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La sombra [The Shadow Man - es]

Электронная книга - «La sombra [The Shadow Man - es]». Краткое содержание книги:

En el Berlín de 1943 pocos vieron su cara. Nunca nadie supo su nombre. Entre susurros era conocido como Der Schattenmann, La Sombra, un despiadado delator judío que colaboraba con la Gestapo.
Miami, finales del siglo xx. La vida del detective retirado Simon Winter da un giro repentino cuando recibe la visita de una vecina aterrorizada. La anciana cree haber visto a un fantasma de su pasado: La Sombra. Cuando a la mañana siguiente aparece estrangulada, Winter es el único que sospecha la terrible verdad: un escurridizo asesino está exterminando a los supervivientes del Holocausto que viven en Miami.
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Leroy oyó su propia respiración rasposa.

– Examine su situación durante un segundo… -siguió diciendo la voz. Parecía venir de todas partes a la vez, y Leroy se sintió tremendamente desorientado, a la deriva, como si no se encontrara en su propia casa, en la parte de la ciudad que reclamaba como suya, en la que se había hecho mayor y en la que había pasado casi todo el tiempo, y aquél fuera otro lugar, un lugar alejado de la orilla en el que se estaba ahogando-. Ya está lisiado, y ahora yo lo he desfigurado con cicatrices. ¿Qué le queda? -Le apretó el cuchillo contra los labios-. ¿O quizá preferiría quedarse ciego, señor Jefferson? Podría sacarle los ojos. Ya lo he hecho otras veces. ¿Está dispuesto a pasar el resto de su vida siendo un lisiado ciego y mudo? ¿Qué clase de vida sería ésa, señor Jefferson. Sobre todo para una persona de, digamos, su nivel económico y social? Puedo hacerle eso, se lo aseguro…

Leroy vio la hoja del cuchillo delante de su cara, reflejando la tenue luz que entraba en la habitación.

– O quizás otra cosa, algo importante…

De repente el hombre bajó el cuchillo y apretó con fuerza la hoja contra la entrepierna de Leroy.

– ¿No es notable que haya tantas maneras distintas de causar dolor a un hombre? Físicamente. Mentalmente. Emocionalmente… -El cuchillo presionó más, y Leroy creyó que iba a vomitar-. Y hay heridas que provocan esos tres tipos de dolor. ¿No es así, señor Jefferson?

Leroy no se permitió contestar aquella pregunta. El miedo le nublaba el entendimiento. Se sentía atrapado en una red que amenazaba con asfixiarlo por mucho que él se retorciera o se debatiera. Intentó obligarse a pensar con claridad, pero le resultaba difícil con la voz serena y fría de aquel hombre resonando en sus oídos y el cuchillo bailando alrededor de su cuerpo. Leroy Jefferson se sintió atrapado en un torbellino de dolor y terror; sabía muy poco, excepto que si le decía la verdad a aquel hombre, si le decía que sí le había visto, y que le había visto matar a Sophie Millstein, y que les había contado esas cosas a Walter Robinson y a Espy Martínez, y que les había proporcionado un retrato suyo, y que había accedido a testificar contra él en un juicio, aquel hombre lo mataría sin ninguna duda. Y después, probablemente, mataría al detective y a la ayudante del fiscal y a todo el que le había amenazado. Eso lo sabía con una certeza que desafiaba todo el dolor que le recorría el cuerpo de arriba abajo, lo sabía porque reconocía que si fuera él quien intimidase a algún testigo similar con un cuchillo suyo, la rabia, el miedo y la amenaza de la detención lo obligarían a hacer lo mismo, y eso le proporcionaba una certeza que resultaba tan poco grata en aquella habitación pequeña y calurosa como aquel desconocido.

Notó que los ojos se le llenaban de lágrimas que comenzaban a resbalar y mezclarse con la sangre de las mejillas.

– Y bien, señor Jefferson, ¿quién soy?

Aquella pregunta le resonó en el oído, urgente, aterradora. Aspiró una bocanada de aire entrecortada, procurando contenerse. En aquel segundo supo que nada que dijera iba a cambiar un ápice las cosas. Su visitante iba a matarlo. No había nada que él pudiera decir o hacer para salvar la vida. Lo único que podía conseguir, diciéndole a aquel hombre lo que quería saber, era prolongar su vida tal vez unos pocos minutos. Tal vez unos pocos segundos.

Aquella idea lo sumió en el pánico. Tironeó de la cinta aislante que le sujetaba las manos, pero no pudo romperla. En el silencio de la habitación, notó que el hombre maniobraba a su alrededor, igual que una ráfaga perdida de viento frío en un día caluroso. Tragó saliva. La sequedad que sentía en la boca era como si tuviera un carbón ardiendo en la lengua. Y en aquel segundo, de repente, de manera sorpresiva, una sensación completamente distinta le inundó el corazón.

Leroy sintió una súbita calma, absoluta, que se apoderaba de él.

Comprendió que no tenía escapatoria.

No podía luchar. Sabía que nadie iba a responder a su llamada de auxilio. Y sabía que ninguna mentira y ninguna verdad podrían salvarlo.

Se dijo que debería estar aterrado, pero en cambio se sintió lleno de un sentimiento de aceptación que rayaba en el desafío. En aquel instante comprendió que en su vida había hecho muy pocas cosas que pudieran considerarse buenas o valientes, o siquiera sinceras, y que, ahora que se enfrentaba a la muerte, le entristecía darse cuenta de que nadie iba a ver cómo superaba esas cosas. Le habría gustado que alguien como Walter Robinson o quizás Espy Martínez lo hubiera visto cambiar, en aquel momento, y que se dieran cuenta de que había luchado por protegerlos y hasta incluso les había salvado la vida. Entonces abrigó la esperanza de que cuando lo encontraran entendieran que había muerto siendo algo que no había sido nunca.

– ¿Quién soy, señor Jefferson?

Por fin supo cuál era la respuesta a aquella pregunta: la muerte.

Pero decidió que no iba a dar a aquel hombre y su cuchillo la satisfacción de responder. En vez de eso, Leroy Jefferson habló con una voz firme que traspasó la barrera del miedo:

– Amigo, no conozco a toda esa gente. Puede que le dijeran lo que usted quería saber. Puede que no. Eso era asunto de ellos. Pero sí sé una cosa: que yo no voy a decirle una mierda.

Y a continuación, en silencio, se rindió al implacable dolor que acabaría con su vida.

21 Odio

Simon Winter se dijo: «Podría haberle cazado.» Pero al segundo siguiente pensó: «Y él podría haberme cazado a mí.»

– Partida en tablas -susurró en voz alta.

El viejo policía se hundió en un sillón, pensativo, en medio de las filas de libros y revistas de la Biblioteca de Miami Beach. Las luces fluorescentes y el zumbido del aire acondicionado proporcionaban a la sala cierta independencia del achicharrante calor del día. Para ser una biblioteca, había menos respeto por el silencio de lo que cabía esperar. Se oían unos zapatos fuertes taconear contra el suelo de linóleo; un anciano roncaba con un periódico abierto descuidadamente sobre las rodillas; de vez en cuando se oían voces que rasgaban la quietud del aire cuando una anciana intentaba explicar algo a otra, desafiando la mermada capacidad auditiva que afligía a las dos. La sala tenía un ajetreo que habría irritado a cualquier erudito serio, pero dicho ajetreo tenía una finalidad diferente, pues la biblioteca era tanto un lugar donde se almacenaba información como un mundo fresco y bien iluminado en el que algunos de los ancianos que vivían en la playa podían reunirse y pasar unas horas despreocupados, rodeados por seguridad.

Y aquélla, así lo reconoció, era más o menos la misma razón por la que él se encontraba allí. En las veinticuatro horas transcurridas desde que la Sombra huyera de su apartamento, Winter había decidido varias cosas. En primer lugar, por el momento iba a guardar silencio sobre aquella nueva amenaza que pesaba sobre él. En segundo lugar, sabía que iba a tener que trabajar más intensamente y más deprisa.

Se había rodeado de textos sobre el Holocausto, de los cuales comprensiblemente, había muchos reunidos en la Biblioteca de Miami Beach. Estaba invadido por la frustración. Era incapaz de sacudirse la convicción de que en algún punto del pasado existía una información que abriría la puerta que conducía al presente. Simplemente, no tenía idea de cómo dar con aquella pieza de la historia. Todos los libros que tenía amontonados junto a él, esparcidos sobre una mesita y apilados a sus pies, le decían muchísimo acerca de los nazis. Le decían lo que habían hecho los nazis y cómo lo habían hecho, y por qué y a quién. Le parecía extraño crear, como lo habían hecho ellos, un mundo dedicado de manera tan total al terror que éste se convirtió en una cosa común y corriente, y se preguntó si aquél no sería uno de sus grandes males. Pero dicha observación no lo ayudó en nada en su búsqueda de la Sombra; no le decía nada acerca de lo que él creía necesitar: un poco de luz que penetrara en la psicología de aquel hombre. Ninguno de aquellos libros lo ayudó en dicha búsqueda. Algunos, es verdad, pretendían examinar la personalidad que había debajo de aquellos hombres de uniforme negro. Había explicaciones políticas que describían cómo habían terminado por sumarse al partido nazi, cómo decidieron participar en las acciones de las SS, cómo llegaron a justificar el asesinato y el genocidio. Dichas explicaciones políticas se enlazaban con perfiles psicológicos, pero ninguno de ellos tocaba ni de lejos el alma de la Sombra, porque, tal como habían señalado Frieda Kroner y el rabino Rubinstein, él nunca había sido un nazi, se suponía que había sido una de sus presas. Y sin embargo se las arregló para de alguna manera dar la vuelta a aquella ecuación y emerger de acontecimientos que habían dejado huella en todo el que había tenido relación con ellos. Él era algo enteramente distinto, un jugador singular del juego del mal.

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