El Último Ritual
- Автор: Сигурдардоттир Ирса
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El Último Ritual». Краткое содержание книги:
Así reza la carta que, escrita con la propia sangre de su hijo Harald, recibe en Alemania Amelia Gotlieb, días después de que la policía islandesa encontrara el cadáver del muchacho en la Facultad de Historia de Reykjavik: un cadáver al que, además, le han sacado los ojos y lleva marcados en su cuerpo extraños signos que dejan a los forenses entre el estupor y el espanto. Descontentos con el trabajo de la policía, y deseosos de que la verdad se descubra de la forma más discreta posible, los padres del difunto contratan entonces los servicios de Þóra, una letrada islandesa a la que ayudará Matthew, el abogado alemán que envía la familia.
Þóra y Matthew inician una investigación que les llevará desde la moderna Reykjavik al extremo noroeste de la isla, una zona inhóspita y salvaje donde, como en tantos otros lugares de Europa, se llevaron a cabo ejecuciones de decenas de personas acusadas de brujería. A los dos abogados no les quedará otro remedio que sumergirse en los restos y documentos de aquel nefasto episodio de la historia de Islandia para encontrar la clave de un asesinato que parece haber sido inspirado en ancestrales rituales.
– Sí, buenos días.
– Soy Guðrún, la que le alquiló el apartamento a Harald -dijo la señora.
– Ah, sí, buenos días. -Þóra garabateó el nombre en una hoja de papel y la giró hacia Matthew, para que éste supiera con quién estaba hablando. Luego escribió detrás un signo de interrogación para indicar que ignoraba el motivo de la llamada.
– No sé si llamo a la persona adecuada, pero tenía su tarjeta y… Bueno, el caso es que me encontré una caja de Harald este fin de semana, con una serie de cosas dentro. -La mujer calló.
– Sí, sé lo que contenía la caja -dijo Þóra para salvar a la mujer de tener que hablarle de los miembros asados.
– Sí, ¿verdad? -La alegría de la voz era conmovedora-. Me di un susto tremendo, como podrá comprender, y ahora el caso es que no sé qué hacer con un documento que me guardé sin querer cuando salí corriendo del lavadero.
– Lo tiene aún en su poder, ¿no es así? -Þóra sentía que debía ayudar a la mujer.
– Sí, eso. Me lo llevé cuando fui a llamar a la policía y luego lo encontré justo al lado del teléfono de la cocina.
– Se trata de un documento que era propiedad de Harald, ¿no es así?
– Bueno, realmente no lo sé. Es una carta vieja. Antiquísima. Recordé que ustedes estaban buscando una cosa de ésas y pensé que quizá sería mejor dársela a ustedes en vez de a la policía. -Þóra oyó cómo la mujer respiraba profundamente antes de continuar-. Ellos siguen buscando. No puedo imaginarme que esto tenga algo que ver con el crimen.
Þóra escribió a toda prisa en el papeclass="underline" ¿Carta antigua? Matthew enarcó las cejas y se comió otra galleta. La abogada dijo a su interlocutora:
– Nos encantaría por lo menos poder echarle un vistazo. ¿Podemos pasarnos ahora por su casa?
– Ejem, sí. Estoy en casa. Pero hay otra cosa. -La mujer calló.
– ¿El qué? -preguntó Þóra, alarmada.
– Pues es que me temo que estropeé la carta un montón, con las prisas. Tenía un auténtico shock. Pero no está rota. -Se apresuró a añadir-. En realidad es por eso por lo que no le dije nada a la policía sobre la carta. No quería que montasen un número sólo por haberla dañado. Espero que comprendan cómo son estas cosas.
– No importa. Vamos para allá. -Þóra colgó y se puso en pie-. Tendrás que llevarte las galletas; nos vamos. Probablemente acabamos de dar con la carta danesa que había desaparecido.
Matthew cogió dos galletas y tomó el último sorbo de café.
– ¿La carta que estaba buscando el decano?
– Sí, eso espero. -Se echó el bolso al hombro y fue hacia la puerta-. Si se trata de la carta podemos ir a devolvérsela a Gunnar y a lo mejor sacarle algo acerca de lo que Halldór me contó de Bríet. -Le lanzó una sonrisa de triunfo, feliz de lo bien que se le habían puesto las cosas-. Y aunque no se trate de esa carta, podríamos hacerlo de todos modos.
– ¿Piensas engañar a ese pobre hombre? -preguntó Matthew-. No está demasiado bien eso… teniendo en cuenta lo que ha tenido que sufrir el desdichado.
Þóra miró por encima del hombro mientras salía al pasillo y le sonrió.
– La única forma de descubrir si se trata de la carta en cuestión es llevándosela a Gunnar. Seguramente se pondrá tan contento que estará dispuesto a hacer lo que sea por nosotros. Dos o tres preguntitas sobre Bríet no le harán demasiado daño.
La sonrisa de Þóra no era ya tan amplia cuando estuvieron sentados a la mesa de la cocina en casa de Guðrún, con la carta delante. Gunnar no iba a ponerse demasiado feliz cuando llegara a sus manos algo tan estropeado. Sin duda preferiría que hubiera seguido en paradero desconocido.
– ¿Estás segura de que no estaba rajada ya cuando la sacaste de la caja? -preguntó Þóra intentando con mucho cuidado alisar la gruesa hoja de papel sin arrancar el trozo que estaba casi roto.
La mujer pasó los ojos por el papel, avergonzada.
– Segurísima. Estaba entera. Debí de rajarla yo en mi conmoción. No lo hice a propósito. -Sonrió como pidiendo excusas-. Pero seguramente se podrá pegar… ¿verdad? Y luego alisarla bien, ¿verdad?
– Sí, sí, claro que sí. Perfectamente -dijo Þóra, aunque sospechaba que la restauración del documento resultaría mucho más problemática de lo que su comentario parecía indicar, si es que era posible-. Le agradecemos mucho haberse puesto en contacto con nosotros. Tiene razón… muy probablemente se trata del documento que estábamos buscando, y en realidad no tiene nada que ver con la investigación de la policía. La pondremos en las manos convenientes.
– Bien, cuanto antes saque de aquí todo lo que recuerde a Harald y a todas estas complicaciones, tanto mejor. No han sido unos días nada agradables, en absoluto, para mí y para mi marido, desde que se cometió el crimen. Y además les rogaría que se pusiesen en contacto con la familia de él y les comunicasen que me encantaría que la vivienda pudiese quedar libre lo antes posible. Cuanto antes pueda olvidarme de todo esto, antes me podré tranquilizar. -Puso sus delgadas manos sobre la mesa de la cocina y miró fijamente sus dedos llenos de anillos-. No es que no me llevara bien con Harald, personalmente. No me vayan a malinterpretar.
– No, no -dijo Þóra con voz afable-. Puedo imaginarme que todo esto habrá sido cualquier cosa menos divertido. -Acompañó sus palabras con un esbozo de sonrisa-. Y ya para terminar, querría preguntarle si llegó a conocer a los amigos de Harald… si les vio o les oyó.
– ¿Es una broma? -preguntó la mujer con repentina brusquedad-. ¿Que si les oí? A veces armaban tanto barullo como si estuvieran dentro de mi propia casa.
– ¿Qué clase de barullo? -preguntó Þóra con prudencia-. ¿Discusiones? ¿Gritos?
La mujer resopló.
– Principalmente era música a todo meter. Si eso se puede llamar música. Luego había golpetazos a hora y a deshora, como si estuvieran dando zapatazos en el suelo o saltando. Algunos alaridos y gritos y chillidos… muchas veces tuve la sensación de que igual podía haber alquilado el piso para que se dedicaran a domar caballos.
– ¿Y por qué siguió teniéndole como inquilino? -intervino Matthew, que se había mantenido al margen durante casi toda la conversación-. Si no recuerdo mal, en el contrato de alquiler había una cláusula sobre el comportamiento y se establecía que se podía romper por incumplimiento de la misma.
La mujer enrojeció sin que Þóra comprendiese muy bien por qué.
– Me caía bien, supongo que por eso. Pagaba puntualmente el alquiler y aparte de esas cosas era un inquilino magnífico.
– ¿Quizá eran sobre todo sus amigos los causantes del ruido? -preguntó Þóra.
– Sí, seguramente se puede decir que sí -respondió la mujer-. Por lo menos aumentaba cuando estaban de visita. Harald tenía la costumbre de poner la música muy alta y de hacer ruido al caminar, o algo así… Cuando recibía a sus amigos, el barullo crecía muchísimo.
– ¿Alguna vez presenció una discusión violenta o una pelea entre Harald y esos amigos suyos? -preguntó Potra.
– No, no puedo decir que viera nada de eso. En su momento, la policía preguntó lo mismo. Lo único que recuerdo fue una pelotera, una riña, entre Harald y una chica. Pero no me fijé demasiado, estaba ocupada preparando el pastel de Navidad. No es que estuviera yo también allí, con ellos, qué va; sólo les oí al pasar. -La voz se le fue apagando. Sin que se lo pidieran, les había enseñado el lavadero, les había explicado cómo y dónde había encontrado la caja. El cuarto daba al interior y no se podía pensar que hubiera pasado por allí, a menos que hubiera entrado ex profeso. La mujer se había puesto en evidencia y Þóra intentó hallar alguna forma de darle la oportunidad de que les contara lo que había oído… sin tener que reconocer que había pegado el oído a la puerta.