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En La Oscuridad

Электронная книга - «En La Oscuridad». Краткое содержание книги:

Edimburgo está a punto de convertirse, al cabo de casi tres siglos, en anfitriona del primer Parlamento escocés, un hito histórico y político que enciende pasiones. El inspector Rebus ha sido destinado al comité de enlace de seguridad del Parlamento, en Queensberry House, centro mismo del distrito de la comisaría de St. Leonard. De Queensberry House, futura sede del gobierno de la nueva Escocia, perdura la maldición de una leyenda, una maldición que según algunos recaerá sobre los nuevos inquilinos.Los problemas empiezan cuando, en la antigua chimenea donde de acuerdo con la leyenda murió asado un joven, aparece el cadáver de Roddy Grieve,candidato a un escaño en el nuevo Parlamento.
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Watson mostró a Rebus cómo se hacía para conectar el tercer interlocutor. Se oyó la voz de Milligan:

– Diga, inspector Rebus. ¿Me oye?

– Le oigo perfectamente.

– Hola, Gran C -dijo Callan-, yo también te oigo.

– Buenas tardes, Bryce. ¿Qué tiempo hace ahí?

– Vete a saber. Ese gilipollas me tiene retenido en casa -dijo en referencia a Rebus.

– Escuche, señor Callan, le agradecería…

– Tengo entendido -interrumpió Milligan- que quieren grabar esta conversación con mi cliente. ¿Quién más hay presente?

Rebus dio cuenta de la presencia del comisario sin mencionar a nadie más. Milligan y Callan intercambiaron unas frases a propósito de la grabación y finalmente aceptaron. Rebus apretó el botón.

– Ya está -dijo-. Vamos a ver, si…

– Inspector -interrumpió Milligan-, quisiera decir de entrada que mi cliente no tiene obligación alguna de contestar a sus preguntas.

– Le agradecemos su buena disposición -dijo Rebus tratando de mantener un tono normal.

– Sólo lo hace por mor de servicio público, a pesar de que el Reino Unido no es ya su país de residencia.

– Efectivamente, es muy de agradecer.

– ¿Se le acusa de algo?

– De nada en absoluto. Se trata de una simple información.

– ¿Esta grabación no va a ser presentada ante ningún tribunal?

– Yo diría que no -replicó Rebus midiendo cuidadosamente sus palabras.

– ¿Pero no puede asegurarlo?

– Sólo puedo hablar por mí.

Se hizo una pausa.

– ¿Bryce? -preguntó Milligan.

– Que pregunte -contestó Bryce Callan.

– Adelante, inspector -dijo Milligan.

Rebus se tomó un tiempo para serenarse. Miró los documentos de la mesa y recogió de la papelera el cigarrillo apagado para encenderlo otra vez.

– ¿Qué fuma? -preguntó Callan.

– Embassy.

– Aquí el paquete cuesta dos putas libras. Yo no fumo más que puros. Bueno, adelante.

– Parcelas ad, señor Callan.

– ¿Qué quiere saber?

– Tengo entendido que era una empresa de su propiedad.

– Qué va, yo simplemente tenía algunas acciones.

Desde la puerta tres pares de ojos se clavaron en Rebus: «Sabemos que es mentira»; pero él no quería pillar en renuncia tan pronto a Callan.

– Parcelas ad compró terrenos alrededor de Calton Hill amparándose en otra empresa formada por dos socios: Freddy Hastings y Alasdair Grieve. ¿Los conoció?

– ¿De qué fecha me habla?

– De finales de los setenta.

– Hostia divina, pues no hace tiempo de eso.

Rebus repitió los dos nombres.

– Inspector, si no tiene inconveniente en decir a mi cliente de qué se trata… -terció Milligan con tono de curiosidad.

– Naturalmente. Se trata de una suma de dinero.

– ¿Dinero? -preguntó Callan también intrigado.

– Sí, señor, bastante dinero para el que buscamos un destinatario.

Desde la puerta miraban atentos porque Rebus no les había explicado qué estrategia pensaba utilizar.

– Bueno, amigo, pues no busque más -comentó Callan riendo.

– ¿De qué cantidad hablamos? -preguntó el abogado.

– Una cantidad muy superior a la que la que el señor Callan abonará por sus servicios de hoy -respondió Rebus. Se volvió a oír la risa de Callan y Watson le dirigió una mirada de advertencia: no convenía liar innecesariamente a gente como el gran C; pero Rebus estaba absorto fumando-. Cuatrocientas mil libras -añadió.

– Una suma nada despreciable -comentó Milligan.

– Creemos que el señor Callan podría reclamarla -añadió Rebus.

– ¿De qué manera? -preguntó Callan en tono receloso.

– Pertenecía a un tal Freddy Hastings -prosiguió Rebus- por el simple hecho de que la llevaba en una cartera. En aquel entonces el señor Hastings era promotor inmobiliario y trabajó para Parcelas ad adquiriendo terrenos cerca de Calton Hill. Hablo de finales del setenta y ocho y principios del setenta y nueve, antes del referéndum.

– En el que si el resultado hubiese sido el «sí» esos terrenos habrían valido una fortuna -comentó Milligan.

– Posiblemente -dijo Rebus.

– ¿Qué tiene esto que ver con mi cliente?

– En sus últimos años el señor Hastings fue un mendigo.

– ¿Con todo ese dinero?

– Sólo caben dos hipótesis de por qué no lo gastó; que lo guardase por cuenta de alguien o que temiera algo.

– O que estaba chalado -añadió Callan, pero era simple disimulo porque Rebus notó que se lo estaba pensando.

– La cuestión es que Parcelas ad, de la que pensamos que el señor Callan era el socio principal, utilizaba al señor Hastings para las subastas de compras de terrenos.

– ¿Y creen que Hastings robó el dinero?

– Es una hipótesis.

– ¿La suma pertenecería a Parcelas ad?

– Es posible. El señor Hastings no tiene herederos ni ha dejado testamento. Si no la reclama nadie pasará a Hacienda.

– Sería una gran lástima -dijo Milligan-. ¿Qué opina, Bryce?

– Ya se lo he dicho, yo sólo tenía algunas acciones en Parcelas ad.

– ¿Quiere añadir algo más a esa afirmación? ¿Alguna aclaración?

– Bueno, ya que lo dice, quizá no fueran tan pocas.

– ¿Hizo negocios con el señor Hastings? -inquirió Rebus.

– Sí.

– ¿Utilizó su empresa como pantalla para poder comprar terrenos?

– Es posible.

– ¿Por qué?

– ¿Por qué, qué?

– Usted ya tenía una empresa, Parcelas ad. De hecho, tenía docenas de empresas.

– Si usted lo dice…

– ¿Qué necesidad tenía de utilizar a Hastings?

– Adivínelo.

– Mejor que me lo aclare usted.

– ¿Por qué habría de hacerlo, inspector? -interrumpió Milligan.

– Señor Milligan, tenemos que saber con certeza si el señor Callan y Freddy Hastings eran socios comerciales. Necesitamos alguna prueba que sirva para corroborar la lógica de que ese dinero pudo haber sido del señor Callan.

– Bryce, ¿algún comentario? -preguntó Milligan pensativo.

– Bueno, la verdad es que él se quedó con el dinero y se largó.

Rebus hizo una pausa.

– Lo denunció a la policía, claro.

– Sí, hombre…

– ¿Por qué no?

– Por la misma razón que utilizaba a Hastings como intermediario. La pasma intentaba ensuciar mi buen nombre con toda clase de mentiras y acusaciones. Yo, aparte de comprar terrenos, me dedicaba a otros negocios.

– ¿Proyectaba construir en esos terrenos?

– Viviendas, discotecas, bares…

– Por lo que le eran imprescindibles los permisos que el señor Hastings con sus relaciones habría obtenido más fácilmente.

– ¿Ve como lo ha adivinado?

– ¿Cuánto se llevó Hastings?

– Casi medio millón.

– No le haría… mucha gracia.

– Me puse furioso, y de él nunca más se supo.

Rebus miró a la puerta. Aquello explicaba por qué Hastings había cambiado tan radicalmente de identidad. Explicaba lo del dinero, pero no el hecho de no haberlo tocado.

– ¿Y el socio de Hastings?

– También desapareció por aquellas misma fechas, ¿no?

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