Los detectives salvajes
- Автор: Боланьо Роберто
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Los detectives salvajes». Краткое содержание книги:
La obra se divide en tres partes. La primera y la última comprenden la búsqueda de Tinajero por parte de Belano, Lima y un joven seguidor, Juan García Madero. En la segunda, un narrador innombrado sigue las pistas de los dos poetas a lo largo de 20 años y recorre el mundo, partiendo del DF, y pisando entre otros lugares, Managua, París, Barcelona, Tel Aviv, Austria y África.
Antes de partir, Lima y Belano forman un grupo, un movimiento de poesía, llamado los real visceralistas, un homenaje al estilo de Tinajero, que se desintegra poco después de su partida. El libro se estructura como una serie de testimonios tomados por un autor desconocido, de los miembros, sus allegados y las personas con las que Lima y Belano tuvieron contacto en sus viajes. Los testimonios, narrados en primera persona, no siguen nigún orden aparente, lo que ha servido a algunos críticos para comparar Los detectives salvajes con Rayuela de Cortazar.
Belano es considerado por algunos críticos como el alter ego de Roberto Bolaño.
Una semana más tarde nos llegó una postal desde Hebrón. Y luego otra desde las orillas del Mar Muerto. Y luego una tercera desde Elat en donde nos decía que había conseguido un trabajo de camarero en un hotel. Después, y durante mucho tiempo, no supimos nada más. En mi fuero interno yo sabía que la chamba de camarero no le iba a durar demasiado y también sabía que hacer turismo en Israel, de forma indefinida y sin un dólar en el bolsillo, podía resultar a veces peligroso, pero no se lo decía a los demás, aunque supongo que Daniel y Claudia también lo sabían. A veces, durante las cenas, hablábamos de él. ¿Qué tal le irá en Elat?, decía Claudia. ¡Qué suerte estar en Elat!, decía Daniel. Podríamos ir a visitarlo el próximo fin de semana, decía yo. Acto seguido tácitamente cambiábamos de tema. Por entonces yo estaba leyendo el Tractatus lógico-philosophicus, de Wittgenstein, y todo lo que veía o hacía sólo servía para hacerme patente mi vulnerabilidad. Recuerdo que me enfermé y pasé unos días en cama y que Claudia, siempre tan perspicaz, me quitó el Tractatus y lo escondió en la habitación de Daniel y en su lugar me dio una de las novelas que ella solía leer, La rosa ilimitada, de un francés llamado J. M. G. Arcimboldi.
Una noche, mientras cenábamos, me puse a pensar en Ulises y casi sin darme cuenta derramé unas lágrimas. ¿Qué te pasa?, dijo Claudia. Contesté que si Ulises se enfermaba no iba a tener a nadie que lo cuidara, como ella y Daniel me estaban cuidando a mí. Después les di las gracias y me derrumbé. Ulises es fuerte como un… jabalí, dijo Claudia y Daniel se rió. La observación de Claudia, su símil, me hicieron daño y le pregunté si estaba insensibilizada contra todo. Claudia no me respondió y se puso a prepararme un té con miel. ¡Hemos condenado a Ulises al Desierto!, exclamé. Oí, mientras Daniel me decía que no exagerara, la cuchara, que los dedos de Claudia sostenían, golpeando y removiéndose en el interior del vaso, desplazando el líquido y la capa de miel y entonces ya no pude más y le rogué, le supliqué que me mirara cuando le hablaba, porque estaba hablando con ella y no con Daniel, porque quería que fuera ella la que me diera una explicación o un consuelo y no Daniel. Y entonces Claudia se volvió, puso el té delante de mí, se sentó en su sitio de siempre y dijo qué quieres que te diga, me parece que estás desvariando, tanta filosofía te está afectando el entendimiento. Y entonces Daniel dijo algo así como huy, sí, mano, en los últimos quince días te has zampado al Wittgenstein, al Bergson, al Keyserling (que francamente no sé cómo lo soportas), al Pico de la Mirándola, al Louis Claude ese (se refería a Louis Claude de Saint-Martin, autor de El hombre de voluntad), al loco racista de Otto Weininger y no quiero saber a cuántos más. Y mi novela ni la has tocado, remató Claudia. En ese momento cometí un error y le pregunté cómo podía ser tan insensible. Cuando Claudia me miró comprendí que la había cagado, pero ya era demasiado tarde. Toda la habitación tembló cuando Claudia se puso a hablar. Dijo que nunca más le volviera a decir eso. Dijo que la próxima vez que lo dijera nuestra relación habría terminado. Dijo que no era una muestra de insensibilidad el no preocuparse en exceso por las aventuras de Ulises Lima. Dijo que su hermano mayor había muerto en Argentina, posiblemente torturado por la policía o por el ejército y que eso sí era serio. Dijo que su hermano mayor había luchado en las filas del ERP y que había creído en la Revolución Americana y eso era muy serio. Dijo que si ella o su familia hubieran estado en la Argentina para cuando se desató la represión posiblemente ahora estarían muertos. Dijo todo eso y luego se puso a llorar. Ya somos dos, dije yo. No nos abrazamos, como hubiera querido, pero nos estrechamos la mano por debajo de la mesa y luego Daniel sugirió que saliéramos a dar una vuelta, pero Claudia le dijo que yo todavía estaba enfermo, tonto, que mejor nos tomáramos otro té y luego todos a la cama.
Un mes después apareció Ulises Lima. Lo acompañaba un tipo gigantesco, de casi dos metros, vestido con toda clase de harapos, un austríaco al que había conocido en Beersheba. Los alojamos a los dos, en la sala, durante tres días. El austríaco dormía en el suelo y Ulises en el sofá. El tipo se llamaba Heimito, nunca supimos su apellido y apenas decía una palabra. Con Ulises hablaban en inglés, pero sólo lo justo, nosotros nunca habíamos conocido a nadie que se llamara así, aunque Claudia dijo que había un escritor, austríaco también, pero no estaba segura, llamado Heimito von Doderer. A primera vista el Heimito de Ulises parecía subnormal o fronterizo. Pero lo cierto es que se llevaban bastante bien entre ellos.
Cuando se marcharon los fuimos a despedir al aeropuerto. Ulises, que hasta entonces parecía sereno, dueño de sí mismo, indiferente, se entristeció de pronto, aunque la palabra entristecer no es la correcta. Digamos que de pronto se puso sombrío. La noche anterior a su partida estuve hablando con él y le dije que me alegraba de haberlo conocido. Yo también, dijo Ulises. El día de su partida, cuando Ulises y Heimito ya habían entrado en el control de pasajeros y no podían vernos, Claudia se puso a llorar y por un instante pensé que ella, a su manera, claro, lo quería a él, pero no tardé en desechar esa idea.
11
Amadeo Salvatierra, calle República de Venezuela, cerca del Palacio de la Inquisición, México DF, enero de 1976.
A partir de entonces y durante un tiempo no volvimos a ver a Cesárea Tinajero en ninguna de nuestras reuniones. Suena raro, nos sonaba raro admitirlo, pero la echábamos de menos. Cada vez que Maples Arce visitaba al general Diego Carvajal aprovechaba para decirle a Cesárea que cuándo pensaba que se le iba a bajar el berrinche. Pero Cesárea como si oyera llover. Una vez acompañé a Manuel y estuve hablando con ella. Hablamos de política y de bailes, a los que Cesárea era muy aficionada, pero no de literatura. En aquellos años, muchachos, les dije, en el DF había muchas salas de baile, por todas partes, en el centro las más encopetadas, pero también en los barrios, en Tacubaya, ¡en la colonia Observatorio!, ¡en la colonia Coyoacán!, ¡en Tlalpan por el sur y por el norte en la colonia Lindavista! Y Cesárea era una aficionada de esas que son capaces de recorrer la ciudad de punta a punta con tal de asistir a un baile, aunque por lo que recuerdo mayormente los que le gustaban más eran los del centro. Iba sola. Digo: antes de conocer a Encarnación Guzmán. Algo que hoy no está mal visto pero que en aquellos años se prestaba a variadas y diversas confusiones. En cierta ocasión, por motivos que no recuerdo, tal vez ella me lo pidiera, la acompañé. El baile era en una carpa levantada en un terreno baldío por el rumbo de la Lagunilla. Antes de entrar le dije: yo soy tu acompañante, Cesárea, pero no me obligues a bailar, que ni sé hacerlo ni tengo interés por aprender. Cesárea se rió y no me dijo nada. Qué sensación, muchachos, qué cúmulo de emociones. Recuerdo las mesas, pequeñitas, redondas, hechas de un metal livianito, como de aluminio aunque era imposible que fuera aluminio. La pista era un cuadrado irregular levantado sobre tablones. La orquesta, un quinteto o un sexteto que igual atacaba una ranchera, que una polca o un danzón. Pedí dos sodas y cuando volví a nuestra mesa ya no estaba Cesárea. ¿Dónde te has metido?, pensé. Y entonces la vi. ¿Dónde creen ustedes que estaba? Sí, en la pista, bailando sola, algo que hoy por hoy seguro que es normal, nada del otro mundo, la civilización progresa, pero que entonces era poco menos que una provocación. Así que allí me vi a mí mismo, con un dilema grueso de verdad, muchachos, les dije. Y ellos dijeron: ¿y qué hiciste, Amadeo? Y yo les dije, ay, muchachos, lo que hubieran hecho ustedes de estar en mi lugar, pues, salir a la pista y ponerse a bailar. ¿Y aprendiste a bailar enseguida, Amadeo?, dijeron ellos. Pues la mera verdad es que sí, fue como si la música me hubiera estado esperando de toda la vida, veintiséis años de espera, como Penélope a Ulises, ¿no?, y de pronto todas las barreras y todas las reservas fueron cosa del pasado y yo me movía y sonreía y miraba a Cesárea, tan bonita, qué bien bailaba esa mujer, se notaba que tenía costumbre de hacerlo, si uno cerraba los ojos allí en la pista podía imaginarla bailando en su casa, a la salida del trabajo, mientras se preparaba su cafecito de olla o mientras leía, pero yo no cerré los ojos, muchachos, yo miraba a Cesárea con los ojos bien abiertos y le sonreía y ella también me miraba a mí y me sonreía, los dos felices de la vida, tan felices que por un momento se me pasó por la cabeza la idea de darle un beso, pero a la hora de la verdad no me atreví, total, ya estábamos bien tal como estábamos y yo no soy el clásico pendejo avorazado. Todo es empezar, dice el refrán y así fue para mí la relación con el baile, muchachos, todo fue empezar y ya no supe ponerle fin, hubo una época, pero esto ocurrió muchos años después, después de que Cesárea desapareciera y de que el fervor juvenil se aplacara, en que el único objetivo de mi vida se cifró en mis visitas quincenales a las salas de baile del DF. Hablo de cuando yo tenía treinta años, muchachos, de cuando yo tenía cuarenta y también de cuando tenía bien cumplidos los cincuenta. Al principio iba con mi mujer. Ella no entendía que a mí me gustara tanto el baile, pero me acompañaba. Nos lo pasábamos bien. Después, cuando ella murió, iba solo. Y también me lo pasaba bien, aunque el gusto o el regusto de los locales y de la música era diferente. Por supuesto, no iba allí a beber ni a buscar compañía, como pensaban mis hijos, el licenciado Francisco Salvatierra y el profesor Carlos Manuel Salvatierra, dos buenos muchachos a los que quiero con toda mi alma aunque los veo poco, ellos ya tienen sus propias familias y demasiados problemas, supongo, en fin, yo ya hice por