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Электронная книга - «Valentine, Valentine». Краткое содержание книги:

Valentine, la segunda de las tres hermanas de una familia de origen italiano afincada en Nueva York, nunca ha sido considerada ni la más guapa, ni tampoco la más lista. Ella es, simplemente, lagraciosa. A sus treinta y tres años todos la presionan para que se case y funde una familia tradicional, pero Valentine se siente realizada con su vida, en la que la pasión que comparte con su fascinante abuela por la confección de zapatos de novia ocupa el primer lugar.
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«Zapatos Ángel».

Luego cierro la libreta y regreso con Costanzo para enseñarle mi dibujo.

Cuando llego, Costanzo está cerrando la tienda. Mira su reloj y hace un sonido de desaprobación, la falsa recriminación de mi supuesto maestro. Hace bromas sobre que llego tarde y que la culpa es de él. Le dejo hacer. Luego le enseño mi tarea. Le doy el dibujo. Lo mira y señala el adorno.

– ¿Alas?

– Alas de ángel.

– Me gusta -dice-. ¿Por qué los ángeles?

– Nuestra tienda se llama compañía de zapatos Angelini, pero el cartel está muy envejecido por los golpes de la lluvia y ahora dice: «Zapatos Ángel». Así que cuando miré a una señora mayor con un broche en la piazza, tuve esta idea. Los grandes diseñadores tienen un logotipo sencillo, identificable al instante. Así que pensé: ¿y si mi diseño incluyera un ala de ángel?

– Y cuando pones juntos los dos zapatos se ven dos alas.

– ¡Simetría! Y puedo hacer las alas con joyas, cuero o latón, incluso con bordado.

– Con cualquier cosa -dice Antonio, y se encoje de hombros.

– Exacto, ¡precisamente! -digo-. Gracias por mandarme fuera, nunca habría visto ese broche.

– Todas las ideas que he tenido para hacer zapatos me han venido de observar a las mujeres -dice Costanzo-. ¿Has visto mi tienda? Se pueden hacer miles de combinaciones. Como las mujeres, no hay dos iguales. Recuerda esto cuando diseñes.

Recojo mi bolso y me voy. Cuando vuelvo a la piazza está completamente vacía. Camino montaña abajo hacia el hotel. Al llegar a la entrada me encuentro con Gianluca, que está sentado leyendo el diario bajo la luz crepuscular.

– Leer en la oscuridad es muy malo para los ojos -le digo.

Alza la vista y me sonríe, se quita las gafas para leer y las guarda en el bolsillo. Tira de la silla que esta junto a él. Me siento.

– ¿Piensas ir a trabajar todos los días? Vas a cambiar a Costanzo.

– Desearía quedarme un año.

– Has venido a descansar.

– Pero no quiero. No sé si tendré otra oportunidad de venir aquí o si Costanzo estará cuando yo vuelva.

– Estará. Todos estaremos aquí, excepto tu Roman.

– ¿Quién te lo ha dicho? -Me apoyo en la silla. Italia empieza a parecerse demasiado a Estados Unidos, donde mi familia está interconectada para intercambiar información personal a la velocidad del sonido.

– Tu abuela. Tu madre la llamó ayer.

– Mi relación es un escándalo internacional -digo, y busco al camarero. Ahora necesito un trago.

– Es un idiota -dice Gianluca.

– Yo tengo derecho de estar enfadada con Roman, pero tú no tienes derecho a insultarle. Sigue siendo mi novio.

A veces Gianluca suena como mi padre más de lo que cree.

– ¿Por qué no?

– No pienso romper con él, y aunque lo pensara, no lo haría por teléfono o en uno de esos SMS dejados de la mano de Dios.

– Bien dicho -dice Gianluca, y acuerda con el camarero nuestras bebidas.

– Y, por cierto, haces que todo parezca peor cuando señalas lo idiota que he sido. Tengo un poco de dignidad.

– No hay nada malo en ti -me asegura Gianluca.

– ¿De verdad? Yo creo que hay algo rematadamente mal en una mujer que no pide lo que necesita y, cuando lo hace, se disculpa.

– Ésa es la diferencia entre intentar hacer que una relación funcione y perdonar las cosas que no debes perdonar -dice Gianluca-. Tu abuela quiere que te quedes con nosotros.

– Gracias, pero me gusta el hotel.

– Hay algunas cosas que te quiero mostrar en Capri -dice.

– Claro -digo. Aceptaría cualquier cosa porque, la verdad, de las viejas vacaciones que soñé no queda nada, ya no las disfrutaré-. Me gustaría enseñarte algo.

Gianluca levanta la ceja de una manera que se aproxima a lo sexy. No caeré en la trampa.

– Tranquilo, es un diseño.

Saco mi libreta del bolso y la abro en la página del nuevo zapato. Gianluca saca sus gafas para leer de su bolsillo y estudia el dibujo.

– Es hermoso -dice-. Orsola se lo pondría.

– Perfecto. Es un zapato que la abuela podría usar o que compraría mi madre o que yo me pondría. Aspiro a atacar con valentía, incluso le he puesto un nombre: Zapatos Ángel. ¿Qué te parece?

– Tienes tantas ideas -dice.

– Bueno, las necesitaré. Cuando este pequeño sueño de Italia se acabe, iré a la zona de guerra.

– No puede ser tan malo.

– ¿Sabes, Gianluca?, ésta es la diferencia entre vosotros, los italianos de nacimiento, y nosotros, los italoamericanos. Vosotros vivís una vida equilibrada, trabajáis, coméis, descansáis. Nosotros no, no podemos. Vivimos como si tuviéramos que demostrar algo. Nunca hay tiempo suficiente, comemos a toda prisa y dormimos lo menos posible. Creemos que cuanto mayor sea el trabajo más grande será el premio.

Llegan las bebidas. Brindamos y tomo un sorbo.

– ¿Qué te hace feliz? -me pregunta.

La pregunta me pilla por sorpresa. Roman nunca me hizo esa pregunta. Tampoco recuerdo que Bret me la haya hecho, de hecho, ni siquiera yo misma me lo he preguntado. Después de pensar un momento le respondo:

– No lo sé.

– Nunca serás feliz si no sabes lo que quieres.

– Ya, vale, oráculo de Capri, el hombre con las respuestas a las mayores preguntas de la vida, ¿a ti qué te hace feliz?

– El amor de una buena mujer.

– Buena respuesta. Esa habría sido mi respuesta hace una semana. Tenía el amor de un buen hombre y no lo ponía a él primero.

– ¿Por qué?

– Si lo hubiera puesto primero quizás estaría aquí.

– Si fuera listo, quizás estaría aquí. ¿Por qué te culpas por los horribles modales de ese hombre?

– Estoy segura de que tiene que ver con eso.

– Eso es ridículo. Si tienes el amor, lo honras. Cuidas las cosas que amas. ¿Cierto? -Gianluca alza la voz un poco. Recuerdo el primer día en Arezzo, cuando la abuela y yo fuimos a la curtiduría y él y Dominic se gritaban.

– Espera un momento, Gianluca, no te lo tomes todo tan a pecho, como si estuvieras en la curtiduría. Esta es una isla pacífica.

Gianluca sonríe y dice:

– Quédate con nosotros.

Después de un mes en Italia, soy una experta en los Vechiarelli. Para Gianluca, la familia lo es todo. Le gustar reunir a todos, ya sea alrededor de una cena en casa o en el coche o en la fábrica y vigilar protectoramente a todos, como un pastor. Él prepara la comida, consigue las bebidas, muestra el camino; en general, se encarga de todos los que le rodean. Mi necesidad de estar sola le debe parecer rara. ¿Por qué me quedaría con ellos en la casa de campo de su primo? La idea de que la nieta de Teodora se aloje en un hotel cuando podría quedarse en la habitación de al lado, segura, tranquila y bien alimentada, es un anatema para él.

– No, gracias. Estoy encantada con mi habitación aquí.

– Pero tenemos una habitación para ti.

– No es la suite del ático.

– La habitación en la casa de nuestro primo está muy bien.

– Seguro que sí, pero, confía en mí, no es esta habitación. ¿Quieres verla?

– Claro -dice.

Gianluca me sigue a través del vestíbulo del Quisisana y por el corredor que lleva al ascensor.

El ascensor está abarrotado de gente y nos reímos ante la escasez de espacio. Cuando las puertas se abren en mi planta, Gianluca pone la mano sobre la puerta abierta y me guía fuera del ascensor. Me sigue hacia mi habitación. La tibia brisa de la primera tarde llena la suite, sacudiendo las cortinas levemente. La doncella ha colocado orquídeas blancas, que florecen en el jarrón del cuarto de estar.

– Tienes que ver la vista -le digo, y señalo las puertas que llevan al dormitorio y que dan al balcón-, ahora voy.

Gianluca va hacia el balcón mientras dejo mi bolso y reviso los mensajes de mi teléfono, uno de mi madre, uno de Tess y tres de Roman. Mi madre quiere que le encuentre un bolso de piel de caimán. No sé si lee el diario, la piel de caimán es ilegal. Tess deja un mensaje en el que informa de que mi padre se encuentra muy bien y pregunta si podría llevarles unos brazaletes de coral a las niñas.

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