La rebelión de los pupilos [The Uplift War - es]
- Автор: Брин Дэвид
- Год: 1988
- Язык: испанский
- Год: Acervo
- ISBN: 84-7002-404-3
- Переводчик: Montserrat Gurgui
- Жанр: Космическая фантастика
Электронная книга - «La rebelión de los pupilos [The Uplift War - es]». Краткое содержание книги:
Arrolladora, brillantemente construida, imaginativa, y dramática, ésta es una inolvidable historia de aventura y sorpresa salida de la pluma de uno de los mejores escritores de ciencia ficción de la actualidad.
—Hola, Robert. Tienes mejor aspecto que la última vez que te vi.
—¡Fiben! —Robert sonrió—. ¿Cuándo has regresado?
—Oh, hace cosa de una hora. —El chimp reprimió un cansado bostezo—. Los chicos de las cuevas me enviaron aquí arriba para esperar a su señoría. A ella le he traído algo de la ciudad. Lo siento, pero para ti no hay nada.
—¿Tuviste problemas en Puerto Helenia?
—Hummm, bueno, algunos. He bailado un poco, me he rascado un poco y he ululado un poco más.
Robert sonrió. El «acento» de Fiben era más marcado cuando tenía grandes noticias que comunicar, y así escenificaba mejor su historia. Si le permitía despacharse a gusto, los tendría sin dormir toda la noche.
—Uf, Fiben…
—Sí, sí. Está ahí arriba, en lo alto de la loma. Y si me preguntas, te diré que de un humor muy excéntrico. Pero no me preguntes, yo sólo soy un chimpancé. Te veré más tarde, Robert. —Cogió de nuevo el libro.
No era exactamente un modelo de pupilo reverente. Robert sonrió.
—Gracias, Fiben. Hasta luego. —Se apresuró sendero arriba.
Athaclena no se preocupó en volverse cuando él se acercó porque ya se habían dicho hola. Permaneció en la cumbre de la colina mirando hacia el oeste con las manos extendidas frente a sí.
Robert sintió de inmediato otro glifo que flotaba sobre Athaclena, por encima de los ondulantes zarcillos de su corona. Y era algo impresionante. Comparándolo con su pequeño saludo anterior, aquél era como estar recitando una quintilla picaresca junto a «Xanadu». No podía verlo ni tampoco empezar a captar su complejidad, pero estaba ahí, casi palpable para su acrecentado sentido empático.
Robert advirtió también que ella tenía algo entre las manos… como un hilo delgado de fuego invisible, intuido más que visto, que formaba un arco de una mano a otra.
—Athaclena, ¿qué…?
Se interrumpió al llegar junto a ella y ver su cara. Muchos de los rasgos humanos que había adoptado durante su exilio seguían allí, pero algo que éstos habían desplazado también estaba presente, al menos en aquel momento. Tenía un brillo alienígena en sus ojos punteados de oro y parecía bailar a contrapunto con los latidos del glifo que él percibía a medias.
Los sentidos de Robert se habían agudizado. Miró de nuevo el hilo de sus manos y sintió un temblor de reconocimiento.
—Tu padre…
—¡W’ith-tanna Uthacalthing hellinarri-t’hoo, haoorí nda! —Los dientes de Athaclena emitieron un blanco destello.
Respiró profundamente por sus fosas nasales completamente dilatadas. Sus ojos, separados al máximo posible, parecían centellear.
—¡Robert. está vivo!
Él parpadeó con la mente desbordada de preguntas.
—¡Es estupendo! Pero… pero ¿dónde? ¿Sabes algo de mi madre? ¿Y del gobierno? ¿Qué dice?
No respondió de inmediato. Athaclena sostenía el hilo. La luz del sol parecía recorrerlo de arriba abajo. Robert hubiera jurado que oía un sonido, un sonido real que emitía la fibra.
—¡W’ith-tanna Uthacalthing! —Athaclena parecía mirar de frente al sol.
Reía; ya no era la chica seria que él había conocido. Reía entre dientes al estilo tymbrimi y Robert se alegró de no ser él el objeto de esa hilaridad. El humor tymbrimi a menudo significaba que los demás no se divertían en absoluto.
El joven siguió la mirada de Athaclena sobre el Valle del Sind, donde una comitiva de habituales vehículos gubru gemía débilmente al cruzar el cielo. Incapaz de comprender más que los contornos de su glifo, la mente de Robert buscó y halló algo semejante dentro del estilo humano. En su mente representó una metáfora.
De pronto, la sonrisa de Athaclena se convirtió en algo salvaje, casi gatuno. Y aquellas naves de guerra, reflejadas en sus ojos, parecieron tomar el aspecto de ratones confiados e inofensivos.
Tercera Parte
LOS GARTHIANOS
La evolución de la raza humana no se completará en los diez mil años de animales domesticados sino en el millón de años de animales salvajes, porque el hombre es y siempre será un animal salvaje.