El temor de un hombre sabio. Crónicas del Asesino de Reyes: segundo día
- Автор: Ротфусс Патрик
- Серия: Crónica del Asesino de Reyes #2
- Язык: испанский
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «El temor de un hombre sabio. Crónicas del Asesino de Reyes: segundo día». Краткое содержание книги:
El temor de un hombre sabio empieza donde terminaba El nombre del viento: en la Universidad. De la que luego Kvothe se verá obligado a partir en pos del nombre del viento, en pos de la aventura, en pos de esas historias que aparecen en libros o se cuentan junto a una hoguera del camino o en una taberna, en pos de la antigua orden de los caballeros Amyr y, sobre todo, en pos de los Chandrian. Su viaje le lleva a la corte plagada de intrigas del maer Alveron en el reino de Vintas, al bosque de Eld en persecución de unos bandidos, a las colinas azotadas por las tormentas que rodean la ciudad de Ademre, a los confines crepusculares del reino de los Fata. Y cada vez parece que tiene algo más cerca la solución del misterio de los Chandrian, y su venganza.
Por curiosa coincidencia, la bolsa también contenía dinero. Casi seis talentos. Para Ambrose, eso no era un gran capital. Suficiente para pasar una velada de lujo con una dama. Pero para mí era mucho dinero, tanto que casi me sentía culpable por habérselo robado. Casi.
Capítulo 34
Aquella noche, cuando regresé a Anker's, no había ningún mensaje de Denna para mí. Ni tampoco me aguardaba a la mañana siguiente. Me pregunté si el chico habría encontrado a Denna y le habría entregado mi nota, o si lo habría dejado estar, o si la habría tirado al río, o si se la habría comido.
Esa mañana decidí que era una pena malgastar mi buen humor con las majaderías de la clase de Elodin. Así que me colgué el laúd a la espalda y me dirigí al otro lado del río con la intención de buscar a Denna. Había tardado más de lo planeado, pero estaba deseando ver la cara que pondría cuando por fin le devolviera su anillo.
Entré en la joyería y sonreí al hombre bajito que estaba de pie detrás de una vitrina baja.
– ¿Ha terminado ya con el anillo?
– ¿Cómo dice, señor? -preguntó el joyero arrugando la frente.
Di un suspiro y rebusqué en mi bolsillo; al final saqué el trozo de papel.
Cuando le echó una ojeada, el rostro del joyero se iluminó.
– Ah, sí. Claro. Espere un momento. -Se metió por una puerta que conducía a la trastienda.
Me relajé un poco. Era la tercera joyería que visitaba. Las otras conversaciones habían ido mucho peor.
El joyero menudito volvió con prisa de la trastienda.
– Aquí lo tiene, señor. -Me mostró el anillo-. Ha quedado como nuevo. Y la piedra es muy bonita, si no le molesta que se lo diga.
Puse el anillo a la luz. Era el de Denna.
– Trabaja usted muy bien -comenté.
El hombre sonrió, halagado.
– Gracias, señor. En total, el trabajo ha salido por cuarenta y cinco peniques.
Di un breve y silencioso suspiro. Habría sido mucho pedir que Ambrose hubiera pagado el trabajo por adelantado. Calculé mentalmente, conté las monedas y puse un talento y seis iotas sobre el tablero de cristal de la vitrina. Al hacerlo, me fijé en que tenía la textura ligeramente oleosa del vidrio reforzado; le pasé la mano y me pregunté, distraído, si sería una de las piezas que yo mismo había fabricado en la Factoría.
Mientras el joyero recogía las monedas, me fijé en otra cosa. En algo que había dentro de la vitrina.
– ¿Le ha llamado la atención alguna cosilla? -me preguntó con desparpajo.
Señalé un collar expuesto en el centro de la vitrina.
– Tiene usted un gusto excelente -declaró; sacó una llave y abrió un panel de la parte posterior de la vitrina-. Es un artículo excepcional. El engarce es muy elegante, y además la piedra en sí es de una calidad notable. No suelen verse esmeraldas de tanta calidad talladas con forma de lágrima.
– ¿Lo ha hecho usted? -pregunté.
El joyero lanzó un suspiro teatral.
– No, no puedo atribuirme ese honor. Lo trajo una joven hace algunos ciclos. Por lo visto necesitaba más el dinero que el adorno, y llegamos a un acuerdo.
– ¿Cuánto pide por él? -pregunté fingiendo desinterés.
Me lo dijo. Era una cantidad de dinero astronómica. Más dinero del que yo jamás había visto junto. Suficiente dinero para que una mujer viviera holgadamente en Iiyire varios años. Suficiente para que se comprara un arpa buena, nueva. Suficiente para que comprara un laúd de plata maciza, o, si así lo prefería, un estuche para ese laúd.
El joyero volvió a suspirar y meneó la cabeza como lamentándose del triste estado del mundo.
– Es una lástima -dijo-. Quién sabe lo que habrá llevado a una joven a empeñar una pieza como esta. -Entonces levantó la cabeza y sonrió, acercando la esmeralda a la luz con gesto expectante-. Sin embargo, lo que para ella es una pérdida, para usted es una ganancia.
Como en su nota Denna había mencionado El Tonel y el Jabalí, decidí empezar a buscarla allí. El estuche del laúd me pesaba más ahora que sabía lo que Denna había tenido que empeñar para pagarlo. Con todo, favor con favor se paga, y confiaba en que devolviéndole su anillo las cosas entre nosotros se equilibrarían.
Pero El Tonel y el Jabalí no era una posada, sino solo una casa de comidas. Sin muchas esperanzas, pregunté al dueño si alguien había dejado un mensaje para mí. No, no habían dejado nada. Pregunté si recordaba a una mujer que había estado allí la noche anterior. ¿Morena? ¿Muy guapa?
El hombre asintió con la cabeza.
– Estuvo esperando mucho rato -dijo-. Recuerdo que pensé: ¿a quién se le ocurriría hacer esperar a una mujer así?
Os sorprendería la cantidad de posadas y pensiones que puede llegar a haber en una ciudad tan pequeña como Imre.
Capítulo 35
Dos días más tarde fui a la Factoría con la esperanza de que un poco de trabajo honrado me despejase la cabeza y me ayudara a tolerar dos horas más de las asnadas de Elodin. Estaba a tres pasos de la puerta cuando vi a una joven con una capa azul que corría por el patio hacia mí. Bajo la capucha, su cara expresaba una asombrosa mezcla de emoción y ansiedad.
Nos miramos, y la joven dejó de avanzar hacia mí. Entonces, sin apartar los ojos de mí, me hizo una seña tan rígida y furtiva que no entendí lo que quería decirme hasta que la repitió: quería que la siguiera.
Asentí con la cabeza, confuso. Ella se dio la vuelta y salió del patio; se movía con esa rigidez torpe de quienes intentan por todos los medios aparentar indiferencia.
La seguí. En otras circunstancias, habría pensado que aquella joven era una encubridora que quería atraerme a un callejón oscuro donde unos matones me arrancarían los dientes a patadas y me robarían la bolsa. Pero tan cerca de la Universidad no había callejones tan peligrosos, y además era una tarde soleada.
Al final la joven se metió por una calle vacía detrás de un taller de vidrio y una relojería. Miró alrededor con nerviosismo; luego se volvió hacia mí y sonrió aliviada bajo la protección de la capucha.
– ¡Por fin te encuentro! -dijo sin aliento.
Era más joven de lo que me había pensado, no debía de tener más de catorce años. Unos rizos de cabello castaño ceniza enmarcaban su pálido rostro y luchaban por escapar de la capucha. Sin embargo, no conseguía recordar dónde…
– Las he pasado canutas para dar contigo -dijo-. Paso tanto tiempo aquí que mi madre cree que me he echado un novio en la Universidad. -Pronunció la última frase casi con timidez, y sus labios dibujaron una discreta curva.
Abrí la boca para admitir que no tenía ni la más remota idea de quién era, pero antes de que pudiera hablar, ella saltó:
– No te preocupes. Nadie sabe que he venido a verte. -Sus relucientes ojos se oscurecieron de ansiedad, como una laguna cuando el sol se oculta detrás de una nube-. Ya sé que es mejor así.
Entonces, al oscurecer la preocupación su semblante, la reconocí. Era la niña a la que había conocido en Trebon cuando había ido a investigar unos rumores sobre los Chandrian.
– Nina -dije-, ¿qué haces aquí?
– Buscarte. -Levantó la barbilla con orgullo-. Sabía que tenías que ser de aquí porque sabías mucho de magia. -Miró alrededor-. Pero esto es mucho más grande de lo que me imaginaba. Ya sé que en Trebon no le revelaste tu nombre a nadie porque entonces tendrían poder sobre ti, pero déjame decirte que así es muy difícil encontrarte.
¿No le había dicho a nadie cómo me llamaba? Muchos de mis recuerdos de aquella época en Trebon eran vagos, porque había sufrido una conmoción. Seguramente era una suerte que hubiera mantenido el anonimato, dado que había sido el responsable del incendio de una parte considerable de la ciudad.