El camino de dagas
- Автор: Джордан Роберт
- Серия: La Rueda del Tiempo #8
- Год: 2005
- Язык: испанский
- Переводчик: Mila Lopez Diaz-Guerra
- Жанр: Эпическое фэнтези
Электронная книга - «El camino de dagas». Краткое содержание книги:
El tan deseado cambio climático, propiciado por el Cuenco de los Vientos, provoca bruscos cambios de temperatura que dificultan el desplazamiento de tropas.
Rand decide hacer frente a los seanchan en las costas de Ilian para frenar el avance del ejército invasor, pero además de al enemigo también tendrá que enfrentarse a la traición.
Eso era mentira, pero muy creíble, de modo que fue toda una sorpresa cuando Moghedien encauzó de repente y todas las lámparas de la estancia se apagaron, sumiéndolas en la oscuridad. Al instante, Graendal saltó del sillón para no estar donde la habían visto por última vez, y también encauzó mientras se movía, tejiendo un tejido de luz que se quedó suspendido a un lado, una esfera de pura luz blanca que arrojaba pálidas sombras por la habitación. Y que reveló claramente la posición de la pareja. Sin vacilar, volvió a encauzar, absorbiendo con toda la fuerza del pequeño anillo. No la necesitaba toda, ni siquiera mucha, pero quería tener todas las ventajas posibles. ¡Atacarla, nada menos! Sendas redes de Compulsión se ciñeron en torno a ambas antes de que les diera tiempo de mover un músculo.
Las había tejido fuertes, por mor de la ira, casi tanto como para hacerles daño, y las mujeres la miraban con adoración, los ojos y las bocas abiertas en un gesto de adulación, ebrias de veneración. Ahora estaban a sus órdenes; si les decía que se cortaran el cuello, lo harían. De repente, Graendal reparó en que Moghedien ya no abrazaba la Fuente. Tanta Compulsión debía de haberle causado una conmoción y la había soltado. Los sirvientes situados en la puerta no se movieron, desde luego.
—Y ahora —empezó, algo falta de aliento—, responderéis a mis preguntas. —Tenía unas cuantas que hacer, incluida quién era ese tal Moridin, si es que existía tal persona, y de dónde había salido Cyndane, pero había una incógnita que la intrigaba más que el resto—. ¿Qué esperabas ganar con esto, Moghedien? Podría decidir atar esos tejidos sobre ti. Puedes pagar tu jueguecito sirviéndome a mí.
—No, por favor —gimió la Araña mientras se retorcía las manos. ¡De hecho, se puso a llorar!—. ¡Nos matarás a todas! ¡Por favor, debes servir al Nae’blis! Por eso vinimos. ¡Para que te pongas al servicio de Moridin!
El rostro de la joven de cabello plateado era una máscara de terror bajo la pálida luz, y su busto subía y bajaba por la agitada respiración.
Repentinamente inquieta, Graendal abrió la boca. Aquello tenía cada vez menos sentido. Abrió la boca y la Fuente Verdadera desapareció; el Poder Único la abandonó, y la oscuridad se tragó de nuevo la estancia. En la jaula de los pájaros se desató de pronto un frenesí de píos y aleteos contra los barrotes de bambú.
A su espalda sonó una voz, áspera como una piedra que se tritura hasta convertirse en polvo.
—El Gran Señor pensó que quizá no darías crédito a lo que ellas te dijeran, Graendal. Tu tiempo de libre albedrío ha pasado.
Una bola de… algo apareció en el aire, un negro globo muerto, pero sin embargo una luz plateada llenaba la estancia. Los espejos no brillaban; parecían opacos bajo esa luz. Los pájaros se habían quedado quietos, callados; de algún modo, Graendal supo que estaban paralizados de terror.
Miró boquiabierta al Myrddraal que se había plantado allí en medio, pálido y sin ojos, vestido de un negro más profundo que el globo, y más grande que todos los que había visto en su vida. Tenía que ser la razón de que no percibiese la Fuente, ¡pero eso era imposible! Salvo que… ¿De dónde había salido aquella extraña esfera de luz negra, sino de él? Jamás había sentido el miedo que otros experimentaban bajo la mirada de un Myrddraal, no en el mismo grado, pero sus manos se alzaron por voluntad propia y tuvo que esforzarse para bajarlas y evitar que le taparan la cara. Al echar una ojeada hacia Moghedien y Cyndane, se encogió. Habían adoptado la misma postura que sus sirvientes, postradas de rodillas, las cabezas contra el suelo. En señal de respeto al Myrddraal. Le costó trabajo llevar algo de saliva a su boca.
—¿Eres un mensajero del Gran Señor? —La voz no le temblaba, pero sonó débil. Que ella supiera, el Gran Señor nunca había enviado como mensajero a un Myrddraal, pero… La cobardía de Moghedien era evidente, pero seguía siendo una Elegida, y sin embargo se postraba como la chica. Y estaba la luz. Graendal se encontró deseando para sus adentros que su vestido no tuviese un escote tan bajo. Ridículo, desde luego; los apetitos de los Myrddraal por las mujeres eran bien conocidos, pero ella era una de los… Sus ojos se desviaron de nuevo hacia Moghedien.
El Myrddraal pasó a su lado sinuosamente, en apariencia sin prestarle la menor atención. Su larga y negra capa colgaba inmóvil a pesar de sus movimientos. Aginor había pensado que esos seres no estaban en el mundo exactamente como todo lo demás; «ligeramente desfasados con el tiempo y la realidad», lo había llamado, fuera lo que fuera eso.
—Soy Shaidar Haran. —Deteniéndose junto a los sirvientes de Graendal, el Myrddraal se inclinó para agarrarlos por la nuca, uno en cada mano—. Cuando hablo, considéralo como si oyeses la voz del Gran Señor de la Oscuridad. —Aquellas manos apretaron y sonó el ruido de huesos al partirse, sorprendentemente fuerte. El joven sufrió un espasmo y pataleó mientras moría; la muchacha colgó inerte, sin más. Habían sido dos de sus favoritos. El Myrddraal se desentendió de los cadáveres y se incorporó—. Soy su mano en este mundo, Graendal. Cuando estás ante mí, estás ante él.
Graendal reflexionó detenidamente, pero con rapidez. Estaba asustada, una emoción que, por costumbre, inspiraba ella a otros, no al contrario, pero sabía cómo controlar su miedo. Si bien nunca había dirigido ejércitos, como algunos de los otros habían hecho, tampoco le era desconocido el peligro ni era cobarde, pero esto era algo más que una simple amenaza. Moghedien y Cyndane continuaban postradas, con las cabezas pegadas al suelo de mármol, la primera temblando visiblemente. Graendal creyó al Myrddraal. O lo que quiera que fuese realmente. El Gran Señor estaba interviniendo de manera más directa en los acontecimientos, como ella había temido que acabaría haciendo. Y si descubría su confabulación con Sammael… Si decidía tomar medidas, mejor dicho, ya que apostar a que no lo supiese a esas alturas era un envite absurdo. Se arrodilló ante el Myrddraal.
—¿Qué quieres que haga? —Su voz había recuperado la firmeza. Ser flexible cuando no había alternativa no era cobardía; quienes no se sometían al Gran Señor por propia voluntad acababan doblegados por la fuerza. O partidos en dos—. ¿He de llamarte Gran Amo o prefieres otro título? No me sentiría cómoda dirigiéndome a alguien, incluso a la mano del Gran Señor, con el mismo tratamiento que le daría a él.
Increíblemente, el Myrddraal se echó a reír. Sonaba como hielo resquebrajándose. Los Myrddraal jamás reían.
—Eres más valiente que la mayoría. Y más lista. En tu caso, bastará con Shaidar Haran. Siempre y cuando recuerdes quién soy. Siempre y cuando no dejes que tu arrojo supere tu miedo más de lo debido.
Mientras el ser impartía sus órdenes —una visita al tal Moridin era la primera y principal, al parecer; tendría que estar en guardia contra Moghedien y quizá también contra Cyndane, por si buscaban vengarse del breve uso de la Compulsión; dudaba que la chica fuera más indulgente que la Araña—, Graendal decidió no mencionar la carta que había enviado a Rodel Ituralde. Nada de lo que se le estaba diciendo indicaba que sus actos pudieran contrariar al Gran Señor, y todavía debía considerar su propia posición. Moridin, quienquiera que fuese, podría ser el Nae’blis hoy por hoy, pero siempre había un mañana.