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Электронная книга - «Mercado de espejismos». Краткое содержание книги:

Premio Nadal 2007
Una parodia sutil, aunque hilarante y demoledora, de las novelas de intrigas esotéricas.
Corina y Jacob han vivido siempre de la organización de robos de obras de arte. Cuando se dan por retirados de la profesión a causa de su edad avanzada y de la falta de ofertas, reciben un encargo imprevisto por parte de un mexicano libertino y de tendencias místicas que sueña con construir un prisma para ver el rostro de Dios. El encargo consiste en llevar a cabo el robo de las presuntas reliquias de los Reyes Magos que se conservan en la catedral alemana de Colonia.
A partir de ahí, Benítez Reyes traza una parodia sutil, aunque hilarante y demoledora, de las novelas de intrigas esotéricas, de su truculencia y de sus peculiaridades descabelladas. Pero Mercado de espejismos trasciende la mera parodia para ofrecernos un diagnóstico de la fragilidad de nuestro pensamiento, de las trampas de la imaginación, de la necesidad de inventarnos la vida para que la vida adquiera realidad. Y es en ese ámbito psicológico donde adquiere un sentido inquietante esta historia repleta de giros sorprendentes y de final insospechado.
A través de una prosa envolvente y de una deslumbrante inventiva, Benítez Reyes nos conduce a un territorio de fascinaciones y apariencias, plagado de personajes insólitos y de situaciones inesperadas.
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«Lo que tú quieras, compadre. Pero estoy contándote las cosas como fueron.» El tal Panchito, que no había abierto la boca, ratificó aquello con un movimiento de cabeza. «Vayamos por partes, ¿te parece?»

De entrada, me reveló que, a principios de 1997, mi padre, por encargo de Montorfano y a espaldas de tía Corina y de mí, había organizado el robo de las reliquias de la catedral coloniense y lo había resuelto con éxito, para indignación de la Fraternidad de Heliópolis, ya que, según Sam, no hay duda posible de que allí se veneraron durante casi medio siglo los restos mortales de Champagne, de Dujols y de Faugeron. Pero, una vez que recibió el botín de manos de sus operarios, se llevó una sorpresa, pues en el lote iban también varias losas de piedra verde. «¿Vas a decirme que…?» Y Sam se abrió de brazos. «Exacto, güey. La Tabla de Esmeralda en persona.» De modo que, con aquella operación, mi padre no sólo se ganó la aversión de los alquimistas de Heliópolis, sino también la de la congregación que encabeza y sigue encabezando el envenenador Abdel Bari. «Pero la bronca no acabó ahí…»

Según Sam, hubo una segunda sorpresa, ya que en cada uno de los tres cofres que contenían los restos de los santones laicos de la Fraternidad de Heliópolis había un objeto inesperado: una réplica del anillo del rey Salomón -concebido para mantener a raya a los demonios-, una llave en forma de ojo y un reloj de arena, que eran los objetos que en realidad ansiaban poseer los veromesiánicos y, a su vez, la razón última del encargo que Montorfano le hizo a mi padre, pues lo que menos interesaba a los de Catania eran las reliquias en sí. «Pero tampoco quedaron contentos, güey, porque tu viejo se la jugó al siciliano.» Por lo visto, mi padre, al saberse ya muy tocado del ala y con nada que arriesgar, y puesto que, según él, los veromesiánicos sólo le habían encargado en rigor el robo de las reliquias, le exigió a Montorfano una cantidad que ascendía al doble de la acordada por la entrega de aquellos tres objetos, quise pensar en aquel instante que para dejarnos a tía Corina y a mí en una situación desahogada tras su fallecimiento, pues ningún aliciente tenía ya para él la codicia, que es vicio propio de gente con salud. Con arreglo a lo convenido, mi padre le hizo llegar a Montorfano las reliquias, pero se reservó los objetos, a la espera de una nueva negociación.

Montorfano, como era lógico, le anunció que iba a matarlo, que, se mire como se mire, es una amenaza de efectos muy relativos para un moribundo, porque el raro sistema de armonías que rige nuestro universo consiente que incluso el hecho de ser un moribundo tenga sus ventajas. A falta de entendimiento, en suma, la entrega no se llevó a cabo, por mucho que Montorfano buscó a mi padre para hacerle entrar en razón, aunque sin éxito, ya que, cuando logró enterarse de dónde vivía, mi pobre padre ya no vivía en ninguna parte. «El peligro lo corríais en realidad vosotros, güey, porque el siciliano pensaba venir aquí, poneros la casa patas arriba y mandaros a la gloria.» Pero se ve que mi padre, en un rapto de sensatez -esa sensatez que desde que le vio la cara a la muerte tenía arrinconada-, previo aquello y, pocos días antes de morir, le hizo llegar a Montorfano, a través de Gerald Hall, una réplica de la réplica del anillo del rey Salomón, una réplica de la llave en forma de ojo y una réplica del reloj de arena, manufacturadas las tres por antiguos artesanos de la casa Putman, cuyas habilidades pasmosas ya he referido, de modo que nadie podía dudar a simple vista de su autenticidad, y con esa modalidad de vista se dieron por satisfechos los de Catania. El dinero que consiguió sacarle Gerald Hall a Montorfano por la gestión de la entrega -que no fue mucho- se lo quedó, aunque no por rapiña, claro está, sino porque mi padre tenía una deuda contraída con él, que de ese modo se saldaba. «Tu viejo estaba arruinado, güey, y al final hizo cosas rarísimas», y aquello me ofendió, quizá porque sospechaba que era cierto. «No sé cómo no lo chingaron antes de que lo chingara la pelona.»

Por otra parte, se supone que mi padre procuró venderle la Tabla de Esmeralda a Abdel Bari, aunque le pidió por ella tantísimo dinero que el egipcio no pudo hacerse ni ilusiones. «Y por eso el gordo anda detrás de ti, compadre. Sabe que la Tabla la tienes tú», y me revolví en el sillón, porque aquello era ya un desatino. «No tengo la Tabla», pero Sam negó con la cabeza: «La tienes».

Entretanto, el llamado Panchito había abierto su maletín y trajinaba con herramientas. «Hay que reventar la caja fuerte, compadre. Walter no pudo, pero Panchito es capaz de abrir el cielo en dos mitades», y el aludido sonrió.

Como ustedes pueden imaginar, la pregunta era breve pero obligada: «¿Walter?».

Walter y Sam se conocieron, según parece, en Ibiza y se declararon almas gemelas, aunque no sé de dónde se sacaron esa simetría, ya que ambos son irrepetibles, no sé si para bien. (No hay que desestimar, en cualquier caso, los efectos filantrópicos de los psicotrópicos.) Y así, entre tú eres la hostia sagrada y yo soy la rehostia consagrada, y viceversa, Sam contrató a mi primo para que nos abriese la caja fuerte mientras estábamos en Colonia, aunque, al no poder con ella, se conformó con llevarse casi todo lo demás, con la ayuda inestimable de su socio.

Les confieso que aquello me sacó de quicio. «¿Qué quieres, güey? Tenía que ser así. Corina y tú debían estar lejos de aquí y el puto Walter me aseguró que él podría con la caja, ¿va? ¿Tengo yo culpa de eso?» Como era lógico, le pregunté que por qué tía Corina y yo debíamos estar lejos de nuestra casa. «Porque si se quedaban aquí los iban a liquidar», y en ese preciso instante tuve la certeza de que estaba mintiéndome. «Montorfano es un burro a dos patas, güey, pero su hijo es más listo que los sabios de Grecia.» Según Sam, el hijo del siciliano, escamado ante la inoperancia de aquellos objetos, pues ninguno de los experimentos ocultistas en que los implicaban los veromesiánicos tenía buen fin, recurrió hace unos meses a unos expertos que certificaron la falsedad tanto del anillo de Salomón como de la llave y del reloj de arena que en su día entregó Gerald Hall, de parte de mi padre, a Montorfano. Por si fuese poco, y ya puesto, mandó que hicieran la prueba del carbono 14 a las reliquias, a pesar de que los veromesiánicos jamás les dieron importancia como vestigios santos, pues les constaba su falsedad como tales. «El resultado te lo puedes imaginar, güey. Huesos de los años setenta. Y además de mono.»

El hecho de que algo -al margen de su grado de verosimilitud- resulte perfectamente comprensible no quiere decir que lo comprendamos, y yo comprendía poco. «Los mandé a ustedes a Colonia para salvarles la vida, ¿comprendes ahora? Tenía que robarles a ustedes para salvarles el pellejito, güey. ¿Tan difícil es eso de entender?» Y siguió contándome: Tarmo Dakauskas -el verdadero, el que vive en Luxemburgo- era el encargado de coordinar los intereses de Albert Savage, de Abdel Bari y de Giuseppe Montorfano, quienes, por causas distintas, seguían sintiéndose perjudicados por las maniobras de mi padre y empeñados en adueñarse de lo que suponían que habíamos heredado tía Corina y yo. Por su parte, el propio Dakauskas, al estar al servicio del Vaticano, tenía también intereses particulares en el asunto: recuperar las reliquias robadas, fuesen de quienes fuesen, pues eso a él le daba igual. Por lo visto, Sam hizo un pacto con Dakauskas: si el estonio le aseguraba que ni tía Corina ni yo sufriríamos daño alguno, Sam se encargaría de hacerle llegar el lote completo, a saber: las reliquias de los alquimistas, los fragmentos de la Tabla de Esmeralda y los tres objetos auténticos que reclamaban Montorfano y los suyos.

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