La Guerra De Hart
- Автор: Катценбах Джон
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «La Guerra De Hart». Краткое содержание книги:
– Lo sé. A veces parecía como si fuera el único kriegie que no adelgazaba -respondió Tommy. El hombre emitió un gruñido de asentimiento.
– Por otra parte -dijo el capitán-, tampoco acabó como otros.
Tommy asintió. Eso era cierto, aunque no había ninguna garantía de que no acabaran todos tan muertos como Bedford. Se abstuvo de decirlo en voz alta, aunque sabía que ese temor rondaba siempre por la cabeza de los aviadores y aparecía en las pesadillas de muchos kriegies. Una de las máximas del campo de prisioneros era: «No hables de lo que te aterroriza, pues podría ocurrir.»
– Desde luego -dijo Tommy-, pero ¿qué querías decirme?
En la formación vecina, a la derecha de Tommy, se oyeron una serie de protestas airadas. Tommy supuso que el hurón que contaba a ese grupo había vuelto a equivocarse. El neoyorquino dudó unos instantes, como si recapacitara sobre lo que iba a decir.
– Vic hizo un par de negocios poco antes de morir que me llamaron poderosamente la atención -dijo-. Y no sólo a mí, sino que varios tíos notaron que andaba más ocupado de lo habitual, que ya es decir.
– Sigue -repuso Tommy con calma.
El piloto dio un respingo, como si aquel recuerdo le desagradara.
– Una de las cosas que obtuvo la vi sólo una vez, pero recuerdo que pensé para qué diablos la necesitaba. Supuse que lo querría como un recuerdo especial, pero me chocó, porque si los alemanes lo hallaban durante uno de sus registros se iba a armar la gorda, así que yo no lo habría tocado ni con guantes.
– ¿De qué estás hablando? -preguntó Tommy con mayor brusquedad pero sin levantar la voz.
El capitán se detuvo de nuevo antes de responder:
– Era un cuchillo. Un cuchillo especial. Como el que luce Von Reiter cuando se pone su uniforme de gala para reunirse con los jefes.
– ¿Largo y delgado como un puñal?
– Eso. Era un cuchillo especial de las SS. Vi que tenía una de sus calaveras en la empuñadura. De esos que seguramente te conceden por haber hecho algo muy maravilloso por la patria, ya sabes: quemar libros, golpear a mujeres y niños o disparar contra rusos desarmados. El caso es que no me pareció un recuerdo. No señor. Si los alemanes te pillan con un objeto como ése, son capaces de encerrarte en la celda de castigo quince días. Esas cosas ceremoniales se las toman muy en serio, no tienen ningún sentido del humor.
– ¿Dónde lo viste?
– Lo tenía Vic. Lo vi sólo una vez. Yo estaba en su cuarto, jugando a las cartas con unos compañeros suyos cuando apareció él con el cuchillo. Comentó que era un objeto raro. No nos dijo a quién iba a ver, pero nos dio a entender que alguien le había dado algo muy especial a cambio de él. Deduje que se trataba de un negocio importante. Alguien deseaba obtener ese cuchillo a toda costa. Vic lo guardó con prisa junto al resto del botín, negándose a decirnos cuál había de ser su destinatario. Yo no volví a pensar en ello hasta que Vic murió y dijeron que lo habían asesinado con un cuchillo; entonces me pregunté si sería el que yo había visto. Dijeron que se trataba de un cuchillo que había fabricado Scott. Luego se oyeron rumores de que quizá no fuera el arma homicida, lo cual me hizo pensar de nuevo en él. En fin, no sé si esta información te ha servido de ayuda, Hart, pero creí que podía interesarte. Ojalá supiera quién consiguió esa arma, te sería de mucha ayuda. En algún lugar de este campo hay un puñal de las SS. Yo que tú pensaría en ello. No dejaría de ser extraño que hubieran asesinado a Trader Vic con el arma que él había dado a otro a cambio de un favor.
– ¿Cómo crees que lo consiguió?
El otro emitió una risita que más parecía un bufido.
– Sólo hay un hurón que tenga ese tipo de objetos, Hart. Lo sabes tan bien como yo.
Tommy comprendió: Fritz Número Uno.
En aquel momento percibió un leve titubeo en la voz del capitán, cuando éste prosiguió:
– Hay otra cosa que me preocupa. No sé si es importante, pero…
– Continúa -dijo Tommy.
– ¿Recuerdas cuando se desplomó el túnel del 109 hace un par de semanas?
– Claro. ¿Cómo no voy a acordarme?
– Ya. Seguro que MacNamara y Clark también lo recuerdan. Creo que contaban con él. El caso es que fue por esa época que noté que Vic estaba muy ocupado. Le vi salir por la noche en más de una ocasión.
– ¿Cómo lo sabes?
– Vamos, Hart -respondió el capitán emitiendo una breve carcajada-, hay preguntas que no valen la pena a menos que tengas una razón de peso para hacerlas. Mírame, hombre. Mido un metro sesenta y cinco. Con esta estatura no me resultó fácil conseguir que me aceptaran. Yo trabajaba de conductor de metro. Como no soy un tipo alto y fornido con estudios universitarios como tú y como Scott, de vez en cuando alguien me ofrece un trabajo. Ya sabes, un trabajo que no reporta ninguna ventaja especial, que no debe importarte ensuciarte las manos y para el que resulta muy útil estar acostumbrado a trabajar bajo tierra.
– Ya entiendo -dijo Tommy.
– La noche que murieron esos tíos -continuó el piloto-, yo tenía que estar con ellos. De no ser porque estaba acatarrado, a estas horas también estaría enterrado bajo tierra.
– Cuestión de suerte.
– Ya, supongo. Es curioso lo de la suerte. A veces es difícil adivinar quién la tiene y quién no, ¿comprendes lo que quiere decir? Por ejemplo, Scott. Pregúntale si cree tener suerte, Hart. Todos los pilotos de caza sabemos de qué va. Buena suerte. Mala suerte. Depende de lo que los hados te tengan reservado. Va incluido en nuestro trabajo.
– ¿Adónde quieres ir a parar?
– He oído decir, de una fuente fidedigna, que por esa época Trader Vic consiguió algunos objetos insólitos y que algunos hombres de este campo consideran muy valiosos: documentos de identidad alemanes, bonos de viaje y dinero. También consiguió algo muy interesante: un horario de trenes. Eso valía una fortuna. Ahora bien, ese tipo de información sólo puede provenir de un sitio, cuesta un riñón y algunos estarían dispuestos a hacer lo que fuera con tal de conseguirla.
– Cuando les vi recoger las pertenencias de Vic después de que muriera asesinado, no vi nada de eso -replicó Tommy.
– Claro, es lógico. Porque esos objetos de los que estamos hablando fueron a parar a las manos indicadas. Por bien que Vic hubiera escondido sus pertenencias, esos documentos, papeles y demás eran muy peligrosos. Nunca podía estar seguro de que el alemán que se los había dado a cambio de otra cosa no se volvería contra él y se pondría a registrar sus cosas con otros gorilas. Y como dieran con esos objetos, se lo habrían arrebatado todo antes de encerrarlo en la celda de castigo durante cien años. Por tanto, le convenía entregar esos objetos cuanto antes a las personas indicadas, ¿comprendes lo que quiero decir? Las personas que los necesitaban sabrían qué hacer con ellos y no demorarían en hacerlo, ¿entiendes?
– Creo que comprendo… -repuso Tommy, pero el capitán que se hallaba detrás de él se apresuró a interrumpirle.
– Te equivocas, porque ni yo mismo lo entiendo. Esos tíos mueren en el túnel, y poco después Bedford consigue esos valiosos documentos, horarios de trenes y otras cosas que necesitan los del comité de fuga, quienesquiera que sean, una panda de cabrones anónimos. Cuando yo estaba excavando, jamás averigüé quién lo planeaba todo. Lo único que les importaba era cuántos metros habíamos excavado y cuántos nos faltaban. Pero de una cosa estoy seguro: darían su mano derecha por esos documentos…
El piloto soltó otra risotada.
– De ese modo -se apresuró a añadir-, todos se parecerían a este maldito nazi, Visser, que siempre anda husmeando y no aparta sus ojillos de zorro de ti, Hart.
Hasta Tommy se vio movido a reír ante esa idea.
– Pero creo que esas cosas ya no tienen ningún valor para los que planeaban fugarse -continuó el neoyorquino tras aclararse la voz-, porque los alemanes han comenzado a arrojar mochilas con cargas en el condenado túnel y a rellenarlo. Las fechas no cuadran. Esos hombres necesitaban esos objetos antes de que el maldito túnel se desplomara. Varias semanas antes, para que los que se dedican a falsificar documentos pudieran prepararlos, los sastres confeccionaron las prendas de fuga y los tíos que iban a escaparse aprendieron a memorizar los horarios de trenes y a practicar el alemán. No después, que es cuando los obtuvo Vic. Quizá tú puedas descifrarlo, Hart. Yo llevo semanas intentándolo.