Un Puente Sobre El Drina
- Автор: Андрич Иво
- Язык: испанский
- Жанр: Классическая проза
Электронная книга - «Un Puente Sobre El Drina». Краткое содержание книги:
Drina es el nombre de un río que desde antiguo ha hecho de frontera natural entre Bosnia y Serbia. En el siglo XVI, cuando la región circundante conformaba una provincia adscrita al imperio turco, el visir que la gobernaba decidió construir un puente sobre dicho río, a la altura de la ciudad de Vichegrado. La presente novela cubre los cuatro siglos que van desde la construcción del puente hasta el período inicial de la Primera Guerra Mundial.
Se trata de una obra de ficción con basamento en hechos históricos. Su registro es episódico, alternando la anécdota y el drama. Andric es un estupendo fabulador, de modo que en ‘Un puente…’ ni lo dramático degenera en patetismo ni lo anecdótico en banalidad. Nunca sus materiales, aquellos de los que se vale el autor, llegan a degradar el alto nivel del todo. Mi impresión es que Andric advierte en cada situación un indicio de sentido -de la vida, del mundo, del ser del hombre-, sin que esto signifique que la novela abunde en filosofías (como no abunda en simbolismos). Acaso hiciera una muy certera selección de lo que, a su juicio, merece ser contado en unas crónicas (mayormente ficticias, cómo éstas de la ciudad de Vichegrado). El caso es que ninguno de los episodios que componen la novela adolece de gratuidad, y todos ellos sortean con éxito los riesgos de la sordidez y el melodrama.
Cada personaje y cada sucedido, cual sea el volumen que ocupen en el conjunto, son útiles al propósito de plasmar la dignidad de lo humano, así como la futilidad de toda soberbia (ideas ambas, directrices en el plan de la obra). Por momentos parece que el relato discurriese por la senda ejemplarizante de cierta literatura, mas enaltecido por la ausencia de moralinas y de sentencias edificantes. He ahí, por ejemplo, el personaje de lamentable estampa cuyo destino es el de ser bufón del pueblo: incluso él en su miseria puede disfrutar un asomo de gloria, cuando le celebran la pequeña aunque temeraria proeza de bailar sobre el parapeto del puente. O aquel dignatario musulmán, presunto erudito y cronista de la ciudad, en realidad un fatuo ignorante: los hechos más notorios -tal como la conquista austro-húngara de la provincia- empalidecen ante su convencimiento de que nada sería más importante que su propia persona; así pues, sus pretendidas crónicas no pasan de unas cuantas páginas de cuadernillo.
Si el puente aparece como escenario privilegiado de la novela, su kapia (una terraza provista de graderíos a mitad de la construcción) es a la vez hito y epítome de la historia de Vichegrado -tanto la Gran Historia como la pequeña, la del hombre común-. En la kapia se reúnen a diario ociosos y opinantes de lo divino y de lo humano. Allí se comentan noticias y se cierran negocios, y refuerzan los vichegradenses sus vínculos sociales. Desde la kapia se arroja al río la bella a la que han desposado contra su voluntad. Ahí se le ha aparecido a un jugador compulsivo el Gran Engatusador, que lo ha curado de su mal pero también le ha robado su vitalidad. Sobre sus piedras consuman los juerguistas grandes borracheras, y las nuevas generaciones de estudiantes filosofan sobre el mundo y rivalizan en amores. Es en una losa de la kapia donde se emplazan bandos y proclamas oficiales (del gobierno turco primero, luego del poder habsburgo). En esta terraza se instalan las guardias que controlan el paso de viajeros y transeúntes. En postes erigidos de propósito exhibe el ejército turco cabezas de rebeldes serbios -también de inocentes que han tenido el infortunio de hacerse sospechosos al arbitrio otomano-. En la terraza discuten los musulmanes, ya en el siglo XIX, las medidas a seguir para enfrentar el avance de las tropas cristianas. Y es en ella que un comité representativo de las tres religiones de la ciudad (musulmana, ortodoxa y judía) recibe al victorioso ejército austro-húngaro -y sufre el desdén de su altivo comandante-.
El puente es también testigo y víctima del cambio de los tiempos. Nacido como fundación pía por voluntad de un gobernante islámico, conforme transcurren los siglos su significado religioso pierde relevancia, para terminar cediendo frente al utilitarismo y pragmatismo de los días de la modernidad (llegada con el dominio habsburgo). Estupefactos, los musulmanes de Vichegrado observan lo que ellos consideran característica inquietud y laboriosidad de los occidentales, manifiesta en los ingentes trabajos de reparación del puente. Pero también constatan -desde el prisma de los más ancianos y testarudos de entre aquellos- la malicia e impiedad del eterno enemigo, al enterarse de que los austríacos han instalado una carga explosiva en la emblemática edificación.
Entrado el siglo XX, el país será un enorme campo de batalla en que se batirán los ejércitos de imperios decadentes y de incipientes estados. Si durante las Guerras Balcánicas de 1912 y 1913 en Vichegrado sólo resuenan ecos distantes de la guerra, el conflicto desatado por el atentado de Sarajevo (el asesinato del archiduque Francisco Fernando) acaba por ensañarse con la ciudad.
“[…] Y el puente -comenta en medio de la novela el narrador- continuaba irguiéndose, como siempre, con su eterna juventud, la juventud de una concepción perfecta y de las grandes y estimables obras del hombre, que ignoran lo que sea envejecer y cambiar y que no comparten -al menos, ésa es la impresión que dan- el destino de las cosas efímeras de este bajo mundo”.
Lo lamentable es que los azares de la historia confirmen a veces -tal vez con demasiada frecuencia- la precariedad de impresiones como aquella. No obstante, habría que congratularse de que la misma veleidosa historia inspire obras de excelencia, como ésta que he comentado. Si hay gentes de talento en quienes aproveche la inspiración, mejor que mejor.
– Pero hoy no pertenecemos a la clase dirigente. Hoy somos iguales -replicó nuevamente Bakhtiarevitch con una ligera ironía que encerraba amargura y orgullo.
– No pertenecéis a la clase dirigente; desde luego que no pertenecéis. Las circunstancias que, en otro tiempo, hicieron de vosotros lo que ahora sois, hace mucho que cambiaron; pero esto no significa que vosotros podáis cambiar también con la misma rapidez. No es la primera ni la última vez que una clase social pierde su base, sin que por ello deje de ser la misma. Las condiciones de su vida varían, pero una clase de hombres permanece igual, ya que sólo continuando sin mutación puede seguir viviendo; y sin mutación morirá.
La conversación de los dos jóvenes se interrumpió un instante, como extinguida a causa del silencio de Bakhtiarevitch.
Sobre el sereno cielo de junio, por encima de las montañas que se perfilaban al fondo del horizonte, apareció una luna recortada, huérfana. La estela blanca con la inscripción turca que figuraba sobre el muro brilló de pronto, como una ventana débilmente iluminada, en medio de la oscuridad azul.
Bakhtiarevitch acababa de decir algo, pero en voz tan baja que sólo unas palabras aisladas, sin relación, incomprensibles, llegaron a los oídos de Stikovitch y Glasintchanine. Como suele suceder en las conversaciones entre los muchachos, en las cuales las asociaciones de ideas son rápidas y fugaces, ahora los ocupaba un nuevo tema. Pasaron del estudio de las letras orientales, a la inscripción que rezaba sobre la estela, y hablaban del puente y de quien lo construyó.
La voz de Galus era mucho más fuerte y expresiva. Al mismo tiempo que se mostraba de acuerdo con las alabanzas que Bakhtiarevitch prodigaba a Mehmed-Pachá Sokolovitch y a la administración turca de su tiempo, que hizo posible la creación de tales monumentos, desarropaba con animación sus ideas nacionalistas sobre el pasado y el porvenir del pueblo servio; sobre su cultura y su civilización. (Hay que tener en cuenta que, en las conversaciones de estudiantes, cada uno da libre curso a sus propios pensamientos.)
– Tienes razón -dijo Galus -, debió de ser un hombre genial. No es el primero ni el último de nuestra sangre que se ha distinguido al servicio de un Imperio extranjero. Hemos dado centenares de hombres de su talla, hombres de Estado, guerreros, artistas, y todos ellos han mostrado su valía en Zarigrado, en Roma y en Viena. El sentido de la unificación de nuestros pueblos en un Estado Nacional, grande, poderoso y moderno, consiste precisamente en eso: en que de ahora en adelante nuestras fuerzas quedarán dentro de nuestro país, se desarrollarán en él y contribuirán a la cultura universal bajo nuestro propio nombre y no surgiendo de centros extranjeros.
– Y, ¿crees que esos "centros" han sido constituidos por obra del azar y que podrán crearse otros nuevos, a voluntad, cuando se quiera y donde se quiera?
– Por azar o no, no es el planteamiento de la cuestión de nuestros días. Poco importa cómo empezaron; lo que importa es que, hoy, están desapareciendo, se marchitan, degeneran; lo que importa es dejar lugar a otros nuevos centros a través de los cuales podrán expresarse directamente los pueblos jóvenes, libres, que aparecen en el escenario de la historia.
– Y, ¿te imaginas que si Mehmed-Pachá hubiese continuado siendo un pobre campesino de Sokolovitch, habría llegado adonde llegó y habría, entre otras cosas, elevado este puente en el que ahora mismo estamos hablando?
– En aquella época, desde luego que no. Pero, a fin de cuentas, entonces no era difícil que en Zarigrado se trazasen planes para la construcción de grandes edificios. El gobierno turco se apoderaba, no sólo de nuestros bienes y del fruto de nuestro trabajo, sino también de lo mejor de nuestras fuerzas y de nuestra sangre más pura. Y no éramos las únicas víctimas. Estaban también los demás pueblos avasallados. Si se piensa en el valor y en la importancia de lo que se nos quitó en el curso de los siglos, todas esas construcciones no son más que bagatelas. Pero cuando, de una vez para siempre, hayamos ganado para nuestro pueblo la libertad nacional y la independencia política, nuestro dinero y nuestra sangre serán nuestros bienes y nadie nos los arrebatará. Todo servirá única y exclusivamente para la erección de una cultura nacional que llevará nuestro sello y nuestro nombre y que tendrá como mira la felicidad y el bienestar del más amplio sector de nuestro pueblo.
Bakhtiarevitch guardaba silencio, y aquel silencio, como la más viva y elocuente resistencia, provocaba a Galus y lo impulsaba a elevar la voz y a tomar un tono más agudo. Con la vivacidad que lo caracterizaba y con el vocabulario que estaba en uso dentro de la literatura nacionalista, enumeraba los planes y las tareas de la juventud revolucionaria. "Todas las fuerzas vivas de la raza, al despertarse, serán puestas en movimiento. Ante su ataque, la monarquía austro-húngara, esta prisión de los pueblos, se vendrá abajo como se ha venido abajo el dominio de Turquía en Europa. Todas las fuerzas antinacionales y reaccionarias que, hoy, estorban, dividen y adormecen nuestro ímpetu nacional, serán vencidas y reducidas. Todo esto podrá llevarse a cabo porque el espíritu del tiempo en que vivimos es nuestro mejor aliado, porque los esfuerzos de otros pueblos pequeños y dominados se dirigen en el mismo sentido que los nuestros. El nacionalismo contemporáneo triunfará de las diferencias de credo y de los prejuicios pasados de moda, librará al pueblo de las influencias y de la explotación extranjera. Entonces nacerá un Estado nacional."
A continuación, Galus se puso a describir las ventajas y las bellezas del nuevo Estado nacional que reuniría en torno a Servia, constituido en una especie de Piamonte, a todos los Esclavos del Sur. La base del movimiento sería el derecho a las nacionalidades, la tolerancia religiosa y la igualdad de los ciudadanos. En su discurso, algunas expresiones audaces de sentido indefinido se mezclaban con ciertas palabras que indicaban exactamente las necesidades de la vida contemporánea: los más profundos deseos de una raza, deseos que muchos consideraban que no pasarían de ahí, y las exigencias justificadas y realizables de la vida cotidiana; las grandes verdades que maduran a través de las generaciones, pero que, únicamente, la juventud puede percibir con anticipación, atreviéndose a expresarlas; y, por último, las ilusiones eternas que jamás se extinguen, pero que nunca llegan a realizarse, ya que una generación de jóvenes las transmite a otra, como la antorcha mitológica. En las palabras del muchacho había, desde luego, muchas afirmaciones que no habrían podido sostenerse ante la crítica, y muchas hipótesis que, quizá, no habrían podido resistir la prueba de una experiencia; pero había en ellas un aliento fresco, una savia preciosa, gracias a las cuales se conserva y rejuvenece el árbol de la humanidad.
Bakhtiarevitch continuaba callado.
– Ya verás, Fekhim -insistía Galus, entusiasmado, tratando de persuadir a su compañero y como si todo fuese a suceder aquella noche o al día siguiente -, ya verás cómo levantaremos un Estado que será la más preciosa contribución al progreso de la humanidad; un Estado en el que cada esfuerzo será bendito, cada víctima, santa, cada uno de nuestros pensamientos, original; un Estado en el que cada acción irá marcada por el sello de nuestro nombre. Entonces, realizaremos obras que serán producto de nuestro trabajo libre y expresión del genio de nuestra raza; obras, en comparación de las cuales, todo lo que ha sido creado durante los siglos de administración extranjera, parecerá un revoltillo de juguetes ridículos. Construiremos nuevos puentes sobre los más grandes ríos y los abismos más profundos. Puentes mayores y más hermosos, que no unirán centros extranjeros con regiones dominadas, sino que pondrán en contacto nuestras propias regiones y que vincularán nuestro Estado al resto del mundo. Sobre este punto no cabe duda: nos corresponde realizar aquello a lo que aspiraron las generaciones que nos precedieron: un Estado nacido en la libertad y fundado en la justicia; una parte del pensamiento divino que toma cuerpo en la tierra.