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Al final del invierno [At Winter's End - es]

Электронная книга - «Al final del invierno [At Winter's End - es]». Краткое содержание книги:

Tras miles de años, el Largo Invierno producido en la Tierra por el bombardeo de cometas que causaron las estrellas de la muerte llegó a su fin. Los que salieron del capullo para enfrentarse a los peligros del mundo exterior en busca de la Nueva Primavera se llamaban a si mismos humanos... Su destino era la creación de un nuevo mundo.
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La única pérdida que Hresh lamentó profundamente fue la de su madre. Sintió pena por Torlyri, que había perdido a su pareja; pero Lakkamai había significado poco para él, al igual que Salaman, O Bruikkos, o cualquiera de los que habían partido con Harruel. Eran sólo miembros de la tribu, rostros familiares. Nunca se había sentido tan cerca de ellos como de Torlyri Taniane, Orbin o incluso Haniman. Ninguno de éstos había partido. En este caso, Hresh habría sufrido un gran dolor. Pero Minbain había formado parte de él, y él parte de Minbain, y ahora todo eso se había perdido. Hresh había visto los oscuros nubarrones que se habían formado desde que Harruel había tomado a Minbain como compañera. Él cambiaba todo lo que tocaba, y con el tiempo acababa absorbiéndolo.

¡Qué extraña le resultaba la ausencia de Harruel! Había ocupado un importante lugar dentro de la tribu — era una presencia sombría, hosca, y últimamente amenazadora — y ahora, de pronto, ese sitio estaba vacío.

Era como si la gran montaña verde que se elevaba por encima de la ciudad hubiese desaparecido de pronto.

Uno podía detestar la montaña, considerarla de mal agüero y sobrecogedora, pero al final se acostumbraba a verla allí, y si desaparecía sentiría el perturbador vacío que se alzaba en su lugar.

Era perturbador comprobar cómo en sólo una hora la tribu se había visto tan patéticamente reducida en número. Pero más inquietante aún era saber que una horda de extranjeros se instalaba a vivir en las cercanías.

Unas horas después de la partida de Harruel, toda la tribu beng entró en la ciudad, a lomos de sus grandes monturas rojas, a las que llamaban bermellones. Los Hombres de Casco eran más numerosos de lo que había supuesto el Pueblo: más de cien, entre los cuales unos treinta daban la impresión de ser guerreros. Tenían ochenta o noventa bermellones, algunos para montar y otros para cargar bultos. Y en la caravana venían también otros animales de corral, más pequeños y de color verde azulado, con curiosas patas de voluminosas articulaciones. La procesión de bengs tardó todo un día en cruzar el portal.

Koshmar les ofreció el distrito Dawinno Galihine para que se instalaran. Era una parte atractiva de la ciudad, bien conservada, con fuentes, plazas y edificios con techos de tejas, a considerable distancia del asentamiento del Pueblo. Hresh se entristeció por tener que concederles aquel distrito, puesto que todavía no lo había explorado a fondo. Pero Koshmar escogió Dawinno Galihine para los bengs porque se trataba de un sector aislado, que se comunicaba con el resto de la ciudad sólo a través de una angosta avenida estrechamente festoneada por ambos lados con edificios frágiles y a punto de desplomarse. Creía que si surgían hostilidades entre ambas tribus, el Pueblo podría sitiar a los bengs derribando los edificios y obstruyendo el camino con escombros.

Fue Haniman quien comunicó la noticia a Hresh. El joven meneó la cabeza.

— Está muy equivocada si cree que será capaz de resolver así un conflicto. Los bengs tienen el triple de guerreros que nosotros. Y también esas bestias monstruosas y domesticadas. No hay forma de sitiarlos dentro de Dawinno Galihine.

— Pero si derribamos los viejos edificios, ¿cómo podrán salir?

— Se valdrán de los bermellones para limpiar los escombros. ¿Crees que les resultará difícil? Y luego vendrán derechos hasta nuestro asentamiento, y pisotearán todo lo que se interponga en su camino.

Haniman realizó un rosario de señales sagradas en el aire.

— Yissou nos proteja. ¿Crees que se atreverían a tanto?

Hresh se encogió de hombros.

— Ellos son muchos, y nosotros pocos. Acabamos de perder a nuestros mejores guerreros. Si yo fuese Koshmar, me mostraría muy amistosa en mi trato con los bengs y procuraría no molestarlos.

Pero, en realidad, los bengs no parecían interesados en empezar una guerra. Como habían prometido, invitaron al Pueblo a un banquete la primera noche, y lo obsequiaron generosamente con carne, frutas y vino. La carne la obtenían de unos animales que Hresh nunca había visto antes: unas criaturas rollizas, de patas cortas, con narices negras y chatas, y unos espesos pellejos lanosos de color verde con franjas rojas. Los frutos que los bengs habían traído también eran extraños: de un amarillo brillante, con tres lóbulos turgentes que parecían pechos, y un sabor dulce e intenso.

Después de ese primer convite hubo muchos otros, y parecían dispuestos a mostrar cierta buena disposición, aunque en este intercambio amistoso no había mucha calidez. A menudo visitaban el asentamiento del Pueblo unos cuatro o cinco bengs encasquetados, y paseaban, miraban, señalaban, tratando de entablar conversación. Pero los comentarios que hacían en ese idioma de ladridos no parecían tener sentido para nadie. Ni siquiera para Hresh.

A veces Hresh devolvía la visita acompañado de algunos otros. Los bengs se habían instalado en Dawinno Galihine como si les hubiera parecido el lugar perfecto para sus necesidades, y habían comenzado a despejar escombros y a restaurar edificios deteriorados con una s energía y rapidez sorprendentes. Siempre se les veía trabajando febrilmente en su sector, cavando, martilleando, reparando. Los recién llegados, según Hresh, eran mucho más laboriosos y enérgicos que sus propios compañeros, si bien reconocía que él sentía cierto prejuicio en favor de todo lo exótico y desconocido. Un edificio en particular parecía ser el centro de sus esfuerzos: era una torre estrecha de piedra negra que brillaba como si estuviese húmeda, y cuyo muro externo estaba ornamentado con hileras de galerías abiertas en anillo. Hresh se sintió alarmado al ver que los bengs hormigueaban por esta torre ahuesada, puesto que nunca había tenido ocasión de explorarla. Cada vez que Hresh se acercaba, los bengs le miraban recelosos, y un día un capitán de rostro anguloso e imponente casco de bronce le habló con gestos bruscos y cortantes que no le parecieron precisamente una invitación a entrar.

Como siempre, Hresh estaba ávido por conocer cuanto este pueblo pudiera enseñarle. Quería saber su historia, y todo lo que el mundo les había ofrecido a lo largo de su travesía hasta Vengiboneeza. Se preguntaba si habrían averiguado más datos sobre el Gran Mundo, más que él mismo. Estaba ansioso de que hablaran de su dios, Nakhaba, y por saber en qué difería de las divinidades de su propia tribu. Y en su mente bullían cincuenta preguntas más. Quería saberlo todo. ¡Todo!

Pero ¿por dónde comenzar? ¿Cómo?

Ya que no lograba comprender el lenguaje de los bengs, Hresh probó con la mímica. Llevó aparte a un Hombre de Casco, de rostro cuadrado y cuerpo robusto, que parecía mirarlo con ojos abiertos y aire tranquilo. Con paciencia trató de preguntarle con gestos dónde habían vivido anteriormente. El beng respondió con una risa perruna e hizo girar sus ojos escarlatas. Pero al cabo de un rato pareció comprender la compleja pantomima de Hresh y produjo signos propios. Empezó a mover los brazos expresivamente y sus ojos brillantes iban de un lado a otro. Hresh tuvo la impresión de que sus señales significaban que procedían del sur y del oeste, cerca del borde de un gran océano. Pero no estaba seguro.

La barrera del lenguaje representaba un serio problema. Mediante el uso encubierto de su segunda vista, Hresh pudo sentir el ritmo y el peso del habla beng, y casi le pareció estar comprendiendo los significados. Pero creer que comprendía los significados no era lo mismo que entender de verdad. Y cada vez que quería traducir una frase beng a su propio idioma, vacilaba y trastabillaba.

Koshmar ordenó a Hresh que se consagrara al aprendizaje del idioma beng.

— Penetra en los secretos de su lenguaje — le ordenó — y hazlo rápido. Si no, continuaremos indefensos ante ellos.

Y Hresh se entregó a la labor con celo y confianza. Si alguien como Sachkor pudo aprender su lengua, se dijo, entonces él no tendría dificultad.

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