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Toda la belleza del mundo

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Jaroslav Seifert
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Ahora la vida continúa su galopar. En la casa de los Goliat hay ahora una verdulería; en sus escaparates reverberan montones de naranjas y limones y las puertas se mantienen cerradas. Cuando paso junto a la prisión de Jicín, siento una punzada en el corazón.

Anicka Vikova, ¡el mundo es horrendo!

No hace mucho recibí de un lector desconocido una carta amistosa. Me escribía que hace poco estuvo en Jicín y, como había leído también mis poemas sobre Jicín y sobre el sastre Trnka, no resistió la tentación y contó las estrellas que hay en el nimbo de la Virgen María que está en la plaza. En el poema escribo:

Sólo la estatua de piedra en medio de la plaza se alzaba y en su frente lucían trece estrellas de hojalata.

«Examiné el nimbo y conté catorce estrellas. ¡Usted se equivocó al contar!»

El autor de la carta, probablemente, la firmaba, pero no encontré sus señas. Si pudiera responderle, le escribiría:

«En absoluto, apreciado señor. Las conté bien. Las contamos incluso dos veces. Si en el nimbo de la estatua mariana de la plaza de Jicín hay catorce estrellas, se ha producido un pequeño milagro, por increíble que parezca.

»La decimocuarta estrella debió de aparecer allí en el instante mismo en que la hermosa cabeza de Anicka Viková cayó sobre la arena del campo de tiro de Kobylise.»

70. El manantial y el poeta

Conozco bastante bien Sobotka y sus aledaños. Está justo al otro lado de Jicín, adonde yo iba con frecuencia. Son unos pasos, unos sepulcros, unos doce kilómetros aproximadamente. Si Sobotka no me gustase, tendría que codiciarla. Primero una fortaleza hermosamente oscura, luego el tilo de Semtín, el exótico Humprecht y, por supuesto, el espejo forestal, hondo y misterioso: el embalse Nebákov. Y también, claro está, unas hermosas vistas a Troska y, por último, el poeta que abrazó y amó toda aquella tierra y acarició su polvoriento suelo.

Todo terruño está ultimado por un poeta. Un poeta descifra sin dificultad los misterios de su belleza mientras la canta.

Yo, entonces, ya conocía Sobotka y me sabía casi de memoria muchos versos de Srámek dedicados a aquella tierra. Había publicado ya mis primeros libros y deseaba conocer al poeta. ¡Me imaginaba con derecho a conseguirlo, y con un derecho irrefutable! Qué derecho sería aquél, ¡era lo de menos! Recuerdo vivamente el momento en que St. K. Neumann abrió un abultado sobre que contenía unos nuevos poemas de Srámek. El autor los enviaba a Cerven. Recuerdo muy bien que eran «Romance», «Codeso» y «El imprudente». Más tarde Srámek los incluyó en la edición ampliada de La esclusa. Cuando Neumann los leyó -hay que decir que toda la redacción de Cerven le cabía en la cartera que llevaba consigo- vi encenderse en sus ojos primero una expresión de satisfacción, luego una sonrisa leve y, al final, una alegría radiante.

– Lee esto -me dijo-. Son los poemas más hermosos que se han escrito durante los últimos años en nuestro país.

Frana Srámek pasaba la mayor parte de su tiempo en Praga, y vivía cerca, al otro lado de la colina. Pero yo quería encontrarlo en su maravilloso mundo, en casa de su madre, en Sobotka.

Pero antes de que me decidiera a escribir a Srámek, Karel Capek telefoneó a Hora para que fuésemos a verlo, pues también Srámek iba a ir. Fuimos allá felices. Hora tampoco le conocía hasta entonces. Pero Srámek no apareció, como ya había ocurrido otras veces. «Es de los tímidos -observó Capek-, pero en otros aspectos es una bellísima persona. Debéis conocerlo sin falta. Tened paciencia.»

Luego le escribió a Srámek una carta diciendo que me gustaría ir a verlo a Sobotka, pues viajaba a Jicín con frecuencia. Me contestó que viniese, que estaría allí todo el mes de julio y que le gustaría.

Salí de Praga para Sobotka casi a mediados del mes. Desde la estación fui directamente a la plaza. Caminaba sin acobardarme. Le llevaba un saludo y un mensaje de Neumann.

Pero en su casa me dijeron que «el señor poeta» se había marchado dos días antes. Su mujer había caído enferma en Praga. No importaba, volvería otra vez.

Ladislav Stehlík, en el libro El checo, instrumento del poeta, cuenta que llamé a la puerta de Srámek a primera hora de la mañana y que el poeta se estaba afeitando. Tenía que esperar un poco, pero yo, según dice, no esperé. No es cierto. Es una pequeña mentira. En todo caso, tuve que perdonársela a Stehlík en seguida, ya que en aquella relación citaba también un veredicto lisonjero de Srámek acerca de mis poemas y de mí. Así que me callo. Pero, claro está, yo habría esperado a Srámek en Sobotka hasta la noche.

La tercera vez que intenté ir a verlo, fue mientras yo veraneaba en Jicín.

¿Va a llover?

¡Qué va! Sólo por la noche ha llovido un poco y huele a lluvia de verano. La tierra está como recién lavada, es toda rosas, toda brillo, toda sonrisas. Fui.

Desde Jicin es un paseo agradable. Se pasa junto a dos embalses, a la izquierda queda el pueblo de Velis, donde Jaroslav Jezek tocaba el órgano, y de pronto se nos aparece Trosky, que nos sigue un rato en nuestro camino.

Hace más de cien años, en 1855, chapoteaba por aquel camino el joven Antal Stasek, en aquel entonces Antonin Zemann, alumno de segundo año del gimnasio de Jicín. Sorm, su compañero, mayor que él, le acompañaba a Sobotka. En alguna parte, por detrás de Jicín, encontraron a un hombre viejo, de pelo gris. Se detuvo a hablar con ellos. Era Josef Kajetán Tyl. Al despedirse, estrechó las dos manos con cordialidad.

La mano que había estrechado Tyl, estrechó también la mía. Me di cuenta de repente, cuando Stasek murió, y me pregunté a mí mismo qué mensaje silente y, quizás, apenas barruntado, transmitían a través de mí las manos de los viejos poetas del siglo pasado a nuestros días y a quién se lo iba a entregar yo, en este país pequeño y no demasiado feliz.

A unos minutos de Sobotka está la aldea Samsina. Las guías turísticas indican que desde aquella aldea se abre una de las vistas más hermosas de Trosky.

¡Sí, es verdad! Conozco muchas vistas a aquellas ruinas, pero la que ofrece Samsina resulta especialmente hermosa de veras.

En realidad, ¿cómo puede una ruina ser tan bonita? Me quedé allí largo rato pensando hechizado en aquel símbolo pétreo de esta tierra, sin el cual es imposible imaginar siquiera estos campos.

Quizás ni se sabe qué aspecto tenía aquella fortaleza, pero lo cierto es que no fue tan llamativa como lo son sus ruinas, con dos columnas de basalto colocadas una al lado de la otra. La imagen de Trosky empieza a despuntar a partir del momento en que las manos saqueadoras de los soldados suecos destruyeron la fortaleza. Después de los suecos llegaron el viento, el agua, el frío y el tiempo, para que la devastación continuase consumando su obra. Estaba a punto de decir «su obra de destrucción»; pero no, aquello no fue precisamente una destrucción. Crearon un monumento pintoresco y fascinante. Hoy vigilamos cada piedra para que no resbale al precipicio entre las dos rocas, y hacemos todo lo posible para conservar las ruinas para el tiempo nuestro y para los tiempos venideros.

Su imagen, el dibujo de Zdenka Braunerova, fue introducida como viñeta en los libros de Paul Claudel. La gente del país la lleva en sus corazones.

Cuántas ruinas trágicas vimos al final de la Segunda Guerra Mundial. Por un lado, era la representación de la barbarie humana y de la destrucción; por otro, era la imagen de la impotencia y de la desesperación. Pero estas ruinas, cuyo nombre resaltamos con una T mayúscula, hace tiempo han recobrado una nueva integridad.

La ruina Trosky que amamos nos sonríe desde lejos.

Pero de nuevo había venido a Sobotka en vano. Aquella vez el poeta no había llegado aún. No importa, algún día le encontraré allí.

No lo conseguí hasta el año 1952, cuando tuve que empujar la cancela del cementerio de Sobotka.

Antes incluso de que fuese a Sobotka, Karel Novy me envió una de las viejas ediciones de Kobra del Mayo de Macha. Al abrir el libro, encontré en él una vieja carta de Srámek dirigida a mí. Seguramente fue Karel Novy quien metió la carta allí. Aunque era sólo un breve saludo, era cordialmente amistosa. Por lo visto, Srámek confió la carta a un recadero, y éste no la llevó a su destino. No recibí la carta. Novy la compró por pocas coronas a un anticuario.

El bajo sepulcro del poeta se encuentra junto al muro, bajo Humprecht, entre los árboles. ¡Ah, no sabéis que el rumor de estos árboles es como el son de las arpas! Sobre la pequeña torre de Humprecht la luna brilla como un cuerno de oro en los labios de las brisas, vientos y huracanes, por eso, sobre el sepulcro del poeta, jamás reina el muerto silencio de los cementerios.

Al salir del cementerio, con la cabeza llena de versos de Srámek, me pregunté adonde dirigirme para que las poesías tardasen más tiempo en desvanecerse de mi mente. Decidí pasar por los lugares que el poeta había amado. Al cabo de un rato resonó sobre mi cabeza el rumor del tilo de Semtín y en seguida me encontré frente al sombrío Kostí. Ya no volví al camino. Bajé a la fortaleza y desde allí caminé por el maravilloso valle, en el que todo es tierno y hermoso como su propio nombre, Plakánek (Plañidero). Me alegraba por adelantado de ver la Roubenka del poeta, un pequeño manantial en la roca. Pero ya desde lejos vi que, aunque desde la muerte del poeta había transcurrido tanto tiempo y tantos días, el manantial seguía teniendo los ojos llenos de lágrimas.

Cuarta parte. EL FIRMAMENTO LLENO DE CUERVOS

INTRODUCCIÓN

Desde mi amplia ventana de Bfevnov, allí mismo donde terminaba mi pequeño huerto, veía yo el verdor de los brotes del campo desde el otoño hasta el verano siguiente. Detrás del campo había unas canteras abandonadas que en verano se llenaban de esbeltos tallos de perejil. Más allá de las canteras, la carretera bajaba a un valle, luego había otro campo y, después, un bosquecillo pedregoso. Cuando en marzo abría la ventana de par en par y acercaba mi silla, podía escuchar las alondras como desde un palco del Teatro Nacional.

Hace tiempo que el espacio que había delante de mi ventana está tapado. Algún tiempo atrás, los brotes se cambiaron en las alambradas que cercan las casas y las villas. Las perdices y los faisanes que antaño entraban en nuestros huertos, ya no se dejan ver ni en invierno, y las liebres que a menudo correteaban entre nuestros pies, han huido más lejos. Sólo los cuervos han permanecido fieles a nosotros y parece que, a cada nuevo año, su número aumenta. Llegan siempre a finales de octubre, cuando ya es casi seguro que no hará un solo día bueno. Se reúnen en bandadas, llenan el aire con sus gritos ominosos y les gusta posarse sobre las débiles ramas de los abedules, que bajo su peso se inclinan hondamente.

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