que no me dejaría. La calle tenía ojos y ni siquiera lo intenté. Cuando nos acercábamos al hotel me acordé de una historia y se la conté.
– Ya sabes que cuando estás en la universidad siempre hay uno de esos correveidiles que hacen circular rumores sobre a quién le gusta quién y quién está enamorado de quién. ¿Te acuerdas?
– Sí, me acuerdo.
– Bueno, pues había una chica y yo tenía algo… estaba loco por ella. Yo era… No sé cómo, pero se enteró el correveidile, ¿sabes? Y cuando eso ocurría, lo que solías hacer era esperar a ver cómo reaccionaba la persona en cuestión. Fue uno de esos momentos en que yo sabía que ella sabía que la deseaba y ella sabía que yo sabía que lo sabía. ¿Comprendes?